3 - Pragmatca

Monografía creado por Fernando Rubio. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/metaquij.html
18 de Agosto de 2006

El propósito de esta sección es analizar los problemas con los que se encuentra don Quijote interpretándolos como el resultado de su “incompetencia pragmática”. La hipótesis de la que parto es que don Quijote carece del conocimiento de las convenciones que rigen el lenguaje que ocurre a su alrededor o, mejor dicho, que las convenciones que rigen su lenguaje no coinciden con las de los demás. Como consecuencia, a pesar del conocimiento que muestra don Quijote del material (vocabulario) y las normas formales (sintaxis) de su lengua, su desconocimiento de las convenciones pragmáticas le acarrea innumerables consecuencias.

La competencia pragmática es esa habilidad que nos permite conocer las convenciones que controlan los actos comunicativos, es decir, el contexto situacional en el que se desarrolla la comunicación, las circunstancias del emisor y su relación con el receptor. La competencia pragmática nos permite asociar diferentes significados a un mismo significante en función de la situación que rodea la comunicación. Así, cuando uno se cruza por los pasillos de la universidad con un conocido que le pregunta: “¿cómo estás?”, un mínimo de competencia pragmática le dice que no se debe interpretar la pregunta por su valor aparente; que el significado real de esta expresión no es más que: “Estoy aquí, te he visto, quiero que lo sepas y te lo digo de un modo convencionalmente aceptado como adecuado”; y que la respuesta adecuada es: “muy bien gracias, ¿y tú?”, que no significa otra cosa que: “De un modo convencionalmente aceptado como adecuado, me doy por enterado de que me has visto, y te hago saber que yo te he visto a ti”. Por lo tanto, una respuesta adecuada al valor superficial de esta pregunta, por ejemplo: “estoy muy deprimido porque tengo que terminar un ensayo sobre el Quijote y no consigo encontrar ideas... etc., etc.” resultaría pragmáticamente inadecuada.

De la incompetencia pragmática de don Quijote hay ejemplos incontables en la novela. Quizá el más conocido sea el episodio de los galeotes, donde por más que le explican al Caballero de la Triste Figura que no debe tomar la palabra ‘forzado’ en el sentido más literal, él se niega a aceptar otra posibilidad:

-En resolución -replicó don Quijote-, como quiera que sea, esta gente, aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.
(I, 258)

El análisis que haremos aquí se basa en las teorías expuestas por J. L. Austin (1967) en su teoría de los actos comunicativos. Según esto, estudiaremos algunos ejemplos de situaciones en las que don Quijote viola o malinterpreta los códigos tácitos que permiten entenderse entre sí al resto de los personajes de la novela, pero le impiden a él en ocasiones participar en esos intercambios comunicativos.

Austin distingue dos grandes grupos de actos comunicativos (speech acts): expresiones constativas (constatives) y expresiones ejecutivas (performatives). Un ejemplo de una constativa sería: “está lloviendo”; mientras que una ejecutiva podría ser: “Yo os declaro marido y mujer”. La constativa se mide por su veracidad, es decir, debemos contrastarla con la realidad exterior para comprobar si se trata de una locución verdadera o falsa. El valor intrínseco de una ejecutiva, en cambio, no está en su veracidad sino en su “felicidad”; es decir, su cumplimiento o no en el mundo real. Aunque Austin matiza y extiende más esta distinción, su teoría se basa fundamentalmente en el supuesto de que las expresiones constativas son esencialmente verdaderas o falsas, mientras que las ejecutivas son felices o infelices.

La “felicidad” de las ejecutivas depende del cumplimiento de una serie de condiciones por parte, tanto del que la produce como del que la recibe, como se puede ver claramente en el siguiente ejemplo: Si yo, que carezco de los votos necesarios, pronunciara la frase “yo os declaro marido y mujer” ante una pareja de novios, el resultado sería, evidentemente, infeliz. Del mismo modo, si un sacerdote en regla, pronuncia las mismas palabras ante una pareja de personas ya casadas, el resultado será igualmente infeliz. La validez final de una ejecutiva dependerá, pues, de que hablante y oyente/s compartan y cumplan una serie de conveniencias. Austin clasifica estas condiciones así [3]:

A. 1) Debe existir un procedimiento convencionalmente aceptado que tenga un determinado efecto convencional. Este procedimiento debe incluir el enunciado de determinadas palabras por parte de las personas adecuadas y en las circunstancias precisas, y además,

A. 2) los participantes y las circunstancias de cada caso concreto deben ser las adecuadas para que se invoque el procedimiento en cuestión.

B. 1) El procedimiento debe ser ejecutado por todos los participantes de la manera correcta y

B. 2) por completo.

C. 1) Cuando ocurre, como es frecuente, que el proceso esta diseñado para ser seguido por personas que tengan determinados pensamientos o sentimientos, o para dar lugar a determinada conducta como consecuencia de él por parte de cualquier participante, entonces quien participe en el procedimiento o lo invoque deberá tener los citados pensamientos o sentimientos, y los participantes deberán tener la intención de comportarse y además

C. 2) deben, de hecho, comportarse consecuentemente.
(14-15)

Teniendo en cuenta, pues, esta clasificación que hace Austin, vamos a examinar algunos ejemplos de malentendidos o simplemente incomunicación entre don Quijote y otros personajes de la novela. Antes de abordar el análisis, debemos dejar clara una distinción entre dos planos de realidad: la realidad de nuestro mundo, el de los lectores, dentro de la cual situamos la novela de Cervantes en el campo de lo imaginario; y el mundo de los personajes que habitan las páginas del Quijote, quienes, desde su realidad, sitúan el mundo de los libros de caballerías en que vive don Quijote dentro del campo de lo imaginario.

Así comprendemos por qué la armazón de don Quijote como caballero por parte del ventero en el capítulo III, carece de valor para todos excepto para el propio armado. Para Alonso Quijano, el ventero es un caballero en toda regla, muy instruido, por cierto, en los rituales propios de la caballería, y la venta es un castillo (aunque con capilla en reconstrucción) perfectamente adecuado para este menester. El ritual es, por tanto, totalmente válido porque cumple con todos los requisitos de las expresiones que Austin califica como ejecutivas: Existe un procedimiento convencional (unas palabras y un ritual determinados) que produce unos efectos aceptados por todos (su armazón como caballero); los participantes que intervienen son los adecuados; ambas partes han acordado de antemano que se cumplen los requisitos B1 y B2, a pesar de la falta de capilla y de la brevedad en el velado de las armas. Por último todos los participantes se comportan de buena fe y de acuerdo a las circunstancias. Al menos todo esto es lo que cree don Quijote.

Para todos los demás, en cambio, el acto viola todas y cada una de las condiciones expuestas por Austin: no existe en la España del siglo XVII en la que habitan los personajes, ningún procedimiento convencional para nombrar caballeros andantes (A1); aun si estuvieran en el mundo de los libros de caballería, un ventero, una zapatera y una molinera no son las personas más adecuadas para armar caballeros (A2); ni el lugar ni las circunstancias son las adecuadas (B1, B2); y ninguno de los participantes, sólo don Quijote, actúa de manera sincera (C).

El Quijote, como el propio Austin reconoce (p. 27), está lleno de intercambios “infelices” entre don Quijote y el resto de los personajes. Es decir, ocasiones en las que una expresión ejecutiva, por boca de don Quijote, no tiene el efecto apropiado. La explicación, como apuntábamos en la introducción, está en que don Quijote utiliza un nivel de significación diferente al de los demás. La realidad de don Quijote es distinta de la de los otros, y por eso la correspondencia entre el lenguaje y el mundo real no es la misma para él que para el resto de los personajes.

En el capítulo IV de la primera parte, cuando don Quijote descubre a un labrador azotando a su criado, le ordena que lo deje libre y que jure que le pagará lo que le debe. En el sistema de significación de los libros de caballerías basta la orden de un caballero y el juramento de otro para garantizar el cumplimiento.

-No hará tal -replicó don Quijote- : basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recibido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.
(I, 107)

Evidentemente, esto carece de valor alguno dentro del sistema de significación de un labrador castellano del siglo XVII que, por lo tanto, no tiene ningún problema en utilizar el mismo lenguaje que don Quijote porque para él, como se ve enseguida, carece de correspondencia con la realidad.

...yo juro por todas las órdenes de caballería que hay en el mundo de pagaros como tengo dicho, un real sobre otro, y aún sahumados.
(I, 107)

Una premisa previa a las condiciones que Austin establece para las expresiones constativas y ejecutivas es que el lenguaje que utilizan los interlocutores haga referencia a una misma realidad. De lo contrario, la convencionalidad que exije Austin no se cumpliría. A la luz de esta afirmación vamos a estudiar otro intercambio verbal más complejo que los anteriores y que ilustra mejor aún las consecuencias de esa diferente relación lenguaje-realidad entre don Quijote y el resto de los personajes.

En el encuentro con los mercaderes toledanos, en el capítulo IV de la primera parte, nuestro caballero imitando “en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros” exige a los mercaderes que:

-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.
(I, 109)

Inmerso hasta el fondo en el sistema caballeresco, don Quijote dirige a los mercaderes una expresión ejecutiva (les ordena), que a la vez implica una constativa por parte de ellos (tienen que expresar la verdad de la belleza sin par de Dulcinea). El diálogo está condenado al fracaso desde el principio. Los mercaderes no aceptan el valor ejecutivo de la expresión de don Quijote. La expresión es infeliz porque: a) no aceptan el procedimiento que usa don Quijote; b) no lo consideran a él la persona adecuada para pronunciarlo y c) no tienen ni los sentimientos necesarios ni la intención de comportarse de acuerdo a la orden que se les da. Por si esto fuera poco, se les exige una expresión constativa (“Dulcinea es la doncella más hermosa del mundo”) que es perfectamente válida para don Quijote, es decir, es verificable en su mundo, pero no así en el de los mercaderes. Si la validez de una constativa se mide por su correspondencia con la realidad, los mercaderes no podrán expresarla sin antes conocer a Dulcinea, de ahí su respuesta:

-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.
(I, 109)

La respuesta es un desafío en toda regla para cualquier caballero que se precie: los mercaderes no aceptan la autoridad de don Quijote para dirigirles una ejecutiva; actúan de forma insincera; incluyen en su respuesta una constativa (no conocen a Dulcinea) difícilmente sostenible dentro del mundo de don Quijote, donde la belleza de su dama es de todos conocida; y además, le dirigen al caballero una expresión ejecutiva (“mostrádnosla”) a la que no les autoriza su condición.

Pero lo más grave es que la respuesta de los mercaderes pone en juicio la base sobre la que se asienta el mundo quijotesco. Para cualquier caballero andante, su palabra es la realidad. En el mundo de don Quijote, basta con que él diga que su dama es la más hermosa del mundo para que no haga falta ningún tipo de confirmación empírica. La palabra de un caballero equivale a la realidad. En cambio, en el mundo de los mercaderes, un mundo marcado por el intercambio, el valor de cualquier cosa requiere siempre confirmación.

Este desafío a la validez de su mundo provoca una respuesta inequívoca por parte de don Quijote que ahora, no sólo exige de los mercaderes que ‘confiesen’, lo cual -nótese la elección del verbo- podría simplemente requerir un acto de fe, sin necesidad de confirmación empírica. Ahora les pide que ‘crean’, ‘afirmen’, ‘juren’ y ‘defiendan’, verbos todos ellos que no dejan duda alguna del carácter constativo de la acción que don Quijote demanda de ellos.

Las dos visiones son, pues, irreconciliables y, a pesar del intento posterior de los toledanos de apaciguar al caballero, la situación desemboca en el desastre.

2 opiniones

idiota

1 mierda
El quijote.

Que esta muy chido.

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