Este ensayo parte del supuesto de que Cervantes expresa en el Quijote sus ideas sobre el lenguaje. La premisa básica es que Cervantes se sirve de su protagonista demostrando que el problema más serio con el que se enfrenta es su particular forma de relacionar el lenguaje con la realidad.
El ensayo comienza haciendo un estudio de las circunstancias teóricas que informan la particular visión del problema de la lengua que destila la novela y cómo estas influencias se reflejan en la forma que tiene Don Quijote de interpretar la realidad.
Las consecuencias más claras de estas tácitas teorías lingüísticas de Don Quijote están en su forma metafórica de interpretar la realidad y en su incompetencia pragmática. Se ha dicho que la razón del éxito y el sinfín de páginas que ha engendrado el Quijote a lo largo de la historia están en que se trata de una novela hermenéutica por antonomasia. La clave del Quijote está en que nos da la fórmula para entender cualquier otra novela. Quizá la clave para leer la novela de Cervantes esté en poder interpretar a su protagonista. Si esto es así, debemos tratar de entender la forma en que Don Quijote interpreta la realidad. Este nada modesto fin es el que se propone el presente estudio.
Las teorías lingüísticas en la época de Cervantes estaban divididas entre dos escuelas de ideas contrapuestas. Por un lado, la tradición escolástica, partidaria de una visión naturalista del lenguaje que presupone una correspondencia entre las palabras y la realidad que designan. A ésta vino a oponerse la posición de los nominalistas, que negaba cualquier relación más allá de lo meramente convencional entre el lenguaje y el mundo. Malcolm Read (1981) ya apuntó la posibilidad de una influencia de las teorías expuestas por Huarte de San Juan en su Examen de Ingenios para las Ciencias (1575), en las ideas de Cervantes sobre el lenguaje. La influencia de Huarte en la concepción de Cervantes de la locura es ampliamente aceptada, con lo cual no parece descabellado admitir influencias de tipo teórico también.
Huarte, que era seguidor convencido de las teorías nominalistas, veía en la convencionalidad del lenguaje una oportunidad excelente para el desarrollo de la libertad humana. Si la relación entre lengua y realidad es meramente convencional, las distintas lenguas son una creación total del hombre lo cual, por un lado explica la diversidad de lenguas y por otro nos libera e iguala a todos. Si las lenguas no son más que mera creación humana, ninguna de ellas es superior a las demás en cuanto a que su relación con el mundo real no pasa de mera convención. Además, el hecho de que podamos crear nuestro lenguaje, la herramienta que media en nuestra relación con el mundo exterior y el de las ideas, nos hace esencialmente libres. Estas teorías lingüísticas están evidentemente ligadas con otra de las ideas que presiden la novela de Cervantes: la del libre albedrío.
En tiempos de Cervantes, la idea del libre albedrío no sólo se había convertido en un punto central de las teorías filosóficas, sino que había afectado profundamente a las creencias religiosas, causando la consiguiente escisión entre la doctrina de la predestinación y la del mérito.
De todo lo expuesto hasta aquí hay ejemplos abundantes en el Quijote. En cuanto a la igualdad de valor de todas las lenguas, en la segunda parte de la novela D. Quijote explica a don Diego Miranda el error en el que está su hijo por despreciar la lengua vernácula.
“Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y siendo esto así, razón sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya.”
(I, 143)
El lenguaje se ve claramente como un atributo esencialmente humano a la vez que como una expresión más de su libertad en el castigo que don Quijote impone a Sancho. Para el escudero, vivir en silencio es tanto como estar muerto: “Que después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me han podrido más de cuatro cosas en el estómago...” (I, 251). Y más adelante: “...porque querer vuestra merced que vaya con él por estas soledades de día y de noche, y que no le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida.” (I, 288).
La más clara indicación de que Cervantes ve el lenguaje como la herramienta por excelencia para la expresión de la creatividad y libertad del hombre está en la capacidad que tiene don Quijote de dar forma al mundo que le rodea por medio de las palabras. Al contrario que otros héroes de libros de caballerías cuya historia existe antes que ellos, don Quijote crea su propia historia y su propio mundo a través de la palabra. Crea a su caballo y a su amada siguiendo el proceso justamente contrario al que suponían los naturalistas. Es decir, en lugar de estar limitado por la obligación de crear un nombre que se ajuste a la realidad a la que se refiere, nuestro héroe ejerce su libertad de una manera absoluta creando primero un nombre y luego una realidad que le haga justicia.
Así, su caballo “que tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela” no se convierte en ese maravilloso animal que le acompaña en sus aventuras hasta que nuestro caballero, después de cuatro días de intenso cavilar, encuentra un nombre que declare “quien había sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces”. Lo mismo hace con su propio nombre y con el de su dama a la que pone Dulcinea del Toboso, “nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto”. Nuestro caballero, pues, en una especie de ejercicio de génesis se crea a si mismo a la vez que crea el mundo que le rodea a su imagen y semejanza.
El libre albedrío es también, como ya dijimos, una de las ideas centrales en el Quijote. Cervantes incluye en su novela todos los géneros literarios que se conocían hasta el momento excepto uno: la picaresca [1]. La razón podría ser muy bien que el héroe de la novela picaresca no es dueño de sus propias acciones y por tanto este género no encaja dentro de su concepción de la novela. Para Cervantes no puede existir la novela sin el libre albedrío.
Ya en el prólogo comienza Cervantes advirtiendo al lector:
“...tienes tu alma y tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado...”
(I, 67-68)
Más adelante, en el episodio de los Galeotes, Don Quijote pone en tela de juicio la autoridad con que se priva a unos hombres de su libertad puesto que:
“...no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay yerba ni encanto que le fuerce.”
(I, 262-63)
También en boca de Marcela pone Cervantes su alegato en favor de la libertad humana:
“...el verdadero amor no se divide, ha de ser voluntario y no forzoso...Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos...tengo libre condición y no gusto de sujetarme.”
(I, 184-85)
Don Quijote ejerce esa libertad y disfruta de esa creatividad de una forma netamente lingüística, aprovechando la licencia que le permite el carácter convencional de la lengua para poner orden a su mundo por medio de la palabra. En muchas ocasiones, el mundo de la palabra es para él más válido que el mundo real. En su famoso discurso de las armas y las letras, asegura que de los argumentos que expone “tenemos innumerables ejemplos en las historias”, lo cual hace a esos argumentos, para él, irrefutables. Por eso, cuando se encuentra con los mercaderes toledanos, don Quijote no puede admitir que se nieguen a reconocer la belleza de Dulcinea sin haberla visto antes. Sobre este episodio volveremos más adelante.
Pero el problema de nuestro caballero no está en no saber reconocer una distancia entre el lenguaje y la realidad, entre significante y significado. Su problema no es creer que las palabras equivalen a aquello que designan. El mismo reconoce en varias ocasiones esa disparidad y los inconvenientes que acarrea:
“...si el zapatero da a otro con la horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no por eso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella.”
(I, 194)
“...unas raciones de pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela.”
(I, 98)
Don Quijote sabe muy bien que, al fin y al cabo, todo se reduce a parecidos:
“¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras...? ...que todas nuestras cosas mudan y truecan... y así, eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mi yelmo de Mambrino y a otro le parecerá otra cosa.”
(I, 293)
El problema lingüístico de Don Quijote, por lo tanto no es que no reconozca la distancia inherente entre referente y realidad, es más complicado que eso. Varios siglos después de Cervantes, en un nuevo giro de las ideas nominalistas, Saussure nos dio la posibilidad de una nueva interpretación del problema quijotesco. Para Saussure existe también una diferencia o distancia esencial entre significante y significado, pero el principio organizador de la lengua no es esa diferencia intrínseca, sino el hecho de que todos los signos deben pertenecer a un sistema y se definen dentro de él por oposición a los demás. Es decir, lo importante no es tanto la diferencia entre significante y significado como la diferencia entre significante y significante.
La lengua de don Quijote forma un sistema estable y riguroso del cual el se considera un protector a ultranza. La realidad de su mundo es esencialmente lingüística, cualquier ataque contra el orden establecido en ese sistema lo considera casi un ataque contra su persona. Si acaso, es el mundo real el que tiene que adaptarse al lenguaje y no viceversa. Como cuando, según don Quijote, el autor de la novela ha hecho a Sancho llamarlo Caballero de la Triste Figura y al caballero no le queda más remedio que “...para que mejor me cuadre tal nombre, [...] hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura” (I, 230). Por eso considera el lenguaje de su escudero un peligro para la estabilidad de su mundo, hasta el punto de prohibirle por momentos hablar, y hace todos los esfuerzos posibles para corregir cualquier ataque contra este orden:
“-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores...
-Estéril quieres decir, amigo...
-Decid Sarra -replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del cabrero.”
(I, 164-65)
“Fiscal has de decir -dijo don Quijote-, que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda.”
(II, 169)
El problema básico con el que se enfrenta don Quijote es que su sistema de creación de significado no coincide con el de los que le rodean. En este ensayo vamos a estudiar cómo su interpretación de la realidad basada en a signos externos y su interpretación del lenguaje ajeno son víctimas de ese mismatch. Porque si admitimos la teoría de Saussure, la única forma de asegurar la comunicación es que todos compartamos un mismo sistema, basado en las mismas oposiciones internas entre signos y que nos permitan “llenar” de una manera similar el hueco que existe entre referente y realidad.