La retórica clásica definió la metáfora como una comparación abreviada (casos in praesentia) o elíptica (en los casos in absentia). La retórica considera la metáfora como un fenómeno se clasifica dentro de las figuras que constan de una sola palabra (Ricoeur 1980, 11). Se define como tropo por semejanza y, en cuanto figura, consiste en un desplazamiento que, a través de una sustitución, logra una ampliación en el sentido de las palabras. Ricoeur sitúa dentro de este ámbito a Aristóteles y salvando una distancia de siglos, el estudio de retórica de P. Fontanier.
Efectivamente, Aristóteles, enumera las metáforas dentro de las distintas clases de denominaciones: "todo nombre es o bien un nombre usual, o un nombre insigne, o una metáfora, o un nombre de ornato, o un nombre ideado por el autor, o un nombre alargado, o acortado o modificado" (Poética 1.457 b, 1-3). Así, hasta el s. XIX, todas las taxonomías del significado figurado se centraron en la denominación más que en otras unidades de significación como la oración o el texto.
En la retórica clásica, la función y origen de la metáfora es la de proporcionar placer estético al entendimiento. En estas retóricas, la metáfora ocupa un lugar preeminente pues logra transformar el lenguaje ordinario confiriéndole una cualidad poética, es decir, logra la elevación artística del lenguaje. Sin embargo, frecuentemente se ha interpretado que esta función no tiene propiamente un carácter cognoscitivo.
Dentro de esta tradición, Cicerón (De Oratore) toma la idea de transferencia en el significado de los nombres y caracteriza la metáfora como el resultado de operaciones lógicas que además tienen un efecto estético. Horacio (Ars Poetica) subraya la capacidad de la metáfora para hacer presentes relaciones de similitud y armonía entre las cosas; Longino (De lo sublime) admite que la metáfora trae al discurso cierta armonía y adecuación si se utiliza con acierto y discreción. Quintiliano recogió la afirmación aristotélica sobre la relación de la metáfora y el símil, subordinando la metáfora a este último: "in totum autem metaphora brevior est similitudo" (1947, 8:8) y subrayó la idea de transferencia de significado de un nombre a otro. Vianu (1971) destaca la función de esclarecimiento que Quintiliano asigna a la metáfora al señalar que ésta tiene que ser más poderosa que la expresión propia a la que reemplaza: "plus valere eo quod expellit." La Rhetórica ad Herennium también asigna a la metáfora la capacidad de dar viveza y sintetizar el pensamiento poéticamente.
Hawkes (1989, 15) indica que, si bien, generalmente, en todas estas retóricas se concede a la metáfora un papel preeminente entre los tropos, sin embargo, el intento de aislar la metáfora, primero como una característica del lenguaje poético y, luego, como un efecto ornamental, puede llevar a que, en algunas circunstancias, sea deseable tener un lenguaje sin metáfora, que fue precisamente el derrotero que siguió el estudio de la metáfora posteriormente, en los s. XVII y XVIII.
El racionalismo y el empirismo del s. XVII comenzaron a considerar esta figura desde el punto de vista puramente estilístico promoviendo una depuración del uso de figuras en el lenguaje. En el pensamiento de Locke o de Hobbes la metáfora aparece como un recurso que puede entorpecer la claridad de la razón. Es propiamente en este momento cuando surge la idea de "sustitución", que más que una traslación de significado, supone que las figuras estilísticas pueden ser reemplazadas por paráfrasis literales sin pérdida de significado. Esta posibilidad de sustitución subraya el cometido meramente ornamental, en el sentido más simple y externo, de la metáfora. En algunos discursos esta sustitución no sólo es aconsejable sino necesaria para no oscurecer la forma lógica del pensamiento. Por ello se aconseja una especie de sobriedad en el uso de expresiones retóricas que podrían ocultar la claridad y evidencia del pensamiento.
Frente a esta idea racionalista del lenguaje, surgen otras corrientes que destacan los aspectos imaginativos y creativos presentes en la metáfora. Es todo un contexto de pensamiento que reacciona frente a la vertiente racionalista y que no es más que su otra cara: la reivindicación de los aspectos irracionales que vienen a ser el contrapunto de este ideal de claridad y distinción en el lenguaje. Así por ejemplo, la vertiente historicista del lenguaje en el s. XVIII considera que el origen del lenguaje se encuentra en la metáfora, que es el instrumento primigenio mediante el cual el hombre asimila la experiencia de la realidad.
No es posible desligar estas ideas de las aportaciones posteriores del romanticismo literario, del uso que hacen de la metáfora y del papel que reivindican para ella, así como de las numerosas publicaciones que a principios del XX hablan del poder intuitivo de la metáfora. De acuerdo con los teóricos del romanticismo literario (Shelley, Wordsworth y Coleridge), en la metáfora se condensa la actividad de la imaginación que toma contacto con la realidad mediante la creación y la fantasía frente a la fría razón analítica. La función de la metáfora tiene en estos planteamientos una valencia cognitiva que intenta suplir el desprestigio de la metáfora dentro de un paradigma racionalista y responde a la escisión entre razón e intuición típica de la modernidad.
Tras este breve recorrido por la historia de la metáfora señalaré cuál ha sido la interpretación y evaluación que se le ha dado a la teoría aristotélica. Es frecuente, en los estudios sobre la metáfora actuales, encontrar diversas críticas a las teorías clásicas por asignar a la metáfora funciones marginales. En Aristóteles, y en su idea de metáfora como comparación, radicaría el punto de partida de dicha reducción.
Sin embargo, el hecho de que retóricos como Quintiliano y Cicerón, redujesen la metáfora a mera comparación y recurso estilístico, privándola de todos los privilegios cognitivos que hoy se la atribuyen, más que una reducción, responde a la ausencia de una tradición racionalista a sus espaldas. En la época clásica, si bien la metáfora pertenece al ámbito de la denominación, al quedar enmarcada en el contexto de una retórica cuyas funciones pueden cifrarse en ser adorno del discurso, agente de persuasión y catalizador en el proceso de aprendizaje, la metáfora no pierde del todo su carácter cognitivo. En la época clásica la función cognoscitiva ha acompañado a la metáfora aunque quizás sin una tematización explícita y perfilada de la misma (cfr. Barceló 1980).
Es, precisamente, la asimilación de esta tradición por el pensamiento racionalista la que restringió e interpretó de modo reduccionista estas funciones. En opinión de Genette (1970) y Ricoeur (1975), la defunción de la retórica en el s. XIX, cuando desaparece como disciplina en los centros docentes, vino precedida por una reducción de la retórica tal y como fue ideada por Aristóteles y coincide con la pérdida del carácter cognoscitivo de la retórica. El desarrollo de una disciplina restringida a la teoría de la elocución y a la teoría de los tropos y desconectada de la filosofía es lo que finalmente habría desembocado en su desaparición en el s. XIX. En otro sentido, también puede añadirse que, quizás, esta desintegración vino producida por una vinculación excesiva con una filosofía que trataba de emular los ideales los ideales de claridad y precisión científica como ha señalado M. Hesse (1995). Parecen más propios de la escisión entre razón e intuición los binomios entre lenguaje ordinario/lenguaje figurado, nombre propio/nombre figurado, logicidad/alogicidad, que de la función asignada por Aristóteles a la retórica. En el caso aristotélico, como se verá, la pluralidad de funciones de la metáfora se corresponde con distintas formas de decirse la realidad y el pensamiento.