Este rápido repaso (sin pretensiones de exhaustividad) por los procedimientos de imitación coloquial empleados en Miau nos ha permitido presentar como una cuestión "técnica" lo que, con toda probabilidad, fue para Galdós simplemente una cuestión de sentido común y de buen instinto lingüístico. Y éste es quizá el principal mérito de nuestro autor; porque no hay recetas mágicas que nos indiquen qué fenómenos, una vez seleccionados, nos permitirían, convenientemente dosificados y aliñados, obtener un buen (convincente) resultado. No es fácil, aunque en las novelas de Galdós pueda parecerlo, conseguir que un personaje hable, por ejemplo, con la grandilocuencia con que habla Víctor Cadalso en Miau y que esto no sólo resulte verosímil como lenguaje hablado cotidiano, sino que se sienta como una característica consubstancial en él (en vez de como una interferencia "literaria" del autor). Y en este sentido, Galdós es, pues, mucho más que un buen observador y un buen imitador; es, ante todo, un creador excepcional. Porque, destinado a ser oído y desaparecer, el lenguaje coloquial sólo raramente alcanza adecuado reflejo literario; y aun en esas ocasiones, como suele ocurrir, casi nunca la ficción supera a la (abigarrada) realidad.