Miau: El lenguaje coloquial (humano) en Galdós - El lenguaje, caracterizador de los personajes en Miau

2 - El lenguaje, caracterizador de los personajes en Miau

Monografía creado por Ana Mª Vigara Tauste. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero5/miau_vig.htm
21 de Agosto de 2006

Cuando escribe Miau, Galdós está seguramente en su mejor momento creativo. Cada vez más, y cada vez de una forma más clara, se permite una mayor interiorización en sus personajes, los "muestra" más que "contárnoslos", de manera que el lector puede llegar a conocerlos por ellos mismos. Poco a poco, el autor va cediéndoles en su obra el uso de la palabra y limitando sus propias intervenciones como narrador, hasta quedar reducidas en ocasiones a poco más que la mera acotación. [2]

Y decimos que les cede "el uso de la palabra" y no "la palabra" porque, en Miau, los personajes dialogan poco entre sí, y casi, más que de comunicación, podría hablarse de incomunicación entre ellos. Pero, tal vez por aquello de que )como se decía en una vieja película) "nadie habla de uno tan bien como uno mismo", el autor nos hace continuamente testigos privilegiados de lo que sus personajes callan (de lo que piensan y sienten): unas veces mediante la reproducción en estilo directo (ED) de largos monólogos nunca pronunciados en voz alta; otras, mediante el llamado estilo indirecto libre (EIL), que alterna y mezcla continuamente con sus observaciones y comentarios de narrador omnisciente [3]. Y ésta se convierte para nosotros, a lo largo de la novela, en la mejor manera de conocerlos, porque además de sus actos y sus palabras (hechos objetivos, objetivables), su "voz interior" nos revela su más íntima verdad personal.

De este modo sabemos, por ejemplo, que Víctor Cadalso es un consumado mentiroso, algo que otros personajes de la novela sospechan, pero que ninguno podría demostrar fehacientemente; conocemos el ciego amor de Abelarda por su cuñado cuando ningún otro miembro de su familia puede sospecharlo todavía; o asistimos al milagro de escuchar al mismísimo Dios hablando con Luisito Cadalso... En todos los casos, aunque en unos de forma más evidente que en otros (Víctor, doña Pura, Murillito), Galdós ha seleccionado sobre todo, del lenguaje coloquial (y del popular), aquello que (dentro de unas exigencias mínimas de verosimilitud) mejor le servía para caracterizar individualmente a sus personajes. Veámoslo...

Víctor es un personaje esencialmente activo; el único, en toda la novela, que tiene un cierto control sobre la realidad y sobre su propio destino. Acorde con su personalidad, Galdós le dota de un peculiar comportamiento comunicativo: confía en sí mismo y en el poder de su palabra; toma la iniciativa en la comunicación y reclama la atención y respuesta de sus interlocutores, imponiéndoseles personalmente y actuando sobre ellos. En esto coincide con doña Pura, su suegra. De hecho, los dos presentan dentro de la novela el grado mayor de agresividad verbal: la una, desde su pragmatismo inapelable; el otro, desde su conciencia de superioridad y dominio del arte de la oratoria. Su lenguaje, sin embargo, aparece individualmente diferenciado.

A Víctor corresponden, por ej., en la novela, el mayor número de interrogaciones retóricas (pese a su nombre, uno de los recursos de interacción más frecuentemente usados en la conversación); su hablar está plagado de ellas; le sirven para dar un aire de objetividad-sinceridad a sus argumentaciones y así "engatusar" mejor a sus interlocutores, a quienes miente y manipula hasta extremos que sonrojan al lector. Sus intervenciones tienen con frecuencia un cierto tono ensayístico; y aparecen estructuradas y formalizadas con tal perfección y corrección, que, si no nos sonaran a Víctor Cadalso, diríamos que este personaje habla "como un libro abierto", y no como común mortal. Veámoslo en un fragmento:

* —No sé qué responderte (afectando una confusión bonita y muy del caso). Si te digo que sí, miento; y si te digo que no, miento también. Y, habiéndote asegurado que te quiero a ti, ¿en qué juicio cabe la posibilidad de interesarme por otra? Todo ello se explicará distinguiendo entre un amor y otro amor. Hay un cariño santo, puro y tranquilo, que nace del corazón, que se apodera del alma y llega a ser el alma misma. No confundamos este sentimiento con las ebulliciones enfermizas de la imaginación, culto pagano de la belleza, anhelo de los sentidos, en el cual entra también por mucho la vanidad, fundada en la jerarquía de quien nos ama. ¿Qué tiene que ver esta desazón, accidente y pasatiempo de la vida[,] con aquella ternura inefable que inspira al alma el deseo de fundirse con otra alma, y a la voluntad el ansia de sacrificio...? (pág. 178) [4].

Prácticamente todas las características de esta intervención hablada apuntan hacia una clara actitud intelectual (no exenta de arrogancia) en el personaje: desde el predominio absoluto de sustantivos abstractos (no hay, en todo el fragmento, ninguno que no lo sea) hasta la abundancia de verbos (o locuciones verbales) de estado y subjetivos (saber, asegurar, caber la posibilidad, interesarse, explicar, distinguir...); desde la trabazón del período y la progresión lógica de la información (que se apoya en el procedimiento de pregunta-respuesta y utiliza nexos de relación coordinantes y subordinantes) hasta el empleo de léxico poco familiar (en qué juicio cabe —en vez de "en qué cabeza..."—, culto pagano, anhelo, jerarquía, inefable...); desde las anáforas, paralelismos (Si te digo que sí, miento; y si te digo que no, miento también) y sinonimias (cariño santo, puro y tranquilo; ebulliciones..., culto..., anhelo...; desazón, accidente y pasatiempo de la vida), figuras todas de repetición (léxica, sintáctica y semántica, respectivamente) con las que precisa y subraya su idea con cierta complacencia, hasta el perfecto empleo de la paradoja (un amor y otro amor; si te digo que...); desde los epítetos valorativos (santo, puro, tranquilo, enfermizas, inefable...) hasta las intencionadas gradaciones (que nace del corazón, que se apodera del alma y llega a ser el alma misma)... Todo, en fin, incluido el ritmo lento, armonioso y progresivo, marcado por la sintaxis y las pausas, nos habla de un estilo oratorio al que el lenguaje espontáneo es muy poco propicio si no se mantiene "la cabeza fría" y se domina el arte de la palabra. Para cualquiera más avisado (o menos enamorado) que Abelarda, con quien habla en este fragmento, su estilo y su lenguaje traicionarían su verdadero estado de ánimo y sus auténticas intenciones (pero Víctor es como un camaleón: llegado el momento, o viendo en peligro sus intereses, es capaz de cambiar y adaptar su registro a las nuevas circunstancias, y lo hace, además, con buen instinto).

Doña Pura, en cambio, no tiene dobleces; con ser, como el de su yerno, impositivo y agresivo su lenguaje, tiene un repertorio de recursos mucho más limitado y actúa exclusivamente en la esfera (muy reducida también) de su cotidianeidad. Es mujer de genio vivo, palabra alta y juicios despiadados y rotundos. Sus preguntas, mucho menos retóricas que las de Víctor, se convierten con frecuencia en órdenes o reproches a su interlocutor:

* —¿Por qué no comes? ¿Qué tienes? «Qué cara es esa de carnero a medio morir? ¿Por qué no quieres venir al Real? No me tientes la paciencia. Vístete, que nos vamos enseguida (pág. 204);

para sus comparaciones, echa mano de la evidencia empírica más cercana:

* —Pues sí (alzando el grito), tú debías ser ya Director, como esa luz [...];

llama a las cosas por su nombre:

* —[...], y no lo eres por mandria, por apocado, porque no sirves para nada, vamos, y no sabes vivir [...];

y su lenguaje, que huye de las abstracciones, tiene tal fuerza plástica, que no puede por menos que calar hondo en el ánimo de sus interlocutores:

* —[...] Las credenciales, señor mío, son para los que se las ganan enseñando los colmillos. Eres inofensivo, no muerdes, ni siquiera ladras, y todos se ríen de ti. [5]

Baste, como demostración de la adecuada selección lingüística que hace Galdós para sus personajes, con estos ejemplos y unas pocas notas de urgencia añadidas...

En el extremo contrario a Víctor y doña Pura se encuentran los personajes que tienen menos fe en sí mismos, los más inseguros, frágiles y, por añadidura, infelices; los que no suelen hablar por propia iniciativa, sino, generalmente, por requerimientos de otro(s) y a modo de defensa inevitable de su intimidad o de su persona. Éste es el caso de don Ramón Villaamil (al menos mientras está cuerdo), de su hija Abelarda y del nieto, Luisito Cadalso [6], personajes volcados en sí mismos, con intensísima vida interior que contrasta con la insipidez de su realidad cotidiana: en ellos centra Galdós la mayor parte de sus largos fragmentos monologados y las intervenciones más frecuentes en estilo indirecto libre. A ellos, que sufren las mayores discordancias entre la realidad y sus deseos, corresponde el mayor número de contradicciones y de suspensiones involuntarias de la frase; a ellos, el lenguaje más afectivo de toda la novela. Además, Villaamil y su nieto aparecen caracterizados también por sus muletillas: el niño exclama continuamente: ¡contro!; y al abuelo se le escuchan con frecuencia dos: y ole morena (irónico, enfadado), y digo más.

Para conseguir la identificación rápida y segura de otros personajes (secundarios y con pocas intervenciones habladas), Galdós recurre a la caracterización convencional, mediante recursos muy visibles y fáciles de reconocer. Lo hace con Silvestre Murillo, que es "el chico más aplicado de la escuela y el mejor amigo que Cadalso tenía en ella" (p. 62), a quien su padre había destinado a abogado (o quién sabe si ministro); en su boca pone el autor una cierta retórica adulta y alguna fórmula del lenguaje administrativo:

* —Como tú eres así tan poquita cosa, es a saber, que no achuchas cuando te dicen algo, vele ahí por qué no te guarda el rispeto (p. 63),

la deformación de palabras que no conoce o no entiende:

* —Viven de chuparle la sangre al pobre [...]. Mi mamá las llama las arpidas (p.63) [epéntesis],

y, sobre todo, numerosos vulgarismos fonéticos que solemos disculpar en los niños: maera (síncopa), Caarso (por "Cadalso": síncopa y cambio de l por r), tié, mu (apócope), presonas (metátesis), el rispeto, sacabaron las quistiones (cambio y pérdida de vocales), un disinificante (adición y sustracción de sonidos), clos (adaptación fónica de clowns)... Lo hace con el señor Mendizábal, a quien encontramos, lacónico y sentencioso, intentando reproducir como juicio propio lo que en la prensa ha leído y perdiendo el hilo (y la palabra) en el intento; con doña Paca, señora de Mendizábal, a quien nos presenta en verborrea afectiva e intranscendente; con Pantoja, probo funcionario que sabe guardar las precauciones de palabra que su cargo exige... y hasta con Dios [7].

6 opiniones

lenguje colonial

pues no me sirbio para mi tarea ya sabras
lenguaje coloquial

q bn
lenguaje coloquial

que estupides la que isoo jaja no mentira vale esta super cool
Lenguaje coloquial

Muy bueno! :D
Lenguaje coloquial.

Esta bien escrito
aunque faltan algunas cosas
je je je.
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Monografía de Ana Mª Vigara Tauste. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero5/miau_vig.htm CopyLeft
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