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Pero nuestro trabajo no estaría completo si limitáramos este breve comentario sólo a los fenómenos de expresividad coloquial que refleja Galdós en su(s) novela(s) y no aludiéramos al menos a otros muchos recursos del lenguaje coloquial que, aunque utilizados con mucho menor profusión por su vinculación más directa con los mecanismos de la oralidad, aparecen en Miau, salpicados acá y allá, contribuyendo con su presencia a la verosimilitud del conjunto.
Gran parte de ellos responden a la tendencia espontánea del hablante al menor esfuerzo para alcanzar la comunicación, que actúa (como la afectividad) como un auténtico principio de organización discursiva en el coloquio. Esta tendencia, que no coincide exactamente con la de economía del discurso, se refleja sobre todo en el uso (relajado, peculiar y fluido) del canal de comunicación y en la expresión (poco precisa) del sentido global del mensaje.
Los vocativos, las fórmulas de saludo y despedida, e incluso las de cortesía, destinados en la actualización oral a facilitar el uso (apertura o cierre) del canal de comunicación, cuidadosamente seleccionados por Galdós, se convierten en recursos fundamentales de interacción en la novela y orientan con bastante precisión al lector acerca del carácter de los personajes: Víctor, oportunista y mentiroso, llama a doña Pura (que le desprecia) mamá (p. 134, por ej.) y a "la insignificante" Abelarda (a quien él desprecia) alma mía y vida mía (p. 291); la tía Quintina, que quiere hacerse cargo de Luisito, le llama corazón (p. 165), y la Sra. de Mendizábal, que le adora, cielo, bobillo (pp. 64 y 65); Villaamil y doña Pura llaman hijo al nieto, y cuando ésta se enfada con su marido le llama señor mío (p. 88); Milagros, que dependía de su cuñado, le hablaba con gran consideración:
* El huevo ése es para mi hermana, si te parece. Voy a encender lumbre. Haz el favor de partirme unas astillas mientras yo voy a ver si encuentro fósforos (103),
etcétera. Como los vocativos, los que llamo nexos temáticos orientan a los interlocutores y al lector acerca del uso que del canal comunicativo hace el hablante (uno de ellos, "y digo más", es una de las muletillas de Villaamil):
* Pero, en fin, dejemos a un lado estas miserias. Como te decía, he determinado acudir otra vez al amigo Cucúrbitas (71, Villaamil)
* Salí sin dar cuenta a nadie. Ya conoce usted mi carácter. No me gusta que nadie juegue conmigo... Ya le contaré. Ahora vamos a otra cosa. Llegué [...] (132, Víctor)
Y, aunque fuera del registro oral no son frecuentes y suelen requerir explicación, Galdós pone también en boca de sus personajes expresiones retardatarias que les sirven para evitar posibles vacíos discursivos:
* —Pero, en resumidas cuentas, «sigues o no en tu destino en Valencia?
—Le diré a usted... (mascando las primeras palabras; pero discurriendo, al fin, una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe Económico es un trapionda... (132, Víctor).
Aunque la precisión, normalmente, no forma parte de los intereses comunicativos del hablante en la modalidad coloquial, el texto literario tiene como receptor al lector y debe, incluso cuando imita el registro coloquial, informarle con precisión acerca de lo que ocurre en la ficción. Por eso, en sus novelas, Galdós se limita a unos pocos recursos que permiten siempre reconocer sin vacilación la intención del hablante, aun cuando se realice por medios indirectos, poco explícitos desde el punto de vista semántico. Por ejemplo, mediante el eufemismo, que sus personajes utilizan en maldiciones, juramentos e insultos y para referirse a conceptos como la vejez, la pobreza, la maldad o la muerte:
* Verás, verás... ¡recontro!... me caso con la biblia... (123, Luisito)
* Me futro [9] en tu absolutismo y en tu inquisición (386, Villaamil)
* La condenada administración es una hi de mala hembra con la que no se puede tener trata sin deshonrarse (329, Villaamil)
* Vamos, Víctor, no te burles de estas canas (139, Villaamil) [metonimia eufemística]
* Se me ocurre que podría usted tomar hasta dos mil reales, porque no serán una ni dos las cosas que se han ido a Peñaranda (149, Víctor) [llevadas a la casa de Empeños]
* —Dígame, ¿es malo mi papá?
—No es muy católico que digamos (278, Dios)
* Pues el pobre don Ramón, cuando cierre el ojo, se irá derecho al Cielo (75, Sra. de Mendizábal)
* ¿Y quién nos la va a pedir [cuenta]? ¿Los gusanitos? Cuando llega la de vámonos nos recibe en sus brazos la señora Materia, persona muy decente (266, Víctor);
por medio de la creación léxica popular
* El tal mocoso era [...] un mátalas-callando (303, Abelarda)
* Me futro en tu absolutismo y en tu inquisición (386, Villaamil)
* Crean ustedes que la perdición del país es la faldamenta (310, Villaamil) [influencia de las mujeres en la Administración]
o por medio de la fórmula inespecificativa, con la que el hablante enfatiza y remata su enunciado sin precisar su significado:
* Como usted lo oye. Mi papá le dijo una noche que estaba enamoradísimo de ella, por lo fatal... ¿sabe? Y que él era un condenado, y qué sé yo qué... (356, Luisito);
o por el recurso al cliché, procedimiento favorito de Galdós, abundantísimo en toda su obra y, sin duda, uno de los más atendidos, considerado tradicionalmente como "el medio de que se sirvió Galdós para devolver al lenguaje literario el aliento vital de la palabra hablada" [10]. Aunque se pueden documentar en Miau muchas de estas expresiones fijas, doblemente cómodas en la comunicación (para el emisor, en cuya mente brotan de una sola vez; y para el receptor, que las interpreta "en bloque"), citaremos solamente algunas de las que denuncian un tratamiento peculiar (no sabemos si coloquial o literario; es decir, si de los personajes o de Galdós) del cliché o expresión estereotipada (ruptura, deformación-eco, intertextualidad):
* Sí, hijo mío, bienaventurados los brutos, porque de ellos es el reino... de la Administración (93, Villaamil)
* En resolución, ya no tengo que mantener el pico a nadie, ya soy libre, feliz, independiente, y me abro al cartaginés incautamente. ¡Qué dicha! (372, Villaamil)
* Por eso, al llegar la colocación ya debíamos el sueldo de todo un año. De modo que perpetuamente estábamos lo mismo a ti suspiramos, y mirando para las estrellas... (376, Villaamil)
* "Van a tener que ponerte camisa... o corsé de fuerza" (301, Víctor).
* Pondré en juego todas las influencias y haré que hasta el lucero del alba le hable al Ministro (101, Villaamil) [cp."cantarle las 40 al lucero del alba"]
* Pero ¿a qué me sacas ahora la Administración (exaltada), ni qué tiene que ver el burro con las témporas? (349, doña Pura)
* [...] me cogieron el mundo, «sabes?, [...], y cuando quise enterarme, se había caído al mar. Costó Dios y ayuda sacarlo (359, Dios).
Y aunque, dadas las condiciones de urgencia en que se actualiza el lenguaje coloquial, el hablante tiene pocas posibilidades de interrumpir su emisión antes de darla por terminada y se ve poco inclinado a la autocorrección, en Miau encontramos un ejemplo muy representativo de interrupción-autocorrección: cuando Ponce anuncia en casa de su novia la agonía de su tío (del que es presunto heredero), doña Pura no puede contener su alegría, y su lenguaje la traiciona por dos veces, al decirle a Ponce:
* —[...] Pero dígame usted, Ponce (volviendo al comedor con rapidez gatuna), ¿va de veras? Estará usted muy contento, muy... triste, quiero decir. (pág. 192),
* ¡Pobre señor!... ¿Y qué hace usted que no se planta en casa del difunto..., digo, del enfermo? (pág. 193).
Generalmente, los recursos coloquiales que más dificultades ofrecen al autor para su incorporación a la obra literaria son aquellos que reflejan la espontánea adaptación de los interlocutores y de su lenguaje a las condiciones variables de la situación de comunicación vivida y compartida en el coloquio. En sentido amplio, se podría hablar de recursos de incorporación contextual al enunciado con valor deíctico (de la situación de comunicación y de la perspectiva ocasional de los hablantes). Galdós ha utilizado en Miau algunos (pocos, y con precauciones) de los más representativos:
a) El cambio de punto de vista del hablante (frecuente en Villaamil, que aparece en sus monólogos hablando solo, incluyéndose en un plural sociativo, invocando a Dios y hablándose a sí mismo en segunda persona: véanse, por ej., las pags. 95, 100, y todas las del soliloquio que precede a su suicidio).
b) Lo consabido, implícito, que refleja el común conocimiento que tienen los comunicantes de la situación previa de discurso:
* —¿Y los guantes? )preguntó doña Pura a su nieto cuando le vio entrar con las manos desnudas.
—Aquí están... No los he perdido (273, Luisito)
c) Señales de localización espacio-temporal, directamente relacionadas con el aquí-ahora vivido por los personajes (particularmente, el presente de indicativo con proyección al futuro o con valor de imperativo, y el infinitivo generalizador por el imperativo):
* Y ahora estamos esperando cálices chiquititos [...], santos de este tamaño, así, mira (270, la tía Quintina)
* Mira, Luisín, en cuanto acabes te vas abajo y le dices al amigo Mendizábal [...] (107, Villaamil)
* Se lo voy a decir a mi abuelo —[...]— y no vengo más a esta escuela
* Pues, si se te ocurre algo, llamas... (150, doña Pura)
* No, si yo ne he de volver. Mañana estaré muy lejos, amigo mío. Señores (volviéndose a los chicos y saludándoles sombrero en mano), conservarse. Gracias; que les aproveche... Y no olviden lo que les he dicho... ser libres, ser independientes... como el aire (374, Villaamil)
d) Indicios de la interacción y de la alternancia comunicativa. Muestra en algunos ejemplos la cooperación interlocutiva (el interlocutor completa el mensaje y el sentido del compañero):
* —Y basta y sobra. Ojalá no me hubiera ocupado de escribirlas. Bienaventurados los brutos...
—Porque de ellos es la nómina de los cielos... Bien dicho, señor don Ramón (226, Villaamil, Argüelles);
en otros, la activa influencia del interlocutor sobre el mensaje del hablante, que le hace numerosas apelaciones y "concesiones" (menos por cortesía que por la necesidad de ser aceptado):
* Miren ustedes; a mí me pasa esto por decente, pues si yo hubiera querido desembuchar ciertas cosas que sé referentes a pájaros gordos, «me entienden ustedes?... digo que si yo hubiera sido como otros [...] (311, Villaamil)
* Sus ideas son distintas de las mías... ¿Qué es lo que usted quiere ¿Más religión? Pues venga religión, venga; pero no oscurantismo... (128, Villaamil)
* —Lo primero es la fe, ¿sí o no?
—Corriente; pero... No, amigo Mendizábal; no exagermos (129, Villaamil);
en otros, la interrupción inoportuna:
* —No niego que me entró tentación de enseñárselos a mi papá , y se los enseñé...
—Pero si yo no te pido explicaciones, hijo de mi alma.
—Déjeme acabar... Y mi papá se puso furioso y a poco me pega... (336, Villaamil y Urbanito Cucúrbitas);
e incluso se puede encontrar en algún ejemplo ese "andar cada uno a lo suyo" que aparece con frecuencia en la charla intrascendente, en la que (por irrelevante o conocido de antemano) no interesa realmente lo que el otro dice:
* —Ya no hay modestia, ya no hay sencillez de costumbres. ¿Qué se hizo de aquella pobreza honrada de nuestros padres, de aquella... (no recordando lo demás) de aquella, pues... como quien dice...?
—Pues el pobre don Ramón, cuando cierre el ojo, se irá derecho al cielo
(75, Mendizábal y su esposa)