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En 1945 se publicó la novela del autor vienés Hermann Broch (5) (1886-1951), una voluminosa obra de dificil lectura que narra las últimas diez y ocho horas de la vida del poeta Virgilio. Apenas posee iritriga. Sólo la de saber si Virgilio,antes de morir, destruirá o no la Eneida, pero es el pretexto para suscitar una larga reflexión sobre qué sea al poeta y la creación literaria en un tiempo de crisis. En esta larga reflexión, escrita en su mayor parte con técnica de psicorrelato, se da la fusión mítica de Broch(6) con Virgilio que trataremos de analizar brevemente.
Desde otra perspectiva, valida para el análisis, la novela es también un poema sobre la muerte. Aquí el tema de las últimas horas de Virgilio se convierte en el correlato objetivo, de tono apocalíptico, de la situación del escritor y de su momento histórico. Virgilio cercano a la muerte/ Broch desterrado voluntario de la Europa nazi y con una existencia precaria repasa lo vivido y en medio de la alucinación y la fiebre -la situación trágica de Broch que está viviendo la experiencia de la Segunda Guerra Mundial- presenta la realidad de la muerte.
Al evocar Broch la época de Virgilio, que describe desde el "realismo" de la crueldad y los errores del Imperio Romano, sugiere la imagen del tiempo, también inhumano, vivido por el autor. Como Virgilio, última equivalencia, también Broch presiente desde la crisis de su momento un mesianismo e imagina, como Virgilio, vivir en el umbral de una nueva edad.
La novela está dividida en cuatro capítulos, cada uno de ellos simbolizado en uno de los cuatro elementos constitutivos de la realidad. Así el primero, simbolizado en el agua, se ocupa del arribo del poeta Virgilio al puerto de la ciudad de Brindis, cuando retorna, nostálgico, de Grecia y de sus orígenes campesinos.
Se acusa el contraste entre el ideal humanista griego, la sencillez campesina del poeta, ambos presentes en su conciencia, frente al ambiente ruin, picaresco, burdo e inhumano del entorno del puerto de Brindis, que constituye el plano de la realidad.
El capítulo segundo tiene como símbolo el "fuego", capítulo fundamental donde se realiza la fusión mítica Virgilio/Broch. Se narra aquí la noche de fiebre del artista, su descenso al infierno que identifica con la noche de la creación artística del propio Broch en momentos de crisis provocada por la situación políticosocial. Hay un mito que preside todo el capítulo, el de Orfeo. Es en él donde se da la fusión mítica Virgilio/Broch. El tiempo íntimo de Virgilio se conjuga con el tiempo íntimo de Broch de modo que, como escribe Antonio Prieto (7) "el yo del escritor se funde en la atemporalidad para sentirse vida mítica y conquistarse en la palabra sobre la caducidad del hoy". La técnica del psicorrelato colabora a la fusión y al análisis del yo y de la creación literaria.
La desesperanza de Virgilio y su deseo de quemar la Eneida se confunden con la desesperanza, respecto al papel de la literatura, de la creación poética en tiempos tan turbulentos como los vividos por Broch:
"[...] las mentidas esperanzas de ofrecer una ayuda con las que había adornado desde entonces su poesía, esperando contra todo saber y poder de la belleza, que la fuerza hechizante de la canción , terminaría por salvar el abismo de la mudez lingüística, y le elevaría a él, poeta, a donante en la comunidad humana reconstruida, exenta de plebeyez, y por eso mismo eliminando también él mismo la plebeyez, Orfeo elegido para guía de los hombre" (8).
Una vez enunciado el mito, Broch lo recrea, revivificándolo, al aplicarle su concepto de la creación literaria. Ni el mismo Orfeo, en la grandeza de su inmortalidad, justificó con su trayectoria existencial, según piensa Broch, su "sobreestimación de la poesía" al adjudicarle poderes salvadores de lo humano. Por ello pereció, y a continuación el autor vienés va a entretenerse considerando las dos caras de la belleza, apolínea/dionisíaca, reflejadas en el propio mito de Orfeo, pero expuestas y recreadas según el pensamiento de Nietzsche:
"Ciertamente muchas cosas en la belleza de la tierra, una canción, el mar en el crepúsculo, el sonar de una lira, una voz de niño, un verso, un retrato, una columna, un jardín, una única flor, todo esto posee el don divino de llevar al hombre a escuchar los más internos y los más externos límites de la existencia y apenas asombroso es que al arte de Orfeo y a la superioridad de Orfeo le hubiera sido concedido el poder de imponer cambios de cursos a las corrientes, de atraer a las fieras salvajes con dulce hechizo [...]: el mundo sometido a la escucha; a recibir el canto y la ayuda que de él mana...
[pero] la mansedumbre, a la que se han entregado cautivos el hombre y la bestia, es solamente una mitad de la embriaguez de la belleza, mientras la otra, no menos fuerte, es la del más rabioso exceso de crueldad [...] piedad y crueldad unidas en el equilibrio del lenguaje de la belleza, en el símbolo de equilibrio entre el yo y el todo, en el embriagador hechizo de una unidad que dura tanto como el canto, pero no más" (9).
La desesperanza virgiliana, su duda del papel salvador de la literatura, va a hacerse aún voz más personal cuando escribe:
"Oh, aquel a quien el destino ha lanzado a la cárcel del arte, apenas puede ya evadirse, permanece encerrado en el límite infranqueable, por donde fluye el acontecer lejanamente bello, y si no lo logra, en este aislamiento se torna soñador vano, ambicioso del no-arte, pero si es un artista genuino, se torna en desesperado, pues oye la llamada del otro lado del límite y solamente puede asirla en la poesia, pero sin seguirla, condenado a su ligar, paralizado por la prohibición, escritor de este lado del límite, aunque haya recibido el encargo de la Sibila y, piadoso como Eneas, prestado el juramento, haya tocado el ara de la sacerdotisa" (10).
He aquí el pensamiento de H. Broch sobre el escritor y su escritura en tiempos diffciles, expresado a través de Virgilio en esa noche de fiebre del mantuano, pocas horas antes de su muerte. Este capítulo es el central en la novela.
Luego vendrá en el tercero el símbolo de la tierra, que es la espera de la muerte. En él hay un plano real del amanecer y la visita, primero de sus amigos, otros poetas con los que dialoga sobre el arte y sobre el ambiente creado por Augusto y por Mecenas. Más tarde y más significativa es la visita del propio Augusto y el contraste entre el hombre del poder y el artista. La técnica es realista, predominan los sumarios y las escenas; largos diálogos donde se contraponen los puntos de vista sostenidos por los interlocutores, actantes de las distintas visiones del arte y el artista, y del papel de ambos en la sociedad.
De la conversación de los poetas Lucio Vario y Plotino con Virgilio se deduce la desconfianza de éste ante la creencia del perdurar de la obra de arte; su deseo de quemar la Eneida responde a esta desesperanza:
"Sí, se reía [Virgiliol...y hasta se avergonzaba de esta risa a costa del embarazo de Lucio, sin preocuparse de que éste había querido realmente defender el eterno valor de la Eneida y por eso mismo había que volver a la seriedad:
-Homero fue el heraldo de los dioses; perdura corno la realidad de ellos. Sin amargura por las risas que le habían dedicado, Lucio repuso:
-Y tú eres el heraldo de Roma, perduras corno la realidad de Roma; perduras mientras Roma exista.... eternamente.
¿Eternamente? Él sentía el anillo en su dedo, sentía su cuerpo, sentía lo pasado.
-No -dijo-, nada terreno es eterno, Roma tampoco.
-Tú mismo has elevado a Roma a lo divino.
Era así y no era así. ¿De qué hablaba Lucio? ¿no era esto como una sobremesa en casa de Mecenas, deslizándose sobre la realidad, tocándola ya apenas? Cercado de tinieblas, dijo:
-En lo terreno nada se torna divino; he embellecido a Roma y mi obra no tiene más valor que las estatuas en los jardines de Mecenas... Roma no vive por la gracia de los artistas... Las obras de arte son demolidas, la Eneida quemada..." (11).
El último capítulo, presidido por el símbolo del éter, se refiere a la muerte de Virgilio y lo subtitula "el regreso". De nuevo es la técnica del psicorrelato, de tono panteísta como se insinúa ya en el subtítulo. Sin embargo, se subraya en él que es la palabra la gran posesión de la condición humana. Por ello, cuando el poeta desaparece de este mundo, el recuerdo de¡ poder del verbo se le hace inefable, pero a la vez perdurable cuando Virgilio muere.
La obra concluye con este expresivo párrafo:
"[...] la palabra se cernía sobre el universo, se cernía sobre la nada, flotaba más allá de lo expresable y lo inexpresable, y él, sobrecogido por la palabra y rodeado por su rumor, se cernía con la palabra, no obstante, cuanto más le envolvía, cuanto más penetraba en él en ese mar de sonido y era penetrado por él, tanto más inaccesible y grande, tanto más pesado e inaprensible se tornaba la palabra, un mar cerniéndose, un fuego cerniéndose, pesado como el mar, y leve como el mar, sin dejar por ello de seguir siendo palabra: no pudo retenerlo y no debía hacerlo; para él era inconcedíbleniente inefable, pues estaba más allá del lenguaje" (12).
El mesianismo que se advierte en la lectura de la novela se encuentra vinculado a esta perduracíón del verbo.
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