Las fuentes de inspiración para la obra de Robert Graves, Yo, Claudio (23), por abarcar un período interesante de la historia romana, el siglo primero de los emperadores, son múltiples y, lo que es más raro, escogidas. Autor (24) acostumbrado a la lectura de los clásicos, los maneja con inusitada espontaneidad y conocimiento.
Además de los historiadores de la época, principalmente analistas, maneja a Tácito, sobre todo los Anales, también a Séneca y mucho se vale de Suetonio. Resulta de todo ello un conocimiento puntual y perfecto del siglo primero después de Cristo y de la agitada vida de la sociedad romana, que después de dos siglos de incesante lucha por alcanzar el equilibrio de los poderes establecidos en épocas anteriores, monarquía, democracia, poder personal -principado-, conoce la paz de Augusto.
Llama la atención el colorido y la actualidad que sabe imprimir a sus amplios conocimientos, y eso que se trata de un período complejo y además excitante en todos los órdenes.
Es el momento crucial de la historia romana, al que se llega después de una marcha triunfal de victorias ganadas, países conquistados y aportaciones de culturas exóticas que son absorbidas y hasta en cierto modo atraídas a la cultura latina que, lejos de dominarlas, las asimila para revertirlas con agrado de los mismos países conquistados.
La pugna entre el sensualismo y la espiritualidad en el primer siglo del imperio alcanza un grado estremecedor. Enmudecen momentáneamente la filosofia y la oratoria: aquella por la corrupción a la que llegó la sociedad -el adulterio era vínculo matrimonial, la economía y la austeridad de la Roma antigua desaparecieron y se introdujeron el lujo, la sensualidad, la malversación y el derroche, hasta un límite inalcanzable ahora-.
Y la oratoria porque la omnímoda y aplastante voluntad del príncipe hacía imposible que prevalecieran la verdad y la justicia.Tales eran los tiempos que hasta los mismos poetas se hacían eco de este estado de cosas, según la repetida frase de Juvenal: "Si natura negat fac indignatio versus" (25).
Yo, Claudio ha llegado a ser lectura de un amplio público, por haber acertado en la reconstrucción fascinante de un pasado que a la vez refleja constantes de períodos críticos del hombre y de los pueblos. Algo que recuerda aquella frase del poeta Juvenal: "Nihil erit ulterius quod addat posteritas nostris moribus". El éxito de la obra de Robert Graves se debe también al carácter tradicional con el que está escrita. Nada tiene que ver con la novela experimental. Una primera persona narrativa, el emperador Claudio, simula la escritura de una autobiogra~ fía en la que se refiere a una familia, la dinastía Julia Claudia, que llena el primer siglo del imperio.
La obra suscita el interés ya desde las anotaciones que preceden a esta "historia confidencial" (26) dirigida "a la posteridad" (27). El narrador es precisamente un miembro de la familia, el emperador Claudio, nacido el año diez a. de C. y asesinado y deificado el cincuenta y cuatro después de Cristo. En las primeras páginas de la obra presenta también a los miembros de la dinastía Julia Claudia siguiendo la profecía de la Sibila que se recoge, en su versión latina, en las anotacíones que preceden al comienzo de la novela. junto a los versos sibilinos, se reproduce el juicio de Tácito sobre el tema:
"[...] Una historia que fue sometida a toda clase de tergiversaciones, no solo por parte de quienes entonces vivían, sino también en tiempos posteriores porque es lo cierto que toda transición de prominente importancia está envuelta en la duda y la oscuridad. Mientras unos tienen por hechos ciertos los rumores más precarios, otros convierten los hechos en falsedades. Y unos y otros son exagerados por la posteridad". (28)
El contraste entre el narrador, Claudio, un hombre tartamudo que fue emperador, y la materia narrada, los reinados de Augusto, Tiberio y Calígula, es otro motivo de interés que suscita la novela. Contraste que revela la paradoja del hombre frente a la historia. Paradoja que se acentúa en las continuas intromisiones del narrador al hilo de las historias, en sus juicios sobre las propias reacciones ante los acontecimientos contados. Así, cuando narra uno de los excesos realizados por el emperador Tiberio, la condena a muerte de Seyano y cómo sus hijos fueron ejecutados, escribe:
"En cuanto me enteré de esto, me dije: "Roma, estás arruinada. No puede haber expiación para un crimen tan horrible", y puse a los dioses por testigos de que, si bien era un pariente del emperador, no había tomado parte en el gobierno de mi país y que detestaba el crimen tanto como ellos, aunque fuera impotente para vengarlo". (29)
Esta primera persona narrativa, por las aficiones y gustos que revela, remite al lector conocedor de la obra de Graves al mismo Graves. El Claudio de la novela es un buscador de la verdad más allá del mundo materialista corrompido, recuérdese al Robert Graves poeta (30). También Claudio, por su contar detallista de lo que ha observado, delata la minuciosidad del autor por reconstruir un mundo pasado que le resulta nostálgicamente apasionante. La pasión la sabe transmitir como también su honda simpatía por el emperador.
Si el escritor inglés ha vertido parte de su experiencia vital y literaria en el narrador protagonista, también ha realizado una representación, desde el paradigma de la historia, de las pasiones humanas. Quizá sea este aspecto, la apelación al lector, el que explica en gran medida el éxito de público, al interesar a amplios sectores que no necesitan de una preparación cultural relevante para introducirse en las historias y en los personajes de la Roma antigua, descubridores de los entresijos sentimentales y pasionales de la condición humana.
Son un ejemplo esclarecedor las páginas que el narrador Claudio dedica a la historia de Livia y la naturalidad con la que escribe de los secretos de este complicado personaje (31).
En la novela no hay proceso que mitifique o desmitifique al héroe. Ni tampoco se da, aunque haya sintonía, la fusión mítica. Se trata, simplemente, de reproducir o representar, de hacer vivir al lector un mundo pasado, pero lleno de apelaciones, por la riqueza de su fantasía y por su realismo, a situaciones que revelan la condición humana, en su grandeza y en su miseria.
Una relación sale al paso entre la novela de Robert Graves y la analizada anteriormente de Bertolt Brecht. Graves es un autor que maneja con más profusión las fuentes, pero con más respeto y conocimiento. En cambio Brecht resulta, por su excesivo rigorismo histórico, también excesivo en el uso de las fuentes.
Las cuatro novelas que se han analizado apuntan cada una de ellas a aspectos relevantes de la literatura contemporánea:
Se ocupa Broch de qué pueda representar la creación literaria en momentos difíciles de la historia actual.
M. Yourcenar apunta a cuáles sean los valores esenciales del humanismo europeo. B. Brecht, sin embargo, es un testimonio del proceso de destimitificación emprendido por autores contemporáneos. Finalmente, R. Graves reconstruye de modo minucioso un mundo pasado, pero al tiempo descubre rasgos esenciales de las pasiones humanas que resisten el paso de los tiempos.
Finalmente, este escarceo por la revivificación de algunos mitos históricos latinos comprueba, una vez más, que la literatura es un camino válido para el conocimiento del hombre y del mundo.