



En el Libro V, se produce el primer encuentro entre Iván y Azarías, a través del cual se ponen en contacto no sólo dos personajes, sino las polaridades paradigmáticas que ellos encarnan en la obra: Muerte/Vida, Violencia/Ternura, Culpa/Inocencia. La tardía conjunción de ambos personajes refleja a nivel sintagmático, además de la distancia social insalvable existente entre ellos, el carácter inconciliable de sus respectivas actitudes. Por ser quien es (social e individualmente) Iván jamás hubiese reparado en Azarías de no tener éste ese atributo especial de comunicación con las aves que lo vuelve utilizable: “digo, Paco, que con estas mañas que se gasta, ¿no haría tu cuñado un buen secretario?” (pág. 135). Pero por ser también Azarías como es, un ser elemental ajeno a toda conveniencia social y, en consecuencia, libre tanto de la obediencia reverencial de Régula como de la devoción servil de Paco o la despreciable cobardía de Pedro, Iván no saldrá impune de su último abuso. La conjunción entre ambos desembocará en una rápida y definitiva disyunción, producto de la imposible coexistencia entre dos incapacidades extremas: la de tomar en cuenta al otro (Iván) y la de comprender las consecuencias sociales del propio acto (Azarías).
El predominio de las escenas singulares es absoluto en los Libros V y VI. Esto concuerda con el paso del acontecer a la acción y con el consiguiente aumento, además, de intensidad y tensión. El creciente dramatismo del relato reclama escenas singulares para alcanzar toda su fuerza emotiva.
El accidente de Paco hace experimentar a Iván los límites de su poder, de allí su visible irritación que le hace fallar, incluso, contra lo que es habitual, tantos tiros inmediatamente después de la caída de su “secretario”. El tiempo no sólo ha pasado para éste, como el propio señorito despiadadamente le hace notar: “la edad no perdona, Paco, el culo empieza a pesarte, es ley de vida” (pág. 119), sino también para Iván, aunque en otro sentido: no como desgaste físico (es un hombre joven), sino como desgaste histórico de su poder. La nueva generación (el Quirce), si bien sigue respetando las formas, ya no se afana por complacer en todo a su amo. No ha llegado todavía la hora de la rebeldía, pero sí su anuncio: la reticencia ante el poder. Se obedece, pero sin afán de halagar. Se sirve, pero sin servilismo. Por eso puede decirse que, en esa reticencia, ha comenzado a alborear la dignidad. Se continúa cumpliendo con las obligaciones, pero sin entregar el propio ser. Lealtad y devoción han dejado paso al mero acatamiento. De este modo, se rehúsa al amo el derecho de propiedad sobre la propia interioridad. Se ha tomado distancia respecto del patrón, paso previo e imprescindible para tomar conciencia acerca de lo injusto de su poder. En realidad, Iván tiene motivos para sentirse nervioso y molesto. Los sometidos han dejado de ser agradecidos; se han vuelto “ingratos”. El paternalismo del poderoso ya no los encandila.
Por eso no se siente la necesidad de agradecer el seudo-afecto interesado y manipulador con que hasta entonces se los convertía en colaboradores devotos de su propia opresión. Por algo exaspera tanto a Iván que el Quirce haya rechazado la propina que quiso darle: “muy sencillo, al acabar el cacerío, le largo un billete de cien, veinte duritos, ¿no?, y él, deje, no se moleste…” (pág. 144). La misma propina, aunque esta vez en forma de piropos, que Nieves, con su pudorosa cortedad, tampoco recoge: “ninguno salís a tu padre, a Paco digo, niña, ¿es que también te molesta que elogie tu figura?” (pág. 146).
Aparte de todo lo dicho, el desplazamiento de los resúmenes y la narración iterativa por las escenas singulares es un indicio de los contratiempos que experimenta el poder en el cortijo para seguir imponiendo un ritmo convenientemente uniforme a la existencia. Ahora, en la persona de Iván, va descubriendo que el control del acontecer (accidente), de la naturaleza (soldadura de los huesos) y de los ánimos (Quirce, Nieves) comienza a escapársele. Ya no hay manera de reducir las escenas a resúmenes, lo singular al flujo rutinario que beneficia al sistema. Los hechos ya no funcionan como parte de un mecanismo, sino que se han vuelto únicos e incontrolables.
Otro aspecto muy significativo, que incide tanto en el ritmo como en la significación, es la combinación, en el Libro V, de escenas singulares con elipsis de una manera como no se había visto antes en la obra. Esa mezcla de vacíos y primeros planos refleja, en cierto modo, la oscilación de Iván entre impotencia y voluntarismo. Algunas de esas elipsis marcan los huecos temporales de la espera impotente a la que se ve reducido el impaciente Iván ante la resistencia que le ofrece, no Paco (sería incapaz), sino uno de sus huesos, un simple hueso, pero que señala el límite de la omnipotencia. Elipsis y escenas marcan con su alternancia el ir y venir del ánimo de Iván entre la impotencia y la prepotencia.
La fugaz imagen final del Libro V, vista desde los ojos de Nieves, es un indicio de la furia posesiva compensatoria que se apodera de Iván como consecuencia de las frustraciones sufridas por su voluntad, hasta ese momento omnímoda, en los últimos días. Frustración que, en la escena previa, pareció que iba a desfogarse con Nieves. De todos modos, si bien esto no ocurrió, dejó la clara sensación de que la próxima “ave” derribada por el señorito sería, tarde o temprano, la hija de Paco.
Continuando la línea del Libro V, en el VI hay un dominio casi excluyente de las escenas singulares, que coincide con el rumbo irreparable tomado por los hechos. Las escenas iniciales, centradas en Pedro el Périto, contrastan con la que protagoniza Azarías al final y ponen de relieve la cobardía y total falta de dignidad de Pedro, que no se atreve a enfrentar a Iván, al cazador que lo despojó de su “milana”, y se resigna incluso a que se burle de él en su propia cara. Azarías, en cambio, como no es capaz de hacer cálculos sobre la conveniencia o no de reaccionar frente al despojo, es por consiguiente libre de obrar según sus propios sentimientos. Él no sabe de dignidad, pero la practica y le quita de la cara a Iván esa risa del que se cree superior e impune. Es, precisamente, el hábito de la omnipotencia el que le impidió a Iván darse cuenta de la diferencia entre Azarías y Pedro, de que mientras uno ama apasionadamente a su milana, el otro sólo se desespera por su ego herido. Por eso, mientras éste se aviene a todo, aquél castiga según un sentimiento elemental de justicia, lo único que tenía a su alcance.
Las escenas centrales del Libro VI (cacería matutina, que culmina con la muerte de la milana, y batida vespertina que desemboca en la ejecución de Iván) constituyen el clímax de la obra y se caracterizan por una aceleración vertiginosa del ritmo (ya iniciada con el comienzo de la acción en el libro anterior) como consecuencia de una fenomenal condensación temporal: unas pocas horas de una misma jornada. Esto unido a la violencia moral y física de los hechos, realzada por el primer plano de las escenas, produce la intensidad emotiva que mantiene en vilo al lector. Toda la violencia soterradamente acumulada a lo largo de la exposición, y que gracias a ésta el público experimentó como propia, se desencadena catárticamente en el desenlace reparador, aunque no redentor, pues en realidad no modifica nada sustancial de lo mostrado en la exposición. En los resúmenes iniciales estaba el germen de lo que estalla en las escenas finales y la razón también por la que éstas no van a cambiar nada de la situación resumida en aquellos, aunque quizás señalen, eso sí, el comienzo de un vuelo hacia el cambio simbolizado en ese “apretado bando de zuritas” que “batió el aire rasando la copa de la encina en que se ocultaba” (pág. 176).
Iván muere ahorcado como un delincuente, como el delincuente moral que era. El que vivió matando pájaros para poder sentirse vivo, murió por matar uno demás, el que no debía. El árbol del que termina colgado representa esa Naturaleza a la que ha sido sacrificado después de haberla mutilado tanto. La reparación es total: el sacrificador de la vida ha sido sacrificado a ella. El cazador, símbolo de lo transitorio y de la búsqueda de un centro, muere en el árbol, que representa perduración y centralidad. En ese universo degradado, donde los cristianos ya no son los inocentes, sino sus verdugos, el árbol ya no significa tampoco la redención de la cruz, sino el castigo de aquellos que han pervertido su mensaje.
En el tiempo mítico del evangelio, los inocentes murieron para que el Mesías viviera. En el tiempo actual del desencanto, quien sigue viviendo es Herodes, bendecido por los supuestos herederos del Mesías. Pero si un inocente, un “niño” de sesenta años es capaz, sin conciencia de nada ni propósito alguno, de negarse a seguir sufriendo más mutilaciones, entonces quizás, sólo quizás, la redención vuelva a ser posible, si es que otros hombres, en lugar de sentarse a esperar la venida de algún mesías, sienten volar sobre ellos el “espíritu santo” de la propia dignidad. La peligrosa “milana” (que todos los “ivanes” del poder quieren matar) de la fraternidad universal.
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