Mujeres, monstruos y capitales - 1984: la profecía del pasado

5 - 1984: la profecía del pasado

Monografía creado por Rodrigo Quesada Monge. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/muj_mons.html
31 de Agosto de 2006

El poder de que nos hablará GEORGE ORWELL (1903-1950) en los años cuarenta de este siglo, ya no es el poder al que aspiraba Griffin, el científico de EL HOMBRE INVISIBLE, como acabamos de ver. En esa poderosa y escalofriante alegoría del poder que es su novela 1984 (escrita en 1949), el autor nos formula un argumento que ha estado con nosotros hasta la actualidad. El fértil ingenio de Orwell para la sátira se pondrá a nuestra disposición en una pieza literaria, que por decir lo menos, sigue tan vital y evocadora como nunca46. Veamos por qué.

Si alguien quisiera entender qué fue lo que pasó en la Unión Soviética en octubre de 1991, le bastará leer con cuidado 1984. En esta novela están descritos todos los componentes que caracterizan con profundidad a cualquier régimen totalitario47. Si originalmente fue pensada para desplegar una crítica mordaz del régimen estalinista, los recursos estéticos e ideológicos de la novela llevaron a Orwell más allá de lo que él mismo esperaba. Y bien puede sostenerse que 1984 es una parábola inmisericorde del poder.48

Tan compacta y llena de recursos como pocas, esta novela es una caja de herramientas para entender los entretelones que se encuentran en la cámara de torturas que es el totalitarismo. En ninguna otra parte ha sido tan bien tratado este problema, ni con la misma lucidez y profundidad de análisis. Lo que pasa es que, si nos fijamos bien en nuestras sociedades del presente, la siniestra pintura de Orwell cada vez es más cierta, no en el socialismo real (que ya no existe), sino en la supuesta democracia occidental.49

La distorsión con propósitos ideológicos de la información, la manipulación de la historia, el tratamiento maniqueo del pasado, y los delirios de encantador de serpientes de los políticos occidentales, han llegado a tales niveles, que uno bien podría preguntarse si Orwell reescribiría su obra, en caso de estar vivo. La dimensión y la potencia de la respuesta estaría en relación directa con nuestra sensibilidad y conocimiento de la realidad actual. Esta se modifica con tanta rapidez ante nuestros ojos, que los hombres y mujeres de esta parte del siglo, difícilmente se percatan cuándo están siendo objetos de mensajes totalitarios, y los han asumido con tanta naturalidad, que es escalofriante la capacidad que tenemos hoy para la indiferencia.50

La civilización de 1984 es la civilización del beneplácito. ¿Y han pasado muchos años entre 1984 y 1998? Han sido años tan llenos de calidad y contenido que nos tomará rato ponderar en su justa medida toda su herencia. Pero la capacidad premonitoria de Orwell es asombrosa, porque las grandes crisis de los años que siguen a 1989, parecieran estar ya intuidas en su novela.51

En un país imaginario, donde está debidamente programado por un líder omnipresente y omnipotente, al que conoceremos como el Gran Hermano, Winston Smith, el héroe de la historia, comete el enorme crimen de pensar por sí mismo. La situación se le agrava todavía más a nuestro héroe, cuando se le ocurre enamorarse. Todo régimen totalitario es contrario a la sensualidad, lo hemos dicho en otras partes52. En el diario que empezó a llevar en 1984, anotó todas las transformaciones y los cambios que estaban ocurriendo en su espíritu cuando decidió que su vida, rutinaria y vacía, debería tener algún propósito. Es precisamente la búsqueda de ese propósito el que le costará la vida a Winston Smith. Situación todavía más notable si recordamos que el Superestado que lo contextualiza todo, hará que Winston a la larga acabe por tragarse sus sentimientos y pensamientos individuales.53

La novela de Orwell pone el acento en dos materias de profunda importancia para las sociedades contemporáneas. Por un lado nos despliega su generoso razonamiento sobre los niveles de operatividad del poder, y por otro, pone en cuestión la silueta civilizatoria de que tanto se precian las sociedades organizadas.

Orwell no es el maniático obsesionado con las locuras del poder, que quisieron ver en él escritores como el peruano Mario Vargas Llosa o el francés Jean-Francois Revel54. Tampoco es Orwell el escritor que utilizara su pluma para hacer una apología fácil de la supuesta democracia occidental. En él encontramos básicamente a un pensador que quiso desarrollar una crítica devastadora de nuestras percepciones y preconcepciones de la realidad. Su acercamiento a ésta no es nada cauteloso ni frívolo. Es brutal y meticulosamente descriptivo. No es extraño que sus ensayos también presenten la misma característica.55

Pero donde verdaderamente reside la potencia de la literatura de Orwell es en su ácida evaluación del poder y de la autoridad. No podemos sostener con certeza que el escritor inglés fuera un pensador anarquista, pero muchas de sus ideas y de la forma en que están articuladas se asemejan mucho al ideario ácrata. Que para bien o para mal hizo suyas muchas de las aseveraciones de Orwell. Un nacionalismo de fuerte tufillo monárquico, hace pensar a veces que Orwell, por otro lado, bien pudiera ser considerado como un feroz enemigo del socialismo y un simpatizante entusiasta y responsable del liberalismo de ultra derecha. Ante tantas y tan diversas dificultades para cualificarlo, Orwell emerge como el escritor vital y poderoso que siempre quiso ser.56

La forma en que el lenguaje cambia, los giros del idioma, las distorsiones lingüísticas y otras manipulaciones claramente mal intencionadas, revelan con absoluta transparencia los verdaderos designios del totalitarismo con el que se las trae Orwell. Una de esas grandes preocupaciones es claramente el problema de la forma en que tratamos el pasado. Toda dictadura, dice Orwell, tiene una obsesión compulsiva por controlar el tiempo histórico, por retorcer hasta lo irreconocible el manejo que hacen los hombres de su historicidad, de su cotidianidad más fluida e inclusiva. Porque la historia que se escribe todos los días es la más comprensiva con que tengan que entenderse los seres humanos en sociedad, y en su soledad menos articulada.57

Los eventos de la vida diaria que Orwell narra en su novela, son tan abrumadores en lo que respecta a su futilidad, que la conclusión que termina por obtenerse es que, no hay nada más aburrido y monocorde que la vida cotidiana en cualquier régimen totalitario. Los tiranos son monótonos y rutinarios, su meticulosidad con los pequeños datos de su oficio de controlarle la vida a las personas, los hace increíblemente previsibles. Y la ironía reside en eso: en el terror que inspira saber que uno pueda encontrarse la muerte a la vuelta de la esquina. Más aterrador es todavía saber que se trata de una certeza, en la medida en que depende de otros hombres la calidad de nuestra vida o de nuestra muerte.58

Con Orwell uno aprende que los hechos tienen una verdad intrínseca y que la sabiduría de la labor intelectual, artística y política consiste en saber extraerla. La sombría cotidianidad en un régimen totalitario está inspirada en impedir que los hombres puedan "inventar" los hechos. Es decir, consiste en bloquearles toda posibilidad de imaginación. Está visto que las dictaduras y la imaginación creadora no han compatibilizado nunca. Los Nazis y los Estalinistas tuvieron un gran talento para la muerte, no para la vida. El sentido de la temporalidad que hay que ver en ésta no está diseñado para que lo intuyan los tiranos. Ellos, por lo general, están muy preocupados construyendo el mañana sobre los cadáveres del ayer. Siempre tienen una muy pobre percepción del presente. La espontaneidad los desconcierta de una manera ridícula.

Al mismo tiempo, la infame represión de la sensualidad adquiere en este tipo de dictadores los más escandalosos detalles. En la novela de Orwell, a Winston se le ocurre enamorarse, y aunque el amor no lo salva de su infierno, le permite al menos enterarse de que existe la posibilidad de un mundo mejor.59

Ese sueño, sistematizado y vehiculizado en pro de los aspectos menos vistosos del amor, la amistad y la tolerancia, adquiere en 1984 unos niveles pocas veces logrados por obras similares de este género. Esta novela logró retratar con perfección el abanico de tensiones, paranoias, y manías que las dictaduras alcanzan a provocar en la población. Incluso los rituales más cotidianos de las personas, como la visita diaria a la letrina, están debidamente regimentados, y esto, Orwell supo retratarlo con una gran dosis de sensibilidad. En particular, cuando se ha vivido en un país donde la democracia burguesa hace alarde de fluidez y continencia ideológica y política.

Cuando se lee por primera vez 1984, cualquiera piensa automáticamente que se trata del dictador ruso José Stalin (1897-1953). Otros lectores imaginarían que se trata de una mordaz simulación de lo que podría sucederle a Inglaterra, en caso de ser gobernada siempre por el Partido Laborista. Sin embargo, importando muy poco los blancos hacia los cuales estuviera dirigida la reflexión de Orwell, el asunto es que 1984 tendrá vigencia por mucho tiempo, en tanto perviva con nosotros la amenaza siniestra del totalitarismo.

En otro momento, intentamos expresar abiertamente nuestros temores sobre lo cerca que se encuentran la globalización y el totalitarismo60. Pero cada vez nos convencemos más de que la forma en que Orwell expresó los suyos, ha tenido un impacto demoledor en nosotros. Eso porque, en diversas ocasiones, el escritor inglés fue acusado de fascista, y de practicar un objetivismo que se parecía mucho al de los Nazis.

Si también Orwell con regularidad defendió las ideas de Kipling, cuando éste, solapadamente, se refería al derecho de las supuestas "civilizaciones superiores" de regir y diseñar la vida de las "civilizaciones inferiores", es incuestionable que el mal digerido conservatismo de nuestro autor atiende más a razones de orden antropológico que político.61

Orwell siempre creyó que los hombres ("el bicho humano") se comportaban en sociedad como en una granja (ANIMAL FARM), y que sus hábitos y costumbres estaban entretejidos con las más elementales leyes de la supervivencia. El darwinismo social de Orwell está ahí con claridad, para ser observado por todos. Orwell es en realidad ese tipo raro de escritores que expresan con la más absoluta transparencia, sus creencias y prejuicios más profundos. Su literatura es frenéticamente ideológica, fue pensada y está dirigida de forma diáfana hacia una postura ideológica: la defensa más feroz del individuo y de la individualidad.62

1984 es, en ese caso, un ejemplo supino de lo que es hacer literatura al servicio de una idea o de un culto ideológico específicos. Pero, aunque podamos criticarlo por su individualismo de rapiña, su demolición de la legitimidad posible del totalitarismo es sencillamente soberbia.

Una novela cargada de premoniciones como ésta, en la que los datos de la vida cotidiana son tratados con tan profundo espíritu crítico, pudo resultar a la larga en el mejor retrato jamás hecho de la guerra fría, la que, dicho sea de paso, no se ha estudiado con la responsabilidad que amerita. Y tal carencia es debida en gran parte a que, las potencias interesadas en el engendro, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), ocultaron sistemáticamente sus designios totalitarios más acendrados.

La gente decente no debería olvidar que el muro de Berlín (1961-1989) es la nefasta construcción del totalitarismo soviético y del burgués occidental. Seguir sosteniendo, a esta altura del desarrollo informativo, que dicha muralla de opresión y vergüenza es la creación única de los comunistas soviéticos, es reproducir con terquedad los viejos lemas de la, supuestamente ahora fenecida, guerra fría.63

Los desplantes totalitarios de Churchill y de Truman, junto a los de Stalin completan un cuadro que ya Orwell había pintado en 1984. Lo que pasa es que, con el fracaso del socialismo soviético, fue más fácil atribuirle todos los desmanes de la guerra fría a un modelo de sociedad que nunca eclosionó. Pero 1984 bien puede leerse como la sentida parodia del totalitarismo soviético, así como del burgués occidental. La cotidianidad en ambos escenarios es en realidad la misma.

Así parece indicarlo la tristemente célebre historia del muro de Berlín. Este vino al mundo como la rotunda humillación de un pueblo atrapado entre los desmanes de dos formas de opresión de igual efectividad. El muro de Berlín retrata con lujo de significados, hasta dónde podía llegar el despojo de su dignidad al que sería sometido el pueblo alemán, después de ochenta años de intentos por darse a sí mismo una identidad. Una identidad que primero le robaría Bismarck, los Nazis después, y por último los totalitarismos que pariría la guerra fría.64

La ironía que se encuentra insinuada en la novela de Orwell, 1984, es que, por más que parezca esforzarse un pueblo por encontrar su propio camino hacia la individualidad y la entereza, como nos lo han enseñado los alemanes, los dictadores terminan por merodearles la lucidez y la sabiduría. No hay peores parásitos, se nos dice en 1984, que los tiranos, con respecto a los pueblos que pretenden iluminar. Bien puede verse que, los alemanes y los rusos, tienen mucho que ofrecernos en ese sentido.

En 1984 la única posibilidad de esperanza reposa sobre la amistad y el amor. La relación entre Winston y Julia se nutre de los miedos y frustraciones de ambos y, como siempre, es ella la que idea escapadas, escondrijos, lenguajes y gestos propios de personas sometidas al terror de expresar abiertamente sus emociones.

Ella tuvo la iniciativa en todo momento, para arriesgarse, para hundirse y para morir. Como sucede con novelas de este tipo, donde las grandes abstracciones parecieran engullirse a los personajes, que a veces se nos tornan en tesis más que en seres humanos, las emociones son la sombra de las ideas.

La mujer-madre de inspiración rousseauniana no está presente en esta novela, como tampoco aparece en otras del calibre del ULYSSES, de James Joyce, pero el perfil cartesiano de una femineidad racionalista y racional abre paso, deja lugar, a una emotividad en la vida cotidiana que el poder estructurado como cámara de tortura hace rato borró del mapa social. Por el amor de Julia, Winston pudo ser humano, sentir, pensar, caerse, levantarse y atreverse a la rebeldía, porque ella supo abrirle los intersticios de la masa aparentemente monolítica del poder. Las mujeres han probado a lo largo de la historia, que esa labor de zapa requiere paciencia y una gran dedicación, ambas expresiones incondicionales del amor.

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