Mujeres, monstruos y capitales - El conde Dracula: vampiros mujeres e imperios
3 - El conde Dracula: vampiros mujeres e imperios
He aquí otra de las novelas útiles para entender cómo produce ideología el imperio, y cómo se fijan las relaciones entre hombres y mujeres afectados por la industrialización. Redescubrir al vampiro, fue un acto de extraordinaria intuición artística e ideológica, en manos de un escritor al que no podemos considerar excepcionalmente dotado.
Pero el momento en que el acontecimiento estético se produce, es también el de máxima expansión industrial e imperialista de Gran Bretaña, luego seguido por Francia, Estados Unidos y Alemania.
Cuando dejamos a Mary Shelley, en pleno período romántico de la literatura inglesa, la revolución industrial está apenas en sus espasmos iniciales, y los ferrocarriles no son más que juegos de niños, en manos de algunos inventores geniales que sueñan con hacerlos realidad. Para los años ochenta y noventa, la misma revolución industrial ya se encargó de cubrir todo el planeta con ferrocarriles. Y los ingleses son los dueños de la economía mundial, que se mueve a su antojo18. En este momento, hablar de vampiros, significaba para decir lo menos, poner los ojos en lo exótico de otras tierras, así como en los fundamentos ideológicos que legitimaban la antropofagia alegórica que se puede encontrar en la novela gótica. Porque para estos años, la novela gótica ya no es más que una rareza y no tiene el poder de invocación que hubiera tenido cuando Mary Shelley escribía FRANKENSTEIN.
El argumento fácil sería sostener que el vampirismo es idéntico a imperialismo, y así nos expondríamos a la acusación de que nuestra interpretación de la novela es mecánica. Sin embargo, ese argumento no deja de tener cierto grado de verdad, aunque posiblemente el énfasis no sea el correcto. Porque el vampirismo es tan viejo como las prácticas antropofágicas de un sector importante de la humanidad, hasta el momento en que la burguesía lo convierte en un dispositivo erótico muy potente para canalizar sus frustraciones. Por lo general, es curioso, son las mujeres las que son las víctimas propiciatorias del vampirismo masculino. Rara vez encontramos un vampirismo sistemático y sustanciado por parte de las mujeres hacia los hombres. Con mucha frecuencia las vampiras son lesbianas. Generalmente la victimización de la mujer es más bien la excusa para explicar que son presa fácil de sus debilidades y que por ello, deben ser protegidas y nutridas como niñitas indefensas, un criterio que una reina como Victoria promovía pero en el que nunca creyó. Un criterio al fin, que los hombres han sabido explotar cabalmente.
Por eso es que una distinción central se impone: aquella que debe ser puntualizada entre vampirismo y vampiro. La historia que escribió Abraham (Bram) Stocker (1847-1912), es una historia de vampiros, no necesariamente de vampirismo. El argumento es en verdad simple: un extraño conde, perdido en las profundidades de los Cárpatos rumanos, quiere comprar una casa en Londres, para establecerse y alimentarse con la sangre de la población inglesa. De ahí en adelante toda la historia gira en torno a la lucha por hallarlo y eliminarlo, pues parece que los hábitos culinarios del misterioso conde, sólo pueden traer sufrimientos y opresión al inocente pueblo de Inglaterra. Entretejida con una historia de amor, donde no faltan la intriga, la superstición, y las pequeñas envidias cotidianas, la historia del conde Drácula, es sólo la historia de un hombre profundamente enamorado del poder, que, desde el más allá, trata de ejercerlo. Pero el vampirismo no está tan claro, como pudiera hacernos pensar dicha historia. El vampirismo no se reduce a la simple extracción de sangre de la víctima. En este caso, hubiera sido muy sencillo hablar del peligro amarillo (de los chinos) a quienes había que combatir con el ejemplo y la fuerza de la civilización occidental, es decir, del imperialismo19. Pero resulta que la novela de Stocker tiene más utilidad todavía.
El autor era irlandés. Y ello dice mucho de todo este asunto, puesto que algunos se han dedicado a ver en la novela de Stocker un vampiro que sólo busca su propia satisfacción personal, un vampiro tan hambriento que no ceja ni un segundo en su propósito por someter a tantas víctimas como sea posible. Este tipo de crítico, o de lector si así place llamarlo, se quedó atorado en una visión tan personalista y frívola del vampiro de Stocker, que nos preguntamos cómo puede pasar desapercibida la enorme utilidad ideológica que tiene esta novela. De cualquier manera, nos podríamos preguntar, ¿qué tiene de erótico andar sacándole la sangre a la gente? O, hagamos la pregunta de otra forma: ¿qué tiene de erótico el parasitismo? Para la condición particular de la mujer, el engarce entre ambos ingredientes puede conducirnos a entender mejor la virtual explotación de que son objeto, cuando se argumenta que su capacidad de seducir se explica por su belleza física sobre todo. En estos casos es cuando el vampirismo se parece mucho al canibalismo como decíamos.
El parasitismo llegó a convertirse en una expresión cultural tan legítima en el capitalismo, como cualquier otra manifestación de vida cotidiana para la burguesía bien acomodada, y pagada de sí misma. El parasitismo que criticaba tan ásperamente un escritor inglés como Charles Dickens, durante la primera parte del siglo XIX, encuentra en Bram Stocker, en la segunda parte del mismo siglo, a un defensor solapado y manipulador que logró ver en la novela gótica una excusa muy valiosa para expresar sus verdaderas inclinaciones estéticas y políticas.20 Ahora bien, pero no se trata solamente de hacer responsable a Stocker de habernos devuelto la importancia estética y erótica del vampiro. Drácula es un caballero, es un enamorado incondicional. Su amor trasciende incluso los límites que le impone la geografía, y la mujer, ante tales situaciones, sólo alcanza a explicarse dichas obsesiones utilizando el dispositivo que le posibilita el erotismo. Y si queremos recordar las distintas visiones que del vampiro nos ha dejado el cine, podemos concluir que resulta casi hasta agradable y simpático. Sobre cuando después de tantas vampiras lesbianas el cine también se atreve a darnos un vampiro con claras inclinaciones homosexuales, como sucede con el de Ann Rice en la versión cinematrográfica de su Entrevista con un vampiro. Pero el verdadero problema no es el vampiro, es el vampirismo.
La sociedad industrial entre los años que van de 1880 a 1930, ha llegado a la conclusión de que el colonialismo, y sus expresiones más sostenidas como el imperialismo, es perfectamente legítimo si partimos de la base de que la cortina de humo se llama civilización, y el fondo del asunto es realmente la explotación y el parasitismo al que hacíamos referencia arriba.21
Por eso el vampiro no debe ser confundido con el vampirismo. Porque el vampiro es una creación mítica del siglo XV (y tal vez antes), y el vampirismo a su vez es una creación del imperialismo de la segunda parte del siglo XIX. El lector puede llegar a sentirse desilusionado, puesto que nuestra interpretación le quita su embrujo y encanto a la figura del vampiro, y pone el énfasis en su parasitismo. Este, aunque el término no es nada agradable, se despliega a todo lo largo de la novela de Stocker, tanto que uno termina al borde de la nostalgia, cuando se percata de que condes como Drácula, pertenecen a una época que ya se fue irremisiblemente. Pero, aparte de la defensa sutil y consistente del buen gusto de los aristócratas, la novela es también un intento reaccionario y anti-romántico por defender el derecho de aquellos a la más improductiva y siniestra pereza. Una pereza que reposa esencialmente en la explotación del otro y hace del acto algo sublime y poderoso. Se trata de un ocio aristocrático que los franceses habían desmantelado hacía rato, y que ahora Stocker recuerda con una nostalgia bañada en sangre y sustentada en una herejía que tiene poco asidero en un ateísmo sistemático y bien orientado22.
El castillo del conde Drácula no es un refugio para la creación intelectual y el disfrute de la belleza. Es evidente, no era el castillo de un Michelle de Montaigne (1533-1592) por ejemplo. Asimismo, la relación del conde con las mujeres no es respetuosa, íntegra y bien articulada con sus aspiraciones. Es una relación parasitaria, explotadora y destructiva. El colmo de la desesperación de los ideales aristocráticos de Stocker es pretender que una relación de este tipo pueda remontar incluso las fronteras de la muerte. La obsesión posesiva de Drácula por las mujeres es a todas luces neurótica y carece de registro clínico en los estudios de Sigmund Freud (1856-1939).23
Si el erotismo es entrega al otro y el placer de la entrega misma, en la novela de Stocker las mujeres no asumen esa clase de erotismo, y más bien son concebidas como las víctimas sencillas y fáciles de la irracionalidad de todo lo que representa el vampiro. En su vulnerabilidad la mujer debe ser conducida, orientada, protegida y poseída, con el agravante de que ella se limitará a nutrir a su victimario, incluso con su sangre, no a disfrutar de la posesión que demanda cualquier contacto erótico maduro y plenamente consentido por ambas partes. La semejanza que puede establecerse entonces entre las mujeres y los habitantes (primitivos) de las villas de donde procede la leyenda del vampiro es muy aleccionadora. Es el mismo tipo de valoración que harían los españoles, cuando la conquista los puso ante la tesitura de tener que decidir si los indios americanos eran humanos o no24. La mujer, el aldeano y el indio terminan así pareciéndose mucho. El vampiro es la metáfora de un imperio que considera que debe salvar a los débiles contra los desmanes de los malvados. La debilidad y la maldad reposan sobre lo irracional, la fuerza y la bondad sobre lo racional. Pero la metáfora se quedó por detrás de la acción, y ésta es más explícita de lo que cualquiera podría imaginarse en la novela de Stocker.
En el momento en que el vampirismo suplanta al vampiro, el cine hace su aparición y saca a la luz realmente lo que la novela de Stocker apenas sugiere. La necrofilia profunda que permea todos los actos de una aristocracia decadente y resentida, es recogida por una burguesía positiva y vital, que encontró en la muerte sólo una excusa para explicarse a sí misma y a los demás, su todopoderosa dependencia de la producción y el consumo de los bienes materiales. La supuesta relación amorosa que un director como Francis Ford Coppola descubrió entre Mina Harker y el Conde Drácula, en su película más reciente (1992) sobre el tema de la novela de Stocker, es la expresión más clara de lo bien que leyó Coppola dicha novela. Algo que Ann Rice como decíamos atrás hizo siguiendo atajos, con mejor suerte al menos en lo que respecta al hecho de que su novela se basa en la visión amorosa de los vampiros y no en la de sus víctimas.
Pero insistimos en que la lectura hecha por Coppola es la correcta porque, dicha historia de amor estaba ahí, sólo faltaba hacerla florecer. Mas es trágica la confusión que Stocker produjo con su novela, pues como la supuesta historia de amor ya mencionada, la gran mayoría de la personas sin conocimientos en Occidente, han llegado a la conclusión de que el vampiro de ficción creado por Stocker, es más real que la fuente histórica de donde se dice que se inspiró.25
El príncipe rumano Vlad Tepes (1431-1476) fue un cruzado sumamente cruel contra los enemigos de la cristiandad. Conocido en aquella época como el "empalador" (una tortura muy propia de su tiempo), así bautizado por los mismos turcos, los alemanes o los húngaros, sus enemigos también, el príncipe de Walacchia, nunca tuvo nada que ver con las prácticas del vampirismo, que algunos por error en Occidente, a partir de la lectura de la novela de Stocker, han querido atribuirle26. Un documento alemán de 1488, conservado en el Museo de Nuremberg, lo pinta como un individuo muy sádico, veleidoso y traicionero. Pero jamás como un vampiro.27
Parece que en marzo de 1890, cuando Stocker pasaba unas vacaciones en Whitby, Inglaterra, mientras escribía su célebre novela, solicitó un libro en la biblioteca pública del lugar, el cual trataba sobre la historia de los principados de Moldavia y Walacchia. Tomó algunas notas del mismo, según se puede ver en los papeles del autor conservados en el museo de Rosenbach de Filadelfia; pero sobre todo le llamó la atención el término "dracul" en rumano, derivado del latín "dragón". Se dio la casualidad de que el Príncipe Vlad pertenecía a la Orden del Dragón, un cuerpo especial de cruzados fundado por uno de los emperadores bizantinos, con el afán de combatir de manera más efectiva al invasor turco.28
Ignoramos en qué momento preciso se produjo esta confusión, pero la mayor parte de la gente en Occidente piensa que el Príncipe Vlad es el vampiro conde Drácula de la novela de Stocker. Y no existe ninguna relación real entre ambos. Ni siquiera en lo que se refiere a los sitios donde vivió, sus castillos, o sus batallas. Stocker se sirvió de una tradición folklorica rumana (o centro-europea), como es el vampirismo, y en Occidente algunos ideólogos rusofóbicos hicieron circular la idea de que el vampiro y el príncipe eran el mismo personaje.29
Resulta que el Príncipe Vlad es amado y recordado con reverencia en su país de origen, Rumania, precisamente por todo lo contrario de aquello por lo que se le difama en Occidente. Considerado un héroe nacional, en algún momento la dictadura de Ceaucescu (1918-1989) quiso servirse de él para sus propios fines (1974-1989). Y en la actualidad, las preocupaciones económicas del gobierno rumano, han hecho que la promoción turística del país, haya terminado por aceptar la aberrante confusión introducida por Stocker con su novela. Camisetas, llaveros, discos y otras chucherías se venden hoy en Rumania, para recordar al Conde Drácula como el más malvado de los vampiros que haya producido el folklor de las aldeas al pie de los Cárpatos.
La manipulación no podía haber llegado a límites más detestables. Incluso, cuando Stocker hizo el descubrimiento del término "drácula", ya le tenía nombre a su vampiro, Conde Wampyr. Entonces, ¿quién es responsable de esta distorsión de una figura histórica como el Príncipe Vlad Tepes? Inevitablemente, uno no puede dejar de pensar en otras figuras distorsionadas de la misma forma como el Che Guevara, o el mismo Marx, cuando los ingleses venden postales y souvenirs de todas clases en las puertas del cementerio de Highgate, en Londres, donde se encuentra enterrado. Al vampiro, finalmente, la burguesía le aplica su vampirismo comercial y su devastadora frivolidad ideológica.30
El vampiro es un mito popular tan viejo como la cultura misma. Los primeros indicios de un personaje así se pueden rastrear hasta el año 125 AC. cuando los griegos nos hablan por primera vez de ellos. Para el año 1047 de nuestra era escuchamos leyendas más coherentes y elaboradas, pues el vampiro ha venido a la zona del Mediterráneo, a través de la ruta de la seda desde el Lejano Oriente, donde se instala y se desplaza luego hacia el centro de Europa, particularmente en la región de los Cárpatos. Ahí, se mezcla con tradiciones similares cultivadas por los gitanos, que han sido expulsados del norte de la India, desde el siglo VIII. Los gitanos llegaron a Transilvania, poco antes del ascenso de Vlad Tepes al principado de Walacchia en 1456.31
En la literatura oímos por primera vez de ellos, antes de las novelas de Stocker y Ann Rice, en 1743, cuando un poeta anglosajón anónimo compuso un largo poema sobre el discutido personaje. En la tradición popular el vampiro es más una forma de aprehender lo incomprensible de la muerte, antes que una práctica sanguinaria y cruel de hombres malvados y corrompidos. En sus distintas manifestaciones, a todo lo largo del planeta, desde los vampiros de los ashanti en Africa, hasta los súcubos y brujas de la tradición española y francesa en la Lousiana en los Estados Unidos, el vampiro fue un muerto que nunca encontró la paz en su condición. El mortal inmortal, tiene más que ver con los temores y prejuicios, resentimientos y amargura de los sectores populares, que con la elegancia superficial y vana con que la burguesía ha querido pintarnos al vampiro.32
Producto del odio inveterado contra la holgazanería y la explotación de los señores feudales en el centro de Europa, el vampiro es, si se quiere, una siniestra caricatura de dicha situación. Pero la burguesía, en la segunda parte del siglo XIX, lo convirtió en un personaje agradable, erótico y romántico. Estaría por verse, si esas tres características le son pertinentes, pero al menos retratan las aspiraciones que tenía la burguesía con su vampiro frívolo y rapaz. El vampirismo que le sirvió al campesino centro-europeo para ironizar de su señor, con el capitalismo desapareció definitivamente, y en su lugar fue puesta la figura de un conde que ni siquiera tiene voz propia, como sucede en la novela de Stocker.33
¿Qué nos queda entonces del Conde Drácula? Una alegoría machista y banal de lo que son las relaciones entre los hombres y las mujeres por un lado, y por otro, una apología imperialista de mal gusto, sobre los afanes del imperio británico en sus colonias, por educar y civilizar sin el más mínimo respeto por la tradición legítima y vernácula de la cultura popular en países como la India o Sudáfrica. Al mismo tiempo es una irrespetuosa caricatura de su archienemigo el imperio ruso, así como de todo lo que oliera a la cultura eslava.
Nuestro vampiro posiblemente perdió su embrujo de hombre seductor e irresistible, pero al menos hemos llamado la atención sobre la polivalencia de una lectura que nos pone en su lugar, la enorme capacidad de la burguesía para llenar de nuevos contenidos a temas viejos y controversiales. Está claro que, por lo que nosotros vayamos a decir aquí, el lector evasivo y sentimental, no va a perder su afición por los vampiros volátiles y dulzones, pero al menos habremos expresado con igual claridad, nuestra insatisfacción con el tratamiento que se le ha dado a un personaje, que no tiene nada de romántico, de erótico o de malvado. Porque, incluso el vampiro de Stocker, es hasta un mal vampiro, pues ni siquiera es capaz de pensar con claridad cómo hacerle frente a sus enemigos, con tantos poderes como el Señor de las Tinieblas le pudo haber dado. El erotismo del conde de Drácula es entonces igualmente proporcional a nuestra carencia de él, en una cultura que hizo del amor la más banal de las emociones humanas.
Con el estudio que hicieramos del trabajo de Mary Shelley y el de Bram Stocker a uno le queda la sensación de que, al fin y al cabo, quien demostró más talento intuitivo para sacarle el mayor provecho posible a la historia fue la escritora; en tanto que el escritor nunca pudo remontar el éxito que le deparó Drácula, una maldición propia de quien escribe para los aplausos.
Durante el siglo XIX las mujeres escritoras probaron su enorme capacidad para leer entre líneas las cosas que la historia insinúa pero no explicita. El trabajo de Mary Shelley posterior a Frankenstein, revela una sensibilidad historiográfica muy por encima del promedio de los escritores varones de la época. En El último hombre por ejemplo su prognósis histórica es decididamente anglófila y pro-imperialista, pero estas fueron cosas a las que Stocker nunca soñó llegar. A pesar de todo ese talento, las mujeres siguen siendo invisibles, como se verá en el apartado que viene.
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Autor y licencia de 'Mujeres, monstruos y capitales'
Monografía de Rodrigo Quesada Monge. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/muj_mons.html
