Las más de las veces la vida, la naturaleza, la providencia, o como quiera llamarse, son de una sabiduría insondable. Porque, solo fuerzas providenciales podrían explicarnos que una niña de escasos diecinueve años pudiera haber escrito una novela como FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO, si es que queremos creer en, o acudir a explicaciones de carácter esotérico, un enfoque que hubiera resultado bastante atractivo para los románticos. Muy especialmente si recordamos la forma en que la novela vino al mundo, una noche del verano de 1816, cuando junto a Percy Bysshe Shelley (1792-1822), (George Gordon) Lord Byron (1788-1824), el Dr. Polydori y Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), Mary Godwin Wollstonecraft (1797-1851), como parte de un juego, para pasar aquella noche oportunamente tormentosa en un castillo ubicado junto a un lago suizo, dio cuerpo a sus pesadillas en la célebre novela que se publicaría el 1 de enero de 1818.
En esa novela hay una gran cantidad de posibilidades, para entender mejor la sociedad en que nos ha correspondido vivir. Esto sucede porque, como hemos dicho en otras ocasiones2, son los artistas los mejores intérpretes de las fuerzas ocultas que mueven la sociedad y los caprichos de los individuos.
Con FRANKENSTEIN, Mary Shelley logró articular sus aspiraciones, frustraciones y conflictos personales, en una síntesis extraordinaria de alto nivel emocional e intelectual. A las pocas semanas de su nacimiento, su madre murió como consecuencia de serios problemas con el parto. Mary nunca superó su supuesto sentimiento de matricida. Pero al mismo tiempo, la confrontación con el sentido de su origen, debido a la particular relación de sus padres, la sumió en una serie de conflictos y contradicciones personales, que quedarían expresados en varias de sus novelas.3
Su madre, por ejemplo, intentó suicidarse dos veces debido a su amor frustrado por Gilbert Imlay, un aventurero norteamericano con el cual tendría una hija (Fanny) y hacia el cual desarrolló una obsesión similar a la que pinta Goethe en LAS DESVENTURAS DEL JOVEN WERTHER, una novela que iría a tener una gran influencia sobre Mary. Sobre todo en lo que respecta al estilo epistolar, y las reflexiones sobre el significado del suicidio como acto liberador. Finalmente, con varios meses de embarazo adelantados su madre se uniría a quien sería su padre, William Godwin (1756-1836).4
Pero la historia intelectual y personal de sus padres fue una influencia decisiva en el desarrollo posterior de Mary. Porque, así como fue criticado y censurado su matrimonio, pues la gente murmuraba que ella (su madre) era la "señora Imlay", de la misma forma se criticaría la relación que iría luego a tener Mary con el poeta Shelley. Esta confluencia de fuerzas éticas y pasionales distintas y en violento contraste con las normas socialmente aceptadas de la época, harían que Mary y Shelley llegaran en un momento de sus vidas a estar tan solos, que ni los pretendidos amigos e intelectuales, quienes jugaban a ser muy liberales y de mente despejada, reconocían en ellos una pareja normal.
Incluso Godwin, el padre de Mary la repudió por ello5. Percy Shelley era casado, con una hija pequeña, y con su esposa embarazada de su segundo hijo, cuando decidió abandonarlos para irse con Mary, quien sólo tenía 16 años. Harriet, la esposa de Shelley se suicidó, y a las pocas semanas del suceso éste se casó con Mary. Suicidio cometió también una media hermana de Mary, enamorada y frustrada ante el matrimonio de ella con Shelley. Entre tanta muerte y desgracia, cualquiera termina anonadado por la fortaleza y dedicación con que Mary asumió la redacción y conclusión de su novela, la que había comenzado la noche de aquel verano siniestro y eléctrico, tanto como no se conocía en años uno similar.
La Providencia hizo que Mary Shelley nos diera una novela en la que están encerradas dos influencias estéticas fundamentales, por un lado Ovidio (46-18 AC) con Las Metamorfosis6, y por otro John Milton (1608-1674) con El Paraíso Perdido7. Con la primera veta la joven escritora está asomándose a la rica tradición greco-latina, donde la frontera entre lo real y lo fantástico se borra con tanta facilidad, que hasta Platón hablaba del proyecto de sociedad que tenía en la cabeza como si fuera una realidad.8
En lo atinente a Milton, es el Renacimiento inglés, con toda su fuerza mágica y sus grandes descubrimientos estéticos el que le está ofreciendo lo mejor a Mary Shelley. Porque, ¿cómo imaginarse al Renacimiento en Inglaterra sin William Shakespeare (1564-1616), Thomas More, Thomas Hobbes (1588-1679), o John Milton (1608-1674)?
Otros escritores mencionan también la presencia de FAUSTO del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), en la formulación inicial del personaje del Dr. Frankenstein, una idea que completaría el abanico de influencias que recibiera Mary Shelley para escribir su novela.9 Todas esas eran obras que sus padres leían en voz alta en casa, que compartían y hacían estudiar a los demás miembros de la misma. Junto a ello, la constante visita de escritores e intelectuales de la talla de Lord Byron volvieron a Mary muy vulnerable hacia los hombres estudiosos y combativos. De tal forma que, cuando el poeta Shelley visitó la casa, fue poco el tiempo que tardó para llevarse a Mary consigo. Después de todo, a pesar de sus dos hijos, tenía un matrimonio infeliz e insatisfactorio. La pareja iría a estar unida por seis años, pero nunca tuvieron un sitio estable donde quedarse. Tenían que estar huyendo, pues la censura pública era insoportable. Los hijos que tuvieron murieron pronto y ellos se quedaron sin amigos.10
Pero ella está escribiendo en el siglo XIX, un siglo en el que no sólo se transforman la naturaleza y la sociedad, sino también la mentalidad y la lengua de los hombres. Es en realidad la historiografía burguesa del siglo XIX la que le pone nombre y apellidos a todos estas expresiones y movimientos de la cultura, procedentes de otros tiempos y sociedades. El enigma de la novela de Mary Shelley, es que en ella coinciden casi sin conciencia de la artista, los cambios que se están operando en la materia y la forma de expresarlos con el medio estético escogido.
Los Pre-Rafaelistas por ejemplo, con posterioridad (1848), establecerán esta relación de una manera totalmente lúcida, como un verdadero programa estético, codificado y en verdad elaborado para servir a un propósito ideológico muy preciso: resolver la paradoja que ha dejado la exquisita herencia renacentista (anterior a Rafael Sancio,1483-1520, de ahí el nombre), y los esquemas estéticos, tiesos e inamovibles de una cultura burguesa, que ya confundió belleza con utilitarismo. No en vano, los Pre-Rafaelistas surgen y se organizan en Inglaterra, la matriz del capitalismo.11
Pero la providencia tenía asignadas dos tareas muy concretas para Mary Wollstonecraft Shelley: 1) su trabajo literario intenta ser una reformulación estética de la historia escrita por hombres y para los hombres. En este caso, la mujer hace historiografía. 2) Por otro lado, sus novelas son un excelente ejemplo de literatura hecha al servicio del imperio británico. En nuestros trabajos más recientes, hemos estudiado también a Rudyard Kipling (1865-1936), como vocero de los mismos intereses imperialistas12. La diferencia es que Mary Shelley lo hace con mucha precocidad.
Tal precocidad puede ser atribuida a que fuera la hija de la brillante escritora feminista que fue su madre, y del gran teórico anarquista que fue su padre, para quien su hija sería sin duda una proyección de sus propias ideas. Dentro de un ambiente profundamente libertario como este, y con la enorme culpa que siempre sintió por la muerte de su madre al nacer ella, Mary desarrolló un gusto particular por las relaciones prohibidas y por los marginados de cualquier sexo. Por ese lado podría entenderse mejor tal vez, su conflictivo amorío con Shelley. Sin embargo, este es un asunto que le pertenece o, a las pitonisas de la historia, o a los cazadores de interpretaciones psicologistas de las creaciones humanas. Ya lo hemos apuntado arriba, el conflictivo amor entre Percy y Mary fue uno de los componentes que bien puede ser mencionado como detonante de la redacción de una novela como FRANKENSTEIN; pero de ahí a sostener que la explica en su totalidad, creemos que es mucho decir. Junto a él, también hemos indicado otros factores, tal es el caso de la particular educación que recibió la mujer en casa de sus padres, donde se estudiaba y se leía mucho.13
Como puede verse entonces, las condiciones sociales, culturales y emocionales, en que crece y se desarrolla la niña son increíblemente ricas en contradicciones, y provocarían en ella una sensibilidad propensa a la creación intelectual de corte tremendista, con un grano de epopeya y ciertas aspiraciones a la tragedia.
De esta guisa, la condición particular de la mujer adquiría para ella entonces otras dimensiones, se volvía más significativa y muchas de sus reflexiones, inquietudes y aspiraciones irían a quedar indelebles en el monstruo de Frankenstein.
Se trata de un monstruo diseñado a partir de pedazos de seres humanos, que termina desarrollando sus propias ideas y sentimientos; una creación abominable que contradice todas las creencias predominantes hasta el momento, sobre los resultados y efectividad de la ciencia. Pero además, es un engendro que tiene una sensibilidad muy particular, con aspiraciones a la comunicación propias de las mujeres. Cuando llora con la música, o con la desgracia de los demás, es Mary Shelley la que nos está expresando sus propias convicciones, las cuales se encuentran atrapadas en un cuerpo monstruoso (o así se lo percibe) totalmente inaceptable para el común de los mortales.14
Sólo un ciego en última instancia termina por aceptarlo y reconocerlo como otro ser humano, que es a lo que aspira, a pesar de su ignominiosa monstruosidad.
La historia de ese cuerpo (el femenino a fin de cuentas), se ha perdido en la oprobiosa creencia de los varones de que los cuerpos de las mujeres son sólo receptáculos para la reproducción de la especie. Por eso la reconstrucción de la historia de sus propios cuerpos es un elemento fundamental en la recuperación del sitio que verdaderamente les pertenece y ha pertenecido siempre a las mujeres.15
El monstruo de Frankenstein, una expresión aberrante de la percepción que tienen los hombres del cuerpo de las mujeres, y sobre todo algunos intelectuales, para Mary Shelley fue el mejor recurso en virtud de su historia personal, pues así pudo expresar la enorme potencia de una sensibilidad encerrada en un cuerpo que los otros con dificultades reconocen como diferente. Esa es precisamente la gran lucha de este monstruoso ser, el cual, cuando se da cuenta de las posibilidades del lenguaje se atreve a pedir lo más lógico y consecuente: una pareja.
La maternidad, el poder de dar vida a otro ser humano, queda de esta manera reflejada en la triste alegoría del monstruo de Frankenstein. De una forma mágica en la novela se entrelazan las angustias que le inspiraban a la escritora las posibilidades y los riesgos de la maternidad, la tremenda potencia del lenguaje, y por otro, finalmente, sus creencias más inconscientes de que sólo en su país, Inglaterra, la nación industrial más importante del momento, podía abrirse paso el recurso del lenguaje transmitido a pueblos menos afortunados. Esa creencia hará que un escritor como Kipling más adelante, sostenga que esa es en realidad "la carga del hombre blanco", llevar la civilización y la sensibilidad del lenguaje a los pueblos que todavía no han descubierto sus verdaderos poderes16. En las novelas de Mary Shelley todavía no hay ferrocarriles, pero la mentalidad imperial se asoma cuando los parajes extranjeros donde tienen lugar ciertos momentos claves de la novela FRANKENSTEIN, son siempre lugares siniestros, fríos, ciertamente tristes y casi por completo despoblados. El monstruo se halla muy bien en este tipo de lugares, donde la relación con el medio todavía no hace del lenguaje una herramienta fundamental de cambio, y donde los aspectos más primitivos de la naturaleza se vuelven con sorpresa normales. La tesis sobre el buen salvaje de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), un autor al que Mary también leía con fruición, parece emerger aquí con fuerza indiscutible, pues el lenguaje sólo es tal cuando es capaz de expresar ideas y pensamientos civilizados.17 El monstruo, que nunca tuvo nombre a todo lo largo de la novela, para negarle un lugar imposible en la cadena humana, casi logra darle forma a su "otredad" a través del lenguaje. Pero, para que eso pudiera suceder, sólo la educación y el lenguaje de los países civilizados pueden ser considerados vehículos certeros hacia la sensibilidad y la inteligencia. El monstruo, como todo "otro" desconocido, marginado e ignorado, llega al borde de la civilización pero no logra dar el salto cualitativo: ser reconocido como diferente. La paradoja más curiosa aquí es que, en esa condición marginal, Mary Shelley descubre la dificultad de las mujeres para ser reconocidas como tales, en una sociedad civilizada y controlada sobre todo por hombres. La educación las salva. Pero el "buen salvaje" (el monstruo de Frankenstein) nunca fue valorado por el imperio británico a partir de sus diferencias; más bien hizo todo lo posible por eliminarlo de la faz de la tierra. El "buen salvaje" habla, piensa y siente, pero no tiene nombre, por lo tanto no existe. Como el monstruo de Frankenstein.