Mujeres, monstruos y capitales - H.G. Wells: la invisibilidad del hombre y la ujer modernos
4 - H.G. Wells: la invisibilidad del hombre y la ujer modernos
Ahora nos corresponde continuar con el análisis de la "invisibilidad" del hombre y la mujer modernos, tan bien planteada por el escritor inglés Herbert George Wells (1866-1946), en su libro EL HOMBRE INVISIBLE (1897).
En un simposio internacional, sobre EL HOMBRE Y LA CIUDAD, el urbanista español Manuel Piqueras concluía su ponencia de la siguiente manera:
"Cuando a finales del siglo pasado el novelista británico H. G. Wells escribió su fantasía El hombre invisible, estaba sin duda muy lejos de imaginar que su extravagante creación habría de verse cumplida y aun superada por la realidad. Analizar la forma de vida en las grandes ciudades es constatar que, sin necesidad de fórmulas mágicas o químicas que alteren la coloración del cuerpo humano, el hombre actual, el hombre urbano es ya el hombre invisible. Porque si la invisibilidad consiste en no ser visto, en ser ignorado, no ser sentido o en pasar inadvertido, qué mejor definición le cuadra al hombre que habita nuestras ciudades. Vive indiferente, ajeno e insolidario. Encerrado entre sus cuatro paredes teme conocer al vecino y se resiste a que los otros invadan lo que pomposamente llamamos vida privada y no es sino privación de vida. La ciudad se ha convertido en lugar de desencuentro, en paisaje de cemento y cristal por donde sombras anónimas arrastran tediosas existencias. Ya no es ciencia-ficción hablar de una humanidad invisible. La profecía de Wells es hoy realidad cotidiana".34
Esta larga cita tiene un propósito claro: introducir a nuestro lector al problema que le traemos en esta ocasión. ¿En dónde reside la causa fundamental de nuestra "invisibilidad"? ¿Por qué es tan difícil comunicarse con el otro? ¿Qué o quiénes pueden estar interesados en impedir que establezcamos una comunicación más rica y sostenida? ¿Qué se puede hacer para combatir tanta incomunicación, tanta "insolidaridad" como la llama Piqueras?
En un libro nuestro recién publicado sobre la globalización, decíamos que la incomunicación es el propósito más específico que tienen los ideólogos de la burguesía para el próximo milenio35. El "síndrome del hombre invisible" podríamos llamarlo, es la gélida soledad del hombre de la calle en las grandes ciudades, la del individuo que forma parte de una comunidad sin tener ningún grado de articulación con ella. Más aún cuando se trata de un científico al que el aislamiento hace concluir por error que está totalmente solo, que lo único que tiene validez es su ciencia y que ésta es su puerte más sólido con la realidad y la historia.
El argumento del libro de Wells es muy simple, pero forma parte de la labor intelectual del autor en las dos dimensiones en las que realizó sus mejores movimientos: la ciencia ficción y la pedagogía. Lo que queremos decir es que ninguna de las novelas o de los ensayos escritos por Wells es aséptico respecto a sus principios ideológicos, expresados con mayor o menor claridad en gran parte de sus trabajos.
En el caso de EL HOMBRE INVISIBLE, Griffin es el científico, no muy cuerdo por cierto, que logra descubrir una fórmula química mediante la cual es posible hacerse totalmente invisible. A partir de ahí, Wells monta toda una trama sobre las persecuciones contra Griffin, la moralidad de la ciencia, y la incompetencia de los gobiernos para tratar asuntos de la mayor importancia, como es el caso de la fórmula química en cuestión. Sus tibias ideas socialistas, muy cercanas a las de los fabianos esposos Web, Shaw y otros, hicieron que para Wells la literatura fuera un vehículo de expresión de ideas, pensamientos y sentimientos bien claros, y no solamente el instrumento de la belleza y la perfección literarias. Para Wells, una literatura que tuviera como única preocupación la forma, era una literatura sin propósito.
Con frecuencia entonces, se va a encontrar el lector apasionado de Wells que su literatura siempre tiene una búsqueda didáctica, educativa. La ciencia ficción fue el medio que él encontró para expresar las angustias y preocupaciones que la revolución industrial inglesa, en su etapa más furibunda, le estaba produciendo. Otras de sus novelas, como LA MÁQUINA DEL TIMEPO (1895), LA ISLA DEL DR. MOREAU (1896), o LA GUERRA DE LOS MUNDOS (1898), quisieron dejar bien claro que, a no ser porque los hombres tomaran conciencia de los tremendos riesgos que podía traer consigo la ciencia, las posibilidades de una destrucción total del planeta cada vez eran más factibles. Y en eso, como Jules Verne (1828-1905), con quien no le gustaba que lo compararan, Wells fue increíblemente premonitorio. Pues en su larga vida, pudo presenciar la guerra de 1898, la guerra contra los Boers (1901), la guerra ruso-japonesa (1905), la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y por último la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la más devastadora de todas cuantas tenga memoria la humanidad. En las dos últimas sobre todo, muchas de sus afirmaciones visionarias, adquirieron un sentido siniestramente certero.
Wells viene al mundo en plena época victoriana (1837-1901). Es Inglaterra por esos días, la nación más poderosa del planeta, y durante la segunda parte del siglo XIX logrará construir uno de los imperios más vastos de la historia. Se trata de un imperio que ha sido levantado con tres elementos capitales:
1. El trabajo de millones de seres humanos, en Europa y el Imperio.
2. Una tecnología avanzada y efectiva, pero mortífera.
3. La ideología del individualismo, como profundamente opuesta a las colectividades.
Wells escribió ciencia ficción es cierto, pero ninguno de los ingredientes arriba mencionados fue ignorado por el autor. Sus sueños utópicos de una sociedad donde la ciencia estuviera realmente puesta al servicio del desarrollo y del crecimiento de todos los hombres y mujeres por igual, donde se diera plena libertad al individuo en alianza con una razonable disciplina social, fueron puestos por escrito en cientos de historias, artículos, ensayos y conferencias que buscaban imprecar la conciencia lúcida de los gobernantes, intelectuales, artistas y hombres comunes, para que "las cosas por venir" como él decía, tuvieran sentido.36
En tanto que escritor de ciencia ficción, su inteligencia está debidamente entrenada en el tratamiento y manejo de información compleja y sofisticada. Wells es un intelectual muy serio que investiga a cabalidad sus temas, y no deja nada al azar.
Es curioso, pero con frecuencia nos vamos a encontrar con la situación de que las películas inspiradas por este tipo de literatura, tendieron a ser más exigentes y motivadoras que las novelas mismas. Con EL HOMBRE INVISIBLE sucede algo similar, sobre todo cuando uno se percata de que la novela tiene un argumento que se vuelve muy insípido a veces. La carga de humor en ciertos tramos del texto, hace que éste pierda fuerza, y bordee los límites de la frivolidad. Las películas por el contrario, pudieron remontar la frigidez con que el tema fue tratado en algunos momentos por Wells, y alcanzaron a establecer un puente de comunicación un poco más generoso con el espectador.
Porque el gran problema que tenemos entre manos es ese cabalmente: ¿cómo lograr cierto nivel de comunicación entre el científico y la sociedad que le tocó en suerte? Por otro lado, y no menos relevante, ¿qué clase de comunicación es posible entre los habitantes de las grandes ciudades, llenos de sus propios problemas y preocupaciones? Estas preguntas, de alguna manera, completan las que nos hacíamos al iniciar esta sección del capítulo, en el sentido de que, aquellas iban más dirigidas al hombre y la mujer comunes, en tanto que, estas últimas especifican el tipo de comunicación que sería deseable con los intelectuales de las sociedades avanzadas.
Hasta el capítulo 15 de su novela, Wells nos deja con el sabor desagradable de que Griffin es simplemente un científico loco, amargado y sinuoso, pero brillante. A partir de entonces, y con la llegada del Dr. Kemp, se empieza a detectar el contrapeso que el novelista introduce en su trabajo, para estudiar las posibilidades de una ciencia bien dirigida y al servicio de los intereses sociales más reconocidos. El problema es que Wells nos abandona con un personaje aislado, marginado, chillón y antojadizo que difícilmente cumple con su papel de científico serio y responsable, en busca de la aceptación general de su trabajo.37
Como tragicomedia, EL HOMBRE INVISIBLE cumple bien su cometido de parodiar el aislamiento en que cae el científico moderno. Pero Wells no se imaginó que la misma novela iba a tener otras aristas, que los críticos y los exégetas encontrarían en su trabajo, para hacer una lectura más crítica de la sociedad contemporánea. Puesto que, si damos por un hecho la pretendida tranquilidad burguesa del reinado de Victoria (en el poder de 1837 a 1901), nos encontraremos con que muchos escritores de la época no hallaron una explicación razonable al profundo aislamiento en que caía vertiginosamente el imperio británico. Dicha tranquilidad no era coherente con lo que estaba sucediendo, por ejemplo, en el imperio. Más bien parece tolerable hablar de una cierta quietud de palacio (antes que de tranquilidad) en el período que va de 1837 a 1876. Y decimos de palacio porque en el imperio las cosas son completamente diferentes: no olvidemos a Irlanda38. Después de ese momento, en sustancia el escenario se modifica. Victoria es coronada como Emperatriz de la India, y el imperio británico entra en su etapa más beligerante y pertinaz (un tema que ya hemos tratado en otro momento). Es la hora de la típica guerra colonialista, de los enfrentamientos contra las otras potencias que se vislumbran en el horizonte; pero también, de una expansión capitalista tan rica y profunda como difícilmente pueda registrarse otra en el siglo XIX.39
Pero en el campo, EL HOMBRE INVISIBLE se ve perseguido y hostigado por las personas, que no le dejan ni un resquicio para estar consigo mismo y sus experimentos. En la ciudad, se ve atosigado por las cosas, y sus necesidades personales tan urgentes como insatisfechas siempre. La muerte del padre de Griffin es realmente, para decir lo menos, inoportuna y triste. (Se suicida cuando su hijo le roba un dinero que no era suyo para continuar con sus experimentos). Sin embargo, es la actitud de Griffin la que resulta repugnante, y crea en el lector una serie de prejuicios y animadversión hacia EL HOMBRE INVISIBLE, totalmente incoherentes con la aspiración general de la obra: atraer cierta simpatía hacia el trabajo de los hombres de ciencia.
Griffin se muestra desagradecido, mal humorado, canallesco a veces, a tal grado que el lector casi experimenta un alivio reconfortante con su muerte. Este tipo de aislamiento es el del marginado, del criminal o del anti-social. No tanto el del hombre o de la mujer cuyos problemas internos sin solucionar, los convierten en ciudadanos solitarios, quisquillosos con su privacidad, los que irían a producir los procesos masivos de urbanización de la revolución industrial, y el todopoderoso individualismo del capitalismo salvaje de fines de siglo.40
Si algunos lectores y críticos han querido ver en EL HOMBRE INVISIBLE el mejor ejemplo de lo que es el individualismo productivo, podremos expresar nuestra incomodidad al respecto porque, la imposibilidad de comunicación con un personaje como Griffin, hacen que el Dr. Kemp acabe por denunciarlo no porque le interesen los resultados de sus investigaciones, sino porque un fenómeno social de este calibre no puede andar suelto por ahí sin que los hombres de Dios lo enderecen y lo metan en cintura. La mojigatería de Kemp es asombrosa y totalmente improcedente con su condición de científico. Mas la muerte de Griffin es un tributo a la soledad y a la locura, antes que a la angustia dinámica que escritores como Kafka y Kierkegaard nos enseñaron a ver.41
De tal forma que, nos parece más bien ver en EL HOMBRE INVISIBLE una parodia de la sociedad capitalista victoriana, con sus ritos y modales acartonados, al mismo tiempo que certeramente represiva y disciplinada, en lugar de una alegoría de la soledad angustiosa y apremiante del científico al servicio de las mejores causas de su época. Incluso, las mujeres tienen un papel muy secundario en esta novela. Wells pareciera decirnos que la ciencia se hizo para los hombres solamente. Esto a pesar de sus simpatías con las sufragistas británicas y con los ideales cartistas del momento. Con dificultades encontramos en el trabajo de Wells caracteres femeninos bien definidos. A pesar de que siempre se sintió muy bien, acompañado por una bella mujer.42
Si hay un país en Europa donde el feminismo se desarrolla con una lentitud desesperante, ese es Inglaterra. Porque en Francia, desde 1830, las mujeres han sabido organizarse y durante las revoluciones de 1848 a 1871, participaron activamente al lado de sus hombres, aún cuando en muchas ocasiones éstos no veían dicho apoyo con mucha deferencia. Prácticamente desde 1789, y tal vez antes, desde la época de las lúcidas polémicas de Madame Lambert o Madame D’Epinay con los Enciclopedistas, las mujeres francesas supieron abrirse un espacio que los hombres en otras partes del continente les negaban.43
Por eso sorprende que para la época en que Wells está escribiendo sus novelas, las mujeres resulten totalmente invisibles. Decíamos que los perfiles femeninos están borrados de su novela El Hombre Invisible, y ello es perfectamente natural para un escritor que ve en las mujeres sólo un objeto de belleza y adoración estética.
Como para muchos dirigentes socialistas y pensadores radicales del momento, es decir de la era victoriana, tal es el caso del mismo Marx, su feminismo es tangencial y oportunista frecuentemente. Las compañeras de muchos de ellos eran objeto de la indiferencia y la subestimación que decían denunciar y encontrar en el trato que se les daba a las mujeres de las clases adineradas. Durante años el hijo ilegítimo que Marx tuvo con su sirvienta, y al cual nunca reconoció, estuvo escondido y fue atribuido alguna vez a Engels. Sobre todo durante los años de la Segunda Internacional de los Trabajadores (1889-1914), el mejor escenario que jamás tuvieron los marxistas para promover sus ideas, y por lo que dicha paternidad se mantuvo escondida, para no desprestigiar a la sacrosanta figura de Marx.44
Todos los criterios que Wells utiliza para atacar el controversial problema de la invisibilidad del hombre contemporáneo, pueden ser atribuidos sin duda alguna a la situación de la mujer. El no querer ver llegó a convertirse para los hombres de la burguesía imperialista victoriana, en un asunto de vida o muerte. Ver a sus mujeres, para ellos como para los hombres de la clase trabajadora, significaba aceptarlas como compañeras de ruta, y entre otras cosas, implicaba también reconocer el parasitismo emocional de que eran objeto.
Por eso sostenemos que las mujeres enseñaron a los hombres a ver, porque su condición histórica les permitió, como ya indicamos páginas atrás, que la única forma de encontrarle algún sentido al presente es desde el ayer. La invisibilidad de la mujer en las novelas de Wells no es un asunto que le pertenezca sólo a él, es un tema que se torna problema a partir del momento en que la mayor parte de las escritoras de la segunda parte del siglo XIX, hasta la Primera Guerra Mundial, tienen como ambición fundamental devolverle a los signos de su femineidad el cuerpo, la tangibilidad que nunca tuvieron.
Finalmente, si a Wells, como autor de obras de ciencia ficción le debemos todo nuestro respeto, ese es un parámetro que no merece ninguna discusión. No obstante, con frecuencia nos encontramos en su trabajo un catastrofismo que la sociedad burguesa del momento veía con malos ojos, pues la vitalidad y el vigor eran sus mejores condiciones para mantener sujeto un imperio que ya hacía aguas por todo lado. Un anti-imperialismo tibio y mojigato como el de Wells no iba a cambiar la política del imperio británico hacia sus colonias, pero al menos sembró la duda del grado de validez y de verdad que podrían tener las nociones de progreso e individualismo, en una sociedad que aislaba y mataba de pobreza y sufrimiento a sus críticos, entre ellos, los más lúcidos, todos los hombres invisibles que hacían ciencia, cualquier ciencia, y que por ello se tornaban cada vez más invisibles. Sólo por ello, bien vale la pena recordar a H. G. Wells.
Pero también podemos recordarlo por aquello que nos formulaba en el capítulo 24 de EL HOMBRE INVISIBLE, cuando nos decía que en realidad todo se reducía a las intenciones de su personaje de establecer un Reino del Terror.45
Aunque podríamos encontrar en esta tesis ciertas remembranzas de la Revolución Francesa, y los supuestos temores de Wells sobre los gobiernos dictatoriales, el lector crítico se encontrará al final inevitablemente con que, lo invisible en realidad es el poder y la enorme soledad que trae consigo.
El científico solitario, envanecido por su invento, se queda al final de la jornada por completo aislado, y con ello detona una locura incontrolable: la locura del poder, un aspecto que abordaremos a continuación, con otro escritor que tiene mucho que decirnos al respecto.
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Autor y licencia de 'Mujeres, monstruos y capitales'
Monografía de Rodrigo Quesada Monge. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/muj_mons.html
