Un núcleo definido desde la conciencia de lo diverso y sumergido en la analogía estética.
Podemos afirmar hoy -probablemente hace unos diez años no lo hubiésemos ni pensado- que la antropología es ante todo un género discursivo cuyo propósito es generar comunicación intercultural desde el encuentro de textualidades, y su proceso de generación de conocimiento corresponde a un tipo de análisis donde el texto antropológico interpela e interpreta a otros textos.
La tipología oficial dividía, como ya hemos sugerido, a la discursividad antropológica según los niveles de lo nomológico, es decir: etnográfico, etnológico y teórico, y cada subdisciplina como la antropología política, económica, de la religión, etc., se debía circunscribir al estilo de esta tipología, que agrupaba el discurso atendiendo a su profundidad en la generación conocimiento de manera inductiva. Sobre esta clasificación aparece recientemente otra, que opera a nivel de la enunciación y del enunciado, y que en muchos sentidos supera la textualidad disciplinaria anterior.
Esta nueva tipología se corresponde más bien con opciones epistemológicas y con el diálogo entre determinadas corrientes culturales, que con aquella pretensión alegre de escribir la ciencia para acumular verdad. Esta nueva tipología se centra en la diversidad y pasa raudamente de lo etnográfico a lo teórico.
Desde la antigua caracterización, que denominaba a estos discursos como antropología social para el caso británico, antropología cultural para el caso norteamericano y etnología para la corriente francesa, Claude Lévi-Strauss, el primer profeta de la significación del lenguaje mismo dentro del discurso antropológico, imaginó y creó una ciencia antropológica en general, enfrascado al igual que Foucault con el concepto de antropología creado por Kant, es decir, como ciencia amplia de lo humano. Desde aquí en adelante el sólo concepto de antropología supera el nivel de las escuelas norteamericana, inglesa o continental, para posibilitar desde la filosofía del lenguaje, que el naciente discurso antropológico comience un sistemático cuestionamiento respecto de la validez de la enunciación de universales culturales, como también de la enunciación de esquemas comparativos etnológicos. Solamente la etnografía, como enunciación y enunciado, queda libre de polvo y paja, como un oasis en un desierto de desconcierto.
No tan sólo se trata del uso sistemático de la analogía lingüística, cosa que paralelamente Levi-Strauss y Pike desarrollaron hace mas de treinta años, sino más bien la apertura franca y honesta a la influencia de las escuelas estético literarias, cosa que siempre había existido pero que los "acumuladores de verdades" no podían, ni querían ver. Mencionemos una leve intuición. El heredero de la tradición estructural funcionalista británica "Sir" Edmundo Leach tuvo una premonición y poco antes de morir escribió... "Una monografía tiene mucho más en común con una novela histórica que con cualquier tratado científico. Como antropólogos debemos llegar a un acuerdo sobre el hecho bien conocido de que las personalidades de los personajes de una novela derivan de aspectos de la personalidad del autor. ¿Cómo podría ello ser de otra manera? El único ego que conozco de primera mano es el mío propio" (Leach 1989, 137). Esta intuición representa un gesto de honestidad intelectual, que desmiente toda la confianza en la tipología precedente, y es desde este tipo de apelaciones desde donde gira la actual reflexión antropológica postmoderna. Sin embargo, queda por abrir el debate y la reflexión justamente allí donde la aceptación del estilo literario, a nivel de la descripción etnográfica y de la analogía estética, derivarán teóricamente en una reconstitución de los agrupamientos de los discursos generando una nueva tipología.
El problema tipológico desde el cual nos situaremos se ubica simultáneamente en el plano de la enunciación y del enunciado, es decir, en el modo en que el hablante enunciador del discurso antropológico da cuenta de los fenómenos socioculturales a nivel descriptivo o teorizante, en tanto sostenemos como Benveniste:
"Hay que atender a la condición específica de la enunciación: Es el acto mismo de producir un enunciado y no el texto del enunciado lo que es nuestro objeto. Este acto se debe al locutor que moviliza la lengua por su cuenta" (Benveniste 1983, 83).
Por otro lado, vemos esta enunciación como un proceso que se da en un contexto pragmático y por ello eminentemente social. Aunque este trabajo no es historia del discurso ni se preocupa de la filosofía del texto, el contexto intelectual tendiente a la analogización estética, crítico de la posibilidad de elaborar leyes universales, resulta para nosotros el aspecto fundamental que define el texto disciplinario en la actualidad. De forma tal que la enunciación del discurso antropológico puede ser entendida como una pragmática que se nutre de determinadas variables culturales contextuales, que como veremos más adelante, representa una pragmática comunicativa asociada a la "episteme" de cada contexto socio cultural, por ello la antropología y su discurso pasan a ser considerados en este artículo como un tipo específico de producción cultural que se encuentra a expensas de su contexto a nivel micro y macro social.
Por su parte en el plano puntual de la enunciación, pensamos que la "movilización de la lengua" planteada por Benveniste, debe ser asumida, según nuestro punto de vista, en una perspectiva interdisciplinaria fuertemente vigilante de la analogía de corte estético, ello nos situaría por sobre las taxonomías clásicas, haciendo inoperantes las clasificaciones tradicionales del discurso disciplinario e impulsaría a iniciar una reflexión respecto de las nuevas formas de la enunciación antropológica, cercanas a la estética, pero con una identidad discursiva centrada en su opción por la diversidad sociocultural en cualesquiera de sus expresiones, en tanto, desde la crítica del empirismo antropológico se nos abre la posibilidad de comenzar a pensar nuevamente el texto antropológico, y de pensarlo aún como discurso científico.
Para dar cuenta del modo en que la discursividad científico antropológica se reformula, rompiendo con la lógica etnografía- etnología-teoría, es fundamental recurrir a Van Dijt quien propone los conceptos de "superestructura" y "macroestructura"... configuraciones o esquemas globales que nos permiten caracterizar el tipo de un texto: su estructura narrativa distinguiéndola de su contenido. Para decirlo metafóricamente: una superestructura es un tipo de forma del texto, cuyo objeto, el tema, es decir: la macroestructura, es el contenido del texto" (van Dijt 1989,142).
Si la macroestructura tradicional de la antropología la ordenaba en estos niveles etnográfico, etnológico y teórico antropológico, y si asumimos que la superestructura de la antropología, hoy y en el pasado, es definida por el tema de la diversidad sociocultural, entonces podemos afirmar que el tipo de limitación que la macroestructura impone a la superestructura del discurso antropológico tiende a desdibujarse, en tanto la estructura narrativa o superestructura de la textualidad antropológica, definida desde el tema de la diversidad, configuran un tipo de texto en el cual la macroestructura como contenido que define el género, tiende a desfigurarse, siendo reemplazado por una confusión de géneros o "géneros confusos" 2 (Geertz 1994), la que sólo se refigura desde el tema amplio de la diversidad como definitorio del tipo propio del texto antropológico o superestructura textual.
Más que primar esta agrupación macroestructural de los géneros discursivos, podemos apreciar hoy un sistemático proceso de disolución de estos niveles etnográfico, etnológico y teórico, desde la constatación de la imposibilidad de generar un conocimiento nomológico, por lo cual podemos caracterizar tipológicamente el discurso antropológico desde la identificación de sus superestructuras semánticas, las cuales se definen desde la especificidad etnográfica como recurso al trabajo de campo para la generación de categorías para saltar "a prisa" al plano de la teoría, teoría de alcance limitado y enfrascada en el "caso" y el contexto local.
Por ello, la nueva tipología sistemáticamente ha asumido un nivel de tipo descriptivo, definido con un fuerte acento en el concepto poético, plástico, musical o francamente literario, particularmente en lo que respecta al uso de metáforas, y un segundo plano de tipo teórico conceptual, el cual define el uso de categorías de tipo estéticas para la elaboración de teorías de alcance limitado que intentan la comprensión hermenéutica de contextos por lo general muy específicos. De esta forma este recurso estético en el plano de la enunciación resulta reiterado tanto en el nivel teórico como en el etnográfico. La renuncia a la generación de leyes universales de la cultura va unida, en este segundo carácter de nivel teórico, a la búsqueda de un lenguaje que asocie el texto antropológico al de las artes y las humanidades, teniendo como plataforma la continuación del esfuerzo clásico por dar cuenta analíticamente de la diversidad sociocultural, es así como conceptos como polifonía, ritmo, perspectiva, timbre, sonoridad, enunciación, metáfora, mimesis, tropos, dialogía, poética, retórica, etc., inundan el lenguaje del teórico, mientras que el discurso etnográfico se ve a su vez plagado de experimentos verbales más cercanos al giro metafórico que a la clasificación científica.
Este proceso contemporáneo de redescubrimiento de las posibilidades del concepto estético ha generado, a su vez, una reivindicación de la particularidad, desde una suerte de "fundamentalismo etnográfico", pero en nuestra opinión ello, al estar asociado a una posible y supuesta disolución del sujeto, tiende a convertir a la antropología en un género discursivo con pretensiones de interpretación textual, mas centrado en el tema de la comunicación intercultural, entendida como encuentro de textualidades, que en un verdadero empirismo de corte conductista. La antropología se constituye entonces en una ciencia de la diversidad, sin teorías universales y sin comparación etnológica.
Esta superestructura semántica que reivindicaba la etnografía, y que hoy es reemplazada por otra que entiende a la temática antropológica como un hecho textual más que social, surge desde una "episteme"3 específica y ésta es la de la disolución del sujeto y de la fragmentación de sentidos, asociada a la crisis de los megarelatos diagnosticada por Lyotard4. Ello relaciona el actual discurso antropológico con una episteme puntual propia de la volatilidad de la condición postmoderna, siendo la meta de la antropología generar encuentro comunicativo desde el reconocimiento de la especificidad. Clifford Geertz, el paladín de la antropología postmoderna, ha utilizado el concepto creado por Paul Ricoeur de "refiguración", asumiendo una mimesis tercera aplicable específicamente a la interpretación de discursos históricos, refigurar es usar en términos riquereanos, la libertad de interpretar una textualidad5.
Es aquí donde la analogización estética permite entender el propio cuestionamiento ontológico respecto a la disciplina antropológica como un tipo de comprensión textual, el sujeto diluido a nivel del actor por el pensamiento postestructuralista, llega al plano de la interpretación, esta vez reivindicado en su condición de sujeto que interpreta un texto desde su individualidad y su libertad.
La propia pregunta respecto del carácter de la actual praxis de la disciplina llega a ser un ejercicio interpretativo, donde la analogía estética orienta a quienes la utilizamos, a entender definitivamente a la antropología como una textualidad, ello no solamente porque la antropología sea o pueda ser una "semiótica de la cultura", sino porque se trata de una hermenéutica cultural, es decir, por que se vive un proceso mucho más complejo que la mera semiotización, el camino hermenéutico resitúa el problema del sujeto, al menos en estos planteamientos de Geertz, y obliga a pensar a la antropología como un género textual de inspiración hermenéutica donde el sujeto tiene aún un papel; sin embargo, cabe preguntarse: ¿por cuánto tiempo?6