



"Absuelto de las máscaras que he
sido, seré en la muerte mi total olvido"
Jorge Luis Borges
La difuminación de los límites de la identidad individual es una de las notas características del discurso autogenerativo postmoderno que se piensa a sí mismo como una ruptura radical. A partir de este "corte definitivo" en el que creemos vivir, las fronteras del ser humano devienen lábiles y el sujeto no puede concebirse más que como un centro vacío atravesado por las miradas que lo construyen. A la pregunta ¿quién soy?, el sujeto instalado en la postmodernidad asiste angustiado a su absoluta incapacidad de respuesta, en tanto no es otra cosa que "un pasajero comprendido y transportado por metáfora"(8), que depende de la capacidad simbólica de las miradas ajenas para abandonar el estado amorfo al que queda condenado por el despojamiento de toda cualidad intrínseca.
A este drama postcontemporáneo están dedicadas algunas de las mejores obras de Vladimir Nabokov. Así, por ejemplo, en Otchayan´e (1936) nos presenta a un aburrido comerciante de chocolates que, en los arrabales de Praga, descubre a un indigente dormido. Al observarlo cree ver su propia imagen, latente, en el tosco rostro del menesteroso. Este es el punto de partida de un cuidadoso plan, mediante el cual pretende matarse a sí mismo a través de la figura apócrifa de ese desdichado. La extinción de su imagen doble va asociada a la promesa de una existencia auténticamente feliz. Todo es ejecutado con una precisión matemática. Salvo un detalle: aquel pobre hombre al que encontró dormitando en las afueras de Praga no se parece en lo más mínimo a él. Con esta historia se trata de mostrar la pérdida total de la capacidad de autodefinición del individuo. Todo lo que uno cree ser, representar o proyectar, puede quedar absolutamente por el veredicto de la mirada ajena, única autoridad capacitada para decidir la conformación de las identidades.
Obras como la citada, o Soglyadataj (1930), así como buena parte de la producción de Jorge Luis Borges (9) o incluso Alfred Hitchcock (por citar dos autores nacidos también en 1899, y que podemos adscribir a esa modernidad tardía o liminal), nos presentan la fragmentación de un sujeto que carece de una esencia más allá de las miradas que lo crean. El producto humano de la postmodernidad no es otra cosa distinta de esas vasijas griegas en cuyo interior, una vez consumido el líquido que contienen, se descubre un ojo: la mirada que lo habita.
|