En antropología, el llamado análisis procesual ha acuñado el término "fase liminal" para designar un momento del proceso ritual en el que los individuos a él sometidos son despojados de todas sus cualidades para que, a la manera de arcilla moldeable, se inscriban en ellos los nuevos rasgos del status que van a adquirir una vez haya concluido el proceso en curso. Estos seres "liminales" están"asociados a la muerte, pero también al no-nacido aún (...) Su estado es el de la paradoja, el de alguien que se ha alejado de los estados culturales claramente definidos"(1) . Me sirvo del concepto "modernidad liminal" para definir esa fase intermedia, ese estado cultural paradójico -al que Charles Jencks se ha denominado "modernidad tardía"-, que marca la agonía de la modernidad y los albores de la postmodernidad; que participa simultáneamente de la muerte de lo moderno y de los balbuceos postmodernos.
En esta modernidad tardía suelen ser incluídos dos autores de los que este año celebramos el centenario: el argentino Jorge Luis Borges y el estadounidense Vladimir Nabokov. La relación que existe entre la obra de estos dos grandes escritores es evidente, hasta tal punto que, entre los pocos escritores coetáneos que Nabokov salvaba de las frecuentes quemas a que le obligaban en las entrevistas que concedío al final de su carrera literaria, el nombre de Borges resonaba con asiduidad.