



(1) Delgado, Manuel; El animal urbano. Barcelona. Anagrama. 1999, p. 107.
(2) Jameson, Frederic; Teoría de la postmodernidad. Madrid. Trotta. 1996, p. 23.
(3) Matamoro, Blas; "Heridos por la letra". Claves de Razón práctica. 1996,61:62.
(4) Connor, Steven; Cultura postmoderna.Madrid. Akal. 1996, p. 90.
(5) Nabokov, Vladimir; "Inspiration". Newsweek, 20 noviembre 1972.
(6) Kis, Danilo; "La dorada nostalgia de Vladimir Nabokov". Quimera. 1986,57: 28-31
(7) Nabokov, Vladimir. Ada or Ardor: a Family Chronicle. New York. McGraw-Hill. 1969
(8) Derrida, Jacques; La deconstrucción en las fronteras de la filosofía. Barcelona. Paidós. 1997, p. 35.
(9) El siguiente poema de Borges ofrece una visión del autor sobre el tema de la fragmentación y la difuminación del sujeto:
El Espejo (1972)
Yo, de niño, temía que el espejo / Me mostrara otra cara o una ciega / Máscara impersonal que ocultaría / Algo sin duda atroz. Temí asimismo / Que el silencioso tiempo del espejo / Se desviara del curso cotidiano / De las horas del hombre y hospedara / Seres y formas y colores nuevos. / (A nadie se lo dije; El niño es tímido.) / Yo temo ahora que el espejo encierre / El verdadero rostro de mi alma, / Lastimada de sombras y de culpas, / El que Dios ve y acaso ven los hombres.
(10) Barth, John; "Literatura del agotamiento" en Alazaraki, J; Jorge Luis Borges. Madrid. Taurus. 1984, p. 177).
(11) Connor, Steven; Op. cit., p. 93.
(12) Bornay, Erika; Las hijas de Lilith. Madrid. Cátedra 1990, p. 60.
(13) Nabokov, Vladimir; Lolita. Barcelona. Anagrama. 1991, pp. 23-24:
"Ahora creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y los catroce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o tres veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica ( o sea demoníaca); propongo llamar nínfulas a estas criaturas escogidas. (...) Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego (...) Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad -o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas (...) Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o gril scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burubuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo, para reconocer de inmediato, por signos inefables -el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas me prohiben enumerar- al pequeño demonio mortífero (...) ignorante de su fantástico poder"
(14) Esta misma idea la podemos encontrar en el poema de William Wordsworth "Atisbos de inmortalidad por los recuerdos de la niñez" que contiene versos como los siguientes:
"En su dicha recién nacida, ved al Niño, / ¡el querido pigmeo de seis años! / vedle tendido en medio de lo que hacen sus manos, / mientras le asaltan ráfagas de besos de su madre, / con la luz de los ojos de su padre sobre él".
(Poetas románticos ingleses. Barcelona. Planeta. 1989, p. 23.
Trad. de Leopoldo Panero)
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