A lo largo del conflicto universitario y de la huelga estudiantil, la "intelectualidad" de "izquierda" y de derecha, se comportó como Perseo, a decir de Marx, cuando: "...se envolvía en un manto de niebla para perseguir a los monstruos. Nosotros nos tapamos con nuestro embozo de niebla los oídos y los ojos para no ver ni oír las monstruosidades y poder negarlas".114 En otras palabras, esa intelectualidad mexicana, que atacó sin miramientos al movimiento estudiantil y al CGH, analiza y se solidariza con movimientos que están a 1, 200 kilómetros de distancia o conmemora aniversarios de hace 32 años como el de 1968 o el del emblemático Che Guevara, pero niega y ataca al que le es contemporáneo y lo tiene enfrente, como el actual y se alía con sus enemigos.
Esta "metamorfosis" de la intelectualidad tiene su explicación. En efecto, en la evolución de la intelectualidad en América Latina, James Petras constata tres fases importantes. La primera, comprende de 1945 a 1948 y da cuenta de una intelectualidad progresiva, nacionalista y democrática que, sin embargo, es devastada, incluso físicamente, por las dictaduras militares que sacuden el continente. La segunda despega con la revolución cubana de 1959 y comprende hasta los años setenta cuando se consolidan corrientes críticas y revolucionarias del pensamiento latinoamericano, como la teoría marxista de la dependencia en Brasil, Chile y México y otros países latinoamericanos, principalmente.115 La tercera fase se abre a partir de la expansión de las dictaduras militares en 1964 en Brasil, en 1973 en Chile y en 1976 en Argentina y Uruguay. Se empieza a desgastar a la intelectualidad a partir de la "ayuda"' e intervención de los Estados Unidos que se plasmó en otorgamiento de becas, viajes y protección a la intelectualidad, particularmente a la anticomunista. Como dice Petras: "Cuando las dictaduras se empezaron a desgastar, Washington y sus aliados promovieron el retorno de muchos intelectuales, pero ya reciclados como personas dispuestas a colaborar con lo que llaman democracia liberal o democracia social. Y este es un gran cambio. Llamaron a una serie de organizaciones y fundaciones, como Rockefeller, Ford y otras, a jugar un papel fundamental. Empezaron a financiar muchas conferencias, libros, viajes, seminarios sobre 'la transición a la democracia', la democracia sin apellido, problemas de la globalización, los derechos humanos, pero poniendo mucho cuidado en no ubicarlos dentro del sistema de poder capitalista. Todo aparecía disociado. Y este enorme esfuerzo tenía como objetivo -y finalmente tuvo como resultado- crear un nuevo tipo de intelectual en América Latina, generar liberales en vez de marxistas, teóricos de la globalización, en vez de intelectuales antiimperialistas, y lo peor de todo: producir al intelectual académico, más preocupado con su carrera profesional que con las luchas sociales.
Así, crea el intelectual que cambia la lucha de clases por la lucha por conseguir pasajes para asistir a las conferencias en Washington y demás mecas del mundo académico desarrollado, por ponerlo de una forma gráfica".116
En México, este fenómeno de cooptación de los otrora intelectuales de izquierda por el neoliberalismo, ha sido un fenómeno emergente desde la década de los ochenta. En particular, a través de partidos políticos enclavados en la estructura de poder del Estado y de los medios de comunicación, lograron escalar posiciones cercanas a la clase dominante que les proporcionan comodidad en sus condiciones de vida y les aseguran ascensos en la escala social. La única condición que les exige el sistema es incondicionalidad y lealtad al sistema de valores del poder dominante en México, ya que "Ser investigador institucional, cómplice del poder publicando discursos dominantes y competir por altos sueldos, atractivas becas o nombramientos públicos con los que premia el régimen político, son los incentivos que desde hace tiempo imperan en la academia".117
Por su radicalidad, el test laboratory de esa incondicionalidad fue, sin duda, la huelga de la UNAM, sistemáticamente atacada por tirios y troyanos, mediante una cascada de ataques provenientes de las plumas derechistas y perredistas que no ocultaron su rechazo al movimiento al calificar de "ultra" a todos aquellos individuos, grupos, movimientos sociales, acciones, políticas, actitudes, etcétera, que se desarrollen por fuera de los marcos establecidos y regulados por el sistema en los que actúan e interactúan los partidos políticos, los medios de comunicación y sus intelectuales. Una campaña de descalificaciones contra los huelguistas tachándolos de "seudoestudiantes" y "ultras" (gobernación, 20-abril de 1999), "puñado de imbéciles" (Moshinsky), "fundamentalistas" y "agentes del CISEN", los llamó Jaime Avilés de La Jornada; de "luditas" los tildó Octavio Rodríguez Araujo; "ultras intransigentes" les gritó furioso Arnaldo Córdova, mientras que para el CAI fueron intransigentes" y, "fascistas", para Enrique Krauze y Sheridan.
Entre otros muchos, consideramos representativo de esta campaña depredadora, el reportaje de Francisco Ortiz Pardo que, con una serie de imprecisiones y tergiversaciones, define a la "ultra": "Después de dos meses de paro en la UNAM, el movimiento estudiantil cayó en manos de los líderes más enigmáticos y radicales. Con el bloqueo de avenidas en la ciudad y con la amenaza de tomar inmuebles y cerrar las carreteras de acceso al Distrito Federal, pusieron en un brete no sólo a las autoridades universitarias, sino al gobierno federal, al de la Ciudad de México y hasta al propio Consejo General de Huelga. Son los ultras".118 Debería decir, después de que el CGH rechazó las "cuotas voluntarias" del 7 de junio y los moderados fueron incapaces de imponerse en la dirección del movimiento, entonces el movimiento siguió adelante buscando los medios y las formas de conseguir sus demandas. Si así caracterizó Pardo a este movimiento estudiantil pacífico, democrático y constitucional, ¿cómo lo hará con movimientos latinoamericanos como el de los Sin Tierra en Brasil o el de las FARC en Colombia?, ¿como fascistas? Sí, seguramente ya que, como otros movimientos, (como el zapatista o el de los indígenas ecuatorianos), se mueven bajo la mística de "ocupar, resistir y producir". ¡Son "ultras"!
A este emblemático autor, le conmocionan las tomas del periférico y el bloqueo de las avenidas por los estudiantes cuando reaccionan contra la represión; pero seguramente no le incomodan ni las imposiciones de rectoría y su intolerancia, de las cuales no dice absolutamente nada, ni mucho menos "pequeñeces" como las usurpaciones de la riqueza nacional que realizan el gobierno y los banqueros a través de instrumentos "democráticos y tolerantes" como el FOBAPROA y el RENAVE, o las privatizaciones de las empresas públicas, en particular, de las instituciones educativas de la educación media y superior.
Otro "intelectual sistémico", que se mueve y canta en el mismo tenor que el anterior, es el escritor Monsiváis que, con no sé cuántos premios "honoris causa", después de apoyar públicamente el plebiscito de la rectoría que sirvió de base para romper la huelga y encarcelar a cientos de universitarios, luego se "arrepintió" al igual que su colega Elena Poniatowska, ambos de filiación perredista119, se refiere peyorativamente a la "ultra", por oposición a los moderados con quienes comulga, en México y en el movimiento estudiantil de la UNAM y se interroga: "¿Qué significa la Ultra, el término hoy tan demonizado que designa a la actitud demonizadora? La palabra ha perdido el sentido ideológico tradicional, al modificarse hasta el límite la izquierda partidaria a la que la ultraizquierda se proponía negar y modificar. De hecho, la Ultra de hoy no se define en función de la izquierda sino de las necesidades de representación de sectores desahuciados por la democratización social y ansiosos de las descargas catárticas que los justifiquen. Ultra, ahora, no es ultraizquierda, sino lo que está más allá de los esquemas admitidos de participación... la Ultra en la UNAM no es un movimiento organizado, sino la confluencia de restos de grupúsculos, del naufragio de intentos redentoristas, de jóvenes airados que en el camino modifican su personalidad, de grupos de la desesperación. Más que retacería ideológica, su discurso se integra con evocaciones congeladas en el tiempo (el 'Patria o muerte, venceremos', el icono del Che Guevara), y con la certidumbre de que están allí para evitar que su lugar lo ocupen los pinches reformistas, no son, me parece, una conjura desestabilizadora, sino el equivalente exitoso del 'portazo' en los conciertos de rock, la intrusión que se expande."120 Y con mentalidad contrainsurgente, este sacrosanto "demócrata" no se preocupa de la represión en sí, sino recomendando que, si se ejerce, se haga adecuadamente identificando muy bien a la "ultra": "Ahora en los Medios se señala a la Ultra, sin tomarse el trabajo de definirla. Esto puede llevar a una represión selectiva inaceptable (toda solución de fuerza es agravamiento del conflicto), y a un endurecimiento de posiciones ultras. Esto distancia de la solución rápida que demandamos, y de la reconquista del debate civilizado, al que no sólo los ultras se oponen, también sectores de la burocracia universitaria y de la derecha".121 O sea, el bueno de la película es siempre su partido, el PRD y sus muchachos moderados de la UNAM.
Y siguieron las voces intervensionistas y represivas de renombrados intelectuales moderados cuando el CGH rechazó la "propuesta institucional" que ellos mismos habían apoyado: "¡Son ultras! Gritó el Tonto Avilés. ¡No tienen proyecto de Universidad y mucho menos de país, de modo que merecen ser reprimidos! ¡Son delirantes quienes los apoyan!, dijo nada menos que Adolfo Sánchez Vázquez. ¡Tienen que levantar la huelga o sufrirán una terrible derrota, advirtió René Drucker"122 que fue premiado con un alto puesto en la UNAM; "...no quieren negociar porque para ellos negociar equivale siempre a transar", sentenció Arnaldo Córdova123, al mismo tiempo que calificó a los estudiantes del CGH de "ultras y fósiles".
Al coro de los democráticos-moderados hasta se unió el "subcomandante Marcos"; por supuesto, contra la "ultra, siguiendo los buenos "consejos" de sus correligionarios en la UNAM.124
En la poshuelga siguieron los ataques de connotados perredistas, otrora miembros del Partido Comunista, como dice Enrique González Ruiz: "Roger Bartra y su tesis de la cultura de la sangre: Según el intelectual Roger Bartra, la izquierda combativa, la que no entra a las reglas del juego del Estado y no tiene registro oficial, vive inmersa en la cultura de la sangre. Sus actitudes heroicas tienen una connotación de sacrificio y sigue planteando el 'Patria o Muerte' como rémora de tiempos idos. Frente a eso, plantea pasar a la cultura de la tinta, a la que identifica con el debate, la apertura y la tolerancia. Con ese criterio, caracteriza la actitud del Consejo General de Huelga como resultante del mantenimiento de la cultura de la sangre y la no adopción de la tinta. Considera que, al no entender que había triunfado en su lucha al obtener el Congreso ofrecido por Juan Ramón de la Fuente, prefirió inmolarse siendo víctima de la represión. Asegura que De la Fuente no solicitó la entrada de la Policía Federal Preventiva a la UNAM, sino que fue ésta una decisión que lo trascendió. Sería, entendemos, un partidario de la cultura de la tinta... Los buenos, en opinión de los intelectuales de la izquierda concertadora, son quienes cultivan la tinta, al buscar siempre puntos de acuerdo con el de enfrente. Los malos son aquellos que, como el CGH, se niegan a convalidar tesis y posturas que no comparten en lo esencial. ¿Lo sucedido en la UNAM desde abril de 1999 hasta hoy sirve para caracterizar al CGH como intransigente, además de ciego incapaz de ver sus propios triunfos? ¿Su conducta lo ubica como buscador enfermizo de su propia represión? Definitivamente no. La valoración que hicieron los jóvenes en huelga de las propuestas del gobierno y la rectoría fue que no resolvían ninguno de los problemas planteados en su pliego petitorio".125
Seguramente el profesor Bartra en vez de sangre tiene tinta en las venas que derrama en sus excelentes escritos contra el movimiento estudiantil, y contra cualquier otro movimiento social que se le ponga enfrente, simplemente, por no responder a la lógica corporativa de la partidocracia mexicana.
Los "demócratas" partidarios de la "concertaseción", del "chayoteo", acostumbrados a "resolver" los problemas y fenómenos sociales desde los medios de comunicación o desde sus elegantes oficinas o por medio del E Mail, se comportaron, parafraseando a Herman Hesse, como "lobos esteparios" que, gustosos, ofrecieron sus plumas y espaldas para que treparan las huestes de la represión y aventaran a centelladas las señales de que el movimiento estaba derrotado, pero había que rematarlo con el tiro de gracia.
Como escribe Luis Javier Garrido: "La lógica oficial ha sido muy clara en el conflicto de la UNAM: todo lo que está fuera del escenario 'institucional' de los partidos es inexistente. La voz de las facultades y escuelas de la UNAM que se expresa de manera democrática, pero fuera del 'sistema', es inaceptable: todo lo que no es coptable o chayoteable, es ultra".126 Esta es la esencia de las concepciones reformistas: aborrecen toda acción, todo proyecto y discurso encaminado a resolver de raíz un fenómeno o conflicto social; para ellas, evidentemente Marx se equivocó porque no chayoteó; pero si lo hubiera hecho, sería entonces "demócrata", "incluyente", "plural" y "tolerante", todo junto en el lenguaje preciosista que le gusta a Monsiváis y a sus correligionarios de partido. En efecto, como afirma David Álvarez Saldaña, en su polémica con Elvira Concheiro y Rodríguez Araujo: "Ambos autores en consecuencia renuncian a la propuesta política central del Manifiesto. En su lugar, aceptan lo que la democracia dominante ofrece a los partidos y fuerzas políticas, si acatan el marco constitucional. Ellos creen, por lo mismo, en la representación de las mayorías por partidos alineados a la legalidad burguesa, con sus respectivas prebendas consistentes en el usufructo del aparato de Estado como premio a su función".127
Pausada, pero firmemente, la Huelga Rebelde, como la llama González Ruiz, y su continuidad en la lucha en la poshuelga, fue evidenciando a esos "intelectuales", otrora de izquierda, muchos de ellos hoy "prominentes" miembros del gobierno del Distrito Federal y del panismo, como verdaderos agoreros de la socialdemocracia trasnochada y del neoliberalismo, englobados en ese tercer período que nos plantea Petras.
En efecto, como en un auténtico campo de batalla, fue lanzada la caballería pesada de la "intelectualidad" que se batió en duelo sin cuartel contra el CGH y sus miembros más activos y consecuentes que, por eso, fueron tildados despectivamente como: "la ultra" por los medios de comunicación y los llamados "moderados" que, en rigor, son las corrientes reformistas y dialoguistas que desde antes de la huelga estaban por la "negociación por arriba", en lo oscurito (práctica conocida entre los miembros del CGH como "cochupe")128 o mediante la elección de "dirigentes iluminados" que se sentaran a dialogar y negociar con las autoridades. Claro que esa confrontación nunca fue de frente, en los espacios públicos de las escuelas y facultades de la UNAM proporcionados por el CGH durante la huelga129 sino a través de los medios de comunicación cooptados (como La Jornada, el Proceso, todos los periódicos privados de circulación nacional y, por supuesto, en la televisión) o, en la única oportunidad unilateral, en el Auditorio "Che Guevara" de la Facultad de Filosofía y Letras, el 10 de agosto de 1999, cuando los profesores eméritos fueron a presentar, no a debatir, su "propuesta" de "solución" al conflicto en auditorio lleno, acompañados de miembros y simpatizantes del partido del sol azteca.130