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De su padre Karl Ludwig Nietzsche, Federico heredará una Biblia traducida por Lutero, el sentimiento religioso, el deber, y una pasión desmedida por la música. También recibirá un sistema nervioso sumamente excitable expuesto a sucesivos estados eufóricos y depresivos, una intensa jaqueca que lo perseguirá desde la adolescencia hasta la muerte, y una miopía acentuada.
Su padre muere en 1849 por un reblandecimiento cerebral, producto al parecer de una caída sufrida el año anterior al golpear la cabeza en un escalón de piedras del templo donde era pastor.
Las cefaleas se iniciaron en el verano de 1862 con intensos dolores.
Durante la guerra de 1867 sufre una fractura de costilla por una caída del caballo, y en 1870 contrae disentería y difteria. Estas enfermedades se prolongan por bastante tiempo y le producen grandes neuralgias, insomnios, trastornos y debilidad de la vista, dolores de estómago y finalmente se declara una ictericia.
En 1873, sus biógrafos anotan que se agravan sus males del estómago, por lo que debe tomar unas vacaciones. Algunos consideran que en 1869 contrae sífilis, que años más tarde tendrá como secuela la parálisis general progresiva que lo llevará a la demencia.
A los 31 años, en abril de 1875, sufre una crisis por agotamiento nervioso, y para reponerse pasa una temporada en la soledad de las montañas y de los bosques de los Alpes italianos, donde es cuidado por su hermana Elisabeth. En julio de ese año se retira a una pequeña estación termal que su médico le recomienda, y durante esa temporada se convence de que su mal es cerebral. Tiene entonces unas patéticas reflexiones en las cuales se promete concebir su más bello libro, pero antes quiere llamarse a silencio por un tiempo para meditar esa obra. A fines de 1875 vuelve a caer enfermo, y no se levanta hasta marzo de 1876.
Ya en 1879 están consignados períodos de gran excitabilidad que lo vuelven insociable e irascible. Y también sus continuos episodios de fatiga hacen que presente la renuncia como profesor de filología. A fines de 1879 se reagrava, y es cuando muestra toda la entereza de su carácter, pues no deja en sus escritos una sola queja.
En 1880 aún continúan sus dolores, que no le dan tregua, y llega a creer que su fin estaba próximo. Parte para Venecia, comienza una nueva etapa en su vida, ya que su crisis ha pasado y entra en convalescencia.
Pero en septiembre de 1881 vuelve a entrar en una depresión, y ese mes y en octubre se ve tentado en tres oportunidades por la idea del suicidio, pero se repone y se traslada a Génova.
En 1885, en Italia, uno de sus amigos anota: "Que el cuerpo aparecía postrado y con las facciones alteradas, pero el hombre seguía siendo el mismo; por amarga que fuese su vida continuaba tan afectuoso e ingenuo como antes, dado tan pronto a la risa como un niño".
Ya en 1888 Nietzsche está enfermo: vive en estado de euforia, todo lo divierte, nada lo contraría. En noviembre de ese año escribe su última obra Ecce homo.
En 1889 es visitado por un amigo, al que Nietzsche le muestra una carta en la cual se declara un asesino, y otro amigo suyo recibe otra carta firmada como "El crucificado". Cuando un amigo fue a buscarlo a Turín, lo encontró en la casa donde vivía vigilado por sus huéspedes, machacando un piano con los codos y cantando a toda voz, y lo conduce a un sanatorio en Basilea. Luego la madre lo lleva con ella, y durante 11 años padeció la demencia derivada de una parálisis general progresiva, hasta que muere en 1900.
Jaspers dice que antes de 1888 no estuvo mentalmente enfermo.
Un discurso, dice Jaspers, no hay por qué juzgarlo mejor o peor por el hecho de saber que el orador acostumbra a beber una botella de vino antes de hablar al público, para darse ánimos.
Lange, en cambio, afirma que nunca hubiera llegado Nietzsche a ser famoso si no fuera por su parálisis, ya que la debilidad cerebral pudo actuar como desinhibidora y permitir en las expresiones del filósofo la audacia y la concreción que tal vez hubieran sido imposibles con una reflexión muy lúcida y un ejercicio continuo de todas sus facultades.
De todos modos es imprescindible tener muy presente que importa poco que la obra filosófica de Nietzsche se deba en parte a su parálisis progresiva, puesto que para dar el desarrollo del pensamiento vale lo que ofrece en sus escritos, que influyen sobre los lectores y pensadores que crean, de algún modo, bajo su influencia.
El empeño de Nietzsche por hacer viva su filosofía del estímulo vital, impulso de la idealización del hombre, pues escribe "no es la vida, sino Nietzsche mismo el que siempre ha de superarse de nuevo, el que ha dado a la vida en conjunto la significación de voluntad de poder... mis escritos hablan solamente de mis superaciones".
La vida de este filósofo, con tantas vicisitudes dolorosas, impregna todo su pensamiento filosófico, plasmado con sangre y fuego y que mantiene una fuerza vibrante en su comunicación.
Nietzsche descubre en la salud, en la voluntad de la salud, su tensión filosófica: "Un ser típicamente enfermizo no puede llegar a estar sano, y menos aun sanarse a sí mismo. En cambio, estar enfermo para alguien típicamente sano, puede ser hasta un enérgico estimulante de la vida, de más vida. Así me parece efectivamente a mí ahora aquella larga temporada de enfermedad: descubrí la vida nuevamente, en cierto modo, incluyéndome a mí mismo. Gustaba de todas las cosas buenas, hasta las pequeñas, como no pueden gustarlas fácilmente otros. Yo hice de mi voluntad de salud de vida mi filosofía".
También dice de Ecce homo: "Cuando yo estaba casi al fin, y precisamente por eso, porque estaba casi al fin, pasé reflexivamente por encima de esta sin razón fundamental de mi vida: el idealismo. La enfermedad fue la que me trajo la razón".
En su trabajo Nietzsche contra Wagner, anota: "Enfermedad es, en todo caso, la respuesta, cuando comenzamos a descargarnos de algo en algún sentido, sorprendente y horrible a la vez, nuestras facilidades cuando resultan de abandonar algo, es lo que más duramente debemos expiar, y si queremos volver a encontrarnos sanos, no nos queda más remedio que aceptar más peso que el que soportábamos antes". Sin duda que esta reflexión está cargada de sentido psicológico y puede ser desmembrada para su estudio y como precedente de otros pensadores en psicología.
Nietzsche hablará de una diferencia puramente gradual entre enfermo y sano, con respecto al estado de actividad de los seres vivos, por esto anota: "Hay que estar precavidos ante la consideración de salud y enfermedad. Se toman como medidas el florecimiento del cuerpo, la elasticidad y el buen humor del espíritu. Pero naturalmente también hasta qué grado de enfermedad es capaz de soportar y superarlo, puede hacerlo sano, esto según lo cual perecerían los hombres blandos pertenece a los medios estimulantes de la gran salud".
Para Nietzsche cada hombre necesita como exigencia primordial comprenderse a sí mismo superando situaciones anecdóticas de dolor o bienestar particularizados; salud es el vigor total de un ser vivo en todos los aspectos, aun parcialmente enfermo. Enfermedad es la incapacidad para realizar su vida creadora venga esa deficiencia de donde viniere, porque para Nietzsche "el hombre es una cuerda anudada entre el animal y el superhombre una cuerda sobre el abismo, un peligroso salto hacia arriba, un peligroso estar sobre el camino, un peligroso mirar hacia atrás, un peligroso temblar y estar en pie".
El secreto del devenir vital es la superación continua de sí mismo: "Los hombres grandes son los que más sufren durante su vida, pero tienen a la vez las más grandes compensaciones. El orgulloso que sufre es por el momento el tipo humano superior. El hecho de que la naturaleza del hombre sea mala es mi consuelo, esto garantiza su fuerza".
Creemos que la enfermedad ha marcado en Nietzsche el rumbo de su filosofía a través de los conceptos de voluntad y de superación, e incluso en el concepto mismo de superhombre. De todos modos, un cerebro que ha secretado pensamientos como: "Si el devenir es un vasto círculo, todo es igualmente precioso, eterno, necesario", que se oponen al sentido lineal del tiempo y revalorizan el presente; que ha podido captar intuitivamente el encadenamiento de las cosas, traducida en frases que dicen: "Le has dicho sí a alguna alegría. ¡Ay! amigo mío, entonces le has dicho sí a todas las tristezas", pertenece al patrimonio intelectual de la humanidad, independientemente de su patología.
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