Niño y Poeta: La mitificación de la infancia en el romanticismo - La infancia perdida (I)
2 - La infancia perdida (I)
Cuando se hizo necesario fabricar refugios mentales a los que poder huir, los románticos buscaron el que tenían más cerca: la infancia. La infancia es el mundo perdido; el lugar que la imaginación puede recrear con la ayuda de la memoria. Como jóvenes que son, sienten cercano el sonido de las puertas de ese paraíso del que el tiempo les ha expulsado; todavía tienen frescos los recuerdos de un mundo sin responsabilidades ni obligaciones; un mundo en el que por su propia insignificancia, los adultos les ignoraban.
Sin embargo, si la mitificación romántica de la infancia se hubiese quedado ahí, no habría tenido demasiada importancia. Se habría quedado en un mero añorar. Pero los románticos constituyeron un auténtico sistema de ideas alrededor de la infancia en el que se vertieron múltiples y diferentes fuentes, logrando una síntesis original e influyente.
Las ideas que contribuyen a perfilar la visión romántica de la infancia tienen diversa procedencia: por un lado, tenemos las influencias evangélicas, la consideración del niño como ser puro, en quien el mal no ha anidado aún; por otro, las que se derivan de los planteamientos que asemejan la infancia del hombre con la infancia de la Humanidad, ya sea como paraísos, edades de oro, estados de naturaleza, etc.
En este sentido, es interesante la apreciación de Hans Robert Jauss sobre la evolución de la conciencia de pérdida de la inocencia desarrollada a partir de dos textos, las Confesiones agustinianas y roussonianas:
[...] sentido como una pérdida de la inocencia y expulsión de la serena felicidad del paraíso, se equipara tanto al caso de Adán, en la historia sagrada, coma a la pérdida del état de nature de la historia de la sociedad; al dudar entre la nostalgia de la inocencia perdida y la esperanza de volverla a encontrar, la condición innata del individuo cae bajo la ley trigradual del decurso de la filosofía de la historia de Rousseau. En ello puede verse, también, una variación de la teología histórica agustiniana: mientras, para San Agustín, el hombre es el único culpable de la pérdida de la felicidad paradisíaca, para Rousseau tanto la culpa de la expulsión del paraíso de la infancia como la pérdida del estado natural se deben a circunstancias externas, detrás de las cuales descubre Rousseau al verdadero culpable. La confesión histórica moderna demuestra la inocencia del hasta ahora pecador, y acusa a la sociedad que se siente capaz de emitir juicios sobre él. [...] La iluminación rousseauniana -tanto desde el punto de vista de la condición innata del hombre como de la historia de la humanidad- tiende, única y exclusivamente, a revisar la premisa agustiniana de que el hombre se encuentra en pecado desde el principio. El nuevo yo surgido de la "conversión" rousseauniana introduce,en la autobiografía, la demostración de la inocencia personal y, en los Discours, achacaba a toda la sociedad la responsabilidad de su historia8.
El sentimiento expresado por Jauss respecto al cambio de visión en la responsabilidad por la pérdida de la inocencia es capital para entender las ataques románticos contra la sociedad. Es a ella a la que hacen responsable de esa pérdida irreparable. El individuo se vuelve contra la sociedad a la que considera como causante del deterioro en que se encuentra.
Desnaturalización y alienación son dos conceptos que seguirán sonando insistentemente a lo largo de los dos últimos siglo como un reproche contra la sociedad. Lo auténtico se convierte en lo falso, y lo falso es lo social, lo mayoritario. La evolución de la vida se ve como un paso de la autenticidad a falsedad y son los mecanismos de socialización los que realizan esta tarea. Los filisteos acaban acogiendo entre sus filas a David. Crecer es dejar de ser uno mismo, poco a poco, para acabar siendo otro, uno de ellos.
Consciencia e inconsciencia
La infancia es considerada como una etapa autónoma. En ella el hombre vive un mundo autosuficiente, mundo del que están excluidos todos los elementos que, asociados con la edad adulta, son causantes del dolor. El mundo infantil es ajeno a las complicaciones adultas; es simple en su inmediatez: El deseo se realiza en lo imaginario. En el mundo adulto, el deseo se ve refrenado por la realidad y las normas.
En lo lejano, en lo perdido, está siempre lo grato; lo presente es siempre insatisfactorio. En el poema de Friedrich Hölderlin An die Natur, se expresa ese sentimiento de distanciamiento de la epoca de la inconsciencia en la que el dolor estaba lejos:
Benditos seáis, sueños de la infancia,
me ocultabais la miseria de la vida.
Vosotros habéis engendrado los gérmenes del bien que hay en mi alma,
me dabais los bienes que ya nunca más conquistaré9.
El soñar de la infancia permite ocultar la miseria de la vida. El poeta mitifica la época en la que el vivir no era vivir en el dolor. Con la llegada de la edad adulta, el hombre se ha de enfrentar a sí mismo y a los demás; siendo niño se mueve en un entorno afectivo protector en el que él es el centro o, al menos, cree serlo. La edad adulta implica una situación continua de enfrentamiento, debido, sobre todo, a la consciencia de las carencias y las limitaciones sociales. Es la edad adulta la de la confrontación, la del descubrimiento del sentimiento antagónico. El yo se siente otro.
En el poema hölderliniano se identifica la infancia con el mundo de los sueños. La oposición realidad/sueño se hace manifiesta. El mundo infantil es concebido como un mundo de ensoñaciones en la que los deseos se cumplen frente a la insatisfacción producida al entrar en la edad adulta. Pero los sueños de la infancia perduran; su semilla no abandona el corazón de aquellos seres cuyo destino es ser/sentirse distintos.
Alejándose de la infancia el hombre labra su perdición. En su alma se marchita la inocencia, adentrándose en un mundo frío y oscuro; la alegría le abandona. Si hay una obra romántica en la que se añore de forma plena la infancia, criticándose la acción realizada por los adultos es Las desventuras del joven Werther. El héroe goethiano es representativo de esa resistencia psíquica al crecimiento, que es, en el fondo, la negativa a aceptar la realidad impuesta. Su acercamiento e identificación con el mundo infantil, sus reacciones pueriles -en el mejor y peor sentido de la palabra- son constantes a lo largo de la obra. En las cartas wertherianas resuena a menudo el mandato evangélico que nos propone la infancia como modelo:
Sí, querido Wilhelm, los niños es lo que más quiero en este mundo. Cuando los miro y veo en esa pequeñita cosa el germen de todas las virtudes, de toda la energía que habrán de necesitar algún día; cuando descubro en su terquedad la constancia futura y la firmeza de carácter, en su predisposición al buen humor y la ligereza para deslizarse sobre los peligros del mundo; todo ello tan natural y puro, ¡tan...!, siempre, siempre tengo que repetir las áureas palabras del Maestro de los hombres: <<Si no os hacéis semejantes a uno de éstos...>> Pues bien, amigo mío, a estos que son nuestros semejantes y deberíamos tomar como modelo los tratamos como a subordinados. ¡No les está permitido tener voluntad propia! -¿No la tenemos nosotros? ¿Y en qué estriba nuestro privilegio?- ¡En que somos mayores en edad y experiencia! -¡Dios Santo, desde tu cielo ves niños viejos y niños jóvenes, y nada más!; y en quiénes tienes más complacencia lo anunció ya hace tiempo tu hijo. Pero creen en él y no le escuchan -¡ésta es también la vieja historia!- y forman a sus hijos según su imagen y... ¡adieu, Wilhelm! ¡No quiero seguir divagando sobre este tema!10
Sin embargo, Werther lo seguirá haciendo a lo largo de la obra. En sus cartas se recoge esa insatisfacción constante producida por un mundo que no se pliega a sus deseos. Su espontaneidad, la preponderancia del sentimiento en él, es vista por los demás -y por él mismo- como un rasgo infantil. Sólo que la apreciación del mundo infantil es opuesta: para Werther es un estado que se debe conservar; para la sociedad un estado que se debe abandonar. Los hombres ignoran el mandato divino y se alejan del modelo ofrecido proponiéndose ellos mismos como modelo. Asemejándonos a los niños, estamos más cerca de Dios; abandonándolos como modelo nos acercamos a los hombres, a la sociedad, en definitiva, nos alejamos de Dios y de nosotros mismos. La experiencia, dentro del planteamiento wertheriano, no es formativa, es deformadora, ya que tiende a arruinar el estado más perfecto. Evolucionar es degenerar; pasar de un estado superior a otro inferior. Cuando Werther exclama en sus cartas: "¡Qué niño soy!", está proclamando la superioridad de su mundo -de su estado- respecto al del los demás. Está reivindicando el mundo del sentimiento y del deseo puros, de la felicidad en lo sencillo, de lo espontáneo frente a lo normativo, todo aquello que, dentro del plan social, es necesario destruir dentro del proceso socializador.
Hay en Werther una escena que perfila la actitud social hacia el mundo de la infancia y ante una de sus características más acusadas y queridas por los románticos: la imaginación. Lotte ha atribuido al agua el poder de eliminar el daño hecho por Werther, en su exceso de afecto, en la mejilla de una de las niñas y de eliminar el peligro de que pudiera salirle barba. Werther asiste fascinado al poder de sugestión de Lotte sobre los niños y de cómo es capaz de manejarse en su mundo infantil:
[...] no pude menos de contar lo acecido a un hombre en cuya comprensión confiaba, porque tiene inteligencia; pero, ¡cómo me equivoqué! Me dijo que Lotte había obrado muy mal; que a los niños no se les debía hacer creer en nada; ello da lugar a numerosos errores y supersticiones de las que se debe preservar a los niños cuanto antes. Entonces me acordé de que este hombre había tenido bautizo en su casa hacía ocho días, por tanto no le di importancia. Y en el fondo de mi corazón seguí siendo fiel a la verdad: debemos obrar con los niños como Dios lo hace con nosotros; cuanto más felices nos hace, es cuando nos deja vagar en alas de dulces ilusiones.
Lotte ha dado un agua reparadora a la niña, como Dios ha dado el agua del bautismo a los hombres. Ha actuado llevando el consuelo y alejando el dolor. El hombre, que ha admitido el bautismo liberando a su hijo de la culpa original, le niega a la niña la ilusión y a Lotte la capacidad de generarla. Hay que extirpar la capacidad de creer, de imaginar, de ilusionarse del corazón del niño, negarle el alivio. El hombre había bautizado a su hijo, pero en su corazón no había capacidad de creer. A los niños -afirma el hombre- no se les debía hacer creer en nada. La imaginación queda así proscrita frente a los hechos; queda proscrita la ilusión y la felicidad que produce11.
Los sueños de la infancia del poema de Hölderlin y las dulces ilusiones wertherianas tienen una función similar: proteger el futuro del hombre, defenderle de la realidad adulta. La crítica romántica se ceba sobre los sistemas educativos que tienden a anular el potencial imaginativo del niño e inculcarles unos valores burgueses. La imposición de reglas tiende a anular lo genuino, lo particular, en beneficio de lo social. La individualidad se ve sometida a lo colectivo; la personalidad se diluye moldeándose conforme al sentir general. No debe haber discordancias y lo romántico implica diferenciación. Sumergiéndose en lo colectivo, anulándose en lo particular, se encuentra la seguridad, seguridad que no es más que la aceptación por el resto de los hombres, un asegurarse de que, siendo similar a ellos, nadie nos señalará. Werther, como tantos otros románticos posteriores, en la realidad y en la ficción, entiende este mecanismo y lo rechaza:
[...] atenerme únicamente a la naturaleza. Sólo ella es enormemente rica y solamente ella forma a los grandes artistas. Mucho podrá decirse en pro de las reglas, casi tanto como puede decirse en alabanza de la sociedad burguesa. Quien se forma con arreglo a ellas nunca producirá algo malo o de mal gusto, lo mismo que el que se deja guiar por las leyes y los buenos modales nunca podrá ser un vecino inaguantable ni un singular malvado, pero, dígase lo que se diga, ¡también las reglas destruyen el verdadero sentimiento de la naturaleza y la auténtica expresión!12
Atenerse a la naturaleza o atenerse a las reglas; seguir los propios impulsos o seguir los dictados de los demás; ser diferente siendo uno mismo o ser diferente a uno mismo: identidad o alienación. Este es, en gran medida, el dilema romántico que se manifiesta en todas las esferas, las personales o las estéticas. Y es al principio, en la infancia, cuando se plantea: dejarles ser ellos o hacerles como nosotros. La imagen en que este ideal se plasma la contempla Werther casualmente y no logra saber cuál es el motivo de la extraña fascinación que sobre él ejerce:
[...] Todo el pueblo estaba en el campo; solamente un muchacho como de unos cuatro años sentado en el suelo, sostenía entre sus brazos, estrechado contra su pecho, a otro niño de medio año, sentado a su vez entre las piernas del mayor que le servía de poltrona, y a pesar de la vivacidad con que sus ojos negros miraban a todas partes, permanecía sentado tan tranquilo. Aquella estampa me hechizaba: me senté en un arado y dibujé con enorme deleite aquella escena fraternal13.
En esa imagen se revela el ideal wertheriano, su visión de una sociedad en la que la fraternidad fuera infantil: el niño mayor y el niño menor. Los adultos comportándose con los niños como hermanos mayores, no como algo distinto. La armonía que la imagen de los dos niños ofrece a Werther le hace añorar inconscientemente un mundo así: protector y feliz, y no deformador y tiránico. No hay que desnaturalizar al niño, hay que naturalizar al hombre.
La infancia es vista como el espacio de la libertad en cuanto que es el espacio de la autenticidad. Las actitudes infantiles de Werther son manifestaciones de su deseo de ser auténtico y serlo implica dejarse guiar por el sentimiento antes que por la razón. Siguiendo el modelo rousseauniano, el corazón es recto en sus decisiones frente a los cálculos e intereses de los razonamientos. Siguiendo al corazón, se sigue a la Naturaleza y, siguiendo a ésta, se es auténtico. Werther no dejará de atacar a los fríos de corazón.
Hay una sabiduría que procede de la naturaleza que se pierde -se hace perder- al salir de la infancia. El niño es sabio porque se deja guiar por sus instintos, esto es, por el elemento que nos vincula a la Naturaleza. En el Hiperión de Hölderlin podemos comprobar esa conciencia de pérdida de la sabiduría natural:
¡Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas! La ciencia a la que perseguí a través de las sombras, de la que esperaba, con la insensatez de la juventud, la confirmación de mis alegrías más puras, es la que me ha estropeado todo.
En vuestras escuelas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía, y me agosto al sol del mediodía14.
La razón expulsa del jardín de la naturaleza; la razón anula la sabiduría real sustituyéndola por una falsa sabiduría, apariencia de conocimiento que pronto demuestra sus carencias. La ciencia del hombre adulto no lleva ni a la verdad ni a la felicidad, con lo cual el resultado será siempre la insatisfacción y la infelicidad. La felicidad de la infancia es la de la inconsciencia armónica: el niño no sabe tal como la Naturaleza no sabe. En el no saber se encuentra la auténtica sabiduría, que no es conocimiento de las cosas sino de ser en el mundo. El mismo Hiperión exclama:
Cuando yo era un niño callado y no sabía nada de todo lo que nos rodea, ¿no era entonces más que ahora, tras todas las fatigas del corazón y todos sus esfuerzos y afanes?
Sí, el niño es un ser divino hasta que no se disfraza con los colores de camaleón del adulto.
Es totalmente lo que es, y por ello es tan hermoso.
La coerción de la ley y del destino no le andan manoseando; en el niño sólo hay libertad.
En él hay paz; aún no se ha destrozado consigo mismo. Hay en él riqueza; no conoce su corazón la mezquindad de la vida. Es inmortal, pues nada sabe de la muerte15.
Las características que definen la grandeza del niño -divinidad, identidad, libertad, paz, riqueza, inmortalidad- provienen de su inconsciencia. Es el saber de ellas lo que determina su carencia. Hasta que no conocemos la muerte no nos sentimos mortales; hasta que no tenemos que definir e imponer nuestra libertad no nos sentimos oprimidos. El niño es totalmente lo que es, dice Hiperión, y, no siendo nada más, lo es todo. La lucha hölderliniana es la de la recuperación del ser todo, pero esta recuperación pasa por ser nada, por el anonadamiento, por la anulación de lo individual, fruto de la diferenciación. Sólo en el desprendimiento, en el arrojar el lastre de lo acumulado por la experiencia y el tiempo, es posible recuperarse: recuperarse en el no ser, paradoja que sólo se resuelve en la muerte o la locura, salidas habituales en el mundo romántico.
Mantener la armonía de la infancia es el ideal romántico, armonía que es armonía con el mundo, con la Naturaleza. Si la razón, si el conocimiento, si la cultura expulsan de ese jardín, ¿cómo mantener esa inocencia? ¿cómo mantener esa sabiduría natural que el paso del tiempo y la sociedad destruyen? Manteniendo el rasgo que define la actitud del niño hacia el mundo: el asombro. Ver el mundo cada día como si fuera la primera vez. El poema de William Wordsworth My heart leaps up when I behold expresa ese sentimiento de asombro renovado ante la Naturaleza en sus manifestaciones más simples:
My heart leaps up when I behold
A rainbow in the sky:
So was it when my life began;
So is it now I am a man;
So be it when I shall grow old
Or let me die!
The Child is father of the Man;
And I could wish my days to be
Bound each to each by natural piety16.
Que el corazón se agite cada vez que contemple un arco-iris, nos propone Wordsworth; que lo maravilloso de la naturaleza no se convierta en un elemento gris y anodino. Manteniendo esa capacidad de asombro es como el hombre sigue siendo niño, como perdura en él la inocencia original. Existe también en el poeta inglés la crítica al mundo educativo o, más exactamente, a la función que la sociedad ha otorgado a la educación. Como el en caso de Goethe o el de Hölderlin, se contempla el sistema educativo como una agresión contra la infancia. El sistema educativo es el instrumento mediante el cual la sociedad desnaturaliza al hombre, le quita esa alegría natural, esa capacidad de asombro, que le es propia. Wordsworth ofrece en su poema una verdad que suena a paradoja por olvidada: El niño es padre del hombre. En este verso quedan encerradas muchas de las contradicciones sociales: Los adultos se erigen en autoridad y exigen respeto de los niños; deciden su destino y lo imponen. Pero el niño es el padre del adulto, es de él de donde procede: no son dos mundos distintos, son el mismo. Esta es la paradoja de Wordsworth: los adultos que fueron niños -que han olvidado que fueron niños- rigen los destinos de la infancia anulándola. Crecer es olvidar, olvidar tanto que nos hace volvernos contra lo que una vez fuimos. En su poema The Tables tourned (An evening Scene on the Same Subjet), el poeta expresa la diferente educación que se obtiene siguiendo cada una de las posibles sendas, el camino de la cultura o el de la Naturaleza, el que agosta o el que permanece siempre fresco:
Up! up! my Friend, and quit your books;
Or surely you'll grow double:
Up! up! my Friend, and clear your loks;
Why all this toil and trouble?
The sun, above the mounyatin's head,
A freshening lustre mellow
Through all the long green fields has spread,
his first sweet evening yellow.Books! 'tis a dull and endless strife:
Come, hear the woodland linnet,
How sweet his music! an my life,
There's more wisdom in it.And hark! how blithe the trostle sings!
He, too, is no mean preacher:
Come forth into the light of things,
Let Nature be your Tacher.She has a world of ready wealth,
Our minds and hearts to bless -
Spontaneous wisdom breathed by health,
Truth breathed by cheerfulnes.One impulse from a vernal wood
May teach you more of man, of moral evil and of good,
Than all the sages can.Sweet is the lore which Nature brings;
Our meddling intellect
Mis-shapes the beauteous forms of things: -
We murder to dissect.Enough of Science and of Art;
Close up those barren leaves;
Come forth, and bring with you a heart
That watches and receives17.
La naturaleza es la mejor maestra. La sabiduría que se obtiene con su simple contemplación es muy superior a la que los libros o los hombres pueden ofrecer. "Nuestro retorcido intelecto/ desfigura las bellas formas de las cosas:/ asesinamos para disecar". Probablemente, entre los románticos, se haya dicho más veces, pero pocas tan claramente: El intelecto mata la belleza y la vida. Ese "basta de ciencia y de arte" es el grito contra una época que estaba ya moribunda y cuyos frutos y reglas no satisfacían a las nuevas generaciones. Es el fin de una época satisfecha de sí misma y cuyo mito central -la razón soberana- se vería derruido por la llegada de un nuevo sentimiento respecto a la vida. La mirada sobre las cosas debe ser infantil, asombrada. Es preferible el misterio al conocimiento. Quien ve en el arcoiris sólo un fenómeno destinado a ser estudiado desde la óptica, ha perdido su capacidad original, su mirada infantil. Aquel que, al saber las causas físicas del fenómeno, deja de asombrarse de su belleza, ha dejado de sentir la poesía del universo. Hay que seguir mirando el cielo con asombro, como niños.
1 opinión
y sin leerlo me gusta y me interesa mucho el tema .
me parece fantastico que hablen de estas cosas , porque asi uno se da cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor.Pero lamenteble que hay gente que no save apresiar estas escrituras.
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Autor y licencia de 'Niño y Poeta: La mitificación de la infancia en el romanticismo'
Monografía de Joaquín Mª Aguirre Romero. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero9/ninoroma.html
