Infancia del hombre, infancia de la Humanidad
Lo que el poeta romántico expresa de la infancia es extensible a la historia de la Humanidad. Al igual que el hombre, individualmente, pasa por la infancia, también la especie lo ha hecho: ha habido una infancia de la Humanidad.
De la añoranza de su propio pasado, irrecuperable, se pasa a la añoranza de un pasado colectivo idealizado: la edad de oro, el estado de naturaleza, etc. Hemos podido apreciar cómo, en el movimento romántico, el mito del progreso es derribado. La creencia en una mejora progresiva a lo largo de la historia de la humanidad deja paso a un sentimiento de pérdida, de degeneración colectiva. Si el niño pierde en su paso a la edad adulta, el Hombre también ha perdido en su avanzar en el tiempo de la Historia. No existe más que una apariencia de progreso; lo auténticamente importante, lo esencial del hombre, se ha ido deteriorando sin remedio.
La negación del tiempo presente conlleva necesariamente a la idealización de un pasado. Se fabrican y recuperan mitos en los cuales el Hombre fue distinto a como lo es en la actualidad. En esos tiempos idealizados se reconstruyen todas las carencias del mundo actual. La edad de oro fue la infancia de la humanidad. Ovidio, en Metamorfosis, la describe así:
La edad de oro fue la creada en primer lugar, edad que sin autoridad y sin ley, por propia iniciativa, cultivaba la lealtad y el bien. No existían el castigo ni el temor, no se fijaban, grabadas en bronce, palabras amenazadoras, ni las muchedumbres suplicantes escrutaban temblando el rostro de los jueces, sino que sin autoridades vivían seguros. Ningún pino, cortado para visitar un mundo extranjero, había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas, y no conocían los mortales otras playas que las suyas. Todavía no estaban las ciudades ceñidas por fosos escarpados; no había trompetas rectas ni trompas curvas de bronce, ni cascos, ni espadas; sin necesidad de soldados los pueblos pasaban la vida tranquilos y en medio de suave calma. También la misma tierra, a quien nada se exigía, sin que la tocase el azadón ni la despedazase reja alguna, por sí misma lo daba todo; y los hombres, contentos con alimentos producidos sin que nadie los exigiera, cogían los frutos del madroño, las fresas de las montañas, las cerezas del cornejo, las moras que se apiñaban en los duros zarzales, y las bellotas que habían caído del copudo árbol del Júpiter18.
En esta época armónica, el hombre no tiene necesidad alguna que no pudiera ser satisfecha por la presencia inmediata de la naturaleza. La descripción de Ovidio implica que el hombre no había desarrollado ni el deseo de conocer ni el instinto destructor; en suma, era un hombre satisfecho. No necesitaba leyes porque el orden era natural; ni temía ni era temido. No tenía que forzar a la tierra porque se conformaba con lo que ésta le ofrecía generosamente. Incluso, el hombre no necesitaba protegerse conta las inclemencias del tiempo o las variaciones de las estaciones porque éstas no existían: la primavera era continua. Con el reinado de Júpiter, sustituyendo al de Saturno, comienzan las cosas a torcerse. La armonía y la paz se pierden y los hombres tienen que buscar refugio en las cuevas. Es la llegada de la edad de plata. A partir de aquí, todo comienza a degenerar y, tras la edad de bronce, se llega al máximo grado de depravación, la edad de hierro:
[...] La última es de duro hierro; de repente irrumpió toda clase de perversidades en una edad de más vil metal; huyeron la honradez, la verdad, la buena fe, y en su lugar vivieron los engaños, las maquinaciones, las asechanzas, la violencia y la criminal pasión de poseer. Desplegaban las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese aún apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron en las olas desconocidas, y el precavido agrimensor señaló con largas líneas las divisiones de una tierra que antes era común como los rayos del sol y como los aires. Y no sólo se exigían a la tierra opulenta cosechas y alimentos que ella debía dar, sino que se penetró en las entrañas de la tierra y se excavaron los tesoros, estímulo de la depravación, que ella había escondido llevándolos junto a las sombras de la Estige...19
El elemento principal de la edad de oro es la ausencia de separación entre el hombre y el mundo. Uno y otro se encuentran en perfecta armonía. El hombre vive de lo que la Naturaleza le ofrece; no busca nada más. La Naturaleza, como contrapartida, cuida del hombre protegiéndole, o mejor, no agrediéndole. Ese sencillo estar en el mundo implica la ausencia de preguntas, de deseos que no puedan ser satisfechos inmediatamente. La Naturaleza se comporta como una auténtica madre protectora de sus hijos los hombres. Cuando la armonía se rompe, el hombre se vuelve contra la Naturaleza, a la que trata de explotar, y ésta se revuelve contra el hombre.
Las características que Ovidio atribuye a la edad más vil, la de hierro, encajan perfectamente con las que los románticos atribuyen a la suya: una edad envilecida por el comercio, en donde la nobleza ya no tiene cabida; la astucia y el engaño sustituyendo al valor y la verdad. La edad de hierro es la época de los filisteos, un época sin héroes, cotidiana, sin altas miras. Los hombres no buscan el realizar grandes gestas, sino enriquecerse. En la Naturaleza, el hombre ya no ve más que las materias susceptibles de convertirse en dinero.
En el cuento del romántico alemán Ludwig Tieck, El Runenberg, encontramos una representación de este cambio de actitud del hombre hacia la Naturaleza, en el que se repiten las argumentaciones ovidianas:
- Un destino fatal -dijo el padre- te separó de nosotros. Habías nacido para llevar una vida tranquila, y tu ánimo se inclinaba a la tranquilidad y a las plantas, cuando tu impaciencia te condujo hacia las piedras de las montañas salvajes, hacia los peñascos y los precipicios cortantes, con sus figuras toscas que te han destrozado el alma y han sembrado en ti un hambre devastador de poseer el oro. Tenías que haberte precavido siempre de las montañas, y con esta intención te crié, pero ha sido en vano. Tu humildad, tu paz, tu espíritu infantil, han sido vencidos por la obstinación, la ferocidad y la soberbia.
- No -repuso el hijo-; ahora recuerdo muy bien que fue una hierba la primera que causó mi desgracia. Desde entonces comprendo los suspiros y las quejas que exhala la naturaleza, si se escucha con atención: en las plantas, en las hierbas, en las flores y en los árboles alienta dolorosamente la gran herida; son los restos del cuerpo difunto de un mundo que existió y que se ofrece a nuestros ojos en su descomposición20.
El joven ha desoído a su padre y se ha dedicado a la caza y a la pesca, a la minería. Su padre le había enseñado a tomar lo que la Naturaleza le ofreciera y él prefirió arrebatárselo por la fuerza: la caza, la pesca y la minería son formas de agresión contra la naturaleza. La hierba a la que se refiere el joven y que, según él, labró su desgracia no fue más que una simple brizna que, distraidamente y sin motivo alguno, arrancó de la tierra. Su castigo fue el poder oir los quejidos de la Naturaleza en su dolor. El joven, al igual que el viejo marinero del poema de Samuel T. Coleridge al matar al albatros, es castigado por haber agredido a la Naturaleza de forma injustificada.
En acciones como éstas, el arrancar una brizna o matar a un albatros, aparentemente sin importancia, es cuando la Naturaleza se rebela contra el hombre. Esa crueldad disfrazada de indiferencia es la que le hace reaccionar, maldecir y castigar a los infractores. En su edad adulta, la Humanidad se ha vuelto cruel. Lejos quedan los viejos tiempos de la armonía entre el hombre y el mundo; lejos quedan también las acciones protectoras sobre el hombre. Adulto, el hombre contempla el mundo como un rival. En la edad de hierro el hombre sólo ve enemigos. Como dice el padre del cuento de Tieck, el espíritu infantil ha sido vencido por la obstinación, la ferocidad y la soberbia.
Al igual que el mito de la edad de oro hace de nuevo presencia en el espíritu de los románticos hay otro factor de gran importancia, de carácter igualmente mítico, si bien de muy distinta procedencia. Es el concepto de Estado de Naturaleza rousseauniano. Rousseau, en distintos campos, tuvo gran influencia sobre el movimiento romántico. Muchas de sus ideas sobre el lenguaje, la naturaleza, etc. fueron recogidas y reinterpretadas por diferentes románticos. Rousseau no idealizó el estado de naturaleza; entendió que era una etapa de la historia de los hombres que contenía tanto elementos positivos como negativos. Su descripción de los primeros hombres contrasta fuertemente con la descripción ovidiana:
[...] No habiendo visto nunca más que lo que estaba en torno a ellos, eso mismo no lo conocían; no se conocían a sí mismos. Tenían la idea de un padre, de un hijo, de un hermano, y no de un hombre. Su cabaña contenía todos sus semejantes: un extraño, una bestia, un monstruo, eran para ellos la misma cosa:; fuera de ellos y de su familia, el universo entero no era nada para ellos.
De ahí las contradicciones aparentes que se ven entre los padres de las naciones: tanto de natural y tanto de inhumanidad, de costumbres tan feroces y de corazones tan tiernos, tanto amor por su familia y tanta aversión por su especie. Todos sus sentimientos, concentrados en sus próximos, tenían más energía. Enemigos del resto del mundo, que no veían y que ignoraban, no odiaban lo que no podían conocer.
Estos tiempos de barbarie eran el siglo de oro; no porque los hombres estuvieran unidos, sino porque estaban separados. Se dice que cada cual se estimaba el amo de todo; quizá; pero nadie conocía ni deseaba lo que estaba al alcance de su mano; sus necesidades, lejos de acercarlo a sus semejantes, lo alejaban de ellos. Lo hombres, si se quiere, se atacaban cuando se encontraban, pero se encontraban raras veces. Por doquier reinaba el estado de guerra, y toda la tierra estaba en paz21.
En la concepción rousseauniana, el hombre en el estado de naturaleza carece tanto de elementos para hacer el bien como para la maldad. De hecho, el bien y el mal estaban lejos de sus preocupaciones. Podemos juzgar sus acciones como malas o buenas, pero sólo desde nuestra perspectiva. Su violencia, al igual que su ternura, es completamente natural; es puro sentimiento.
Las relaciones que Rousseau dibuja en la infancia de la Humanidad entre el hombre y el mundo están lejos de las armonías idílicas de Ovidio. El hombre ha de ir sometiendo poco a poco a una naturaleza que le es hostil: El salvaje es cazador, el bárbaro es pastor, el hombre civilizado es agricultor22. De hecho, es la hostilidad de la naturaleza uno de los elementos que forzaron la unión de los hombres en sociedades. Es la aparición de la agricultura la que marca el gran cambio, tanto para bien como para mal:
[...] introduce la propiedad, el gobierno, las leyes y, gradualmente, la miseria y los crímenes, inseparables para nuestra especie de la ciencia, del bien y del mal. Por eso los griegos no sólo miraban a Triptolemo como el inventor de un arte útil, sino también como un fundador y un sabio del que tenían su primera disciplina y sus primeras leyes. Por el contrario, Moisés parece hacer un juicio de reprobación sobre la agricultura dándole un malvado por inventor y haciendo que Dios rechace sus ofrendas; se diría que el primer labrador anunciaba en su carácter los malos efectos de su arte. El autor del Génesis había visto más lejos que Herodoto23.
Caín, el primer agricultor y el primer criminal. El cazador mata, pero no posee lo que mata. Va a la búsqueda de lo que no tiene. El agricultor necesita poseer la tierra que cultiva; define un territorio y necesita defenderlo. Las leyes eliminan la violencia como elemento de superación de las disputas. El hombre sale de su violenta infancia convertido en propietario y legislador. Posee tierras que producen riqueza y leyes para protegerlas. La posesión trae la posibilidad del robo y las leyes la de la injusticia. A partir de aquí, Rousseau comienza las críticas al denominado estado social; nos encontramos de nuevo en la edad de hierro. El paso de la historia no ha hecho sino pervertir el corazón de los hombres. Las instituciones, cuya primera finalidad era el acabar con la violencia natural, se han convertido en opresoras y no han servido para hacerles más libres ni más justos, sino más esclavos y criminales.
La idea romántica de la infancia -personal y colectiva- se construye con una mezcla de elementos tomados de los viejos mitos, de las ideas rousseaunianas y la palabra del Evangelio. Los argumentos que se esgrimen para cada caso son similares: las instituciones, que nacieron para garantizar la libertad de los hombres rescatándolos del salvajismo, se han convertido en opresoras. Tanto las instituciones políticas como las educativas son anuladoras del ser humano; no buscan convertir a los hombres en lo que les estaría destinado naturalmente, sino que tratan de convertirlos en instrumentos de sus propios intereses. Los hombres salieron del estado de naturaleza y se unieron con la esperanza de mejorar. Los niños son sacados de la infancia, de su inocencia natural, por medio de unas instituciones deformadoras que tienden a anularlos individualmente para acostumbrarlos a vivir en medio de una sociedad injusta. La pureza e inocencia infantil se ven pervertidas por los mecanismos sociales.
La oposición infancia-edad madura es total. El romántico se ve a sí mismo en el bando de la infancia, en el de los débiles, junto a los perdedores. El paso del tiempo determina el resultado: los niños pasan al otro bando, son absorbidos por la sociedad adulta. Porque la sociedad siempre es adulta, siempre es el mundo de ellos. El extrañamiento romántico obedece, como vimos, a esa conciencia de la diferencia, a ese no compartir los fines de la sociedad de los otros. Su tragedia es sentirse siempre de otro lugar estén donde estén; sólo que ese lugar añorado ha quedado perdido en el tiempo, cerrado, sin posibilidad de retorno.