El trabajo se considera una de las expresiones más integrales de la personalidad de los seres humanos, actuando el hombre frente a él con la plenitud de sus facultades morales, intelectuales y físicas. Mediante él ejerce o aplica las fuerzas del cuerpo y alma en beneficio de producir algo útil o satisfacer una necesidad.
Ciertos pensadores del siglo XIX llegaron a considerar que el ser humano producía “valores de uso” para otros seres humanos al depositar en diversos ingenios u objetos el trabajo propio que es el que verdaderamente aporta valor a otras personas o al resto de la sociedad.
A lo largo de la historia humana, en particular a partir de los cambios que impuso la revolución industrial en el siglo XVIII, es posible apreciar cambios significativos en la relación del hombre con el planeta y dentro de su misma sociedad. Es así que la Revolución Industrial plantea cambios económicos, sociales y también ambientales. Aparecen las primeras fábricas modernas, se elimina la sociedad artesanal de la Edad Media y la esclavitud humana como tal es abolida.
La organización de las primeras industrias representó la existencia de condiciones ambientalmente adversas para los trabajadores. Laboraban en talleres oscuros densamente cargados con nubes de polvo, humo, gases y vapores de los procesos de elaboración, donde hombres, mujeres y niños trabajaban por 12 o más horas diarias. La expectativa de vida de la población fruto de los accidentes del trabajo y enfermedades profesionales no era superior a los 30 años (1). Sin embargo, y sobre todo a partir de principios del siglo XX, con los nuevos conceptos Taylorianos de división del trabajo, el desarrollo tecnológico y las industrias cada vez más complejas precisaron de trabajadores especializados y más difíciles de reemplazar, situación que comenzó a crear conciencia entre los industriales sobre las ventajas de no tener personal accidentado o enfermo, así como también de máquinas o equipos detenidos. Esto además tendrá influencia en el desarrollo de programas de seguridad social en los países desarrollados fundamentalmente.
Por otra parte, a partir del período que siguió a la Segunda Guerra Mundial, surge la necesidad de estandarizar metodologías de producción. Es así que surgen las primeras normas ISO cuyo sustento es y ha sido promover el desarrollo de la estandarización y actividades relacionadas alrededor del mundo para facilitar el intercambio y cooperación internacional. Recién a partir de los años 80’ surgen las primeras normas ISO aplicables a la Gestión de Calidad (1987) (2). Posteriormente se agregarán normas ISO aplicables a Sistemas de Gestión ambiental (1996) (3), así como normas de carácter voluntario no acreditadas como ISO pero adoptadas como estándares en muchos países tales como la norma OHSAS 18.001 (4) que especifica los requisitos que debe cumplir un Sistema de Gestión de Seguridad y Salud ocupacional.
Con relación a normativas específicas sobre el recurso humano y en relación a la responsabilidad social de las empresas, en Octubre de 1997 se entrega al Consejo de Prioridades Económicas de Estados Unidos la Norma SA 8000 cuyos principios se basan en los derechos humanos, que toda sociedad civilizada garantiza y que por consecuencia, las empresas deben adoptar de acuerdo a las exigencias de una concepción moderna, humanizada y proyectada en el bien común.