



El hecho de plantearse la pertinencia de la novela histórica, como tal, implica reformular algunos parámetros, que tienen su punto de anclaje en la inevitable relación entre historia y ficción.
En este plano de discusión, los que adquieren verdadera relevancia son los diversos modos de narrar. Se puede contar la ficción como una ficción; la historia como la historia; la ficción como historia; la historia como ficción. Todo, según el lugar que la ficción o la historia ocupen como referentes.
Si se atiende a la primera de las categorías enunciadas, la ficción como una ficción, no existe el riesgo de equivocar metodológicamente la valoración del texto aludido. El estatuto ficcional del texto estará asentado sobre la base de un acuerdo, establecido entre lector y narrador, lo que habrá de asegurar la pertinencia del carácter textual, en relación con el referente.
La segunda de las categorías está reservada para el estudio documentado de algún aspecto de la historia. Esto no significa que no haya alguna transgresión, que implique la inserción de parámetros que participan de lo narrativo en un marco referencial cero, es decir, enteramente objetivo.
Cuando se asume la historia como ficción, es decir, la tercera de las categorías propuestas, se está resignificando el rol de las instituciones que participan de esta concepción genérica, porque se produce una infisión de lo estatuido: la historia se narra como si se tratara de una ficción. Un caso paradigmático, es el de Félix Luna, quien ha dado muestras de ese carácter narrativo que predomina en sus obras, y hasta ha probado, con bastante éxito, esta modalidad a partir de la realización de obras como Soy Roca o Sarmiento y sus fantasmas, de reciente aparición, en las que emplea estrategias ficcionales para insertar el estudio de algún aspecto de lo histórico.
Diferente es el planteo de la ficción como historia, porque la ficción va reconstruyendo la historia desde otras perspectivas, es decir, desde la perspectiva del escritor, con toda su experiencia histórica, ideológica, filosófica. Por ejemplo, Ricardo Piglia trabaja esta línea ficcional, en Respiración Artificial, La ciudad ausente y en algunos de sus relatos, donde los planos se confunden. Pero estos planos alcanzan niveles de mayor infisión en las novelas de Tomás Eloy Martínez, quien hace confluir, en una re-unión no exenta de armonía, en sus novelas La novela de Perón y en Santa Evita, la documentación histórica y la construcción del espacio ficcional.
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