Notas sobre la novela histórica argentina - La pregunta inicial
5 - La pregunta inicial
Entonces, vuelvo a preguntarme: ¿existe, efectivamente, una novela histórica?
Hay, en este punto, una necesidad que se impone, y es la de escuchar, aunque sea por un momento, lo que afirman los que están "comprometidos" con esta modalidad de hacer literatura. Y Andrés Rivera es una de esas voces a las que hay que escuchar. Preguntado sobre el hecho de que "la novela histórica es un género abominable literariamente" hablando, responde: "Yo creo que sí. Sólo creo en las novelas y eso es todo. Y creo que ninguno de nosotros, por lo menos en este país, ha escrito novelas históricas. Creo, sí, que la historia es una ficción que sólo se extinguirá cuando se extinga la vida de los hombres en la tierra. Pero que es una ficción y que de ella podemos aprender muchas cosas."
Dos elementos se pueden extraer de estas declaraciones de Andrés Rivera, que acaso resulten útiles para nuestras reflexiones. Por una parte, el hecho de depositar toda la confianza en la literatura. Pero no se trata de una confianza ingenua, sino que la literatura tiene que reflejar el presente, aunque las acciones de la obra estén ubicadas en el pasado. En esto, también Rivera responde: "Yo escribí pocas novelas que aluden al pasado. La revolución es un sueño eterno, En esta dulce tierra, El amigo de Baudelaire, La sierva, son otras. Mi pretensión fue que hablaran de nuestro tiempo. Si pienso en La revolución es un sueño eterno he repetido en más de una oportunidad que Castelli es nuestro contemporáneo. Y así lo quise poner en la novela. (...) Para mí Castelli es un hombre de nuestros días, con sus desgarramientos, con sus claudicaciones y con sus firmezas. En El amigo de Baudelaire traté de poner en pie a Saúl Bedoya, uno de esos burgueses que constituyeron a la Argentina que hoy conocemos." Con respecto a la escritura de En esta dulce tierra, afirma: "Había leído más de una nota que hablaba de que en los tiempos de la primera y la segunda guerra mundial hubo personas que se enterraron en sótanos durante años... (...). Y cuando salieron el mundo era distinto. Era otro. Y esa fue la historia de Cufré en definitiva. Que lo haya puesto bajo el gobierno de Rosas es algo posterior." Es decir: Rivera transfigura en hechos literarios los acontecimientos que tienen la referencia en lo real, con lo que se ingresa en un juego, en el cual adquiere una primacía especial la literariedad de lo narrado: Rivera contextualiza en un pasado problemático hechos que podrían ser perfectamente reconocibles en el presente, con lo que estaría revelando un funcionamiento de la imaginación literaria al servicio de la materia histórica.
El otro punto que se puede rescatar, tiene que ver con la concepción de la historia como una ficción: "... la historia es una ficción que sólo se extinguirá cuando se extinga la vida de los hombres en la tierra." Esta afirmación admite una lectura que se sustenta en una respuesta de Rivera a ciertas teorías que impulsan generalizar la opinión del fin de la historia, en cuanto a que la historia se moviliza a partir de la confrontación de opuestos: el comunismo y el capitalismo, y que, con la caída del socialismo habría de advenir el fin de la historia. Pero Rivera no se conforma con estos argumentos. La historia se construye con las biografías de cada uno. La historia es narrada a partir de cada historia individual
Pero convengámoslo: Rivera no cree en la novela histórica. Se produce un error metodológico al leer sus novelas como novelas históricas, porque la intencionalidad del autor está lejos de ser lo que se postula desde la crítica. En este sentido, Rivera es categórico: "Yo escribo novelas. Sólo creo en las novelas y eso es todo. Y creo que ninguno de nosotros, por lo menos en este país, ha escrito novelas históricas. Creo, sí, que la historia es una ficción que sólo se extinguirá cuando se extinga la vida de los hombres en la tierra." Sin embargo, la posición de Rivera no acaba con la simple postulación de lo histórico en cuanto acontecer, sino que se proyecta hacia un punto que permite establecer algunos paradigmas, a partir de la presencia de ciertos prototipos que surgen de la literatura: "Shakespeare hablaba de los Estuardo, de los Windsor y nos está hablando de hoy. Precisamente porque no escribió historia. Hamlet sería príncipe de Dinamarca, pero lo que le ocurrió a Hamlet le ocurre a muchos hombres de hoy." ¿Acaso Rivera pretende salvar la historia y la literatura, como dos entidades autónomas, entre las cuales las relaciones posibles se restringen a la memoria de lo posible? Probablemente, lo que Rivera está marcando, es el juego de ida y vuelta entre historia y literatura, entre lo escrito y la experiencia, entre la experiencia y el sentido de la experiencia. La voluntad de los personajes históricos de las novelas de Rivera, nace de esa articulación en la que, necesariamente, confluyen historia y literatura. Pero, en este punto, es necesario preguntarse ¿cuál sería, entonces, el estatuto ontológico de las ficciones de Rivera, si lo que él realiza en sus ficciones es una manipulación de personajes históricos que juegan el juego de la historia, todo narrado en un marco específicamente ficcional? Se sabe que la ficción establece sus propias convenciones; que los elementos que participan de la ficción forman parte de una categoría que establece sus propias leyes, paralelas a las de la realidad. Se sabe, también, que los operadores ficcionales gozan de sus propios estatutos, transformándolos en entidades puramente autónomas. Se sabe, finalmente, que la novela es una ficción, y se sabe que Andrés Rivera escribe novelas, por una definición genérica frente al texto, y por una expresa voluntad del autor. Entonces, ¿cuál es el contrato que Rivera, autor de novelas, establece con la historia? Creo que esta es la pregunta que hay que formularse frente a un texto de Rivera.
Lo que sale de lo común, y hace, a la vez, que las novelas de Rivera tengan ese atractivo que las particulariza, es el tratamiento que hace de los argumentos y el carácter ambiguo de los personajes. No se trata de esos personajes cortados de una sola vez, tal como la historia siempre los ha presentado. De hecho, cuando el lector examina al Castelli de La revolución es un sueño eterno o al Rosas de El farmer sólo queda la percepción de unos individuos que, lejos de pertenecer a un estrato que mantiene una cierta autoridad por las convenciones establecidas desde la historia fáctica, la "oficial" y la "otra", recuperan ciertos aspectos que los aproximan a la experiencia cotidiana, al ser de cada día. Una estrategia que está al servicio de este efecto consiste en el empleo de la primera persona. La escritura del diario o memoria, en el caso de Castelli, y el ejercicio del recuerdo, en Rosas, son puertas de acceso a la interioridad de estos protagonistas, por los cuales pasa la historia. En definitiva, ese es el proceso que interesa a Rivera: asumir la historia desde los individuos que tuvieron una determinada gravitación, que cumplieron con tomar decisiones importantes en momentos importantes de la historia argentina, y que ahora no se los puede recuperar sino desde una perspectiva más inclinada hacia los procesos de estratificación.
Vuelvo a la pregunta anterior: ¿cuál es el contrato que Rivera establece con la historia? La manera de asumirla es como la de un organismo vivo que se mueve en función de esos individuos que hacen de la historia una entidad dinámica, y que, a la vez, son totalmente conscientes de este proceso.
Pero también la historia se moviliza por la acción de otra clase de individuos, que permanece en un plano secundario, respecto a los antes mencionados. Tal es la situación de los protagonistas de El amigo de Baudelaire y de La sierva. Ellos mantienen relaciones laterales con los centros de la historia: Sarmiento, Baudelaire, pero inciden en alguna decisión "central". En este sentido, lo que hace Rivera es ubicar la ficción dentro de la historia y no la historia en la ficción. Esta es la estrategia básica
De todos modos, lo que interesa a Rivera, según las palabras que se transcriben arriba, es la situación del hombre.
En última instancia, lo que quedan son los relatos de hechos ocurridos, en un momento determinado del devenir temporal humano.
Acaso este tipo de discusiones terminen en el bizantinismo, porque quien tiene la última palabra es el escritor, que se sienta frente a la hoja en blanco, con toda una tradición detrás y no tiene otra alternativa más que re-crear los argumentos proporcionados por la historia.
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