Notas sobre literatura venezolana - Jesús Enrique Lossada

4 - Jesús Enrique Lossada


Monografía creado por Valmore Muñoz Arteaga . Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/livenez.html
27 Septiembre 2006
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Entre las facetas menos conocidas y trabajadas en la obra de Jesús Enrique Lossada se encuentra la cuentística. Profundamente vinculada a los relatos fantásticos que habían adelantado Julio Garmendia y Jorge Luis Borges, sus cuentos reunidos en el libro La máquina de la felicidad atienden al llamado por la urgencia de voces que buscaban las raíces de un continente dentro del discurso socialista utópico. La máquina de la felicidad ve la luz por primera vez en el año de 1938, aunque recoge una serie de cuentos publicados en diarios y revistas desde el año de 1924.


José A. Borjas Sánchez, eminente catedrático zuliano y figura descollante dentro de los pocos intelectuales que han manifestado, y manifiesta, una dedicación seria y reflexiva en torno a la figura de Lossada, escribe en el Proemio a la segunda edición de La máquina de la felicidad: “La nota más saliente que caracteriza la cuentística de Lossada es lo extraordinario de sus relatos, en los que lo fantástico y lo exótico alternan con la atracción que sobre el autor ejercen los fenómenos supranormales y los seres que se agitan más allá de los linderos de los patológico”. A lo que, sin duda, hay que agregar la profunda construcción de un discurso fundamentado en una vibrante crítica social, que hace de aquel joven Lossada un adalid del socialismo utópico en el país.


El socialismo utópico de Lossada, expreso rotundamente en su poesía y en su ensayística, mantiene el tono revolucionario en su narrativa. Concentrémonos en el cuento que da nombre al libro. La máquina de la felicidad trata de un viejo mago llamado Smerstrom quien, al igual que un Fausto tropical, profundiza en las fibras más primitivas del hombre, así como en las cosas naturales y las supranormales. Este viejo mago construye una máquina cuya finalidad última era alcanzar un estado de felicidad absoluta para el hombre. A través de la máquina se logró erradicar todo aquello que causara la infelicidad de los seres humanos. Smerstrom quedó satisfecho por un éxito. Sin embargo, al proyectar de nuevo la mirada sobre el globo de cristal, cayó fulminado por las ondas que emanaban de su portentoso invento; sólo alcanzó a columbrar vastos cementerios: el mundo estaba deshabitado (Borjas Sánchez).


Dentro de este cuento, el mejor logrado de Lossada, podemos encontrar sin dificultad alguna los ángulos de su pensamiento socialista que va a hermanarlo con sus congéneres del 18. A través de los poderes de la creación, la imaginación y la fantasía, intenta contrarrestar el poder que brindan las armas, y que envalentonan a gobernantes cobardes e incapaces de entender la dimensión del concepto de progreso: Ningún rey fue tan poderoso como él (Smerstrom). Sus ejércitos, sus cañones, sus armas, eran un poco de dinámica psíquica, capaz de multiplicarse al infinito. Probablemente a Lossada se le ocurrió que, por medio de la palabra, podría exorcizar a los demonios que impiden alcanzar un estado de vital armonía para el bien de la salud de la República. Esa palabra alimentada por el ensueño, único refugio en donde el hombre logra encontrarse consigo mismo, evade la realidad para construir un territorio donde pueda reposar ese mismo hombre en la harmonía del universo: Y quiso remediar las aflicciones sociales, las idiosincrasias contrahechas, las dolencias, las anomalías y las iniquidades humanas, y hacer de la tierra entera una especie de edén bíblico, un refugio de paz y de felicidad. Hizo el retrato de tantos líderes mundiales que sacudieron, y sacuden, a la humanidad con su despreciable visión del poder y de la justicia: El derrumbamiento del equilibrio político, sacudía y trastornaba las naciones una vez más. Un rey conquistador, un genio de la guerra, un terrible monstruo de ambición y de crueldad, victimaba a los pueblos.


Este discurso de Lossada hallará en las reflexiones filosóficas de Schopenhauer y Nietzsche y en las concepciones sociales de Rodó y Ugarte, el asidero ideal en la figuración del hombre necesario para alcanzar ese estado harmónico hacia donde debía enrumbarse el mundo contemporáneo.

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