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La noche del eclipse, la lenta sombra oscureció la luna llena;
la redonda negritud, como sobrepuesta sobre ella, se mantuvo así por unos minutos y después, también despacio, fue desplazándose hasta que volvió a aparecer la luz cilíndrica y los cráteres y cicatrices parecían más marcadas en la piel del satélite inerte.
El fenómeno no era desconocido y, de tiempo en tiempo, la luna opaca causaba sensaciones misteriosas entre los seres que esperaban con curiosidad para observar el guiño de la luna, el abrir y cerrar del inmenso ojo celestial y se retiraban a sus casas en silencio, sin hablar, sin comentar lo sucedido, como si el evento, aunque inofensivo, fuese un críptico mensaje, algo que se ve pero no se sabe por qué ocurre, ni de dónde vienen las sombras y hacia dónde van después.
Tanto movimiento en el firmamento, destellos, cometas, astros, y planetas, como Venus en la mañana, la Osa Mayor, las figuras táuricas, incluso lunas diurnas y, a veces, un sol burlón, eran espectáculos normales entre tantas fascinaciones; pero el eclipse total de luna era una forma huraña de comportamiento del cielo que no producía alegría.
En esa ocasión, Oreth le habló al pueblo en la penumbra
y les dijo:
“Las sombras sobre la luna son reales, pero sobre todo, son hijas de nuestra imaginación, de nuestros pesares, residuos y fragmentos del dolor.
La luz no desaparece, está detrás de lo oscuro que viene de nosotros, de aquí de la tierra, es un reflejo y la lección de que aún lo brillante puede ceder ante lo opaco, y volver a brillar.
Mucho hemos cuidado a la hermosa vida, no hay en nosotros la mascarada ni armas fratricidas, ni emboscamos con impunidad ninguna aldea; hemos abonado la bondad, sentido la satisfacción del desprendimiento, pero no siempre fuimos así.
Aunque se ha ido limpiando nuestro ser, costras secas quedan aún en nosotros, como en la luna, grabadas por el impacto de lluvias de meteoros; el eclipse es una forma de espejo y por eso no nos agrada y callamos.
El cielo es la escritura del bien y el mal, como lo que fuimos y decidimos no seguir siendo; ese péndulo oscila sobre nuestro planeta, porque estamos vinculados a los engranajes del reloj del universo, que también ha sido aluvión de desastres y crujido estelar de explosiones en las que han perecido civilizaciones enteras muy superiores a nosotros.
El mal se vestía de azar y engañaba, por eso el amor prefirió empozarse en el corazón y recorrernos por dentro, como una nave que nos fue purificando y pudo ser labios, abrazos y gestación deseada.
La luna es la gran piedra cercana, una hermana orbital, no tiene enigmas, no hay entristecerse en noches así, más bien habría que celebrar las victorias que otros, antes de nosotros, lograron sobre la bestialidad, esa indeseable práctica del daño irreparable. El cielo será una vez un hogar como éste y más placentero aún.”
Ellos le escucharon y comprendieron.
Oreth habló a propósito porque ya había llegado el tiempo de saber lo que esconden las sombras, y al hacerlo depositó en ellos una especie de atracción imparable por el espacio sideral que los iría envolviendo con la rapidez vertiginosa de un halcón en la amplitud del cielo”.
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