



Casi todas las culturas han colocado en el tiempo una promesa de felicidad. Unas, la situaban en el comienzo de los siglos; otras, en los tiempos que vendrán. Nuestra América ha ubicado la utopía en ambos lugares: alternativamente, promesa de felicidad futura y esperanza de un reencuentro con la felicidad perdida que existió en el pasado prehispánico. En su libro Syllogismes de l'amertume, Cioran comenta que existen pueblos que exacerban o distorsionan determinados vocablos que terminan por convertirse en definiciones colectivas, rasgos inherentes a su cultura. Hay pueblos, dice Cioran, que repiten hasta agotarlo el concepto de "tragedia"; otros, el de "destino". Nuestra América reitera obsesivamente: esperanza, futuro, porvenir... En suma: deseo de refugiarnos en otro tiempo; propósito de cambiar, de ser otros, de convertirnos en otros. Desde hace más de un siglo, nuestro continente busca un futuro dibujado sobre espacios idealizados. Nuevo tiempo, nueva historia, anhelo de inicio. En 1801, Miranda, desde su exilio londinense, habla de una futura "era colombiana" que se impondría tras la emancipación continental y que sería punto de partida de la nueva historia americana. Tabla rasa con el pasado, recomienzo simbolizado, incluso, en la elaboración de un nuevo calendario con el que se abrirían las puertas del feliz avenir continental.
Con el triunfo de las distintas independencias nacionales, América Latina comenzó a expresar, en la voz de sus escritores, de sus pensadores, todas las formas posibles, todas las opciones de la novedad. En lo cultural, en lo político, en lo social, los latinoamericanos quisimos recomenzar: nos propusimos construir nuevos sistemas políticos, nuevos sistemas educativos, nuevos sistemas económicos, nuevas formas de gobierno ("Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador", dice José Martí). Novedad deseada y siempre lanzada al incierto y esperanzador espacio del mañana. Una imagen, certidumbre asumida casi como un ideal, va a relacionarse muy estrechamente a esa ilusión de futuro: la educación. Educación entendida como la única vía posible para acceder a la nueva América. Educación para el mañana. Educación hechura de un ser nuevo. El futuro hombre americano viviría en un continente otro donde nada debería ser como hasta entonces había sido. Los ideales educativos terminarán por convertirse en nociones sublimes, reflejo de los más trascendentes valores y de las más dignas aspiraciones: estímulo del espíritu, incremento de la bondad y la fraternidad, fomento del bien y de la belleza, desarrollo de la justicia y del amor por la verdad. Martí comenta que la educación debería preservarnos de la "moral turbia". Bolívar había dicho algo parecido: "la educación forma al hombre moral". La noción de educación ética se hace constante a todo lo largo de nuestro siglo XIX. Esa había sido la inspiración de la célebre frase del Libertador: "Moral y luces son nuestras primeras necesidades"; también había sido una de las principales tesis del portorriqueño Eugenio María de Hostos: vivir en la ética. La ética como compañera de la vida. La desaparición del mal -sugería Hostos- sería posible gracias a una educación que debía acostumbrar al hombre al bien.
Inventar una educación es lo mismo que inventar un porvenir. En la gran mayoría de nuestros pensadores, se repiten las argumentaciones, siempre poéticas, siempre idealistas. Una: la educación nos permitirá ser otros, ser mejores, ser triunfadores -según palabras de Sarmiento: "ser como los Estados Unidos". Otra: la educación deberá acabar con los prejuicios entre las razas; deberá enseñar al hombre a ser hermano del hombre -ideario de José Martí. Otra: la educación deberá estimular la creatividad, enseñar a distinguir lo feo de lo hermoso. Belleza y virtud van de la mano: hay que educar el buen gusto, cultivarlo. "La idea de un superior acuerdo entre el buen gusto y el sentido moral -dice Rodó en el Ariel- es, pues, exacta, lo mismo en el espíritu de los individuos que en el espíritu de la sociedades". Hay una interpretación sugerente a esta idea: la de que ciertos rasgos se repiten, análogos, en individuos y en sociedades. Hay seres humanos de buen o mal gusto igual que hay naciones de buen o mal gusto. Existen personas pragmáticas y existen personas idealistas; hay pueblos de ideales utilitarios y hay pueblos de ideales elevados. Hay culturas puritanas, provincianas, encerradas en sí mismas, incapaces de entenderse con otras culturas, y hay culturas universales que han sabido integrar en ellas todas las disparidades, todas las contradicciones: culturas abiertas al entendimiento y a la fraternidad universal.
En su Ariel, Rodó se explaya en una noción opuesta a todo lo que había sido hasta ese entonces nuestra descorazonada y pesimita retórica latinoamericana. El pasado era el apoyo necesario sobre el que edificar la fuerza y la grandeza del porvenir. El arielismo significó una otra mirada apoyada sobre la fe en nuestra herencia, judeocristiana y grecolatina. Varios de nuestros principales pensadores de ese siglo XX que empieza, hurgarán en el tema de la confluencia de esas dos corrientes, cristiana y pagana. Del cristianismo, extraen los ideales de la caridad y de la bondad; de los griegos, los de una noción de que la perfección social, la felicidad colectiva es posible en el concertado esfuerzo de todos.
El arielismo fue una... ¿actitud? ¿posición? ¿corriente? Más bien fue una sensibilidad, un comportamiento intelectual, una retórica útil y enmascaradora. El arielismo identificó un conjunto de aspiraciones -intelectuales, existenciales- y de códigos -independencia creadora, mitificación del arte, tolerancia- que, de muchas maneras, se siguen repitiendo en aquéllos de nuestros escritores que oponen su individualismo independiente, libre y lúcido, ante dogmas e iglesias de todo tipo. El arielismo se identifica -más aún: se confunde- con la libertad e imparcialidad que exigen en nuestros días autores como Octavio Paz o Mario Vargas Llosa para dejar hablar a sus conciencias con entera libertad. El arielismo repitió y desarrolló la noción martiana de un ecumenismo latinoamericano: nuestro continente como espacio de encuentro del mundo entero, centro universal.
Ser latinoamericano es entender a todos los pueblos y a todas las culturas. Entendimiento que se daría -según las tesis arielistas- a través del único lenguaje capaz de comunicar a todos los hombres y a todas las tradiciones: el arte. Arte como descubrimiento: de nosotros mismos, de los otros; de nosotros a partir de los otros. Arte concebido como la más grande de las expresiones humanas. Espacio original, rostro o máscara a través de la cual los latinoamericanos podíamos presentarnos sin vergüenza ante el resto del mundo. El arte -definía el Ariel- era el más trascendente y amplio de los espacios. El culto de nuestros modernistas al arte y la belleza, terminó asociando lo artístico con conocimiento, con refugio, con meta, con salvación y, sobre todo, con verdad. Al escribir estas líneas, no puedo dejar de pensar en autores como Borges, como Lezama Lima, que creen en el arte y parecen descreer de todo lo demás. Quizá uno de los más trascendentes legados del espíritu arielista, fue la escogencia del arte como nuestra máscara latinoamericana; espejo donde contemplarnos idealmente. Arte y asidero: fundamental respuesta a vacíos; recurso de ausencias; refutación de silencios, de desconciertos y dudas en las que los latinoamericanos se habían -nos habíamos- sumergido por demasiado tiempo.
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