Oscar Wilde (1854-1990) - Óscar Wilde, el socialista

4 - Óscar Wilde, el socialista

Monografía creado por Rodrigo Quesada Monge. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/o_wilde.html
30 de Agosto de 2006

"La principal ventaja que se obtendría del establecimiento del socialismo, sería indudablemente que el socialismo nos relevaría de la sórdida necesidad de trabajar para otros, la que, en el presente estado de cosas, presiona tanto sobre casi todo el mundo. De hecho, casi nadie escapa ".11

Wilde sostenía que en el socialismo el desarrollo del individuo, a la larga, devendría en un extraordinario beneficio para toda la comunidad. Pero era fundamental, ofrecerle a ese individuo las condiciones ideales para que su expansión y crecimiento como ser humano se dieran sin limitaciones de ninguna naturaleza. En su condición de irlandés católico, hijo de una mujer (Esperanza) dirigente dura y combativa del movimiento feminista, también líder lúcida y brillante de las tareas por la liberación de Irlanda, Wilde nunca separó su sueño de la posible construcción del socialismo de las luchas por la independencia de su país. Sostenía que la sensibilidad y profundidad de los celtas no tenían por qué estar sometidas a la frivolidad y al burdo sentido práctico de los teutones (sajones o ingleses). Estas ideas, desplegadas en varios de sus ensayos, pero notablemente en The soul of man under socialism (1891), le ocasionaron algunos problemas con la crítica literaria victoriana. A ésta, la Revolución Industrial le había creado el falso sentimiento de la infalibilidad del proyecto burgués de civilización, y por ello, el cánon victoriano estaba lubricado de arriba a abajo con la húmeda creencia de que todos los pueblos del planeta le merecían incondicional entrega. Húmeda en la sangre, el sudor y las lágrimas, de los trabajadores de las colonias, quienes durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) empezarían a inmolarse por una causa que no era la suya.

La Inglaterra victoriana es la del apogeo de la industrialización, pero también la del crecimiento de la clase trabajadora, de sus luchas, sus avances, retrocesos y conquistas. En la era del imperialismo, cuando las utopías sociales florecen como hongos por todas partes, puesto que la miseria que ha traído consigo la expansión capitalista en pro del enriquecimiento colosal de unos cuantos, no pasa inadvertida para aquellos con suficiente sensibilidad y sentido común como para percatarse sobre quién se beneficia y cómo legitima esos privilegios.

Las reflexiones de Wilde sobre la sociedad de su tiempo son portadoras de esa orientación. Pocos autores del período hicieron tanto para promocionarse a sí mismos, pero también pocos lograron penetrar tan a fondo lo que en realidad era la Inglaterra victoriana. Sus viajes a los bajos fondos de Londres, una ciudad con dos millones de pobres al iniciarse los noventa, se completaban con su conocimiento práctico y teórico sobre los círculos sociales más distinguidos de aquella.

Consecuente con su hipótesis de que el carisma, el buen vestir, la prudencia en las comidas y la templanza en los placeres eran el resultado de un conocimiento adquirido en un mano a mano con los excesos, Wilde hizo lo que estuvo a su alcance para vender su imagen, y con ello estaba dando el primer paso hacia la venta de sí mismo como mercancía artística, producto de la publicidad, una de las grandes aspiraciones del hombre contemporáneo. Todos seremos famosos por lo menos durante quince minutos de nuestras vidas, decía Warhol. Y de esta manera, Wilde saldó sus deudas con su pasado en Oxford, con una pizca de notoriedad.

Porque sostenía que los dos grandes cambios de su vida habían tenido lugar cuando sus padres lo enviaron a Oxford, y cuando la sociedad lo envió a prisión. No podemos decir que estos dos acontecimientos fueran hitos decisivos en su discreto enfrentamiento con la burguesía victoriana, pero sí lo fueron en el diseño de su perfil como poeta y escritor, porque el material que ambas experiencias suplieron le facilitó un mejor conocimiento de sí mismo y por supuesto la creación de ese mundo literario personal en el que el único héroe visible era él mismo.

No debemos llamarnos a engaño atragantándonos con la creencia de que las utopías que sueña Wilde tienen algo que ver con el concepto totalitario que tiene Marx del socialismo. Es de notar que, a pesar de que el marxismo se sirvió con mucho de la sólida tradición racionalista burguesa, que se remonta a los inicios del siglo XVI, y que bien por ello lo podemos considerar como parte del pensamiento burgués occidental, aunque moleste a sus más severos defensores, nunca perdió, tal vez más bien exacerbó, la vena totalitaria de tal racionalismo. Puede resultar difícil de negar la vertiginosa propensión totalitaria del reinado de Victoria; ahí están las brutalidades de su imperio para probarlo. Precisamente es contra esa tiranía victoriana que Wilde escribe sus ensayos, sus historias para niños y sus dramas. Pero no se le enfrenta de una manera abierta y exultante. Su lucha contra la mojigatería, la falsa espiritualidad, y la frivolidad volátil de los victorianos está planteada en términos estéticos, de manera que es también estética la noción de socialismo que cultiva Wilde.

Pero aquí no hablamos de un socialismo melifluo y azucarado, sino de un socialismo de catacumba, marginal, que sueña con un mundo mejor para los desheredados de la tierra, los minoritarios, los criminales, los desajustados y los irracionales. En gran parte ese es el tributo que Wilde le rinde a los chulitos de los barrios bajos de Londres: soñar sus sueños y traducirlos en poesía, prosa y pensamiento. Pero como buen pequeño burgués, citadino y acomodaticio, también se cobra su precio: acostarse con ellos, aunque después le devuelvan el zarpazo.

La educación sentimental de Wilde bien puede valorarse a partir de su catalítico más notable, su relación con Lord Alfred Douglas; pero le haríamos una gran injusticia si hiciéramos algo igual con su ideario socialista y utópico, pues éste tiene una gestación más tribal, casi familiar, en el cual la atractiva figura de su madre es vertebral.

Wilde está más cerca de Tolstoi que de Bakhunin, y todavía más de los fabianos que de los marxistas. Pareciera feliz de estar al margen de las ruidosas discusiones que se suscitan al interior de la Segunda Internacional de los Trabajadores, definitivamente rasgada en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Aún así, la vida de Wilde se extiende a lo largo de un período rico en acontecimientos sociales, políticos y culturales, que no le pasaron desapercibidos en su gran mayoría, y en los cuales, cuando fue requerido, tuvo una participación importante, como el asunto de la cacería de brujas que provocó el caso Dreyfus. Su participación en el "affaire" no está clara por completo, pero sabemos que con Emile Zola y otros grandes escritores de la época, hizo lo necesario para mostrarle al mundo el racismo y la intolerancia que había detrás de la condena de Alfred Dreyfus (1859-1935) por supuesta alta traición al ejército francés en favor de los alemanes. Su gran delito fue ser judío.

El individualismo de Wilde, sustentado sobre la sólida idea de que si la persona humana no dispone de condiciones materiales y espirituales para desplegarse a cabalidad abre el paso a muchas variantes de la esclavitud, tiene una vigencia y una vitalidad en nuestros días, que asombra por su frescura y su inmediatez. No se trata del individualismo rampante y explotador que predican el liberalismo y el neoliberalismo actuales, sino más bien de aquél que sostiene que si los seres humanos no sacan todo lo que tienen dentro, la sociedad se verá invadida por todos los vicios y consecuencias nefastas que traen consigo la frustración, las inhibiciones, la amargura y la represión. La belleza, el cultivo del espíritu, la solidaridad, serían los vehículos mediante los cuales los hombres y mujeres de la nueva Utopía harán posible la recuperación del individuo. "El estado fue concebido entonces para hacer lo útil, el individuo para realizar lo bello" decía Wilde, en una frase que recoge a la perfección su criterio sobre los distintos terrenos en que deben moverse ambos sujetos.

El individualismo burgués, cuyas raíces penetran en el egoísmo más elaborado, es objeto de crítica y sarcasmo por parte de Wilde. Él argumenta que el hombre egoísta jamás tendrá conflictos con la máquina, porque ésta le completa como instrumento de producción, y culturalmente hablando, lo deja intacto desde el punto de vista moral. El ingeniero industrial, para usar un ejemplo, al estilo de los que soñaban Ford y Taylor, y que fue maravillosamente tipificado en los trabajos de Ayn Rand, es un sujeto sin contradicciones de ninguna especie, tan compacto que asusta su efectividad, para la cual todo lo no que genere mercancías es inútil. No era ese el tipo de individualismo en el que estaba pensando de Wilde.

Uno quisiera pensar que el socialismo de Wilde es más sistemático, más y mejor articulado que muchas propuestas que circulaban por aquellos días, pero no pasa de ser una pose romántica, anti-colonialista y certeramente estética, nada más. Leerlo con los ojos de un marxista de nuestros días, puede llenarnos de frustraciones, pues podríamos ponerlo a decir cosas que nunca dijo, ni pensó remotamente. Casi nos inclinamos por argumentar que para Wilde el arte y la individualidad, esa noción específica que tiene del individualismo, son interdependientes. Ya decíamos páginas atrás, que él intuyó la diferencia operativa entre individuo e individualidad. Para fines estéticos tal distinción es central, pues la burguesía tiene una idea del individuo que en nada se parece a la que estuvo trabajando Wilde hasta su muerte en 1900.

Sonará formalista lo que vamos a señalar, pero a veces es útil este tipo de juegos semiológicos. Si separamos al sueño del soñador, nos daremos cuenta que en un ensayo como "The soul of man…" el contenido utopista del trabajo lleva la dirección de hacerle notar al lector que sin él, ningún progreso social o cultural es posible. Wilde no sistematiza su sueño, sólo piensa en los cambios que experimentará el soñador cuando esa nueva sociedad se vislumbre en el horizonte. Esto es perfectamente lógico, a partir del andamiaje estético que Wilde se ha construido. En sus "historias socialistas para niños" la belleza de las narraciones, de los temas, del lenguaje, de los personajes, nos impiden de primera entrada darnos cuenta que en casi todas ellas, se parte de postulados binarios: justo-injusto, bueno-malo, bello-feo, egoísta-generoso, y así en casi todos sus cuentos. No podía haber sido de otra manera, la lógica formal, de fuerte sabor aristótelico, es la plataforma sobre la que reposa la visión del mundo de la burguesía colonialista de los tiempos de Wilde, y él, para bien o para mal, fue educado por ella, a pesar de que su decadentismo esteticista le haya granjeado su mala voluntad. Con serias dificultades la burguesía tolera de nuevo en sus filas, a quienes la traicionan.

2 opiniones

Un gran escritor, poeta y dramaturgo.

Es un gran escritor francés, tienes muchas obras en prosas las cuales destacan laas siguientes: el retrato de dorian gray. El fantasma de canterville. Me gusta mucho la biografía que hiciste, pero se vería mejor si mejor hubieras hecho una biografía con tu propia investigación.
De lo mejor de la red.

Magnífica síntesis y magnífica escritura. Leer este ensayo ayuda a comprender mejor la obra de wilde.

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