



Este reconocimiento de la comunicación oral como proceso con especificidades que no se deben obviar, constituye solo una aproximación inicial a la complejidad que el mismo entraña. Y en tal sentido, resulta indiscutible su “base sociopsicológica al ser concebida dentro de la vida social como fenómeno subjetivo y extraindividual a la vez” (Ortiz, s/f). Las diferentes definiciones que sobre la comunicación oral han sido aportadas por los autores están matizadas por estos enfoques.
Para Roda y Beltrán (1988, citado por Ojalvo, 1999): “La comunicación es esencialmente un hecho social. En este sentido, la comunicación está íntimamente relacionada con una serie de procesos de comportamiento humano, interdependientes unos de otros, es decir, se fundamenta en la interacción del individuo en la sociedad, cuyo objetivo fundamental es el intercambio de experiencias significativas”. Por su parte, Fernando González Rey (1995) reconoce que: “La comunicación implica la creación de nuevas necesidades y representaciones dentro del espacio interactivo de los sujetos que en ella participan, espacio que llega a tener una expresión permanentemente en la configuración subjetiva resultante de cada relación humana estable y significativa”.
Estos conceptos resultan elocuentes al consenso de considerar la comunicación como “una de las formas que tienen las personas para relacionarse con el proceso de la actividad” (Ortiz, s/f) donde confluyen las relaciones sociales e individuales. Ambas posiciones se complementan desde lo social y lo psicológico a partir de considerar la interacción social como fundamento esencial que sustenta el vínculo entre los sujetos participantes en el acto comunicativo.
El interaccionismo social se inicia desde un enfoque psicológico con Vygostky y Feuerstein (citado por Orti, s/f c) quienes afirman que una lengua se aprende mediante el uso o la comunicación efectiva, así pues, “aprender a interaccionar es fundamentalmente para aprender una LE” (Orti, s/f c). Este principio, asumido por el enfoque comunicativo, destaca dos cuestiones esenciales en los estudios de ELE: por un lado, reivindica el papel del acto comunicativo desde una perspectiva funcional; y por otro, resalta el elemento interactivo como factor significativo en la adquisición de una lengua extranjera -a pesar de que reduce sólo su valor a este tipo de aprendizaje-, lo que representa redimensionar su importancia para su tratamiento en la práctica cotidiana en el aula.
Esta perspectiva funcional del estudio del lenguaje desde referentes psicolingüísticos defendidos por Vygostky, contribuye a inaugurar una nueva etapa en los estudios sobre adquisición del lenguaje. Con la publicación en 1962 de su obra Pensamiento y Lenguaje, se vindica el papel del lenguaje como instrumento de comunicación. “Este se concibe como comunicación antes que como representación” (Zanón, 1989)
Vygostky señala al significado como la unidad de análisis del pensamiento verbal, al considerarlo el punto de unión entre pensamiento y habla para constituir el pensamiento verbal. Al mismo tiempo, destaca a la comunicación como la función primaria del lenguaje; y a éste como sistema mediatizador en la transmisión racional e intencional del pensamiento (Vygotsky,1968). La adquisición del lenguaje, por tanto, se remite al aprendizaje de su uso para regular y mantener los intercambios comunicativos.
La concepción de este autor del significado de la palabra como unidad que comprende tanto el pensamiento generalizado como el intercambio social, constituye una de los aportes más significativos en el estudio del pensamiento y el lenguaje. De igual manera, el hecho de considerar al lenguaje y la experiencia sociocultural como determinantes en el desarrollo del pensamiento, ofrece un tratamiento a estas relaciones vistas desde su integración dialéctica, pues la función comunicativa del lenguaje hace posible la expresión de pensamientos, por medio de las palabras que tienen un contenido semántico adquirido a través de la experiencia histórico-social del ser humano, la cual se expresa y comunica mediante el lenguaje, dirigido, a su vez, al desarrollo del pensamiento. En este sentido, la perspectiva vygostkyana primará las raíces sociales del lenguaje reivindicando el estudio de las relaciones sociales.
La función mediatizadora del signo lingüístico, resulta vital al entender el proceso, y se explica sólo a partir de la esencia social de la comunicación. De esta forma los procesos psíquicos que se efectúan durante la interacción, tienen un carácter interpsicológico; es decir, se dan en el marco de las relaciones entre las personas, y sólo más tarde adquieren un carácter intrapsicológico, forman parte de su actividad interna y mediatizan el tránsito hacia funciones psíquicas superiores. Esta transición de lo externo a lo interno ocurre a través del proceso de interiorización, como ley general del origen de las funciones psíquicas superiores.
Al respecto, Vygostky analiza la trayectoria del proceso de interiorización a partir del tránsito desde el proceso de exteriorización de la operación psíquica mediante el dominio del signo lingüístico, pasando por el proceso interpersonal en el cual el signo opera como medio para orientar o dirigir el comportamiento, hasta llegar a la interiorización cuando el signo ejerce esta función orientadora en el sujeto. Este proceso de interiorización y a la vez de surgimiento de su función mediatizadora, fue denominado por este autor como “implantación de signo”.
Los anteriores postulados justifican y explican la relación que se establece en las habilidades de comunicación oral (comprensión y expresión), entre lo interno (intelectual) y lo externo. Es el mecanismo desde lo psicológico , lo subjetivo a lo externo y viceversa. Es una relación que permite una comprensión del desarrollo por parte de los aprendices de la lengua extranjera, desde una fase interna a la expresión externa como un todo; al tiempo que se valora en su justa medida la relación de ese componente expresivo (la lengua) en el desarrollo de la comprensión y los procesos psíquicos.
Según los presupuestos de este autor, el hombre es un ser social, que no puede desarrollar, sin la interacción, ninguno de los atributos y características que se han logrado como resultado de la evolución sistemática de toda la humanidad, y el papel del entorno, en tal sentido, contribuyen a ese desarrollo. Estas ideas además de reforzar el reconocimiento de la comunicación como uno de los factores básicos en todo acontecer social sustentado en el principio interactivo, entronca directamente con la teoría de la actividad verbal de Leontiev, como “piedra angular de la enseñanza del idioma para la comunicación” (Castillo Morales, y otros, s/f).
“La actividad verbal es considerada como sistema lingüístico, que se convierte en objeto de estudio y medio de comunicación; el proceso de recepción y transmisión de información que constituye no sólo el objeto de estudio, sino también objetivos en términos de resultados en la enseñanza de las LE; y la situación comunicativa, que forma parte del contenido y es, a su vez, la condición para la enseñanza tanto del sistema lingüístico como del mismo proceso de comunicación” (Leontiev, 1982; citado por Castillo Morales y otros, s/f).
La anterior definición contiene conceptos básicos de la comunicación y su enseñanza, a partir de la estructuración de la actividad verbal sobre la base de la interrelación entre necesidades, motivos, objetivos, acciones, operaciones y condiciones. Esta idea, resumida en los referidos elementos, sugiere una interpretación más profunda: la actividad verbal es la esencia de la enseñanza comunicativa en LE y deviene en resultado, proceso y medio, a través de una relación que no debe reducirse a un simple “proceso de recepción y transmisión de información” según se recoge en el concepto de Leontiev, sino desde una valoración más integral de la interacción y el vínculo comunicativo, que precisa considerar las especificidades de la situación de comunicación para poder funcionar con mayor eficacia.
Por su parte, en el contenido psicológico de la actividad verbal, Leontiev (1979, citado por Castillo Morales y otros, s/f) distingue los siguientes elementos:
- El objeto: Es el pensamiento como forma de reflejar las relaciones entre los objetos y fenómenos de la realidad objetiva, y él determina la actividad en su conjunto.
- El medio: Es la lengua en particular formada por los componentes fonéticos, gramaticales y léxicos, la cual constituye el medio para expresar el pensamiento.
- El procedimiento: Es el habla para formar y formular el pensamiento. Para Vygostky (1966), el habla es la unidad de lo individual y lo social; es una forma subjetiva de reflejar la realidad objetiva con la ayuda del lenguaje como sistema de signos socialmente elaborados. Al respecto, destaca la relación entre el habla exterior e interior que conforman la actividad verbal. La primera es el proceso de convertir un pensamiento en palabra como forma de objetivizar y materializar el pensamiento; mientras que la segunda es la manifestación como una fase interna de lanificación como mecanismo de realización de la actividad.
- El producto: Es lo que materializa la acción. En las formas receptivas serían las deducciones o conclusiones a las que arriba el receptor, mientras que en las formas productivas se trata de los enunciados orales o del texto.
- El resultado: Es la reacción del sujeto o del interlocutor ante los estímulos verbales. En la actividad verbal se da la unidad de forma y contenido, a partir de los factores materiales (externos) y los psíquicos (internos).
De la síntesis de esta lógica relacional entre los elementos que forman la actividad verbal se derivan profundas consideraciones que enriquecen la visión analítica del fenómeno comunicativo. En tal sentido, la concepción filosófica de la categoría de actividad es esencial para reforzar la idea de la comunicación como actividad verbal. “Por tanto la comunicación es la expresión efectiva de las relaciones sociales (materiales y espirituales) engendrados a partir de la actividad” (Castillo Morales y otros, s/f). Esto significa que el hombre como ser social “no puede desarrollar, sin la interacción, ninguno de los atributos y características que se han logrado como resultado de la evolución sistemática de toda la humanidad” (Vygostky)
Los anteriores argumentos resaltan que la función comunicativa del lenguaje verbal permite ejercer influencia sobre los demás a partir del contenido de la comunicación y la relación entre los sujetos que en el proceso participan. Y en tal sentido, debe ser entendida como “actividad conjunta”- a decir de Vygostky- que transcurre en un medio social y cultural determinado, en activa interacción con otras personas a través de variados recursos y formas de colaboración, con carácter social y una determinada intencionalidad.
La relación social del hombre, por consiguiente, no sólo incluye la relación con el mundo material, sino con las personas con quienes ese hombre entra en contacto. En su desarrollo individual, el hombre no sólo adquiere existencia socio-histórica mediante la propia actividad, sino también mediante la comunicación con otras personas. “En el proceso de comunicación se lleva a cabo un intercambio de actividades, representaciones, ideas, orientaciones, intereses, y se desarrolla y manifiesta el sistema de relaciones sujeto-sujeto. La comunicación, vista en este plano actúa como una peculiar forma de actividad del sujeto. Su resultado... es la relación con otra persona” (Lomov, 1989). Relación en la que cada participante actúa de manera diferente, como condición importante de la manifestación y desarrollo de cada uno como individualidad.
Esta relación interactiva que caracteriza el proceso comunicativo adquiere en el modelo lingüístico de comunicación diseñado por Caballero (Figueredo, 2001), un lugar significativo. En el mismo se destaca el papel de los interlocutores y el material discursivo, como elemento inherente a los actos que realizan los participantes. En tal sentido, “la base de la comunicación es el proceso de interacción entre los actos del destinador y los del destinatario” (Figueredo, 2001), entendiendo el acto, según los criterios de Austin como “una determinada transformación de las relaciones entre los interlocutores” (Ducrot y Todorov, 1975; citado por Figueredo, 2001).
En el modelo se advierte la intención de destacar el papel activo de los sujetos que intervienen en el proceso, en el que sobresale un aspecto fundamental en su concepción: “el de conferirle al sujeto que escucha un lugar cimero dentro del proceso, no como sujeto pasivo receptor u oyente, sino como constructor de significado” (Figueredo, 2001), en tanto contribuye a la ejecución de la comunicación con una intención y una actitud.
Profundizar en las características de la propuesta de Caballero, posibilita revelar la existencia de múltiples relaciones, que sustentan su carácter interactivo:
- entre cada sujeto participante y los procesos específicos que se relacionan con esos sujetos;
- entre cada uno de los procesos específicos; y
- entre los actos del destinador y los del destinatario en su conjunto, como un engranaje dentro del proceso
En este carácter social de interacción y vínculo cultural e intercambio, se encuentra la esencia del interés de los sujetos por la adquisición de una lengua extranjera. El principio de la comunicabilidad en las lenguas extranjeras, a la que no escapa, por consiguiente, el español, deviene en una categoría metodológica que se relaciona con la concepción de enseñar lengua como medio de comunicación, a partir del hecho de considerar que el lenguaje se desarrolla sólo mediante la comunicación activa en la sociedad. Al mismo tiempo, el enfoque histórico-cultural de Vygostky ha tenido también una importante repercusión en la pedagogía en general y en la enseñanza de lenguas extranjeras en particular, y está dado al concebir que el proceso de apropiación de la cultura humana transcurre a través de la actividad como proceso que mediatiza la relación entre el hombre y su realidad objetiva (Castillo Morales y otros, s/f).
En la enseñanza de E/LE, “la comunicación activa tiene que ser a su vez objetivo y vehículo de enseñanza. Es por ello, que la comunicabilidad puede considerarse el principio rector de la enseñanza-aprendizaje de lenguas extranjera” (Antich,1987). Esto tiene una implicación metodológica en reconocer la necesidad de conceder prioridad al establecimiento de mecanismos de comprensión auditiva y del habla como habilidades que conforman una unidad en al acto de comunicación; al tiempo que precisa un trabajo de profundización en el tratamiento de la interacción, no desde una visión que se limite sólo a enseñar esta destreza ofreciéndole a los alumnos “la práctica adecuada para que puedan desarrollarla dentro del aula” (Palencia, 1999; Orti, s/f a). Se trata de desarrollar una cultura de interacción desde un desarrollo integral estratégico que, sin perder de vista el factor variable de los cursos de ELE, ofrezca a los estudiantes los medios necesarios para funcionar en las diferentes situaciones comunicativas en sus contactos con los hablantes nativos.
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