Como se ha expresado, la Ciencia de la Información es el resultado de la necesidad imperiosa de garantizar el rápido acceso de científicos e investigadores al inmenso cúmulo de información especializada y cualitativamente nueva que, producto del acelerado desarrollo de la ciencia y la tecnología, se genera a nivel mundial.
Para identificar sus antecedentes en el contexto cubano, primero, es necesario analizar las peculiaridades de la actividad científica prerrevolucionaria que sirven para demostrar, o no, si en Cuba, existían condiciones objetivas para que surgiese esta nueva disciplina.
El nacimiento de la ciencia en Cuba generalmente se ubica junto al surgimiento, en 1793, de la Sociedad Económica Amigos del País, primera institución de la isla interesada por el estudio de las ciencias. En esta motivación, incidió favorablemente el extraordinario crecimiento azucarero de fines del siglo XVIII. Integrada por ricos hacendados y figuras relevantes de la sociedad cubana, veían las indudables ventajas la aplicación de adelantos científicos para favorecer una producción más eficiente.1
Los primeros intentos por instaurar una Academia de Ciencias Médicas en La Habana datan del año 1826. Sometida a la consideración de las autoridades pertinentes, esta primera petición fue desestimada, de igual modo ocurrió en posteriores ocasiones. Sin embargo, el contexto socioeconómico en el que se debatía la isla propició que, en el año 1861, fuera inaugurada, por Real Orden, la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.
El primer factor que incidió en este hecho fue el fortalecimiento de una burguesía criolla que comenzaba a aplicar a la creciente explotación de la tierra y comercialización de sus productos, nuevas ideas y experiencias provenientes de regiones de mayor desarrollo, que entraban en contradicción con la propia metrópoli.1
Dos décadas antes, había ocurrido una baja de los precios del azúcar, debido a que Francia y Alemania habían comenzado a producir azúcar de remolacha, cuyos costos eran más bajos, y desplazó del mercado al azúcar de caña. De igual modo, el café cubano había perdido su espacio en el mercado norteamericano debido a la guerra de aranceles entre España y Estados Unidos, este último abrió las puertas al mercado cafetalero brasileño.
A pesar de la introducción del ferrocarril en el país para el traslado de la caña y la modernización de los ingenios, el sistema esclavista constituía un freno para el desarrollo industrial. Resultaba imposible que el esclavo se convirtiese en la fuerza de trabajo que sostendría una economía industrializada. Sometido a constantes maltratos y sumido en la más completa ignorancia era incapaz de adquirir el conocimiento necesario para manipular las nuevas maquinarias o conocer siquiera cómo funcionaban.
La producción azucarera basada en la esclavitud se hallaba abocada a una grave crisis.
Los hacendados criollos necesitaban nuevos métodos para ampliar las variedades de caña de azúcar, así como para mejorar el rendimiento de los suelos y el sistema de cultivo. De este modo, lograrían incrementar sus ganancias y podrían hacerle frente a las altas tasas de impuestos que la metrópoli exigía. La necesidad de estas nuevas reformas se esgrimía con mayor fuerza por parte de los grandes hacendados de Occidente, porque ellos concentraban el capital que les permitiría convertirse en los precursores de la aplicación de los adelantos técnicos, a diferencia de sus homólogos orientales.
La crisis hace demostró la necesidad de adoptar una actitud diferente y las gestiones para contar con una Academia de Ciencias en La Habana, que a lo largo de estos años no fueron abandonadas, cobraron nueva vitalidad. La idea dejó, entonces, de ser el proyecto de un grupo aislado de personalidades y recibió una mejor acogida y apoyo.
Aunque muy relevantes, no son sólo económicas las causas que favorecieron la conformación de una institución académica de este tipo en el país, la vida intelectual de la nación también se había sumergido ya en un período de cambio y progreso.
El Seminario de San Carlos, creado en 1773, que contaba con la influencia renovadora y progresista del obispo Espada, se había contrapuesto al enclaustramiento y dogmatismo en el que se ahogaba la Universidad de la Habana. Su importancia en la conformación del pensamiento cubano radica en que no sólo se limitó a impartir cursos de la carrera eclesiástica sino que amplió su plan de estudios a materias científicas y humanísticas; así se convirtió durante una centuria en el centro de instrucción más importante del país.1
El pensamiento escolástico cede su lugar y un grupo de nuevas instituciones y hombres desarrollan un pensamiento renovador y favorecedor, en su justa medida, del desarrollo de las ciencias en Cuba. Figuras como el obispo Espada, el padre Varela, José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero fueron los principales exponentes de estos nuevos aires.
Desde su creación, la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana representó la más alta expresión de la ciencia en Cuba. Entre sus miembros, contó con los más distinguidos y prestigiosos científicos cubanos de la época. En las sesiones que la Academia convocaba, ellos se reunían y debatían sobre sus investigaciones.
Como organización, no poseía unidades de investigación sino que seguía el estilo francés de corporación. Así, su funcionamiento era mucho más económico, aunque el efecto de un presupuesto muy reducido fue una de las limitantes que la Academia tuvo siempre que soportar.
Las disciplinas científicas que alcanzaron un mayor desarrollo investigativo fueron la medicina, la biología, la botánica, la química aplicada al estudio de las plantas y los suelos, la meteorología y la geología. La mayoría de estas disciplinas tenían una estrecha relación con el desarrollo agrícola, base económica del país durante este período.
La Academia disponía de una publicación propia: la revista Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, cuyo primer número apareció en 1864 y que se editó hasta 1958. Durante la segunda mitad del siglo XIX, esta revista constituyó la publicación científica general más importante de Cuba. En esta institución científica, también radicó un importante museo, de carácter público, que reunió algunas de las principales colecciones zoológicas y arqueológicas del país en aquella época.
La Guerra de los Diez Años (1868-1878) influyó de manera indirecta en el acontecer de la Academia. La derrota produjo pérdidas de tierras y riquezas entre los hacendados criollos, porque al concluir la guerra la gran mayoría se concentró en manos españolas.
El hacendado cubano, empobrecido, dejó de ser el eje de la dirección económica del país y cedió su espacio, primero a la metrópoli y, posteriormente, al capital norteamericano, sobre todo a partir de 1886 cuando comenzaron sus inversiones, una vez abolida la esclavitud. El estudio de las ciencias aplicadas al desarrollo económico dejó, por tanto, de ser una prioridad.1
A pesar de estos hechos, se considera que, entre los años 1870-1908, la Academia vivió una etapa de florecimiento y plenitud. Este es el momento de notables aportes de relevantes figuras científicas como la del naturalista Felipe Poey; de Tomás Romay; de Alvaro Reynoso que fue un profundo conocedor y estudioso de la caña y la fabricación del azúcar; de Carlos J. Finlay, descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla, entre otros.
Otra institución científica que se destacó en esta etapa a causa de su novedad y carácter único es el Laboratorio Histobacteriológico. Creado sin el apoyo oficial, sobre la base de recursos privados, constituyó el primer centro de carácter investigativo y asistencial del continente latinoamericano. Dicho centro contaba con todos los recursos necesarios para la investigación bacteriológica y gracias al trabajo de un equipo de especialistas, encabezado por el doctor Juan Santos Fernández, quien fuera el gestor de la idea y en cuya casa radicaba el Laboratorio, se obtuvieron vacunas y diversos sueros contra enfermedades humanas y animales, fueron los primeros en introducir el tratamiento antirrábico en América Latina.
El año 1898 marcó el inicio de una nueva etapa en la historia del país. Cuba dejó de ser colonia española, pero sin lograr la materialización de sus anhelos de independencia. Se estableció la ocupación militar norteamericana que solo duraría dos años pero que sería tiempo suficiente para que Estados Unidos diseñara y consolidara sus lazos de poder sobre la naciente república "dependiente"
Paradójicamente, durante estos años tan convulsos, la actividad de la Academia de Ciencias alcanzó una dimensión internacional y se dotó de un alto prestigio. Es el momento en que se confirmaron las investigaciones y teorías del eminente científico cubano Carlos J. Finlay., sobre la existencia y las características del vector de la fiebre amarilla y su estrecha relación con la propagación de las enfermedades tropicales. Fue un descubrimiento de innegable valor para la ciencia mundial, que recompensó su labor científica de toda una vida. Fue propuesto dos veces para que le fuese otorgado el Premio Nobel de Medicina.
La influencia norteamericana en todos los aspectos de la vida nacional se pone de manifiesto cuando, en medio de un proceso de intrigas y subterfugios, el doctor Walter Reed, quien encabezaba una comisión científica norteamericana, que vino al país con el fin de corroborar la veracidad de los estudios, realizados desde el año 1881, por el doctor Finlay, se adjudicó la gloria del descubrimiento e incluso, aún hoy, se conoce en Estados Unidos como el descubridor del agente causal de la fiebre amarilla.3
A partir del año 1908, se produjo un estancamiento de la actividad científica en Cuba e incluso, aquellas que habían alcanzado un cierto nivel de desarrollo involucionaron. El análisis del contexto político y socioeconómico en que se debatía la isla por aquel entonces aporta elementos que ayudan a explicar el porqué de esta situación.
La etapa republicana tuvo como característica más relevante el hecho de que la economía del país se hallaba completamente dominada por el capital norteamericano a consecuencia de "las inversiones directas realizadas por empresarios individuales y corporaciones en una serie de sectores de la producción y, especialmente, en el sector azucarero."
Un factor importante que favoreció que las inversiones en esta industria se reforzaran a partir de la segunda década del siglo fue el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Su inicio provocó la reducción de la producción de azúcar en Europa y, a su vez, dificultó el transporte del azúcar desde zonas alejadas del Atlántico, como por ejemplo, desde la isla de Java.
Los inversionistas norteamericanos avizoraron un momento único para apostar por el azúcar cubano de acuerdo con el alza de los precios que había sufrido el producto en el mercado internacional. Cuba, de este modo, estructura su economía en función de la producción de azúcar crudo, para vender a precios muy bajos a las compañías norteamericanas que la procesaban y comercializaban posteriormente.
Empresas industriales de primera importancia, bancos, minas, la generación de electricidad, la refinación de petróleo, la red telefónica y las comunicaciones en general, así como otras importantes ramas, estaban en manos de capital estadounidense.
Con una economía tan débil y dependiente de los cambios, que ocurriesen en la estructura económica, en el comercio y en el consumo de la población norteamericana, no resultaba raro que las crisis se sucediesen una tras otra.
La burguesía industrial cubana no azucarera, a pesar de verse afectada por la estructura económica que la penetración norteamericana impuso en la isla no era capaz de establecer mecanismos para desplazar al capital extranjero y a los grandes hacendados cubanos. Por el contrario, su estrategia se orientó explotar y reprimir con mayor fuerza el trabajo obrero.
Internamente, no existía un desarrollo productivo diversificado e independiente que pudiese satisfacer las demandas del mercado nacional, por ello era necesario acudir a las importaciones. Se adquirió una gran cantidad de artículos para el consumo de la población, artículos que perfectamente podrían haberse producido en el país.
La mayoría de los procesos industriales se realizaban en el extranjero. La industria azucarera, a pesar de ser el principal renglón económico, no incorporó al proceso productivo tecnologías modernas: el cultivo de la caña se realizaba de forma manual, obviaba el uso de fertilizantes, herbicidas, regadíos y otras técnicas modernas para incrementar la producción.
Las relaciones de dependencia no sólo se desarrollaron en el plano económico. La situación política que atravesó el país durante toda la etapa estuvo permeada de gobiernos corruptos que mantuvieron como línea política la supeditación a los intereses de los Estados Unidos. Interesados en enriquecerse lo más posible, los miembros de las estructuras de poder estaban muy lejos de diseñar y aplicar medidas que favorecieran realmente las necesidades y expectativas de la nación cubana.
El nivel educacional de la población cubana durante la etapa neocolonial era muy precario. El presupuesto que el estado destinaba a la enseñanza pública era muy reducido y gran parte de estos fondos tenían como destino el bolsillo de políticos y funcionarios corrompidos.
Por ley, quedaba establecido que la asistencia a la escuela era obligatoria hasta los 14 años pero realmente menos del 10 por ciento de aquellos que comenzaban a cursar estudios primarios terminaban su sexto grado. Cifras oficiales de la época destacaban que, en el año 1952, sólo el 22 por ciento de la población era analfabeta pero esta cifra es relativa, si se considera que sólo 1 de 3 estudiantes pasaba del tercer grado de nivel primario.
Hasta el año 1948, cuando se creó la Universidad de Oriente, la Universidad de La Habana fue la única institución educativa de nivel superior en el país aunque existían algunos colegios o escuelas con nivel equivalente al universitario que pertenecían a la iglesia, pero su capacidad para acoger estudiantes era muy reducida.
La relación entre enseñanza y ciencia tampoco vivía momentos afortunados. Muy pocos alumnos escogían carreras científicas porque sabían que, una vez graduados, sería muy difícil que lograran establecer una vida profesional dedicada a la investigación. Los que decidían cursar este tipo de enseñanza debían afrontar la falta de recursos, inadecuados laboratorios docentes y escasez de instrumentos y literatura científica actualizada.
El interés científico había dejado de centrarse en las disciplinas que experimentaron durante la etapa colonial notorios avances y que propiciaron momentos de gloria para la ciencia cubana. Ahora, las principales directivas de la investigación se trasladaban hacia la arquitectura, el derecho y la medicina.
Durante este período, la Academia dejó de ser el eje rector del desarrollo científico del país. Convertida en un aparato burocrático, su actividad científica se hace casi nula. El espacio científico nacional se fragmentó, sin una institución que lo lidereara y sin apoyo oficial. La universidad, los hospitales, las sociedades científicas se constituyen ahora en las nuevas academias.
El caos y la dispersión en que se sumergió la ciencia cubana se hace evidente si se repasa a qué estructuras de gobierno se supeditaban algunas de las más importantes instituciones exponentes de la actividad. Por ejemplo: la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana se hallaba adscripta al Ministerio de Justicia; La Sociedad Geográfica de Cuba al Ministerio de Estado y el Observatorio Nacional a la Marina de Guerra. Así eran de incoherentes las relaciones.
Ante la falta de apoyo e interés por parte de los distintos gobiernos que plagaron el convulso espacio político cubano durante toda la primera mitad del siglo XX, la escasa actividad científica que se generó siempre partió del esfuerzo y gestión de personalidades individuales o grupos de investigadores que a veces ni siquiera recibían su salario.
Las condiciones para realizar las investigaciones no eran las adecuadas, especialmente para aquellas que requerían del trabajo de laboratorio, porque las técnicas cada vez eran más complejas, por tanto, los costos aumentaban. Los resultados investigativos se divulgaban pobremente y carecían de una conexión objetiva con las necesidades que atravesaba el país.
Resultaba muy difícil emprender investigaciones con un grado de complejidad elevado cuando faltaba financiamiento y se sabía que los resultados no tendrían repercusión en un país plenamente sujeto a los intereses de las grandes empresas norteamericanas.
Incluso el trabajo investigativo del Laboratorio Histobacteriológico comenzó a languidecer y finalmente decayó hasta convertirse en una simple institución asistencial para la aplicación de la vacuna antirrábica.3
La etapa republicana no estuvo exenta de descubrimientos o actividad profesional relevante. El problema de esta etapa radica en que los adelantos de la actividad científica no formaban parte de una política oficial estructurada y coherente sino que más bien eran resultado de denodados esfuerzos individuales, a los que el aparato oficial rara vez aportaba su apoyo.
Análisis de los antecedentes de la actividad bibliotecológica
A partir del análisis de las fuentes especializadas en la temática y publicadas durante la etapa republicana, no existen elementos que permitan afirmar que en este período se vislumbraran antecedentes de una ciencia de la información en el país .
En Cuba esto no constituiría una necesidad. Como queda expuesto en el epígrafe anterior, la actividad científica nacional se enfrentó a un largo proceso de estancamiento que abarcó toda la etapa neocolonial. Mientras en el mundo, se imponía un desarrollo acelerado de la ciencia y la tecnología, la ciencia cubana se hallaba atada ante la escasez de financiamiento, la ínfima cantidad de científicos y especialistas en ejercicio de su profesión y el interés casi nulo que los variados gobiernos pronorteamericanos destinaron a esta rama de la actividad humana.
Además, el poco desarrollo de la ciencia bibliotecológica en Cuba, unido a la casi inexistente producción editorial, constituyó otro factor que también frenó la aparición de signos que evidenciaran un desarrollo de antecedentes para la actividad informativa especializada en el área de la ciencia y la técnica.
A la vez que en el mundo nacían concepciones nuevas como la Documentación, en Cuba, durante muchos años, las bibliotecas fueron lugares olvidados. No es hasta la década de los años treinta que comenzaron a darse pasos en aras de desarrollar y consolidar el movimiento bibliotecológico nacional.
La falta de interés con que la actividad bibliotecológica era acogida por las estructuras de poder en Cuba se hizo evidente en los avatares que sufrió, durante todo el período de la república mediatizada, la Biblioteca Nacional. Dicha institución, con una vital importancia por su función de guardiana del acervo bibliográfico de la nación, no dispuso hasta el año 1958 de un edificio con las condiciones adecuadas para almacenar sus fondos documentales, que por cierto, no eran muy numerosos.