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''Pedro Páramo'' de Juan Rulfo - Encuentro de voces desde la perspectiva individual de los personajes

Monografía creado por
06 de Septiembre de 2006
Historia de la literatura

La pluralidad de lenguajes del medio social que yace en el interior de Pedro Páramo asoma a partir del discurso de los personajes como una iluminación en términos de un debate y confrontación de ideas que definen el estilo de la novela. El diálogo de lenguajes que se produce en la conciencia de algunos personajes -Juan Preciado y Dorotea, especialmente- permite afirmar que el estilo total del texto se define a partir del encuentro de las múltiples formas del lenguaje social que provienen de la cultura oral.

La conformación de la individualidad

Juan Rulfo presenta la historia de un pueblo que se construye a través de las voces independientes de sus pobladores. La forma del personaje adquiere un significado individual gracias a una serie de elementos, entre los que podemos citar:

  1. Los nombres que portan. La mayoría de los personajes tienen un nombre propio, inclusive los del pueblo -Terencio Lubianes, Ubillado Lubianes e Isaías; doña Fausta y Ángeles; Galileo y su cuñado-, y cuando estos nombres parecen corresponder a un símbolo es en función de su misma caracterización.

  2. El personaje parece condicionar su entorno y es el centro de su historia. Los motivos argumentales evolucionan a partir de ellos y sus actos están sometidos a diversos tipos de valoración.

  3. El anonimato se rompe. Gracias a ciertas formas biográficas, especialmente en Juan Preciado, Pedro Páramo, Dolores Preciado, Susana San Juan y Dorotea.

  4. Aunque las voces movilizan el mismo material lingüístico, se puede percibir un perfil psicológico que las individualiza, a pesar de estar en un plano de igualdad en cuanto al habla y a la carga cultural.

  5. El trabajo de estructuración de los narradores explica el desarrollo de los conflictos que se tematizan en el texto. Se trata, entonces, de un coro de voces individualizadas pero que se unen en un concierto de ideas que responden a la cultura propia.

La importancia del nombre

Gabriel García Márquez señala que uno de los problemas esenciales en la adaptación al cine de Pedro Páramo es el de los nombres. Por subjetivo que se crea, dice el autor colombiano, "todo nombre se parece de algún modo a quien lo lleva, y eso es mucho más notable en la ficción que en la vida real. Juan Rulfo ha dicho, o se lo han hecho decir, que compone los nombres de sus personajes leyendo lápidas de tumbas en los cementerios de Jalisco. Lo único que se puede decir a ciencia cierta es que no hay nombres propios más propios que los de la gente de sus libros".(7)

Rulfo no estaba seguro del nombre que iba a llevar su novela, señala Sergio López Mena, quien nos cuenta la historia del nombre:

en marzo de 1954 había aparecido en Las Letras Patrias, revista que dirigía Andrés Henestrosa, un fragmento de la novela de Rulfo, cuyo título se decía que era Una estrella junto a la luna. Las Letras Patrias incluyó las dos primeras secuencias de la novela y las tituló [sic] "Un cuento". Ese mismo año, en el mes de junio, la Revista de la Universidad de México dio a conocer otro fragmento de la+ novela con el rubro "Fragmento de la novela Los murmullos", y una pequeña revista que dirigía Carlos Ramos Gutiérrez, Dintel, publicó en su número de+ septiembre de 1954 la parte final de la obra, bajo el título "Comala", y con la nota "Fragmento de la novela en preparación titulada Los murmullos".(8)

Finalmente, la novela no llevaría ninguno de los nombres antes propuestos y saldría bajo el título de Pedro Páramo.

Los nombres son para Juan Rulfo elementos portadores de historia. Al hablar de la historia prehispánica del occidente de México, Rulfo se refirió varias veces a la cuestión de los topónimos nahuas y con ello pone en evidencia su preocupación por los nombres:

Quizá por esto se comprueba que los nombres sean de origen náhuatl, sí, los nombres de Colima y Jalisco, y ninguno tenga nombre tarasco, a pesar de su vecindad. [...]

El resto de los nombres, tanto de Colima como de la antigua provincia de Ávalos, y en general los de Jalisco, Nayarit, con excepción de la tierra del Nayar, hasta parte de Sinaloa, por ejemplo Mazatlán, son todos toponímicos nahuas aunque existe la posibilidad que los nombres originales, es decir, prehispánicos, hayan sido diferentes, esto es de dudarse... [...]

[Los creadores de la cultura de occidente, Colima, Jalisco y Nayarit (excepto el Nayar)] eran una parte de las siete tribus que vinieron de Aztlán y se quedaron aquí. Y la prueba está que, posiblemente, hayan hablado náhuatl, su idioma original haya sido el náhuatl y lo prueba el hecho que todos los pueblos tengan nombres nahuas. Entonces, tenemos que regresar otra vez al principio.(9)

Para Rulfo, la fuerza simbólica de los nombres radica en que ser significa "ser" para otro y a través del otro "ser" para sí mismo. El hombre no dispone de un territorio soberano interno sino que está siempre sobre la frontera, y mirando al fondo de sí mismo es como el hombre que encuentra los ojos del otro y lo ve con los ojos del otro.

Lo único que Pedro Páramo no usurpa es su nombre. Es el primer nombre que Juan Preciado pronuncia y es también el primero que aparece en la novela: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo." (p. 7). Lo único que Juan Preciado tiene de su padre es el dato de su nombre: "-No lo conozco -le dije-. Sólo sé que se llama Pedro Páramo." (p. 9), y su fuerza es tal que más allá de la promesa que hiciera a su madre moribunda, confiesa a Dorotea: "se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo." (p. 7. Subrayado nuestro).

Pedro Páramo no puede escapar al significado de su nombre. Pedro: roca. Páramo: terreno sin cultivar, raso, inhabitado; lugar sumamente frío. Al final de su vida, que es también el final de la novela, su nombre se hace realidad:

Pedro Páramo respondió:

-Voy para allá. Ya voy.

Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras. (p. 159)

al igual que su apellido: "Todos escogen el mismo camino. Todos se van." [...] La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía." (p. 158).

La marca de su nombre la hereda quien lleva su apellido -Miguel Páramo- o quien aspira a tenerlo -Juan Preciado-. En ambos casos, se destaca la cuestión de la consanguinidad, aunque con diferentes matices. Con Miguel Páramo, el Padre Rentería es el que parece prever lo que ocurrirá por el hecho de llevar la sangre de Pedro Páramo:

-Don Pedro, la mamá murió al alumbrarlo. Dijo que era de usted. Aquí lo tiene. Y él ni lo dudó, solamente le dijo:

-¿Por qué no se queda con él, padre? Hágalo cura.

-Con la sangre que lleva dentro no quiero tener esa responsabilidad.

-¿De verdad cree usted que tengo mala sangre?

-Realmente sí, don Pedro. (pp. 89-90)

Y en el caso de Juan Preciado, resulta muy significativo revisar de cerca las circunstancias que él mismo narra de su muerte:

No sentía calor, como te dije antes; antes por el contrario, sentía frío. Desde que salí de la casa de aquella mujer que me prestó su cama y que, como te decía, la vi deshacerse en el agua de su sudor, desde entonces me entró frío. Y conforme yo andaba, el frío aumentaba más y más, hasta que se me enchinó el pellejo. Quise retroceder porque pensé que regresando podría encontrar el calor que acababa de dejar; pero me di cuenta a poco andar que el frío salía de mí, de mi propia sangre. Entonces se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto. (pp. 77-78. Subrayado nuestro)

A Juan Preciado lo mata el frío, un frío que no se explica, porque contrasta con la condición natural de la que se había alejado y con el clima de Comala que era tan caliente como el infierno. Pero, como él mismo lo dice, es el frío que sale de su sangre: Páramo significa también lugar sumamente frío, y aunque no lleva el apellido del padre, sí lleva en sus venas la sangre de Pedro Páramo.

Lo anterior resulta más interesante si revisamos que antes de esta descripción de su muerte ninguno de los personajes con quienes se ha encontrado lo llama por su nombre. Dorotea es la primera en nombrarlo. Al morir, encuentra por fin a ese otro que lo llama por su nombre, y siempre en la unidad -tal parece que indisoluble- de su nombre con su apellido. Es el único de los hijos de Pedro Páramo al que siempre se le nombra con nombre y apellido: "Juan Preciado", y también el único personaje que vive esta circunstancia. La decisiva influencia de su madre en su carácter -que no le permite siquiera ver con sus propios ojos el lugar en que se encuentra- queda marcada definitivamente en su nombre.

El estudio del manejo de los nombres en la novela permite abrir otro camino para la significación total del texto. Así lo han expresado los críticos que se han ocupado de ellos. Sin embargo, podríamos afirmar que prácticamente ninguno se ha detenido a revisar lo que parece ocurrir con dos personajes secundarios que viven la transformación de su nombre en apodo.

Inocencio Osorio, que trabajaba como "amansador" en la Media Luna es conocido "por el mal nombre del Saltaperico por ser muy liviano y ágil para los brincos" (p. 24), según dice Eduviges Dyada. La gente cambia el nombre de Inocencio -que significa inocente- por el de Saltaperico que es una especie de juguete de pólvora, que al encenderse produce un trueno y brinca hasta apagarse; en Jalisco se le conoce también como "palomita". Eduviges reconoce que se trata de un "mal nombre", y con ese juicio da una pista al lector para entender el sentido de la transformación. La relación que se establece con su oficio de amansador y su habilidad para brincar se une a su otra 'profesión' como "provocador de sueños" de las mujeres que atendía.

Pero es sin duda el segundo personaje quien ofrece una transformación más interesante. Cuando El Tartamudo lleva a Pedro Páramo el mensaje de la muerte de Fulgor Sedano en manos de los revolucionarios, éste le dice:

¿Conoces al Tilcuate? [...]

-Díle al Tilcuate que [...] (p. 121)

y lo envía a buscarlo para que esté presente en la comida que ofrecerá a los revolucionarios, según nos informa el narrador: "Detrasito de él, en la sombra, aguardaba el Tilcuate" (p. 124). Una vez que los revolucionarios se han marchado, el narrador se refiere de nuevo al personaje por el apodo: "le preguntó más tarde al Tilcuate" (p. 126), y continúa poniéndonos al tanto de la situación. Pedro Páramo, que tiene ya previstos sus planes para controlar la cuestión revolucionaria, dice al Tilcuate:

-No, Damasio, el jefe eres tú. ¿O qué, no te quieres ir a la revuelta? (p. 26. Subrayado nuestro)

y a cambio de protección para sus territorios, le ofrece una pequeña hacienda:

allí mismo pondrá a tu nombre la propiedad. ¿Qué dices, Damasio? (p. 127)

Pedro Páramo, que antes se refirió a él por su apodo, cuando lo mandó buscar, en el momento en que le confiere un cargo de importancia lo llama por su nombre y nunca más por su apodo:

-Supe que te habían derrotado, Damasio. (p. 137)

-¿Ahora te me vas a poner exigente, Damasio? [...] No, Damasio. Hazles ver que no andas jugando ni divirtiéndote. (p. 138)

Sin embargo, el narrador no parece haberse dado cuenta del cambio y continúa llamando al personaje por el apodo con que lo conoce la mayoría:

El Tilcuate siguió viniendo (p. 150)

El nombre Tilcuate, del náhuatl tlilkoatl, designa una especie de víbora negra que además de atacar al hombre, suele luchar con otras serpientes, a las que devora. Y el nombre Damasio significa 'domador'. El derivado que Pedro Páramo utiliza, tilcuatazos, aclara, por una parte, el tipo de 'adiestramiento' que se encontrarán los revolucionarios que osen enfrentarse al jefe nombrado por él, y por otra, la paradoja de que precisamente El Tilcuate, víbora, se llame y sea ahora Damasio, el domador, y el domador de la revolución.

La autoconciencia y el otro

La autoconciencia, como rasgo de la estructuración del personaje, permite verlo en su interior, y mirar al personaje desde su interior significa oírlo más que verlo. Verlo sería describir sus rasgos físicos individuales y sus características socioculturales; pero oírlo significa mirar cómo vive en su interior el mundo exterior, significa saber lo que el entorno representa para él; oírlo no es objetivarlo, es darle vida, darle voz y platicar con él.(10)

Durante el primer momento de la narración de Juan Preciado (desde su llegada a Comala hasta el relato de su muerte) prácticamente todos los personajes de la novela se reflejan en la conciencia de Juan Preciado, forman parte de su relato -que podríamos llamar discurso interior puesto que se encuentra muerto-. Se introducen con sus "verdades", sus posiciones frente a la vida y Juan Preciado establece con ellos un diálogo interior fundamental y trascendente.

Con personajes como Juan Preciado se cambia el momento de la definición del personaje, ya no le corresponde al autor decir quién es él, es el personaje mismo quien vislumbra su propia definición. El personaje es un sujeto de conciencia y el autor, en su actitud creativa, mira y acepta la conciencia inconclusa de su personaje que no puede ser resuelta; entonces la actitud artística del autor actúa en consecuencia, ve a un hombre en el personaje. Con ello se consigue crear personajes vivos, por el hecho de no estar concluidos, de no haber dicho la última palabra sobre ellos.

Conviene recordar las palabras de Alejo Carpentier cuando se refiere a la creación de personajes en la novelística latinoamericana:

Nunca he entendido por qué el novelista tiene tantos malestares de creación cuanto se trata de situar al hombre nuestro en un paisaje nuestro, de centrar, de cercar, ubicar, relacionar su psicología. Todo lo que hay que hacer es dejarlo actuar. [...] Dejar los personajes en libertad, con sus virtudes, sus vicios, sus inhibiciones -¡y cuidado que los hay, en América Latina!- partiéndose de la verdad profunda que es la del escritor mismo, nacido, amamantado, criado, educado en el ámbito propio, pero lúcido únicamente a condición de que desentrañe los móviles de la praxis circundante.(11)

Trece años después, Juan Rulfo se expresa en términos semejantes, sólo que desde los márgenes de su propia obra:

A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquel personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras de él. En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, entonces, ver hacia dónde va; siguiéndolo lo lleva a uno por caminos que uno desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere.(12)

En una entrevista que se le hace un año después, reitera sus mismos postulados respecto de su posición como autor frente a sus personajes:

-No. Es más complicado. Al personaje, primero tengo que imaginarlo, luego gestar sus características. Después vendrá la búsqueda de cómo habrá de expresarse. Cuando todo esto haya concluido y no existan contraindicaciones, lo ubico en una determinada región... y lo dejo en libertad. A partir de ese momento sólo me dedico a observarlo, a seguirlo. Tiene vida propia, y mi tarea se simplifica a ese extremo de no tener otra cosa que hacer, más que seguirlo.(13)

Desde esa libertad que Rulfo les confiere, los personajes surgen y buscan su definición a través de su propio discurso y del de los demás, y, por ello, su proceso de autoidentificación no puede escindirse de la presencia del otro y no siempre llega a los mismos términos de conclusión o indeterminación.

¿Cuáles son los personajes de Pedro Páramo que llegan a expresar una autodefinición?

1. Abundio Martínez: "-Yo también soy hijo de Pedro Páramo -me dijo." (p. 10)

2. Eduviges Dyada: "-Soy Eduviges Dyada. Pase usted." (p. 15)

3. Miguel Páramo: "Soy Miguel Páramo, Ana. No te asustes." (p. 36)

4. Damiana Cisneros: "-No me llamo Eduviges. Soy Damiana. [...] -Mi madre me habló de una tal Damiana que me había cuidado cuando nací. ¿De modo que usted...? -Sí, yo soy." (p. 44)

5. Fulgor Sedano: "Fulgor Sedano, hombre de 54 años, soltero, de oficio administrador, apto para entablar y seguir pleitos, por poder y por mi propio derecho, reclamo y alego lo siguiente..." (p. 45) "Sabrá pronto que yo soy el que sabe. Lo sabrá. Y a lo que vengo." (p. 47)

6. Dorotea: "Soy algo que no le estorba a nadie." (p. 79. Subrayados nuestros).

Seis personajes entre los que no se encuentran los tres que han sido calificados por la crítica como los más importantes, dado su protagonismo en el texto: Juan Preciado, Pedro Páramo, Susana San Juan. Más aún, ésta última hace un planteamiento a la inversa:

-¿Y yo quién soy?

-Tú eres mi hija. Mía. Hija de Bartolomé San Juan. En la mente de Susana San Juan comenzaron a caminar las ideas, primero lentamente, luego se detuvieron, para después echar a correr de tal modo que no alcanzó sino a decir:

-No es cierto. No es cierto. (p. 108. Subrayado nuestro).

Susana San Juan es el único personaje que se enfrenta a su padre para cuestionarlo sobre su identidad, y la única también que rechaza la definición que se le ofrece porque no coincide con su propio pensamiento, porque no está acorde con sus ideas.

Además, en el texto podemos encontrar que todos los personajes tienen un cierto oficio o actividad que los caracteriza, Abundio es arriero; Eduviges Dyada, hostelera; Damiana Cisneros, caporala de la servidumbre; Fulgor Sedano es administrador; Dorotea, limosnera y alcahueta; pero Juan Preciado no se sabe qué es. Por la edad que tendría al llegar a Comala, suponemos que debía tener un oficio que le hubiera permitido sacar a su madre de vivir como arrimados, pero no se dice nada. Y como Juan Preciado, Pedro Páramo, que en un primer momento es el cacique y el dueño de la Media Luna y sus alrededores, renuncia a su oficio para abandonarse a la desesperanza y a la espera de una muerte definitiva, de la que ya no habrá de resurgir.

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