Las obras de Juan Rulfo, José María Arguedas, Augusto Roa Bastos "constituyen sin duda una literatura alternativa escrita que se inscribe en los márgenes -abiertos hacia las culturas orales- de la cultura escriptural hegemónica".(3)
En la escritura de Rulfo, la voz se convierte en elemento plástico con cualidades particulares que le permiten ser percibida en otros sentidos: "’¡Despiértate!’, vuelven a decir. La voz sacude los hombros. Hace enderezar el cuerpo. Entreabre los ojos.",(4) y más adelante podemos leer: "¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra? -No, Susana, no alcanzo a oír nada. Mi suerte no es tan grande como la tuya. -Te asombrarías. Te digo que te asombrarías de oír lo que yo oigo." (p. 139).
Pedro Páramo posee múltiples estilos que son introducidos por los mismos personajes, estilos que pertenecen a los diferentes estratos sociales del medio rural y a la tradición oral. En la organización de dicho material, los personajes son portadores de sus propios discursos, sin mediación alguna del narrador, los cuales se integran al texto desde la memoria de alguno ellos.
Los numerosos estudios de la obra rulfiana han puesto singular atención a la estructura y significación de los personajes más destacados -Pedro Páramo, Susana San Juan, los hijos de Pedro Páramo, por ejemplo-. Nosotros nos detendremos a revisar más de cerca el personaje que es protagonista de la novela, según dice Juan Rulfo: el pueblo.
Se trata de una novela en que el personaje central es el pueblo. Hay que notar que algunos críticos toman como personaje central a Pedro Páramo. En realidad es el pueblo. Es un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aun quien narra está muerto.(5)
Se podría pensar en Comala como un personaje colectivo y tipificado; sin embargo, los personajes que asoman en los murmullos de sus paredes y calles son personajes con caracteres individuales en su mayoría. No es posible, entonces, aceptar la afirmación de que se trata de un grupo homogéneo de campesinos y de mujeres que se resignan ante la situación que la Media Luna, residencia del cacique, impone a Comala, el pueblo, porque así como encontramos un fragmento impersonal:
Ruidos. Voces. Rumores. Canciones lejanas.
Mi novia me dio un pañuelo
con orillas de llorar...
En falsete. Como si fueran mujeres las que cantaran. (p. 60)
encontramos también campesinos, como Galileo, que no están dispuestos a ceder ante las arbitrariedades del cacique (cf. pp. 57-58), o peones de la Media Luna que critican abiertamente a su patrón (cf. p. 39), y mujeres que prevén los abusos de Pedro Páramo (cf. pp. 142-143).
Las voces de Comala
Revisemos de qué manera se estructuran las voces que dan vida a este personaje de naturaleza oral por excelencia, el pueblo. Hemos seleccionado aquellos fragmentos que corresponden a voces individualizadas que surgen en forma directa. El narrador omnisciente introduce la primera escena contando uno de los "chismes" que llegaron a la Media Luna la noche del entierro de Miguel Páramo:
Una mujer que esperaba en las afueras del pueblo contó que había visto el caballo corriendo con las piernas dobladas como si se fuera a ir de bruces. Reconoció el alazán de Miguel Páramo. Y hasta pensó: "Ese animal se va a romper la cabeza." (p. 38)
y luego, deja paso a la charla de los hombres que "platicaban, como se platica en todas partes, antes de ir a dormir", descansando "de la larga caminata que habían hecho hasta el panteón":
-A mí me dolió mucho ese muerto -dijo Terencio Lubianes-. Todavía traigo adoloridos los hombros.
-Y a mí -dijo su hermano Ubillado-. Hasta se me agrandaron los juanetes. Con eso de que el patrón quiso que todos fuéramos de zapatos. Ni que hubiera sido día de fiesta, ¿verdad, Toribio?
-Yo qué quieren que les diga. Pienso que se murió muy a tiempo.
Al rato llegaron más chismes de Contla. Los trajo la última carreta.
-Dicen que por allá anda el ánima. Lo han visto tocando la ventana de fulanita. Igualito a él. De chaparreras y todo.
-¿Y usted cree que don Pedro, con el genio que se carga, iba a permitir que su hijo siga traficando viejas? Ya me lo imagino si lo supiera: "-Bueno -le diría-. Tú ya estás muerto. Estáte quieto en tu sepultura. Déjanos el negocio a nosotros." Y de verlo por ahi, casi me las apuesto que lo mandaría de nuevo al camposanto.
-Tienes razón, Isaías. Ese viejo no se anda con cosas. (p. 39)
La protesta es evidente contra la autoridad de Pedro Páramo y queda manifiesto que el pueblo sabe del poco cariño que tenía por su hijo. Se trata de gente bajo el servicio del cacique porque viven en la Media Luna y lo llaman "patrón". Son voces del pueblo, ciertamente, pero con su individualidad bien definida. Son personajes con nombres propios, hablan de lo que piensan -"pienso que"- en un estilo directo, de manera que podríamos decir que cada voz es una conciencia y la suma de ellas conforma el nivel que dialoga con la instancia que detenta el poder.
La crítica en contra del patrón va en aumento conforme avanza la plática hasta llegar a un grado tal que llegan a hablar por el patrón utilizando el estilo propio del cacique. Este rasgo es de suma importancia si consideramos que usualmente es la instancia superior la que habla por los sectores inferiores o marginados.
El hecho de que se permita a los subordinados ser portadores de la palabra ajena, y más aún ya que aquí se trata de la palabra del patrón, es un logro desde el punto de vista formal y composicional que conforma con ello un espacio de verdadero diálogo ideológico y social, en igualdad de condiciones y sin mediación alguna del narrador que introdujo la escena.
La plática finaliza con la denominación despectiva del patrón, "ese viejo", que ha resultado del consenso del grupo y que entrará en vigencia, a partir de ese momento, entre el resto de la población:
-Deja ya de correr. Se ha quedado parado en aquella esquina.
-Entonces a ninguna de las dos, ¿ya ves?
-Pero qué tal si hubiera resultado que a ti o a mí. ¿Qué tal?
-No te hagas ilusiones.
-Después de todo estuvo hasta mejor. Dicen por ahí los díceres que es él el que se encarga de conchavarle muchachas a don Pedro. De la que nos escapamos.
-¿Ah, si? Con ese viejo no quiero tener nada qué ver.
-Mejor vámonos.
-Dices bien. Vámonos de aquí. (p. 57. Subrayado nuestro.)
Hombres y mujeres salen de su anonimato y asumen una voz que los representa a la vez como individuos y como miembros de una comunidad realmente viva por la pluralidad de mentalidades que la conforman. Así como las mujeres de la cita anterior coinciden en su forma de catalogar a Pedro Páramo, encontramos también otras que no piensan de la misma manera cuando se refieren al cacique en su relación con Susana San Juan:
-Tal vez haya muerto. Estaba muy enferma. Dicen que ya no conocía a la gente, y dizque hablaba sola. Buen castigo ha de haber soportado Pedro Páramo casándose con esa mujer.
-Pobre del señor don Pedro.
-No, Fausta. Él se lo merece. Eso y más. (p. 142)
Y no es que doña Fausta no estuviera de acuerdo con Ángeles, sino que en un primer momento no se atrevía a expresar su verdadera opinión; la sinceridad de Ángeles le permite externar lo que realmente piensa:
-Ni lo piense, Ángeles. Ni lo quiera Dios. [...] Mire usted, ya se ha vuelto a prender la luz en la ventana. Ojalá todo salga bien. Imagínese en qué pararía el trabajo que nos hemos tomado todos estos días para arreglar la iglesia y que luzca bonita ahora para la Natividad, si alguien se muere en esa casa. Con el poder que tiene don Pedro, nos desbarataría la función en un santiamén. (p. 143.)
La fuerza de los rumores, de lo que se dice por ahí, el poder de la oralidad es por demás evidente. El mismo Pedro Páramo la utilizó para apoderarse de las tierras de los pequeños propietarios:
-Yo ni me le he acercado a ese señor. La tierra sigue siendo mía.
-Eso dices tú. Pero por ahí dicen que todo es de él.
-Que me lo vengan a decir a mí.
-Mira, Galileo, yo a ti, en confianza, te aprecio. Por algo eres el marido de mi hermana. Y de que la tratas bien, ni quien lo dude. Pero a mí no me vas a negar que vendiste las tierras.
-Te digo que a nadie se las he vendido.
-Pues son de Pedro Páramo. Seguramente él así lo ha dispuesto. ¿No te ha venido a ver don Fulgor?
-No.
-Seguramente mañana lo verás venir. Y si no mañana, cualquier otro día.
-Pues me mata o se muere; pero no se saldrá con la suya.
-Requiescat in paz, amén, cuñado. Por si las dudas. (p. 58).
Pero no todos los campesinos aceptaban resignadamente lo que el patrón disponía. En el diálogo anterior, que se oye en forma directa y, al igual que los anteriores, sin mediación alguna, encontramos dos mentalidades enfrentadas, de la misma condición social y hasta vinculados con lazos familiares que responden de manera singular ante la misma circunstancia. Galileo rehusa dirigirse al cacique en términos de respeto, aunque el cuñado tampoco utiliza el "don" para Pedro Páramo, pero sí para "don Fulgor", Galileo evita hasta el pronunciar su nombre y se muestra dispuesto a defender hasta las últimas consecuencias lo que le pertenece, mientras que el cuñado acepta la decisión del cacique y en un tono de suave burla se despide de Galileo.
El único sector del pueblo que logra entablar diálogo con el cacique es el grupo de revolucionarios. Pedro Páramo, con la habilidad que lo caracteriza, asume un tono sumiso, "-Patrones -les dijo cuando vio que acababan de comer-, ¿en qué más puedo servirlos?" (p. 124), y propicia el diálogo. La desorganización del grupo es evidente en lo que respecta al ideario de lucha -como de hecho ocurrió en muchos bandos durante la Revolución Mexicana-, pero desde su postura y con sus propios estilos se enfrentan al dueño de las tierras:
-Yo sé la causa -dijo el otro-. Y si quiere se la entero. Nos hemos rebelado contra el gobierno y contra ustedes porque ya estamos aburridos de soportarlos. Al gobierno por rastrero y a ustedes porque no son más que unos móndrigos bandidos y mantecosos ladrones. [...]
-Que nos dé lo que su buena intención quiera darnos.
-Éste "no le daría agua ni al gallo de la pasión". Aprovechemos que estamos aquí, para sacarle de una vez hasta el maiz que trai atorado en su cochino buche. (pp. 125 y 126)
La postura impasible del cacique deja inútiles los insultos que le dicen. Realmente, los revolucionarios se encuentran no sólo en el territorio de Pedro Páramo, sino que son sus invitados, y los términos de la entrevista también los ha establecido el dueño. Sin embargo, no deja de ser interesante que, nuevamente, no hay mediación de una instancia superior narrativa y que el que cambia de tono es el patrón y se pone al nivel del pueblo, que amenaza con destruir su autoridad. ¿El poder de la revolución? Posiblemente. Lo cierto es que los revolucionarios encuentran lugar para expresar las únicas ideas que tienen bien claras: el rechazo a la autoridad que los ha sometido por mucho tiempo y que ha abusado despojándolos de lo que les pertenece.
En todos los ejemplos anteriores la voz de los personajes llega directamente, y si hay presencia del narrador sólo es en función de una ubicación superficial, pero nunca interviene dando juicios o encaminando hacia cierta interpretación de lo que se dice.
Curiosamente, cuando un personaje funge como mediador de otras voces deja paso libre a la voz ajena, ofreciendo su propia conciencia como lugar de expresión. En este caso se encuentra el relato que corresponde a Toribio Aldrete, cuya voz hemos decidido incluir como parte del pueblo, dadas las circunstancias en que se presenta. Desde el punto de vista social, Toribio Aldrete pertenece al sector que posee tierras en mayor extensión, y en las condiciones en que se encontraba la familia Páramo a la muerte de don Lucas, podemos decir que Aldrete ocupa un estrato superior a ellos por el hecho de ser acreedor suyo. A pesar de estas circunstancias, Toribio Aldrete sólo es un obstáculo más para Pedro Páramo en su afán de poseer toda la tierra.
En la reunión que sostiene con Fulgor Sedano para -según él cree- solucionar el problema de los límites, Toribio Aldrete expresa su opinión sobre su opositor:
-Con ese papel nos vamos a limpiar usted y yo, don Fulgor, porque no va a servir para otra cosa. [...] Ahora ya sé de qué se trata y me da risa. Dizque "usufruto". Vergüenza debía darle a su patrón ser tan ignorante. [...] A usted ni quien le menoscabe lo hombre que es; pero me lleva la rejodida con ese hijo de la rechintola de su patrón. (pp. 45 y 46)
Su voz llega a través de la conciencia de Fulgor Sedano, pero los términos de la crítica se encuentran en el mismo nivel del pueblo y con un estilo que combina el de Toribio Aldrete y el propio de Fulgor Sedano.
A través de la compleja estructura que presenta una multiplicidad de estilos, diversas maneras de pensar y un considerable número de motivos temáticos a través de las voces de Comala, Juan Rulfo asume el problema que representa la tradición oral frente a la literatura escrita: la heterogeneidad cultural en el papel que ésta juega en la conformación de la identidad nacional.
Pedro Páramo ha sido calificada como novela dialógica y polifónica, en donde el lector no se encuentra con los sentimientos o la visión de la realidad del autor, sino con "las visiones del mundo contrastadas y diversas de los personajes, que se configuran en una red de signos y de símbolos que engloba funciones diversas".(6)