Pensar sin Estado, ¿riesgo o desafío? - La decadencia del Estado-naci
19 de Diciembre de 2005
Ciencias sociales, Pensamiento y política
Empezaremos presentando una de las tesis de Imperio más comentadas y criticadas: la que plantea que en el actual mundo globalizado se estaría produciendo una inminente crisis del Estado-nación. En este punto, queremos poner de manifiesto que dicha tesis está claramente precedida por un juicio de valor negativo respecto a la capacidad transformadora que el Estado históricamente tuvo respecto de las relaciones sociales. Este juicio no es nuevo y se remonta al mismo Marx, para quien el Estado surge en la época moderna con el objetivo de ocultar los conflictos de clase, presentándose como garante de un falso bien común que trascendería los intereses encontrados de los individuos inmersos en la feroz lucha por la competencia: “(…) precisamente debido a esta contradicción entre el interés particular y el interés común, este último adquiere como Estado, una forma propia e independiente, separada de los intereses particulares y colectivos y, al mismo tiempo, como una comunidad ilusoria, pero siempre sobre la base real de los vínculos existentes”. (Marx, 1973: 28).
Hardt y Negri retoman esta idea marxiana del Estado como instancia trascendente a las relaciones sociales reales y la llevan aún más lejos. Los autores realizan un largo recorrido en la historia de los Estados-nación para terminar declarando el inevitable carácter totalitario que ellos entrañan, en tanto falsas unidades de lengua, raza y territorio. Es decir, el totalitarismo de la Nación se derivaría de que es un intento constante de suprimir las diferencias y las divergencias existentes en su interior, presentando como naturales identidades que en realidad son el resultado de procesos construidos históricamente. Y para los autores, dichas identidades son en última instancia funcionales a las elites gobernantes, que de esa manera pueden presentarse como portavoces del bien común y así justificar y acallar las desigualdades sociales que están en la base del Estado-nación.
Sin embargo, las diferencias a que hacen mención Hardt y Negri continuamente parecen referirse a algo más que a las desigualdades sociales. Creemos que con dicho término los autores aluden a algún tipo de ontología que estaría en la base de toda realidad: es la famosa ontología de la multitud, que después profundizaremos. Por el momento, nos interesa llamar la atención sobre la distinción que los autores trazan entre los conceptos de pueblo y multitud, para ilustrar con una polémica este juego constante que hace Imperio con las nociones de diferencia e identidad: “Aunque el pueblo se propone como la base originaria de la nación, la concepción moderna del pueblo es en realidad producto del Estado-nación y sólo sobrevive dentro de su contexto ideológico específico. Muchos análisis contemporáneos de las naciones y el nacionalismo (…) se equivocan precisamente porque confían incuestionablemente en la naturalidad del concepto y la identidad del pueblo. Deberíamos notar que el concepto de pueblo es muy diferente del concepto de multitud (…) La multitud es una multiplicidad, un plano de singularidades, un conjunto abierto de relaciones que no es homogéneo ni idéntico a sí mismo y que mantiene una relación indistinta e inclusiva con lo que es exterior a él. El pueblo, en cambio, tiende a la identidad y la homogeneidad interna, al tiempo que manifiesta su diferencia respecto de todo aquello que queda fuera de él y lo excluye (…) Toda nación debe convertir a la multitud en pueblo”. (Hardt-Negri, 2002: 100)
Hardt y Negri retoman esta idea marxiana del Estado como instancia trascendente a las relaciones sociales reales y la llevan aún más lejos. Los autores realizan un largo recorrido en la historia de los Estados-nación para terminar declarando el inevitable carácter totalitario que ellos entrañan, en tanto falsas unidades de lengua, raza y territorio. Es decir, el totalitarismo de la Nación se derivaría de que es un intento constante de suprimir las diferencias y las divergencias existentes en su interior, presentando como naturales identidades que en realidad son el resultado de procesos construidos históricamente. Y para los autores, dichas identidades son en última instancia funcionales a las elites gobernantes, que de esa manera pueden presentarse como portavoces del bien común y así justificar y acallar las desigualdades sociales que están en la base del Estado-nación.
Sin embargo, las diferencias a que hacen mención Hardt y Negri continuamente parecen referirse a algo más que a las desigualdades sociales. Creemos que con dicho término los autores aluden a algún tipo de ontología que estaría en la base de toda realidad: es la famosa ontología de la multitud, que después profundizaremos. Por el momento, nos interesa llamar la atención sobre la distinción que los autores trazan entre los conceptos de pueblo y multitud, para ilustrar con una polémica este juego constante que hace Imperio con las nociones de diferencia e identidad: “Aunque el pueblo se propone como la base originaria de la nación, la concepción moderna del pueblo es en realidad producto del Estado-nación y sólo sobrevive dentro de su contexto ideológico específico. Muchos análisis contemporáneos de las naciones y el nacionalismo (…) se equivocan precisamente porque confían incuestionablemente en la naturalidad del concepto y la identidad del pueblo. Deberíamos notar que el concepto de pueblo es muy diferente del concepto de multitud (…) La multitud es una multiplicidad, un plano de singularidades, un conjunto abierto de relaciones que no es homogéneo ni idéntico a sí mismo y que mantiene una relación indistinta e inclusiva con lo que es exterior a él. El pueblo, en cambio, tiende a la identidad y la homogeneidad interna, al tiempo que manifiesta su diferencia respecto de todo aquello que queda fuera de él y lo excluye (…) Toda nación debe convertir a la multitud en pueblo”. (Hardt-Negri, 2002: 100)
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