Cuando se reinvindica de tal manera la eliminación de las fronteras entre las condiciones materiales e ideales de la existencia, se alude además al hecho que la primacía de la razón, basamento del movimiento ilustrado, ya no puede reclamar la exclusividad. La consciencia de la "muerte de la razón",39 esgrimida como argumento capital por el pensamiento postmoderno, vendría a ser el corolario del intento de dominar la naturaleza, máxime cuando dicho intento - objetivo primordial de la Ilustración -, nunca ha conllevado necesariamente el progreso humanista. La actitud escéptica de Martín Gaite frente a este "modo de conocimiento analítico-referencial"40 está vinculada en su obra con el caos de la experiencia femenina, expresado éste del modo más obvio tal vez en Nubosidad variable: "La cocina era el pozo, y del fondo surgían como fantasmas movedizos tres rostros infantiles llamándome con voces de sirena, pidiéndome la merienda, tres siluetas confundidas en una que se entrelazaban y bailoteaban a mi alrededor [...], tirando por el aire cuadernos y cáscaras de plátano. Mamá, mira Lorenzo lo que hace, ¿quién ha roto el tarro de mermelada? yo no he sido, oye, mírame el cuaderno, no le hagas caso, mamá, mírame, mira qué bien silbo, Daría cara de arpía, por favor, callaros, mira, Encarna se ha hecho sangre en un dedo, ven, mira-mira-mira." (NV, 41). Cabe relacionar esta experiencia con la constatación de que son precisamente las mujeres las auténticas afectadas por la "dialéctica ilustrada", y estas reliquias opositorias a la primacía de la razón en las mujeres se demuestran además en el pensamiento teórico de Carmen Martín Gaite: "En el fondo la mayor diferencia entre el discurso masculino y el femenino estriba en que un hombre en un nivel de cultura y de inteligencia parecido al de la mujer con quien discute, no se resigna a no entenderlo todo. A base de una clasificación por temas que en su mismo empeño de imponerse dialécticamente pueda resultar artificial, la mujer en cambio desconfía muchas veces del entendimiento como norma."41 Habiéndose limitado el radio de acción femenino a la reproducción y subsiguientemente a la naturaleza, se les reservó a las mujeres en el esquema binarista el sector opuesto de la razón. Y en esto precisamente consiste la atractividad de la diferencia femenina para la crítica postmoderna de la razón: A partir de la marginalización de lo femenino, resulta palpable lo deficitario de una creencia ciega en la posibilidad de dominar la naturaleza.
En la obra de Martín Gaite, se puede observar a este respecto un rechazo muy marcado de la dicotomía entre "razón" y "misterio": "¡Qué empeño en desbrozar al mundo de su magia y de su sinrazón, de disecarlo todo!, y yo, cuánto he pecado por ese registro. [...] cuántos libros, proyectos, cursillos, conferencias, palabras y palabras para erigir un dique contra lo misterioso y en general qué claro lo veíamos todo: [...] Y es que no puede ser, cierto tipo de arcanos no aguantan un criterio de sumas y de restas" (R, 19). Esta relativización de la primacía de la razón plantea una objeción al pensamiento binarista; "cosas raras pasan cada momento. El error está en que nos empeñamos en aplicarles la ley de la gravitación universal, o la ley del reloj, o cualquier otra ley de las cuales acatamos habitualmente sin discusión; se nos hace duro admitir que tengan ellas su propia ley" (Cuarto, 103). Aparte de esta actitud crítica más bien simplista acerca de una visión absoluta de la razón, existen también comentarios que ponen en tela de juicio un concepto de razón unilateral y orientado exclusivamente hacia una finalidad práctica, considerado como típico para las sociedades capitalistas. Cuentos como "La oficina" (1954) o "Un día de libertad" (1953) tratan ya el alienamiento de la vida laboral, y la primera crítica explícita se manifiesta en la negativa absoluta de David Fuente a insertarse en un orden social en el que le parece predominar la ideología del valor de trueque del dinero, el que considera como la "mayor fuente de males conocida" (RL, 168). Treinta años más tarde, en una España ya mucho más europeizada, Sofía Montalvo caracteriza a su marido, para quien la orientación hacia el bienestar material se manifiesta como religión subsidiaria, como "una especie de pared que no deja resquicios para que se cuele ningún problema de los que no se pueden zanjar a base de dinero" (NV, 14). Estos pocos ejemplos demuestran claramente que la crítica de la razón no permanece en Martín Gaite en un nivel meramente especulativo, sino que se ajusta de manera señalada a las condiciones de vida de las sociedades industriales modernas. Lo que me parece también significativo en este sentido es la renuncia a una finalidad fijada de antemano. Semejante renuncia, reinvindicada y reiterada en su obra, trae de nuevo a colación la crítica al racionalismo utilitarista y reactiva una vez más un sistema de valores femenino, ya que el modo de vida tradicional de las mujeres se halla orientado hacia la circularidad, a la reproducción en vez de a la producción, permitiendo tales conceptos de circularidad y procesualidad oponer un contrapeso a la ambición que sólo tiene en cuenta el éxito unilateral a corto plazo. Martín Gaite realiza la plasmación literaria de estos criterios a través de diversas técnicas: estructuras circulares (El cuarto de atrás, Nubosidad variable, así como la pieza de teatro A palo seco, 1985), comentarios acerca de la importancia del proceso, del machadiano "se hace camino al andar" (vg. en los cuentos fantásticos); el hincapié en el proceso de creación tanto de situaciones óptimas de comunicación (Retahílas) como de la escritura (El cuarto de atrás, Nubosidad variable), y la culminación de todo en el documentado proceso de hacerse El cuento de nunca acabar dentro del mismo ensayo.
Todo esto no quiere decir que se vuelva a acoplar una vez más el condicionamiento de la existencia femenina con constantes inherentes a la femineidad, sino que más bien se remite al hecho de que se pueden ofrecer alternativas para las sociedades modernas considerando y revalorizando las experiencias femeninas tradicionales. Que tal comportamiento pueda ser calificado como emancipatorio dependrá de que la femineidad no recale en el círculo vicioso que la ha relegado a la "otredad" con respecto a la razón; antes al contrario, la diferencia femenina requeriría una asignación concreta de funciones dentro del contexto social.