Poesía de exilio de Juan Gelman - Bajo la lluvia ajena (notas al pie de una derrota), Roma, mayo de 1980

7 - Bajo la lluvia ajena (notas al pie de una derrota), Roma, mayo de 1980

Monografía creado por Jaime Ibáñez Quintana. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/jgelman.html
01 de Octubre de 2006

Será en este libro, cuando Juan Gelman aborde de forma directa el tema del exilio. Aunque habían transcurrido más de cinco años desde que se vio obligado a huir de Argentina, el recuerdo de los padecimientos de su pueblo, los asesinatos de amigos y compañeros, la nostalgia de su patria, y sobre todo, la desaparición de su hijo, no le permitían detenerse a reflexionar sobre el exilio. Sólo cuando el paso del tiempo le posibilitó asumir estos hechos, pudo analizar dicha realidad.

El subtítulo del libro, (notas al pie de una derrota), nos muestra ya su postura pesimista y negativa ante el destierro, la cual se mantendrá a lo largo de todo el poemario. Así lo vemos también en la cita que encabeza el volumen:

Escribo sobre un tema que no le gusta a nadie.
Tampoco a mí.
Hay temas que no le gustan a nadie.

Po I-po
(p. 307)

El triunfo de la Revolución Cubana trajo consigo el nacimiento de grupos guerrilleros en casi todos los países de Latinoamérica. Su lucha por la justicia social se vio troncada por los regímenes militares que en los años setenta asolaron el continente. Es a esta derrota a la que el autor hace referencia en su poema XXVI:

En realidad, lo que me duele es la derrota.
(p. 337)

En última instancia, el exilio que padecían millones de latinoamericanos no era sino una consecuencia más del fracaso de esos movimientos revolucionarios, en los que Gelman también participó directamente con su militancia en el grupo Montoneros.

Sin embargo no todos los escritores exiliados del Cono Sur adoptaron una posición tan negativa como la del poeta argentino, sirvan de ejemplo los casos de Julio Cortázar, Eduardo Galeano y Mario Benedetti, quienes optaron por posturas mucho más optimistas ante este fenómeno.

El primero de ellos declarará:

Hasta hoy no me ha sido dado leer muchos poemas, cuentos o novelas de exiliados latinoamericanos en los que la condición que los determina, esa condición específica que es el exilio, sea objeto de una crítica interna que la anule como disvalor y la proyecte a un campo positivo (...). Quienes exilian a los intelectuales consideran que su acto es positivo, puesto que tienen por objeto eliminar al adversario. ¿Y si los exiliados optarán también por considerar como positivo ese exilio?16

Por su parte Galeano aboga por un exilio luchador:

Estar vivo: una pequeña victoria. Estar vivos, o sea: capaces de alegría, a pesar de los adioses y los crímenes, para que el destierro sea el testimonio de otro país posible.

A la patria, tarea por hacer, no vamos a levantarla con ladrillos de mierda.

¿Serviríamos para algo, a la hora del regreso, si volviéramos rotos?17

En este mismo sentido se expresa Mario Benedetti:

(...) este exilio de algún modo nos da la ocasión de comunicarnos con otros pueblos. De apreciar hasta qué puntos esos pueblos ejercen prácticamente la solidaridad. Nos da la ocasión de sentirnos partícipes de sus problemas, de sus limitaciones, de sus realizaciones, de sus luchas y pienso que todo esto va a ser muy importante cuando llegue el momento de nuestro regreso. Va a viajar también con nosotros al Uruguay esta experiencia de intercambio, este diálogo vital y dinámico que hemos tenido con ellos. Y va a ser parte integrante del ánimo y de la actitud del nuevo Uruguay.18

Estos escritores conciben el destierro como un aprendizaje, una maduración que les será muy útil para poder colaborar a reconstruir su patria cuando regresen.

Como todo exiliado, también nuestro autor tendrá siempre presente la idea del regreso19, pues en buena medida constituye una de las pocas esperanzas que le permite soportar estos durísimos años:

Mi padre vino a América con una mano atrás y otra adelante, para tener bien alto el pantalón. Yo vine a Europa con una alma atrás y otra adelante, para tener bien alto el pantalón. Hay diferencias, sin embargo: él fue a quedarse, yo vine para volver.
(“XII”, p. 321)

En ocasiones intenta analizar los acontecimientos del pasado que le han llevado a esta situación, sin embargo, todo ello sólo le sirve para caer de nuevo en el escepticismo y la decepción. La adaptación al nuevo país, en los pocos casos que se produce, es sólo aparente. El exiliado está hundido en la frustración y la apatía, tanto en el plano individual y social, como en sus relaciones de pareja:

Es difícil reconstruir lo que pasó, la verdad de la memoria lucha contra la memoria de la verdad. Han pasado años, los muertos y los odios se amontonan, el exilio es una vaca que puede dar leche envenenada, al menos algunos parecen alimentados así.

En la colonia exiliar argentina predomina la apatía política y de otro tipo. Se trabaja o no, se estudia o no, se aprende el idioma del país en que se está o no, se reconstruye la vida o no. Las mujeres pasan como ríos, se las quiere o no, se las conserva o no.
(“I”, p. 309)

Es indudable que parte de la culpa en el fracaso de la integración la tienen los que vienen, pero tampoco la nueva patria se lo pone fácil. Juan Gelman, como otros muchos sudamericanos que llegaron a Europa, se encontraron con culturas totalmente distintas a las suyas, y con idiomas que desconocían, lo que acentuaba aún más su aislamiento. Aquéllos que pudieron elegir España, salvaron al menos este último escollo. Pero ese desconocimiento cultural hace interpretar erróneamente, a menudo, las buenas intenciones del país que los acoge:

(...) Pasa el tiempo y la manera de negar el destierro es negar el país donde se está, negar a su gente, su idioma, rechazarlos como testigos concretos de la mutilación: la tierra nuestra está lejana, qué saben estos gringos de sus voces, sus pájaros, sus duelos, sus tormentas.

Son muy distintos a nosotros. No se preocupan verdaderamente de nosotros. No sufren la injusticia que nos pasó a nosotros. Los más solidarios tienen como vergüenza por nosotros. Es un problema de ellos, pero nos afecta a nosotros. Como si el diálogo entre extranjeros sobre algo aparentemente comprensible -el dolor de los unos- viniera envuelto por parte de los otros en pudores, candores, paternalismos, usos.

No nos vamos a poner de acuerdo nunca. Y seremos muchas veces injustos, tomando la humildad por soberbia, la reserva por falta de compromiso, la voluntad de no herir por la voluntad de no saber.
(“I”, p. 309)

A pesar de todo el poeta realiza una llamada a la solidaridad:

Todos los hombres son humanos y lo que cabe en mí, debería caber en los demás. Y viceversa, porque todos los hombres son humanos. Quepamos, humanos. (...)

Revolvamos la tierra con las manitas juntas. A lo mejor crece una planta de dos rostros, que necesita agua de los dos, y mira dos distancias a partir de la misma soledad. Así estaremos juntos, verdaderamente.
(“I”, p. 310)

Con frecuencia, el autor comprueba que a los exiliados latinoamericanos se los ha instrumentalizado en Europa. Se los utiliza como objetos, se los estudia, pero no se los comprende. La solidaridad que reciben la sabe falsa, hipócrita. Al Viejo Continente no le importa lo más mínimo las dictaduras que asolan a Latinoamérica. El paso de los años nos ha demostrado que en gran medida Juan Gelman tenía razón. El “Caso Pinochet” constituyó un ejemplo más de ello. Argentina, Uruguay y Chile tienen las manos atadas para encarcelar a sus dictadores, y solamente a través de la ayuda exterior pueden conseguirlo, pero Europa y Estados Unidos los dan la espalda. Es esa insolidaridad la que el poeta denuncia en sus poemas “X” y “XV”:

Serías más aguantable, exilio, sin tantos profesores del exilio, sociólogos, poetas del exilio, llorones del exilio, alumnos del exilio, profesionales del exilio, buenas almas con una balancita en la mano pesando el más el menos, el residuo, la división de las distancias, el 2 X 2 de esta miseria.
(“X”, p. 319)

Cuando ciertos europeos se dan cuenta del negocio del exilio latinoamericano, cambian de rostro extrañamente, vacilan, palidecen como si recorrieran pavores de la infancia. Luego recobran seriedad, recomponen su estar, reconocen que la solidaridad es necesaria y, sobre todo, mutuamente solidaria. De la sangre de muchos sacarán un artículo o dos, alguna cátedra o sueldito. Lo cual carece de importancia.
(“XV”, p. 324)

Será su lucha contra el olvido la principal obligación que se imponga en su destierro. No está dispuesto a olvidar su realidad actual, su patria, su origen, ni tampoco a los que le han llevado a él y a su gente a tal situación. En el Discurso de Agradecimiento que ofreció al recibir el Premio Nacional de Poesía 1994-1997 el autor declaraba: “(...) para los atenienses el antónimo de olvido no era memoria, era verdad”20. Sin duda la verdad, la memoria de lo que ha sucedido, es una constante temática en todos aquellos escritores latinoamericanos que padecieron los efectos de las dictaduras -exilios, separaciones, pérdidas de amigos y familiares, etc.- de este modo intentan conseguir que los crímenes cometidos no queden impunes. Con anterioridad el poeta argentino había manifestado: “Se ha atravesado durante años una situación muy difícil que pareciera depositar capas de olvido sobre situaciones más difíciles todavía, que se vivieron bajo la dictadura militar. (...) Espero que en Argentina ese tipo de olvido, que en el fondo no es olvido porque la cosa subyace, no dure tanto tiempo. Que esas cuestiones se debatan. Que se terminen los pactos de silencio que parecen vigentes. Y que se pueda hablar con claridad sobre esa especie de cáncer, que en la medida que no se ventile, va a seguir envenenando muchos aspectos de la sociedad argentina”21. Su poesía combate ese silencio, pues sabe que únicamente aplicando la justicia se cerrarán, en lo posible, las heridas que dejó la dictadura:

de los deberes del exilio:
no olvidar el exilio/
combatir a la lengua que combate al exilio
no olvidar el exilio/o sea la tierra/
o sea la patria o lechita o pañuelo
donde vibrábamos/donde niñábamos/
no olvidar las razones del exilio/
la dictadura militar/los errores
que cometimos por vos/contra vos/
tierra de la que somos y nos eras
a nuestros pies/como alba tendida/
y vos/corazoncito que mirás
cualquier mañana como olvido/
no te olvides de olvidar el olvido
(“V”, p. 314)

La nostalgia será el sentimiento imperante en todo exilio, al menos en sus primeras etapas, aunque como señala Eduardo Galeano su efecto puede ser muy perjudicial:

(...) petrificarme en la nostalgia puede ser una manera de negar no sólo la realidad que me toca vivir en el exilio, no sólo la realidad actual de mi país, sino también la realidad de mi experiencia pasada.22

Pero nuestro autor no está dispuesto a renunciar a este pequeño derecho. Por medio de ella se remonta a su infancia, identificándola con su patria, volviéndose a unir a ésta, pues es su forma de autoafirmarse en una tierra ajena como Roma, de no perder su identidad, sus raíces:

Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgia de eso.

¿Acaso soy otra cosa? Vinieron dictaduras militares, gobiernos civiles y nuevas dictaduras militares, me quitaron los libros, el pan, el hijo, desesperaron a mi madre, me echaron del país, asesinaron a mis hermanitos, a mis compañeros los torturaron, deshicieron, los rompieron. Ninguno me sacó de la calle donde estoy llorando al lado de mi perro. ¿Qué dictadura militar podría hacerlo? ¿Y qué militar hijo de puta me sacará del gran amor de esos crepúsculos de mayo, donde la ave del ser se balancea ante la noche?
(“III”, p. 312)

La soledad será también otra presencia ineludible del destierro. Sin embargo la palabra no sirve para expresar tanta soledad y dolor como se han padecido. Además ya no puede contar con su gente, con los que siempre lo han leído y podrían comprenderlo. En esa tierra ajena en la que ahora habita nadie puede entender sus sufrimientos, lo que acentúa aún más su sensación de desamparo:

¿En qué lengua podría hablar la soledad? El que perdió sus hijos, su másvida, ¿qué piedras escupiera por la boca? ¿Y quién las iba a recoger como señal de amor, o a entender, aceptar, recibir, aunque sea sentir en la ventana?
(“VI”, p. 315)

Nuestro autor es consciente de que el éxodo es un fenómeno colectivo. Su situación se explica dentro de un contexto sociopolítico mucho más amplio que la simple experiencia individual. Él forma parte de toda una comunidad que se vio obligada a abandonar la patria por su postura contestataria contra la dictadura24. El exilio y el régimen militar que lo provocó han traído consigo una unidad de los pueblos mayor que ningún otro suceso. Es de nuevo el concepto de Latinoamericanismo, de patria grande25. Son muchos los latinoamericanos que padecen el destierro, y es a ellos a los que recuerda en su poema IX, identificándolos y uniéndolos en un solo país:

Hacemos cola ante el país, al descampado, llueve, se alzan lenguas de fuego que lamen a los santos, las calaveras pasan pajareando, senos de una mujer arrastran cielo, la cola de 14.000 kilómetros viborea, hierven los argenguayos, urulenos, chilentinos, paraguanos, están tirando de la noche sudamericana, rechinan de almas en silencio, su verdadero trabajar.
(p. 318)

El exilio parte a quien lo sufre en dos mitades, mentalmente se permanece en la patria, aunque físicamente se viva en otra tierra. También el país queda dividido y roto sin su gente. A pesar de la distancia, la memoria continúa uniendo ambas mitades. El propio Juan Gelman ha sido incapaz de asumir su expulsión de Argentina, pero atarse a sus recuerdos aumenta todavía más sus sufrimientos e impide su adaptación a la nueva patria:

No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.

Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, las calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.

Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.26
(“XVI”, p. 325)

También en este poemario estará presente el recuerdo de sus compañeros muertos, de su hijo y de la mujer de éste. Los horrores que trajo consigo la dictadura hacen imposible que nada pueda volver a ser como antes:

¿No estaba muerto Paco? ¿No habían secuestrado a Rodolfo y a Haroldo? ¿No habían matado al Jote, al Lino, a Josefina, a Dardo, a la Diana, tal vez? (...)

(...) pero a mi hijo lo habían secuestrado dos años atrás y nunca supe de su suerte. Su mujer estaba encinta de siete meses cuando la secuestraron con él.
(“XIX”, p. 328)

El exiliado en muchas ocasiones no es capaz de construirse un presente, pues se halla anclado en el pasado, en la nostalgia de su patria, o en el anhelo de un esperanzador futuro. Todo ello le lleva a negar su nueva realidad:

Animal que vuela, el hombre. Recorre cielo contra la más terrible irrealidad, es lento y no se espanta de la muerte. Se rehace negándose. Por cierto tiempo, trabaja entre dos nadas, mira el espejo que va haciendo donde su rostro es no más que un proyecto tironeado entre pasado y porvenir, rostro cargado de presente, o sea de lucha entre pasado y porvenir.

Como otromundo diario.
(“XXIV”, p. 335)

Juan Gelman realiza en Bajo la lluvia ajena una meditación sincera y dolida de su experiencia del exilio, adoptando siempre una posición combativa. El conformismo hubiera sido una traición imperdonable a su patria. Lucha por cambiar todo aquello que le parece injusto en el país de adopción, pues así es como el poeta argentino interpreta una verdadera integración:

Quien contempla el exilio es absorbido por él. Podrá hablar del exilio, pero nunca de sí. Quien se limita a contemplar, no tiene hambre, no se acuerda de sí, de sus raíces, ha olvidado su madre, se limita a buscar información. Le pasó lo más terrible: no desea.

El deseo es necesidad de cambiar lo contemplado para mezclarse, darse. Es solamente así que te conozco, te reconozco, exilio, y vos me conocés.
(“XXIII”, p. 334)

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Autor y licencia de 'Poesía de exilio de Juan Gelman'


Monografía de Jaime Ibáñez Quintana. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/jgelman.html CopyLeft
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