Con Hacia el sur su poesía retorna a un tono más sencillo, más próximo al lector, donde otra vez los ataques contra la dictadura militar, el testimonio de esa trágica realidad, y el homenaje a sus víctimas constituirán los contenidos básicos de la obra.
El autor denuncia el horror de las torturas que su pueblo padece, y lo hace de forma explícita, cruda, con la intención de obligar al lector, por muy lejano que se halle de esos hechos, a reaccionar, a tomar postura, o al menos a ser conscientes de que tan horribles crímenes están siendo cometidos mucho más cerca de lo que supone:
(...)/
mano que me hizo mesa/
sobre mí acuestan a los prisioneros de la dictadura militar/
les dan picana en la boca que anunciaba la Revolución/
le dan 220 voltios a la boca que anunciaba el reino de la
Revolución/
picana en la cabeza que soñaba acostada en las almohaditas
de la Revolución/
picana en los testículos que golpeaban las puertas de la
Revolución/
220 voltios en los labios de las vaginas/despedazando sus
cielos/
ya no van a salir hijos por ahí/ni liras/ni baguales/
va a salir puro odio por ahí/no vuelos/no hermanitos/
están torturando el jugo de las vaginas de mi país/
el jugo de mi país parece un animal/
(“La mesa”, pp. 348-349)
Pero encontramos en este poemario un elemento completamente nuevo respecto a los anteriores, el amor del poeta por una mujer, motivo que hasta ahora no se había dado en su producción de exilio. No es casualidad que sea en el texto que da título al libro, “Hacia el sur”, donde se recoja este sentimiento. El amor ha devuelto al poeta el optimismo, la fe en la vida, aunque no por ello olvida a su patria, “el sur”, y a sus “compañeros muertos en el sur”. Por el contrario, esta mujer estrechará aún más el vínculo del poeta con su país y sus recuerdos:
te amo/señora/como al sur/
una mañana sube de tus pechos/
toco tus pechos y toco una mañana del sur/
una mañana como dos fragancias/
de la fragancia de una nace la otra/
o sea tus pechos como dos alegrías/
de una alegría vuelven los compañeros muertos en el sur/
establecen su dura claridad/
(...)
te amo porque sos mi casa y los compañeros pueden venir/
sostienen el cielo del sur/
abren los brazos para soltar el sur/
de un lado les caen furias/del otro
trepan sus niños/(...)
(p. 361)
Hacia el sur incluye otros tres apartados: los poemas de José Galván, final y los poemas de Julio Grecco.
Tanto José Galván como Julio Grecco son heterónimos del propio autor. No es la primera vez que Juan Gelman se refugia en otros personajes poéticos. Algo muy parecido había realizado años antes en su libro Traducciones27, con la misma función que los otorga en este poemario: ayudarle a escapar de esa intimidad y complejidad que imperan en Carta abierta, Comentarios y Citas. Así se lo explicaba a Mario Benedetti en una entrevista que con él mantuvo en Buenos Aires en julio de 1971:
Efectivamente, cuando empecé con el inglés, fue para extrañarme de algo que me estaba ocurriendo (extrañarme lo digo en el sentido brechtiano), porque mi poesía se estaba volviendo muy íntima (...) Hasta que un día me decidí a inventar un inglés, que escribiera poesía (...) Es claro que seguí hablando de mí, hasta que conseguí hablar yo, pero ya no de mí, sino también de otras cosas. Y esto siguió con el japonés, y después con el norteamericano.28
Junto a los contenidos recurrentes de este periodo retomará el de la poesía, motivo que no cultivaba desde su primera obra de exilio, Hechos, a mediados de la década de los setenta. Así, poniéndose en la piel de sus dos heterónimos, el autor se permite poetizar sobre una cuestión ajena a la realidad sociopolítica, materia dominante en su producción de exilio, como hemos visto. Da la impresión de que el paso de los años le ha posibilitado alejarse un poco de las lógicas preocupaciones y obsesiones que la dictadura y el éxodo le ocasionaron, y de este modo poder recuperar un motivo que siempre le interesó, como ha manifestado el propio autor: “Creo que el único tema verdadero de la poesía es la poesía misma”.29
A través de José Galván, en su poema “Ruiseñores de nuevo”, Gelman nos facilita una extensa nómina de poetas de muy distintas épocas y latitudes, que con seguridad han influido en su formación: Keats, Rimbaud, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Quevedo, César Vallejo, Oliverio Girondo, Darío, Martí, Walt Whitman, y un largo etcétera se darán cita en este texto.
Como otra víctima más de la represión el propio Julio Grecco es recordado por José Galván:
cayó en combate un día de estos tiempos/
ese día las mujeres se enojaron con Dios/
con los pechos furiosos golpeaban contra los aujeritos
por donde julio se estaba yendo de aquí/
(“Otro tango”, p. 394)
Serán los poemas de Julio Grecco los que ofrezcan un aire completamente nuevo a la lírica del poeta argentino. Con un tono muy próximo a la narrativa, con abundante uso de la anécdota intercalada abruptamente en la trama del poema, y con una poesía sencilla e inmediata, nuestro autor logrará enamorar al lector y devolver la alegría perdida a sus versos. Da la sensación de que este Julio Grecco nada tiene que ver con el Gelman del exilio. Una imaginación desbordante, con numerosas imágenes irracionales, puebla casi la totalidad de los textos de este heterónimo, pasando a ser el amor y la poesía los grandes protagonistas de su universo literario, mientras las referencias sociopolíticas disminuyen en gran medida, aunque no desaparecen.
“Sobre la poesía”, “Siempre la poesía” y “La poesía otra vez” constituyen una verdadera poética del escritor argentino.
En el primero de ellos, indudablemente uno de sus textos más querido por los lectores, una anécdota fantástica como la de “tío Juan”, muerto por inanición e incinerado mientras cantaba “pío-pío”, le sirve al autor para definir a la poesía como una forma de buscar el amor de los demás, en este caso de una mujer:
volviendo a la poesía/
los poetas ahora la pasan bastante mal/
nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/
el oficio perdió prestigio/para un poeta es cada día más difícil
conseguir el amor de una muchacha/
ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/
que un guerrero haga hazañas para que él las cante/
que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/
y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron las
muchachas/los almaceneros/los guerreros/los reyes/
o simplemente los poetas/
o pasaron las dos cosas y es inútil
romperse la cabeza pensando en la cuestión/
lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío
en las más raras circunstancias/
tío juan después de muerto/yo ahora
para que me quieras
( p. 420)
“Siempre la poesía” nos aporta una concepción del hecho poético muy alejado de ese supuesto don al que sólo una minoría puede acceder. El poeta ya no es un privilegiado, y la poesía es propiedad del pueblo y no de unos pocos:
más bien era uruguayo/
solamente a un uruguayo se le puede ocurrir que la poesía
debe ser hecha por todos y no por uno/
que es como decir que la tierra es de todos y no solamente
de uno/
que el sol no es de uno/
que el amor es de todos y de nadie/
como el aire/y la muerte es de todos/y la vida
no tiene dueño conocido/
(p. 426)
“La poesía otra vez” apunta esa problemática relación, de amor y odio en cierto modo, que se establece entre el poeta y la poesía. Como ocurría en el texto anterior, el aspecto social de la lírica y su conexión con la realidad es lo que prima. Al mismo tiempo se la concibe como un modo de introspección en aquellos lugares más oscuros y dolorosos de uno mismo, sin abandonar nunca esa belleza innata que reside en la esencia del hecho poético:
¿para qué me mostrás tus pechos?/¿acaso no sé
que debajo de formas/figuras/imágenes/tronos/o hermosísima
luz/
estás crucificada y das jugos?/
me seguís por la calle como si yo fuera el japonés/
(...)
me gustás porque salís a la calle/
no tenés miedo al arrabal/
caminás por el barro del alma
y en todas partes encontrás tu belleza/
(pp. 431-432)
El amor será de largo el motivo dominante de los poemas de Julio Grecco. Cabe destacar como sus dos características básicas una imaginación exuberante y un erotismo hasta ahora no cultivado en sus poemarios de exilio, no así en los de periodos anteriores. Modelos de todo ello son sus poemas “La economía es una ciencia”, “Humedades” y “La belleza de todo lo creado”:
es bien raro eso de nuestros sexos volando/
pero recuerdo ahora que cada vez que yo entraba en tu sexo
y me bañaban tus espumas purísimas con impaciencia/y
dulzura/y valor/
me parecía oír un pajarerío en el bosque de vos/
como amor encendiendo otro amor/o más/
es cierto que cada vez nuestros sexos resucitaban
y se ponían a dar vueltas entre ellos como maripositas
encandiladas por el fuego/
y se querían morir de nuevo buscando incesantemente la
libertad/
(“La economía es una ciencia”, pp. 429-430)
Encontramos asimismo dos alusiones a la Revolución Sandinista en “Mareas” y “La belleza de todo lo creado”. En los primeros años de la década de los ochenta este hecho se había convertido en el punto de referencia de la izquierda latinoamericana, por lo que es comprensible que tanto Gelman como otros muchos autores depositarán en ella sus esperanzas de nuevos procesos revolucionarios, que liberaran a sus países de las traumáticas dictaduras que estaban padeciendo:
tía adelaida
me recuerda al coronel santos lópez/
que peleó con sandino/fue derrotado/sobrevivió/
pasó 30 años limpiando su fusil con los trapitos de la
memoria/
y lo volvió a sacar cuando vino carlos fonseca amador/
el que no usó su nombre en vano/
cuando vinieron tomás borge/silvio mayorga/el cuje/germán
pomares/los del frente/
y se vio al compañero santos lópez en medio del combate/
(“La belleza de todo lo creado”, pp. 448-449)