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Poesía y Pintura de Héctor Rojas Herazo - Desatando el mastil

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CopyLeft Monografía de Julio César Goyes Narváez - 19 de Octubre de 2006
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2. Desatando el mastil

Las creencias nos marcan con sus influencias del pasado, las intenciones nos justifican diariamente como una lucha contra la autoridad pretérita y el deseo nos empuja como una barca en el sueño. Desde estos tres senderos, atravesando la cronología, rompiendo su linealidad, saltando de una pulsión a otra, de un poema último a uno inicial, en desorden, pero alerta al cruzar por un mismo territorio, parto hacia la luz de la poesía de Rojas Herazo.

Oigámoslo desatar el mástil verbal expresionista. Sintamos su tono oral, despojado, sin altisonancia y sentencioso. La voz que prorrumpe en diálogo e incita al lector de mediados de siglo (1952) a reverberar el tímpano, a registrar la cotidianidad de su desgaste y la piel de su dolor. Esta búsqueda de un nuevo escucha-lector había comenzado a darse varios años antes en algunas derivas de aire vanguardista: las experiencias sintácticas y de vocabulario, cuyo efecto rítmico era producir nuevas armonías musicales. Ejemplos de ello, son: León de Greiff (Tergiversaciones, 1925); el desenfado retórico, la sorpresa invertida de las imágenes y el humor, en la poesía de Luis Vidales (Suenan Timbres,1926)1; el reenvío a lo sagrado y a la infancia, la automirada mítica americana y el silencio recóndito de la música interior en Aurelio Arturo2 (Canción de ayer, Silencio y Vinieron mis hermanos, 1932)3. No obstante, serán los poetas (Durán, Lamus, Charry Lara, Mutis, Echavarría, Arbeláez, Obregón, Rojas Herazo) que nuclearon la revista Mito (1955-1962) quienes consolidarán la (tardía) aventura postvanguardista4, pero definitiva, que puso a tono vanguardista la poesía colombiana:

(...)
Y no nos llamen por otro nombre
            que nuestro nombre verdadero.
Oye tú -el de las posaderas correctamente derramadas
en el asiento trasero del ómnibus-
           acaso me reconoces plenamente?
o tengo un gorro y una mueca
y un ademán definitivamente innecesarios?
¡Sea! No he podido evitarlo.
Acaso sería más verdadero si me presentase a ti
y te hiciese una austera reverencia
con mi soledad fuera de sitio,
con mi risa impúdicamente derramada sobre mis dientes,
con el otro número de mi piel
y un falso espesor en mis cabellos?
Bien lo veo. Y el periódico y la fruta
discretamente escondidos bajo tu axila
Y la nariz con que olfateas las revistas
           en el puesto de la esquina.
Nada. Ya nos dieron nuestra ración de palabras
y con ellas hemos de alimentar nuestros humores.
Ponte tu nueva piel, estrena las migajas de células
que has implorado al retórico,
grita en las esquinas
y escuece tu piojo en los dormitorios de los suburbios.
¡Estamos salvados! tú lo dices
-verdaderamente tú lo estás diciendo-
y lo afirmas con el cristal de tus lentes
y la mugre de tus uñas.
¡Sea! Pero tenemos un sitio, hombre de Dios,
          recuerda que tenemos un sitio,
un verdadero sitio,
junto al perro y el ataúd de pino
y la anciana que avienta sus desperdicios a los pájaros.
   (Los flautistas cautivos. Rostro en la soledad, 1952)

En medio de la elocuente retórica que el país soportaba como sensibilidad, el discurso poético declamatorio que dibujaba piedras en el cielo y vientos de la patria en la bandera, el poeta Rojas Herazo, de Tolú (pueblo a la orilla del mar donde quedó prendada su infancia, desde la cual extrae la fuerza de su universo poético), comienza su recorrido literario en Barranquilla, donde publica sus primeros poemas en 1939. Después, en Cartagena, donde escribe para El Universal y publica el libro inicial, Rostro en la soledad, en 1951. Luego vendrán Tránsito de Caín (1953), Desde la luz preguntan por nosotros (1956), Agresión de las formas contra el ángel (1961), Señales y garabatos del habitante (1976), antología donde recoge prosa y poesía de libros anteriores y parte de los poemas que más tarde configurarán Las úlceras de Adán (1995)5. La Bogotá que encontró Rojas Herazo a mediados del siglo XX registraba cambios decisivos, a la vez que engordaba con las ilusiones desoladas de la provincia, con la miseria que dejan el rebusque y la violencia.

Jorge García Usta hace un cuadro de la época de Cartagena y sintoniza el ambiente nacional para recordarnos el estado cultural en que se encontraban las regiones:

En Cartagena, no obstante, donde Rojas continúa la labor periodística iniciada en Sábado, el reino es otro: la anacrónica alianza de modernistas agónicos, costumbristas impunes y gramatiqueros-historiadores recién salidos de un texto de Torquemada, convierten el quehacer literario en una feroz muestra de lealtad y defensa de la herencia española, definen el colonialismo ibérico como una simple y desvelada empresa de caballeros, y vigilan, daga en mano, la virginidad de la ortografía y, sobre todo, el mantenimiento de la sintaxis y otras fortalezas afines en los botellones de conservación de 5 siglos atrás. Todo eso a más de un siglo de independencia política formal (García Usta: 1994, p. 39).6

Con semejante tradición hispanizante y dogmática no se podía esperar otra cosa que un criollismo hastiado y servil. Cabe señalar que, aunque aisladas, las reacciones de poetas como De Greiff, Vidales y Arturo lentamente iban resquebrajando las preceptivas morales, estéticas y lingüísticas, hasta llegar a las manifestaciones poéticas que se dieron a través de la revista Mito y las nuevas búsquedas que de ella se desprendieron.

La nación colombiana vivió en el siglo XIX prolongadas guerras civiles, todas por la ambición del poder político, por la perpetuación de concordatos amasados desde la independencia con las sangres coloniales y la ostentación irrenunciable católico-conservadora. Tales luchas que cruzaron el siglo XIX aparecieron constantes y sonantes a principios del siglo XX. Hoy todavía se libran a nombre de los partidos políticos, la justicia social, el narcopoder, la territorialidad, la pobreza y el desempleo. En 1930, los conservadores pierden la hegemonía política y es entonces cuando el país entra en crisis. Las ideas renovadoras de los liberales, que cuestionaban y auguraban el futuro, logran algunos cambios, pero lo esencial continuó intocado hasta 1948, año en que fue asesinado el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán y los conservadores restauran el poder, añorando su pasado glorioso. Desde entonces, la sangría devastó grandes sectores sociales del país, desmoronó los ánimos civiles y frustró las aspiraciones de quienes deseaban protagonizar cambios sociales.

La “Violencia”, nombre con el que se conoce a este período, se dio fundamentalmente en el campo y las poblaciones periféricas a las ciudades, pues era allí donde estaban la lucha por la tenencia de la tierra y el modo agrario semifeudal que la mantenía. Las grandes concentraciones de propiedades en manos de unos cuantos y las incipientes, pero contradictorias, relaciones capitalistas que comenzaban a producir para el mercado causaron la “Violencia”. Los campesinos salieron huyendo de las matanzas y del cruento enfrentamiento entre partidos políticos. Se tomaron las ciudades, que crecieron hasta rebotarse en las márgenes sociales, y configuraron una nueva clase social: la del obrero, el asalariado, el paria urbano, el hombre del rebusque diario. En 1957, la irremediable decadencia continúa. Los partidos deciden reconciliarse y arman el Frente Nacional. El pacto arrojó la ilusión de que las guerras y sus consecuencias llegaban a su fin. No obstante, las relaciones sociales, en la vida misma, en la educación y en la cultura continuaba la violencia. Todo ello germinó las olas de corrupción y la crisis social en la que nos encontramos sumidos hoy los colombianos.

Una tensa calma, un desequilibrio que amenazaba lentamente las conciencias, una ausencia de guía intelectual, que estaba degenerada por la ambición o por el miedo, y unos artistas indiferentes a la realidad social, evasivos y excluyentes, es lo que encuentran poetas como Jorge Gaitán Durán, Fernando Charry Lara y Héctor Rojas Herazo, para sólo nombrar algunos. La ciudad se abre como una naranja en la sombra: una cara diurna comercial, llena de gente que deambula buscando trabajo, y otra nocturna, imaginada por prostitutas, ladrones, pordioseros, borrachos y por la bohemia intelectual que se ofrenda a la noche, pero que no se anima del todo. Con la población crecieron las necesidades; con las necesidades, la miseria; con la miseria, la soledad, y con ésta, el miedo y las preguntas ético-estéticas por el sentido de la existencia y de la muerte.

Es este ambiente social e imaginario el que hace escribir a Héctor Rojas Herazo una poesía consecuente con su tiempo. Una poesía reveladora y justiciera, pero igualmente intensa y sobrecogedora. El poeta responde a un llamado, al hondo llamado de la poesía que ha dejado los contenidos de conciencia, imprecisos y universalistas, de los modernistas rezagados y se dispone, mediante un tono contundente, con imágenes duras no acostumbradas, a narrar el “Yo” en el mundo. Los acontecimientos del hombre urbano en un “aquí” y un “ahora” concretos. La presencia del pronominal “nosotros” es uno de los síntomas que representa el desplazamiento desde una poesía interior, modernista y simbólica, que explicita la personalidad emotiva del poeta, hacia una poesía exterior que, como una cámara fotográfica, testimonia y participa.7 Rojas Herzazo configura una visión poética expresiva que fustiga la indiferencia social de forma imaginativa. Ya no es el poeta neorromántico que idealiza la patria y cree ingenuamente que al condolerse se sacrifica por los “otros”. Ahora ese dolor es asumido con toda crudeza y fealdad, con toda la ironía de alguien que vive y piensa desde, contra y para la época que le ha tocado vivir.

Autor y licencia de 'Poesía y Pintura de Héctor Rojas Herazo - Desatando el mastil'
Julio César Goyes Narváez Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/desombra.html CopyLeft
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