Presunciones sobre ética - Ética y sociedad
Monografía creado por Valentín de Pedro y Asoc.. Extraido de: http://www.gestiopolis.com/recursos/documentos/fulldocs/eco/consietica.htm
27 de Abril de 2006
Pensamiento y política
4 - Ética y sociedad
Después de esta breve introducción teórica e impersonal, que había señalado como necesaria, creo que podemos continuar, pero ya colocándonos en el centro del análisis. La cuestión es, ¿en carácter de qué nos colocaremos? : …responsables de nuestra familia?, …empleados, ...administradores de empresas?, …profesionales?, ...propietarios?. Es más, ¿podríamos hacer esta distinción?. ¿Somos solo una persona, - en el sentido externo que le daba Jung -, o un conjunto de ellas que conforman nuestra personalidad?. Y si así fuese, ¿dónde ubicamos la ética y nuestra particular inserción en el tejido social?.
Tenemos injerencias como miembros de la sociedad, en general, y dentro de ella como integrantes de nuestro entorno particular; pero también formamos parte de otros grupos: por nuestros pasatiempos pueden ser artísticos, deportivos, filantrópicos, etc.; por nuestras ideas podemos conformar algún grupo político; por nuestras creencias religiosas, alguno religioso; sin ninguna duda pertenecemos a un grupo familiar en orden ascendente o descendente; y así podríamos seguir enumerando. Pero, en cada uno de esos ámbitos, hay intereses propios, conductas particularizadas a esos intereses y, consecuentemente, referentes éticos distintos.
En todos ellos somos, o deberíamos serlo, una persona, la misma persona.
Si estamos de acuerdo, nuestros referentes han de ser comunes al ubicar nuestra actuación en la sociedad en general, en la particular que nos toca vivir, en nuestra relación con la empresa, el capital, las normas, y nuestras responsabilidades intrínsecas. Concluyamos deslizándonos por este andarivel casi deductivo, apoyados en lo expuesto.
- los referentes
Si acordamos que todas las éticas que podamos distinguir, concurren en dos: pragmática y trascendente, tendamos un puente para que, las conductas morales, vayan encuadrándose en la segunda.
El marco social, es el marco de la ética. La valoración de nuestro comportamiento se mide con relación a los impactos sobre los demás. La ética no existe sin contenido social, sin la existencia de “el otro”, y esto implica la necesidad de convivencia.
Existen estructuras condicionantes de nuestra voluntad: naturales, sociales, y legales.
Entre las naturales encontramos las conductas propias del nivel primario de la especie, basadas en el cumplimiento del ciclo "nacer-crecer-reproducirse-morir", y que son típicamente ofensivas. De hecho, llamamos "primitivo" al individuo que se comporta de una manera agresiva. Superado ese estado, por evolución genética y extrasomática, nos encontramos con conductas derivadas del estado "emocional", que, además de agresivas, suponen una serie de actitudes más complejas y evolucionadas, pero todavía ligadas a algún grado de inconsciencia. El tercer "estado", más intelectual y consciente de los comportamientos, es el que actualmente estamos desarrollando en una lucha por imponerlo sobre los anteriores.
Entre las estructuras sociales encontramos los estado paupérrimos, - calificados conscientemente como estructura -, que favorecen las actitudes basadas en los instintos primitivos, sin negar que no son una condición suficiente, y recordando la tendencia egoísta que nos mueve, encubriendo actitudes primarias como positivas, por aquello de que lo que haga al prójimo de alguna manera me lo hago, o repercutirá, sobre mí.
En orden a la estructura legal, la ética civil de convivencia se expresa como el conjunto de actos mínimos que, frente a determinadas circunstancias, necesita desarrollar el individuo, y que suelen estar establecidos en normas legales. La ética se traduce en la filosofía del derecho. Desde luego, las regulaciones que obligan a determinadas actitudes y comportamientos no tienen, necesariamente, como referente, a la ética de la sociedad, a la ética colectiva; las normas responden a necesidades de desarrollo de las mayorías dentro de una sociedad democrática, o a las de grupos de poder dentro de ésta.
La distinta preeminencia de cada una de las estructuras condicionantes señaladas explican, en parte, la tendencia hacia distintas conductas en cada uno de nosotros, y aún, la contradicción personal en los comportamientos cotidianos.
Por otra parte, justamente por ser condicionantes, no hacen a la ética como recopiladora o referente de conductas libremente decididas.
La estructura genética nos induce a conductas básicas, pero no es suficiente para ordenar las superestructuras acumuladas. Necesita de nuestra ayuda. Hemos alcanzado la libertad de cambiar, de luchar contra las estructuras primitivas, y la evolución requiere que lo hagamos. La falta de comportamiento adecuado que pontifique las relaciones pragmáticas con las trascendentes, puede hacer desaparecer la especie humana, o provocar su involución total, o parcial: concluir en una concentración del poder económico e intelectual que corte, a la mayoría, los vínculos con la información extrasomática, perfilando una sociedad esclava de los intereses de ese poder.
Podemos reconocer la potencialidad del hombre en su preocupación por una convivencia armónica, pero es muy importante estar atentos para evitar los arranques primitivos y emotivos que se traducen en conductas agresivas o depresivas, que tienden a desbordarnos, sobre todo cuando actuamos junto a otros hombres.
Socialmente, podemos acordar que es muy difícil reflexionar en estado de pauperización. La ética trascendente solo puede crearse, sostenerse, con necesidades básicas satisfechas. En línea con este objetivo, parece importante cambiar la cosificación por la identidad, como una forma de cambiar el marco social en que vivimos. Los estados paupérrimos favorecen las actitudes basadas en los instintos primitivos. La ley no es suficiente, o no se necesitarían instituciones que vigilen y penalicen su incumplimiento, como la policía y los jueces. Las conductas derivadas del temor no crean ambientes socialmente éticos.
Toda actitud que conduzca a perfeccionar nuestro grado de convivencia, es válida. Toda creencia religiosa, o especulación científica que la fundamente, tiene que ser bienvenida. Los niveles son distintos, los caminos son varios. Es tan válido luchar por una relación armónica creyendo en la evolución de la especie, - nuestra existencia es la inmortalidad de nuestros antepasados -, como por creer en la retribución moral de un ser superior. Es aceptable cualquier impulso que motive actos morales, aunque debamos preocuparnos por las formas que asuman y los egoísmos implícitos.
Las conductas deben derivarse de la reflexión acerca de la convivencia, y de las causas que hace necesario el respeto al prójimo. Es cierto que existe un grado distinto de evolución en cada uno, que nos lleva a distintas conclusiones en nuestras reflexiones, pero tenemos una historia, un conocimiento, y una memoria común, que pueden conformar esas bases, apoyados en el "tercer estado" que definíamos en la éticobiologia como intelectual y consciente, o respaldados en sistemas de fe que nos confían una inmortalidad anidada en principios religiosos.
Hemos evolucionado suficiente para darnos cuenta de la libertad que poseemos para construir y elegir algunos caminos alternativos. Ya ha comenzado a ser relevante lo que nosotros podemos hacer para alterar la conformación y determinismo, que nos han sido dados.
- la sociedad
Desde el punto de vista de conjunto humano organizado, contiene a grupos, y estos a individuos, sin que el grupo sea la sumatoria de los individuos que lo componen, como tampoco las sociedades son la sumatoria de grupos. Cada una de las categorías trasciende la simple agregación, para tener identidad propia, y configurar relaciones sociales internas y con las otras categorías, ya sea que las comprendan o estén comprendidas. Y, en consecuencia, en lo que nos atañe, tenemos, o podemos tener, éticas distintas que crean situaciones conflictivas entre nuestros intereses como individuos del mismo grupo, y con los de otro; a su vez, seguramente, nuestra asociación puede tener comportamientos, y referentes de los mismos, contrapuestos a los de otros grupos, y a los de la sociedad que conforman.
Asumamos la existencia de conductas morales coexistentes y conflictivas, cuya regulación es preocupación de las distintas jerarquías sociales, y cuyo éxito depende de distintos factores, según sea el representante que opine.
Para algunos, la conciencia colectiva, si se la puede catalogar como jerarquía, es el freno a las actitudes individuales que perjudican al conjunto de la sociedad.
Para otros, lo es la cultura ética, despegada de dogmas filosóficos o religiosos, fortaleciendo las convicciones morales.
Hay quien afirma que únicamente se puede imponer una ética fundada en la fe, en un dios, ya que tiene mas sustento que la fundada en el hombre, aún aceptando que podemos ser éticos por el principio de razón suficiente.
Legalmente, decidir cuales son las normas morales que deben prevalecer entre los intereses en conflicto, es una cuestión política. El legislador traduce a leyes esa decisión, y conforma un ordenamiento jurídico que respalde a las instituciones encargadas de imponerla. Esta es la tarea del estado.
El problema se complica con la globalización, contenedora, adicionadora, y amplificadora de conflictos sociales. La fragmentación del saber, la hiperespecialización, nos hace perder de vista los resultados. Estudiamos una carrera, dentro de ella nos especializamos en algo y, aún así, la cantidad y velocidad de la información nos obliga a dedicarnos a una rama de esa especialización. Formamos parte de una cadena de montaje, sin tener muy claro lo que terminamos de ayudar a producir, al final de la línea.
La globalización nos urge a plantear la necesidad de una ética mundial. Los esfuerzos se están haciendo. En septiembre de 1993 tuvo lugar, en Chicago, la Asamblea del Parlamento de las Religiones del Mundo, que elaboró una "Declaración de ética mundial". El esfuerzo es ejemplar si no se soslaya la imposibilidad de adoptar principios religiosos o filosóficos mundiales, únicos, que le sirvan de marco. No se puede pretender que todos sean upasakanas, católicos, o kantianos.
Necesitamos encontrar un clima común de convivencia independientemente de cualquier principio religioso o filosófico, que permita el establecimiento de un común denominador moral, o, si prefieren, observemos cuales son las actitudes morales comunes y construyamos ese marco ético. Después de todo, navegamos juntos en este pequeño planeta Tierra.
El tema no es fácil. Cuando se quiere generalizar una norma, hay que luchar, al menos, con dos frentes: las propias convicciones, - en beneficio de la mayoría -, y las presiones externas. Pero, hay un factor común mundial, además de todos los antropológicos, que podría ayudar en el intento, y es estar conviviendo en una sociedad capitalista.
- el capital
El capitalismo no escapa al común denominador de todas las doctrinas económicas: el anhelo de lograr el bienestar de la población. Las controversias comienzan cuando hay que decidir el medio para lograrlo, de las que no escapa este sistema que nos toca transitar. Por ello, para que el capital no pierda de vista el objetivo mencionado, es necesario preocuparse de los referentes éticos que guíen las medidas económicas.
El tema no pasa por las definiciones acerca del capital, - además de que nuestro objetivo es reflexionar sobre ética y no sobre economía -, sino dónde lo colocamos en nuestra escala de valores. Duby nos recuerda que en la Europa del siglo XV se inició la marginación de los pobres, y la "riqueza se convirtió en sinónimo de virtud"[12], y de allí, quizás, surge la admiración hacia el que triunfa económicamente, valorizando los resultados en relación directamente proporcional a la ganancia monetaria obtenida. Entonces, es importante construir un estado de alerta para no trastocar los fines con los medios, no olvidar que la ganancia, la acumulación de capital, es el vehículo para lograr el bienestar del hombre, en general, no en particular del dueño del mismo, que sí debe tener, desde luego, su rédito
Consigamos compatibilizar el fin del capital, con el de la ética. Esta relación no puede pensarse en términos ideales, sino pragmáticos, asumiendo vivir en un mundo de circunstancias cotidianas, pero, concibiendo el pragmatismo en términos filosóficos, que “basa el criterio de la verdad del conocimiento en la utilidad, en la finalidad y en la acción”, y no en teorías que consideran “la utilidad como criterio de verdad”.
Nosotros sabemos muy bien que, el capitalismo, ha perfilado dos sujetos, u objetos, de características peculiares, abstractas e iconográficas: el "homo oeconomicus", y el “saldo de caja de hoy”. El primero es la imagen de un hombre absolutamente racional, que actúa en beneficio de sus intereses económicos, y ello debería traducirse en el beneficio del resto de la población; el segundo, es la prioridad para tomar medidas económicas independientemente de su impacto sobre la humanidad, aun a costa de cualquier intento de planes socioeconómicos para el futuro. Ambos de han convertido en referentes obligados para los que deciden cómo llegar a lograr el bienestar del hombre, aún a expensas de la ausencia de valores fundamentales en su concepción. Urge empezar a iconizar un "homo oeticus", inventando una voz latina para contraponerla a la anterior, - "homo oeconomicus" -, y se me ocurre que, el medio para ello, es la entidad sobre la que basa su curso de acción el capitalismo: la empresa.
- la empresa
Creo que nadie duda, ni critica, que el fin del capital es obtener ganancias. Pero, junto a ese fin, se instalan dos conceptos: que el éxito se mide por los resultados, y que las decisiones empresarias deben orientarse a lograr la mayor eficiencia en las operaciones, o productividad. Cuando estos componentes interactúan entre sí, sin comprometer ningún otro valor, se produce el vacío ético. Es casi comprensible, no aceptable, que se actúe así, cuando la acumulación de ganancias es un camino para obtener espacios de poder, los que retroalimentan y "justifican" las prácticas no muy leales de la producción, y se actúa en un contexto donde operan mecanismos generalizados de impunidad, en los que vence el más fuerte, no necesariamente, el más correcto. Una encuesta Gallup, efectuada en septiembre de 1996, y que creo vigente, estableció que “el 58% de los argentinos pensaba que ser una persona honesta no servía, en el país, para alcanzar el éxito.”[13]
La responsabilidad de instalar, o mantener, los valores éticos en las empresas, es de los niveles de conducción que están en la punta de la pirámide de la estructura organizativa. Las actitudes que se tengan se derraman sobre el resto de las personas que la integran; son imitadas, crean climas de seguridad, o inseguridad y, en definitiva, marcan el ambiente de control que tiene mucho que ver con la vida de la empresa. Podemos tener un aliado en el propio capital cuando, afectado por el vacío ético, concluya que necesita de comportamientos éticos para poder protegerse de los que atentan contra él, por contagio, cuando actúa deshumanizadamente.[14]
Centremos el enfoque en las personas: las empresas tienen los fines que desean sus socios mayoritarios. El capital y la empresa no tienen adjetivos calificativos. No son buenos ni malos. El capital no es inhumano, puede serlo el capitalista; a la "empresa" que le falta ética, no le falta en sí misma, sino por la conducta de sus administradores.
El profesional que se desempeña en las empresas puede liderar la instalación de actitudes morales dentro de ellas. Seguramente se les van a ocurrir muchas formas. Una de ellas es considerar, en las evaluaciones del personal, variables que midan sus valores éticos y, en forma concurrente, lograr un corredor ético entre las empresas y sus accionistas.
¿Cuál es nuestra pretensión, en general?. ¿Cuál es nuestra escala de valores?. O, como ya nos preguntamos, ¿tenemos conductas morales diferentes según el ámbito en que actuamos?. Es probable que nuestro desempeño, esté muy ligado a nuestra responsabilidad ética como integrantes del núcleo familiar.
- la familia
La relación entre nuestra conducta como miembros de la familia y como sostenes económicos de la misma, es que, la segunda función, es una condición necesaria para la primera. Si somos responsables del futuro de la familia desde una concepción éticobiológica, o emotiva, el trabajo es una necesidad para ese fin, salvo que, por fortuna, fuésemos ricos. Es decir que, si nuestra prioridad es la familia, podríamos justificar, según las circunstancias, no ser éticos en otros ámbitos, porque debemos serlo en este.
Desde luego este no es un análisis de casos patológicos. No se trata de justificar, simplemente, todos los actos inhumanos o delictivos. Pero, esta relación entre la supervivencia de la familia y la necesidad de trabajar se contempla, cada vez menos, en el análisis estadístico entre el aumento de la delincuencia y la baja del ingreso en determinados sectores, sin dejar de observar que, las actitudes inmorales para lograr ingresos pecuniarios, no son privativas de las personas de menores recursos, caso contrario no nos hubiésemos preocupado de la ética del capital.
El ansia de poder, que ya señalamos, se une, en forma concurrente o paralela, a otro fenómeno: la cosificación, donde convertimos a otras personas, o somos convertidos, en objetos. ¿Cuál es el límite de la necesidad propia que justifique determinadas conductas?.¿Cuál es el límite ético, en la posesión de cosas?.
Actuar deshumanizadamente en un ámbito, por que debo ser ético en otro; justificar la falta de ética, como capitalistas, simples trabajadores, o profesionales, - administrando empresas, o actuando en forma independiente -, porque tenemos como prioridad a la familia, es una razón que debemos resistir. Si no lo hacemos, justificaríamos, también, la postergación de la familia, en beneficio propio, porque “si yo no existo”, o “no estoy bien”, “no los puedo proteger”. Es como seguir, en la vida, el consejo de la azafata en los aviones: uno debe ponerse la máscara de oxígeno primero para poder ponérsela, después, a los niños.
Es necesario que seamos muy cuidadosos, y en lo posible, optemos por rechazar conductas de deshumanización presentes, basadas en el bienestar futuro.
Tenemos injerencias como miembros de la sociedad, en general, y dentro de ella como integrantes de nuestro entorno particular; pero también formamos parte de otros grupos: por nuestros pasatiempos pueden ser artísticos, deportivos, filantrópicos, etc.; por nuestras ideas podemos conformar algún grupo político; por nuestras creencias religiosas, alguno religioso; sin ninguna duda pertenecemos a un grupo familiar en orden ascendente o descendente; y así podríamos seguir enumerando. Pero, en cada uno de esos ámbitos, hay intereses propios, conductas particularizadas a esos intereses y, consecuentemente, referentes éticos distintos.
En todos ellos somos, o deberíamos serlo, una persona, la misma persona.
Si estamos de acuerdo, nuestros referentes han de ser comunes al ubicar nuestra actuación en la sociedad en general, en la particular que nos toca vivir, en nuestra relación con la empresa, el capital, las normas, y nuestras responsabilidades intrínsecas. Concluyamos deslizándonos por este andarivel casi deductivo, apoyados en lo expuesto.
- los referentes
Si acordamos que todas las éticas que podamos distinguir, concurren en dos: pragmática y trascendente, tendamos un puente para que, las conductas morales, vayan encuadrándose en la segunda.
El marco social, es el marco de la ética. La valoración de nuestro comportamiento se mide con relación a los impactos sobre los demás. La ética no existe sin contenido social, sin la existencia de “el otro”, y esto implica la necesidad de convivencia.
Existen estructuras condicionantes de nuestra voluntad: naturales, sociales, y legales.
Entre las naturales encontramos las conductas propias del nivel primario de la especie, basadas en el cumplimiento del ciclo "nacer-crecer-reproducirse-morir", y que son típicamente ofensivas. De hecho, llamamos "primitivo" al individuo que se comporta de una manera agresiva. Superado ese estado, por evolución genética y extrasomática, nos encontramos con conductas derivadas del estado "emocional", que, además de agresivas, suponen una serie de actitudes más complejas y evolucionadas, pero todavía ligadas a algún grado de inconsciencia. El tercer "estado", más intelectual y consciente de los comportamientos, es el que actualmente estamos desarrollando en una lucha por imponerlo sobre los anteriores.
Entre las estructuras sociales encontramos los estado paupérrimos, - calificados conscientemente como estructura -, que favorecen las actitudes basadas en los instintos primitivos, sin negar que no son una condición suficiente, y recordando la tendencia egoísta que nos mueve, encubriendo actitudes primarias como positivas, por aquello de que lo que haga al prójimo de alguna manera me lo hago, o repercutirá, sobre mí.
En orden a la estructura legal, la ética civil de convivencia se expresa como el conjunto de actos mínimos que, frente a determinadas circunstancias, necesita desarrollar el individuo, y que suelen estar establecidos en normas legales. La ética se traduce en la filosofía del derecho. Desde luego, las regulaciones que obligan a determinadas actitudes y comportamientos no tienen, necesariamente, como referente, a la ética de la sociedad, a la ética colectiva; las normas responden a necesidades de desarrollo de las mayorías dentro de una sociedad democrática, o a las de grupos de poder dentro de ésta.
La distinta preeminencia de cada una de las estructuras condicionantes señaladas explican, en parte, la tendencia hacia distintas conductas en cada uno de nosotros, y aún, la contradicción personal en los comportamientos cotidianos.
Por otra parte, justamente por ser condicionantes, no hacen a la ética como recopiladora o referente de conductas libremente decididas.
La estructura genética nos induce a conductas básicas, pero no es suficiente para ordenar las superestructuras acumuladas. Necesita de nuestra ayuda. Hemos alcanzado la libertad de cambiar, de luchar contra las estructuras primitivas, y la evolución requiere que lo hagamos. La falta de comportamiento adecuado que pontifique las relaciones pragmáticas con las trascendentes, puede hacer desaparecer la especie humana, o provocar su involución total, o parcial: concluir en una concentración del poder económico e intelectual que corte, a la mayoría, los vínculos con la información extrasomática, perfilando una sociedad esclava de los intereses de ese poder.
Podemos reconocer la potencialidad del hombre en su preocupación por una convivencia armónica, pero es muy importante estar atentos para evitar los arranques primitivos y emotivos que se traducen en conductas agresivas o depresivas, que tienden a desbordarnos, sobre todo cuando actuamos junto a otros hombres.
Socialmente, podemos acordar que es muy difícil reflexionar en estado de pauperización. La ética trascendente solo puede crearse, sostenerse, con necesidades básicas satisfechas. En línea con este objetivo, parece importante cambiar la cosificación por la identidad, como una forma de cambiar el marco social en que vivimos. Los estados paupérrimos favorecen las actitudes basadas en los instintos primitivos. La ley no es suficiente, o no se necesitarían instituciones que vigilen y penalicen su incumplimiento, como la policía y los jueces. Las conductas derivadas del temor no crean ambientes socialmente éticos.
Toda actitud que conduzca a perfeccionar nuestro grado de convivencia, es válida. Toda creencia religiosa, o especulación científica que la fundamente, tiene que ser bienvenida. Los niveles son distintos, los caminos son varios. Es tan válido luchar por una relación armónica creyendo en la evolución de la especie, - nuestra existencia es la inmortalidad de nuestros antepasados -, como por creer en la retribución moral de un ser superior. Es aceptable cualquier impulso que motive actos morales, aunque debamos preocuparnos por las formas que asuman y los egoísmos implícitos.
Las conductas deben derivarse de la reflexión acerca de la convivencia, y de las causas que hace necesario el respeto al prójimo. Es cierto que existe un grado distinto de evolución en cada uno, que nos lleva a distintas conclusiones en nuestras reflexiones, pero tenemos una historia, un conocimiento, y una memoria común, que pueden conformar esas bases, apoyados en el "tercer estado" que definíamos en la éticobiologia como intelectual y consciente, o respaldados en sistemas de fe que nos confían una inmortalidad anidada en principios religiosos.
Hemos evolucionado suficiente para darnos cuenta de la libertad que poseemos para construir y elegir algunos caminos alternativos. Ya ha comenzado a ser relevante lo que nosotros podemos hacer para alterar la conformación y determinismo, que nos han sido dados.
- la sociedad
Desde el punto de vista de conjunto humano organizado, contiene a grupos, y estos a individuos, sin que el grupo sea la sumatoria de los individuos que lo componen, como tampoco las sociedades son la sumatoria de grupos. Cada una de las categorías trasciende la simple agregación, para tener identidad propia, y configurar relaciones sociales internas y con las otras categorías, ya sea que las comprendan o estén comprendidas. Y, en consecuencia, en lo que nos atañe, tenemos, o podemos tener, éticas distintas que crean situaciones conflictivas entre nuestros intereses como individuos del mismo grupo, y con los de otro; a su vez, seguramente, nuestra asociación puede tener comportamientos, y referentes de los mismos, contrapuestos a los de otros grupos, y a los de la sociedad que conforman.
Asumamos la existencia de conductas morales coexistentes y conflictivas, cuya regulación es preocupación de las distintas jerarquías sociales, y cuyo éxito depende de distintos factores, según sea el representante que opine.
Para algunos, la conciencia colectiva, si se la puede catalogar como jerarquía, es el freno a las actitudes individuales que perjudican al conjunto de la sociedad.
Para otros, lo es la cultura ética, despegada de dogmas filosóficos o religiosos, fortaleciendo las convicciones morales.
Hay quien afirma que únicamente se puede imponer una ética fundada en la fe, en un dios, ya que tiene mas sustento que la fundada en el hombre, aún aceptando que podemos ser éticos por el principio de razón suficiente.
Legalmente, decidir cuales son las normas morales que deben prevalecer entre los intereses en conflicto, es una cuestión política. El legislador traduce a leyes esa decisión, y conforma un ordenamiento jurídico que respalde a las instituciones encargadas de imponerla. Esta es la tarea del estado.
El problema se complica con la globalización, contenedora, adicionadora, y amplificadora de conflictos sociales. La fragmentación del saber, la hiperespecialización, nos hace perder de vista los resultados. Estudiamos una carrera, dentro de ella nos especializamos en algo y, aún así, la cantidad y velocidad de la información nos obliga a dedicarnos a una rama de esa especialización. Formamos parte de una cadena de montaje, sin tener muy claro lo que terminamos de ayudar a producir, al final de la línea.
La globalización nos urge a plantear la necesidad de una ética mundial. Los esfuerzos se están haciendo. En septiembre de 1993 tuvo lugar, en Chicago, la Asamblea del Parlamento de las Religiones del Mundo, que elaboró una "Declaración de ética mundial". El esfuerzo es ejemplar si no se soslaya la imposibilidad de adoptar principios religiosos o filosóficos mundiales, únicos, que le sirvan de marco. No se puede pretender que todos sean upasakanas, católicos, o kantianos.
Necesitamos encontrar un clima común de convivencia independientemente de cualquier principio religioso o filosófico, que permita el establecimiento de un común denominador moral, o, si prefieren, observemos cuales son las actitudes morales comunes y construyamos ese marco ético. Después de todo, navegamos juntos en este pequeño planeta Tierra.
El tema no es fácil. Cuando se quiere generalizar una norma, hay que luchar, al menos, con dos frentes: las propias convicciones, - en beneficio de la mayoría -, y las presiones externas. Pero, hay un factor común mundial, además de todos los antropológicos, que podría ayudar en el intento, y es estar conviviendo en una sociedad capitalista.
- el capital
El capitalismo no escapa al común denominador de todas las doctrinas económicas: el anhelo de lograr el bienestar de la población. Las controversias comienzan cuando hay que decidir el medio para lograrlo, de las que no escapa este sistema que nos toca transitar. Por ello, para que el capital no pierda de vista el objetivo mencionado, es necesario preocuparse de los referentes éticos que guíen las medidas económicas.
El tema no pasa por las definiciones acerca del capital, - además de que nuestro objetivo es reflexionar sobre ética y no sobre economía -, sino dónde lo colocamos en nuestra escala de valores. Duby nos recuerda que en la Europa del siglo XV se inició la marginación de los pobres, y la "riqueza se convirtió en sinónimo de virtud"[12], y de allí, quizás, surge la admiración hacia el que triunfa económicamente, valorizando los resultados en relación directamente proporcional a la ganancia monetaria obtenida. Entonces, es importante construir un estado de alerta para no trastocar los fines con los medios, no olvidar que la ganancia, la acumulación de capital, es el vehículo para lograr el bienestar del hombre, en general, no en particular del dueño del mismo, que sí debe tener, desde luego, su rédito
Consigamos compatibilizar el fin del capital, con el de la ética. Esta relación no puede pensarse en términos ideales, sino pragmáticos, asumiendo vivir en un mundo de circunstancias cotidianas, pero, concibiendo el pragmatismo en términos filosóficos, que “basa el criterio de la verdad del conocimiento en la utilidad, en la finalidad y en la acción”, y no en teorías que consideran “la utilidad como criterio de verdad”.
Nosotros sabemos muy bien que, el capitalismo, ha perfilado dos sujetos, u objetos, de características peculiares, abstractas e iconográficas: el "homo oeconomicus", y el “saldo de caja de hoy”. El primero es la imagen de un hombre absolutamente racional, que actúa en beneficio de sus intereses económicos, y ello debería traducirse en el beneficio del resto de la población; el segundo, es la prioridad para tomar medidas económicas independientemente de su impacto sobre la humanidad, aun a costa de cualquier intento de planes socioeconómicos para el futuro. Ambos de han convertido en referentes obligados para los que deciden cómo llegar a lograr el bienestar del hombre, aún a expensas de la ausencia de valores fundamentales en su concepción. Urge empezar a iconizar un "homo oeticus", inventando una voz latina para contraponerla a la anterior, - "homo oeconomicus" -, y se me ocurre que, el medio para ello, es la entidad sobre la que basa su curso de acción el capitalismo: la empresa.
- la empresa
Creo que nadie duda, ni critica, que el fin del capital es obtener ganancias. Pero, junto a ese fin, se instalan dos conceptos: que el éxito se mide por los resultados, y que las decisiones empresarias deben orientarse a lograr la mayor eficiencia en las operaciones, o productividad. Cuando estos componentes interactúan entre sí, sin comprometer ningún otro valor, se produce el vacío ético. Es casi comprensible, no aceptable, que se actúe así, cuando la acumulación de ganancias es un camino para obtener espacios de poder, los que retroalimentan y "justifican" las prácticas no muy leales de la producción, y se actúa en un contexto donde operan mecanismos generalizados de impunidad, en los que vence el más fuerte, no necesariamente, el más correcto. Una encuesta Gallup, efectuada en septiembre de 1996, y que creo vigente, estableció que “el 58% de los argentinos pensaba que ser una persona honesta no servía, en el país, para alcanzar el éxito.”[13]
La responsabilidad de instalar, o mantener, los valores éticos en las empresas, es de los niveles de conducción que están en la punta de la pirámide de la estructura organizativa. Las actitudes que se tengan se derraman sobre el resto de las personas que la integran; son imitadas, crean climas de seguridad, o inseguridad y, en definitiva, marcan el ambiente de control que tiene mucho que ver con la vida de la empresa. Podemos tener un aliado en el propio capital cuando, afectado por el vacío ético, concluya que necesita de comportamientos éticos para poder protegerse de los que atentan contra él, por contagio, cuando actúa deshumanizadamente.[14]
Centremos el enfoque en las personas: las empresas tienen los fines que desean sus socios mayoritarios. El capital y la empresa no tienen adjetivos calificativos. No son buenos ni malos. El capital no es inhumano, puede serlo el capitalista; a la "empresa" que le falta ética, no le falta en sí misma, sino por la conducta de sus administradores.
El profesional que se desempeña en las empresas puede liderar la instalación de actitudes morales dentro de ellas. Seguramente se les van a ocurrir muchas formas. Una de ellas es considerar, en las evaluaciones del personal, variables que midan sus valores éticos y, en forma concurrente, lograr un corredor ético entre las empresas y sus accionistas.
¿Cuál es nuestra pretensión, en general?. ¿Cuál es nuestra escala de valores?. O, como ya nos preguntamos, ¿tenemos conductas morales diferentes según el ámbito en que actuamos?. Es probable que nuestro desempeño, esté muy ligado a nuestra responsabilidad ética como integrantes del núcleo familiar.
- la familia
La relación entre nuestra conducta como miembros de la familia y como sostenes económicos de la misma, es que, la segunda función, es una condición necesaria para la primera. Si somos responsables del futuro de la familia desde una concepción éticobiológica, o emotiva, el trabajo es una necesidad para ese fin, salvo que, por fortuna, fuésemos ricos. Es decir que, si nuestra prioridad es la familia, podríamos justificar, según las circunstancias, no ser éticos en otros ámbitos, porque debemos serlo en este.
Desde luego este no es un análisis de casos patológicos. No se trata de justificar, simplemente, todos los actos inhumanos o delictivos. Pero, esta relación entre la supervivencia de la familia y la necesidad de trabajar se contempla, cada vez menos, en el análisis estadístico entre el aumento de la delincuencia y la baja del ingreso en determinados sectores, sin dejar de observar que, las actitudes inmorales para lograr ingresos pecuniarios, no son privativas de las personas de menores recursos, caso contrario no nos hubiésemos preocupado de la ética del capital.
El ansia de poder, que ya señalamos, se une, en forma concurrente o paralela, a otro fenómeno: la cosificación, donde convertimos a otras personas, o somos convertidos, en objetos. ¿Cuál es el límite de la necesidad propia que justifique determinadas conductas?.¿Cuál es el límite ético, en la posesión de cosas?.
Actuar deshumanizadamente en un ámbito, por que debo ser ético en otro; justificar la falta de ética, como capitalistas, simples trabajadores, o profesionales, - administrando empresas, o actuando en forma independiente -, porque tenemos como prioridad a la familia, es una razón que debemos resistir. Si no lo hacemos, justificaríamos, también, la postergación de la familia, en beneficio propio, porque “si yo no existo”, o “no estoy bien”, “no los puedo proteger”. Es como seguir, en la vida, el consejo de la azafata en los aviones: uno debe ponerse la máscara de oxígeno primero para poder ponérsela, después, a los niños.
Es necesario que seamos muy cuidadosos, y en lo posible, optemos por rechazar conductas de deshumanización presentes, basadas en el bienestar futuro.
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