El hecho de que una narración tenga un carácter temporal no implica que se tengan que narrar los hechos siguiendo necesariamente su orden temporal real. En realidad el narrador opta por mantener o alterar el orden lógico-temporal de los hechos por factores prácticos o estéticos; especialmente mediante:
- Los saltos temporales hacia atrás -analepsis y flashbacks-, imprescindibles para aclarar situaciones presentes. Hay curiosos tipos de tipos de flashesback: el de tipo puzzle, se usa para reconstruir un hecho pasado desde diversos puntos de vista –por ejemplo, de diversos testigos de un juicio respecto a un mismo asesinato o que aclaran el pasado de un personaje como en Ciudadano Kane, de Orson Welles, o La condesa descalza, de Mankiewicz-: los testimonios pueden complementarse o contradecirse, aumentando la intriga. Un flashback desenlace puede situarse al principio del film porque la misión de éste es esclarecer cómo se ha llegado a ese estado. Igualmente, puede darse un flashback físico: es decir, fantasiosamente, el personaje se pasea en carne y hueso por su pasado, como en Annie Hall, de Woody Allen, donde el protagonista, ya maduro, se introduce en el aula de su niñez con sus compañeros aún niños. Por último, un flashback traumático puede aparecer, relampagueante, para que el espectador sepa cuáles son las motivaciones psicoanalíticas que llevan al personaje a realizar algo: por ejemplo, un asesino que fue maltratado de pequeño, como en A sangre fría, de Nicholas Ray.
- Los saltos hacia delante –prolepsis-, como en La última tentación de Cristo, de Scorsesse, donde una buena parte de la película transcurre en un futuro hipotético en el que Jesús renunciara a redimir a la humanidad con su muerte. Cuando realizamos un flashback o una prolepsis, debemos de marcarlo gráficamente, de modo que el espectador sepa que se ha distanciado respecto al eje temporal de la trama, o bien aclararlo posteriormente, pues el espectador entiende, si no se le avisa, que una escena es posterior en el mismo tiempo a la que le antecedió.
- El inicio in media res-es decir, ya avanzada la historia- y las lagunas temporales.
- Los finales truncos, que no terminan de contar la historia en sí misma y dejan el final abierto.
Por otra parte, hay varias maneras de expresar el paso del tiempo:
El cambio en las personas, paisajes y cosas: el envejecimiento y cambios de actitud en las personas, la caída de la noche, el amanecer, los letreros –para largos lapsos: Berlín, veintidós años más tarde-, el calendario que se deshoja, el proceso de llenado de un cenicero, el vaciado de una botella,... También se puede hacer que los personajes, discretamente, hagan referencia a ello: p. ej., una escena finaliza: No sé si esta noche iré contigo al cine y la otra se inicia con la pareja comprando las entradas del cine. No hay que olvidar este tipo de recursos pues, lógicamente, el tiempo de la historia no coincide con el de la duración de la obra, salvo en casos contados como La soga, de Hitchcock, que se desarrolla en un piso neoyorquino el tiempo que dura la película: unas dos horas.
Igualmente, podemos utilizar el montaje-secuencia para indicar el paso del tiempo: se trata de una secuencia construida con planos de corta duración que, dinámicamente y normalmente sin diálogos, narran el paso del tiempo: los días de una pareja feliz, la construcción de un edificio, el trayecto de un viaje,...
En general, la correspondencia entre un guión y su paso a la película se establece entre cuarenta y cinco segundos y minuto y medio por página, como convención. De ahí que el guionista deba ser preciso y breve en sus acotaciones y no caer en la tentación de ejercer de narrador, como si de una novela se tratara: p.ej., El guardián se dirige lentamente a la puerta.