



Antes de cerrar este artículo, y para que lo que antecede no se malinterprete, no vendrá mal recordar una anécdota unamuniana, que dedicamos, directamente, al autor de La Fiesta del Chivo, e, irónicamente, a su casa editorial.
El bailaor y pintor Vicente Escudero, que acababa de escribir La pintura que baila, le comentaba a Unamuno los problemas ortográficos que se le presentaban; a lo que éste le contestó: "Verá usted, Escudero, en realidad la ortografía es solamente un estorbo. Usted tiene cosas más importantes de que preocuparse" (Rodrigo 1984: 264).
A punto de terminar este trabajo, me topo, en un texto de Unamuno (1947: 138), con un párrafo que, por encontrado y no buscado, parece destinado a ser incluido aquí a modo de cierre:
Porque el homenaje más digno que a un publicista [o a un escritor] se le puede hacer, el único verdaderamente digno, es leerle y estudiarle, aunque sea para rebatirle. La refutación honrada es un nobilísimo tributo.
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