Proyección del humanismo tecnológico - Hacia una utopía poética
3 - Hacia una utopía poética
¿Por qué utopía?
El sentido de la gran metáfora -metáfora latinoamericana al menos- que somos es pensarnos en la dimensión de futuro; rescatar el valor movilizador de la utopía, en cuanto integrador de todo discurso de futuro, puesto que el pensamiento social latinoamericano, en cuanto proceso de conciencia para sí, ha estado signado por una tradición utópica significativa.
En este sentido, para Yohanka León del Río: ”Si nos ubicamos desde lo que conocemos como América Latina: un gran mosaico étnico, social y político, y lo tomamos como una totalidad concreta construida y constituyéndose en el curso de una polémica y controvertida historia, y su expresión en el pensamiento social, podemos determinar dos formas generales y centrales, dos figuras, en las que se ha expresado la utopía al interior de este pensamiento, las que han estado y son subyacentes a la complicada conformación y evolución de las sociedades latinoamericanas: La utopía de la unidad latinoamericana y la utopía de la liberación latinoamericana. La utopía de la unidad latinoamericana: Es el ideal que define el sentido de América Latina a partir de su unidad como una sociedad identificable en su identidad (lingüística, religiosa, cultural e histórica) y es el medio eficaz para enfrentar a las fuerzas foráneas, agresivas y destructoras, históricamente identificadas como la colonia española y hoy la presencia económica del capital norteamericano. Es el sueño de una gran comunidad de pueblos unida por el espíritu de la libertad y en el cual la diversidad de razas y culturas haga olvidar todo odio entre naciones al ser el sedimento donde crezca la convivencia humana... La utopía de la liberación: Otra figura que adopta la utopía en América Latina es la utopía de la liberación. Ella ha caracterizado básicamente todo el pensamiento y la acción social y política en las diferentes etapas de la historia de América Latina. La liberación como ideal, horizonte de sentido de la praxis y la teoría, se ha visto como proceso de humanización general del hombre latinoamericano desde el plano político, económico, cultural y espiritual. Esta utopía ha encontrado diferentes mediaciones en proyectos de emancipación tanto de las estructuras sociopolíticas, como del pensamiento y la cultura. Los movimientos políticos emancipatorios de América Latina han promovido y promueven hoy en la emergencia de los nuevos movimientos sociales un espectro amplio de dimensión utópica que ameritaría un profundo estudio histórico de la permanencia y revitalización de lo que podríamos calificar, con Hellio Gallardo, como utopías populares. Estas dan cuenta de un testimonio de esperanza, compromiso y sentido de la utopía muy compleja, que se vincula estrechamente con un estudio y análisis de la problemática de la subjetividad.”23
Indudablemente la utopía, en cuanto clave de lectura, en el ámbito de la racionalización de la vida social, ubicada siempre dentro de los lindes del análisis histórico social, según Arturo Roig, cuenta con tres funciones, dentro del pensamiento latinoamericano: crítica, reguladora y liberadora en cuanto anticipadora del mejoramiento humano y la vida futura, en cuanto búsqueda de la unidad y de la liberación latinoamericana.24
Universidad, técnica y humanismo
En este orden de ideas, entra la Educación Humanista al interior de la Universidad, corroborando cómo el movimiento humanista se ha manifestado, en los últimos tiempos, en todos los aspectos del pensamiento humano y de la interacción humana, además del aprendizaje experiencial y vivencial más significativo para la persona, enfatizando de modo particular el cultivo de cualidades tan profundamente humanas como la conciencia, la libertad y elección, la creatividad, la valoración, la autorresponsabilidad y autorrealización, en cuanto opuestas a un pensar sobre los seres humanos en términos meramente mecanicistas y reduccionistas, preocupándose ante todo de la Profesión del Hombre: del hombre como tal, tratando de llevarlo hacia la más alta y noble profesión que es la de ser hombre25. En una palabra, haciéndose eco de un real Humanismo Científico Creador, enfatiza las posibilidades y la potencialidad que lleva consigo cada ser humano: trata de identificar estas potencialidades y ayudar a desarrollarlas al máximo, ya sea en sus aspectos personales como de interacción social.
Educación Humanista que, en nuestro caso latinoamericano, hará siempre honor al “nuevo espíritu” enarbolado por la ideología reivindicadora de la histórica reforma universitaria de Córdoba de 1918: espíritu nuevo, entendido como espíritu revolucionario, con una universidad capacitada para el cumplimento de su “función social”, en donde el hombre y su destino sea el centro de toda preocupación, en cuanto razón misma de su existencia. Todo porque ante una época en la que la práctica revolucionaria conduce a la construcción de un nuevo orden, la educación correspondiente a un Humanismo Integral, debe ayudar a construir un nuevo futuro al servicio de las fuerzas sociales que levantan el nuevo orden social.
Humanismo pedagógico integral que resulta de la simbiosis entre la utopía y el orden -y orden nuevo-, entre la lógica racional y lo fantasioso, que pretende hurgar en la cara desconocida de la verdad y del universo. La supervivencia y evolución del hombre requieren que se profundice en la comprensión del universo interior y del universo exterior. (R. Walsh). Puesto que: “La evolución es un ascenso hacia la conciencia... El hombre ocupa la cresta de la ola evolutiva. Con el se produce el paso de la evolución inconsciente a la consciente”. (Teilhard de Chardin). “La evolución de la conciencia es el motivo central de la existencia terrestre”. (Aurobindo). Así que nunca como hoy, la humanidad entre la psicosis y el despertar, reclama una educación al servicio de la conciencia del hombre. Sólo una inteligencia capaz de captar la dimensión planetaria de los conflictos existentes puede enfrentar no sólo la complejidad de nuestro mundo sino también el desafío presente de una posible autodestrucción material y espiritual de la especie humana, mediante un sano humanismo tecnológico, mediante una idea compartida del enriquecimiento humano a través de múltiples aplicaciones de plataformas virtuales, uniendo tecnologías con experiencia humana, con dignidad humana, antes que oponiéndolas.26
Conviene, entonces, establecer los deslindes necesarios entre el humanismo y la técnica, entre el hombre y la técnica, dentro de una universidad ubicada en un mundo tecnológico y empeñada en la creación de un hombre nuevo.
A la luz del pensamiento de Ernesto Mayz Vallenilla, “en lugar de individuos que entren en posesión de un saber que los capacite para enfrentarse con auténticos problemas, y lejos de fomentar e impulsar en ellos un verdadero pathos por los enigmas que la verdad plantea, la universidad intenta exclusivamente formar “profesionales” -valga decir, tecnitas- homo technicus o tecnita que reviste y protagoniza “una profunda y radical alineación” en cuanto hombre “portador, agente y usuario de la ratio technica, convertido en un simple medio para el propio hombre, transformado en un simple instrumento al servicio de la voluntad de dominio de otros hombres.”27
Entre tanto, la universidad, respetando “los cometidos técnicos que le impone la época, debe luchar para que ello no signifique la pasiva entrega y sumisión del hombre a la alineación que lo amenaza.” 28 La universidad debe anteponer los deberes y fines éticos de una conciencia que está más allá de los efectos meramente técnicos. La universidad debe preocuparse por dotar al hombre de una formación integral que le permita reconocer y entender su entorno, a partir de la cual praxis y teoría concurran para su progresiva transformación y enriquecimiento.
Se trata de que el hombre, el universitario, sin renunciar a su acción y pasión de tecnita, pueda reconciliar el afán práctico que lo caracteriza e impulsa dentro de un auténtico ámbito humanístico. Tarea de la universidad es la de encarar tal misión de autognosis y autorrealización como su más elevada tarea humanista.
Indudablemente el logos vertebral que alimenta la nueva modalidad de la razón es la de la ratio technica, dentro de una nueva weltanshauung: la tecno-logia y la tecno-cracia que impregnan la realidad y el devenir del mundo contemporáneo. Ratio technica que influye directamente en el proceso educativo en cuanto formación del hombre -y hombre nuevo- de hoy.
Es entonces cuando, a partir de la voluntad de poder de la técnica, el hombre como una creatura más de la ratio technica, corre el peligro de ser manipulado de acuerdo con los planes y designios de ella misma, pasando a ser “objetivado como un simple medio cual si fuera un instrumento, con el propósito de lograr potestad y control sobre su vida.”29
Ante estas posibilidades, a sabiendas de que, quiérase o no, se ha de vivir en medio de un mundo tecnificado, “debemos innovar la técnica, sobre todo en aquella esfera -la educativa- donde esa técnica asume un papel de extraordinaria importancia en la tarea de forjar y modelar al hombre. Innovar significa, en tal sentido, cuestionar la técnica y la educación tecnificada en sus propios fundamentos con la expresa finalidad de modificar sus efectos y aprovechar el sentido de la labor formativa hacia nuevos derroteros y horizontes.”30
La transustanciación del estado de ser, creación marxista, la creación del colectivo a partir de la creación social, implícitas en el humanismo integral, Mayz Vallenilla las comparte, cuando invocando una conciliación de la técnica y su voluntad de poder con la manifestación de una racionalidad superior que actúe a manera de síntesis, encuentra que tal principio no es otro que el eros o voluntad de amor, como fuente humanizadora del afán posesorio del hombre.”31
Sentido de los estudios clásicos
Se argumenta, en torno a los estudios clásicos, la razón de que ellos, en una época cada vez más absorbida por la técnica, proporcionan un equilibrio formativo dentro de los mejores parámetros humanos. Al respecto, nuestro profesor de humanidades, el insigne humanista Horacio Cárdenas, señala: “Al hombre contemporáneo, extravertido y presuroso, la educación clásica le rescataría de su enajenación, concediéndole ratos de sosiego, de diálogo consigo mismo, de ensimismamiento... Complemento del ser humano, la cultura clásica arguye su justificación también como modelo de conducta, de experiencia secundada por el sentido de las cosas que los autores griegos y latinos infunden con su pensamiento y palabra. El hombre actual, se piensa, puede apaciguar el desasosiego de la vida mecanizada si recibe y asimila la herencia de la cultura clásica antigua... Para no asemejarnos al robot autómata, la educación clásica nos atempera contra las demasías del tecnicismo automatizado y deshumanizador... Por tratar de saber mucho de un conocimiento y pavonearse de su profesionalismo, el hombre ignoró lo más importante: el saber vivir en paz consigo mismo... La mecanización de la vida, la tiranía que impone la celeridad y el mito del rendimiento y del progreso, han hecho olvidar todo cuanto de integridad existe en el hombre.”32
Insiste Horacio Cárdenas en que justamente es la tradición clásica la marginada en todo reparto de programas educativos. Mientras que cada vez más hay consenso en lo fundamental e indispensable de la “Paideia” en cuanto ideal helénico de formación del hombre: “La Paideia condujo al griego a la posesión de su propio ser, lo erigió en dueño de su mundo y de su perfil inconfundible. En ello radica el verdadero sentido de la cultura clásica, su renovado drama que nos alecciona y admira, el impulso agonal entre la naturaleza y la acción del hombre por humanizarla; el individuo con todo su yo libérrimo pero conviviendo con su prójimo en el seno de la comunidad.”33
Horacio Cárdenas, al preguntarse concretamente: ¿tienen sentido en Latinoamérica los estudios clásicos? y consciente de la reiterada y viva discusión en el ámbito de la cultura latinoamericana del tema en cuestión, concluye su ensayo taxativa, categóricamente, consciente de anteponer al caos de nuestra tropicalidad las bondades de la Paideia: “La Paideia nos plantea quizás el más inquietante y hondo problema que asedia nuestra existencia personal y colectiva de latinoamericanos: el advenimiento real de nuestro propio ser existencial y de nuestra cultura.. La verdad de un ser es la verdad de poderse manifestar, de hacerse patente y palpable bajo el arco de la luz cotidiana. De instalarse, familiarmente, en su mundo; de dejar oír su voz sin parecerse a nadie y que sus palabras sólo sean las de su más entrañable experiencia.”34
Entendida, así, la educación humanística como la búsqueda de la mejor formación integral del individuo, con particular incidencia en los ámbitos intelectual, estético y moral, es decir, como la auténtica educación cuyo fin primordial es conseguir la plenitud del hombre mediante el cultivo de los valores genuinamente humanos, el estudio de la tradición -de las lenguas clásicas- representa un gran valor en la formación académica, donde sobreabunda, por el contrario, dentro de nuestro torbellino tropical el estudio de materias “útilmente” pragmáticas como el inglés y el japonés, debido a las pretensiones imperiales de hoy. Se trata de volver la mirada a las fuentes de donde brota el impulso creador, llegar a moldear el verdadero hombre dentro del hombre, hasta hacer que triunfe el hombre dentro del hombre. Sabemos que el problema fundamental de la cultura contemporánea es el de conciliar las exigencias de la "especialización" con la de una formación humana total o por lo menos suficientemente equilibrada. Al respecto, entre nosotros, ha sido Andrés Bello uno de los defensores de los estudios clásicos, argumentando a su favor los benéficos resultados que acarrean en disciplina mental y en previo y correcto manejo del idioma. Hay pleno consenso en que con un poco de cultura clásica tal vez se lograría domeñar el lomo arisco de los ímpetus criollos que el propio Bello, en su época, sentía arreciar en carne propia.
En este orden de ideas, también nuestro coterráneo, el ilustre maestro Mariano Picón Salas, al reflexionar acerca de la Humanitas, sobre la concordia entre las Humanidades y la Ciencia y la Técnica, pensaba que “semejante debate se colora del unilateral prejuicio de que unos valores excluyen a los otros, como si el goce y seguridad con que se maneja una máquina debiera inhibirnos de leer a Cervantes... Y el sueño y añoranza de una "Humanitas" que consuele la angustia del hombre, que lo haga partícipe, sobre los siglos, de la sociedad de otras almas, no ha de desaparecer aún entre las más logradas invenciones de la Cibernética. A través de bellos versos y bellos cuentos, pensando de nuevo en Gilgamesh, en Prometeo, en Fausto, verá el hombre un espejo de la eterna zozobra y tentación de la diáspora terrestre. Si el hombre en comunidad necesita una máquina, el hombre en soledad acaso prefiera un poema. Hasta el aséptico Mr. Babbitt cantaba una trivial canción al afeitarse todos los días. Y los novelistas, los poetas, los dramaturgos y hasta los psiquiatras, saben bien que por las calles de nuestras ciudades populosas, todavía pueden encontrar Edipos y Orestes como en una tragedia clásica.”35
Hacia una utopía concreta
Producto de épocas en crisis social, expresión de capas sociales desesperadas, ubicadas ya en el espacio, ya en el tiempo de los deseos, en cuanto conciencia anticipadora de la realidad; excluida hoy de las ciencias y de las letras; de la economía y de la política; de la filosofía y de la teología; debatiéndose entre la antigua pugna de la razón utópica versus la razón instrumental; la utopía, fuerza de la transformación de la realidad, aparece como auténtica voluntad innovadora que, estando en la base de toda renovación social, representa una corrección o integración ideal de una situación político-social existente con miras a un cambio en prospectiva positiva. Proyecto o ideal de un mundo justo a partir de la crítica del orden presente, la utopía representa un modo específico de conocer la realidad a través de la proyección ideal de la misma, trascendiendo el presente mediante un modelo ideal de futuro, constituyéndose en el sueño del verdadero y justo orden de vida.
Siempre la humanidad se ha sentido impulsada por anhelos de progreso, mejoramiento y perfección, alcanzando tan ilimitado punto sus aspiraciones, que se han confundido con lo imposible, desconocido e insospechable. La utopía: lo que no está en ninguna parte, lugar que no existe, que no hay, podría, de la mano de Tomás Moro o de Ernst Bloch, recordarnos hoy el sueño de un porvenir cuajado y labrado dentro de la mejor prospectiva de nuestro proceso histórico renovador, dentro de una humanización capaz de darle cauce a un desarrollo sostenido a medida de hombre en cuanto proyecto factible de utopía concreta, donde teoría y praxis se apuntalen, unifiquen o confundan a partir del principio de esperanza (Ernst Bloch) puesto que vivimos rodeados de posibilidad, somos seres-en-esperanza (J.J. Tamayo) con la suerte aún no echada, frente a las infinitas fronteras de lo posible, oyendo, esperanzados, la melodía del futuro.
Como en la isla desconocida de Moro, soñar en que todo puede ser común dentro de nosotros. En que todos deberíamos trabajar. En que los ocios son enemigos del orden social como lo son igualmente los ladrones y delincuentes. En que lo mío y lo tuyo son los causantes de los crímenes, las injusticias, las desigualdades y maldades que reinan entre los hombres. Soñar concretamente en que una de las principales causas de la miseria pública la configura "el excesivo número de nobles, zánganos, ociosos, que viven del trabajo y del sudor de los demás". Soñar en un Estado Futuro, en una Porvenir Posible a través de un Proyecto Preciso, en espera de verlo realizado un día. En medio de la miseria y el crimen, el engaño, la lucha y el sufrimiento cotidiano, soñar y proponernos de veras, con nuestra imaginación creadora, un mundo nuevo, un hombre nuevo.
Convencernos de que nuestro más grande error fue el empeñarnos en entregar al Estado nuestro don más caro: la libertad; de que a pesar de que la Libertad parezca utópica ilusión, la utopía es la realidad, de la cual aquella nace; de que las raíces de la utopía están en los propios hombres, provienen de lo más profundo de su ser-en-esperanza; se originan en el alma humana, en la estructura fundamental del hombre, de sus pueblos e ideales.
Con muerte o sin muerte de las utopías, la utopía -imagen movilizadora, horizonte orientador de la praxis, instancia crítica de la realidad, visión dialéctica abierta- eternamente regirá el destino humano y, así, el destino de los pueblos, puesto que sin utopía el presente carece de futuro o de sentido. Con imaginación, "con qué facilidad sacaríamos de la nada un mundo". Un mundo, un hombre, de verdad, de justicia, de amor y de paz. Siempre habrá de haber tiempo para un orden nuevo. No en balde Giulio Girardi enfatiza que "la paz no consiste en la tranquilidad del orden existente, sino de un orden nuevo mediante la acción solidaria de los hombres... En este sentido, la paz pasa a través de la revolución, La revolución integral tiende a realizar una humanidad nueva... un futuro nuevo, un hombre y un pueblo nuevos... No es cuestión de explorar la tierra nueva, sino de crearla... Es la hora de la creación, de la esperanza y del riesgo... La hora de asumir personal y comunitariamente el riesgo de la aventura humana y afrontar con fortaleza la eventualidad del fracaso... Sólo una tierra distinta hará menos increíble el cielo."36
Sólo una tierra distinta hará menos increíble toda democracia o utopía. Sólo entonces la esperanza, alzada desde el fondo de la caja de Pandora, podrá subir y esparcirse por todos los cielos en la única paz que garantizan las transformaciones profundas y las conquistas que nos faltan.
Para Giambatista Vico, dentro de un sistema cíclico por el que transitan las naciones, cada pueblo pasa por distintas etapas (corsi) que modelan toda su actividad hasta llegar a la decadencia, la que a su vez conduce a recomenzar el proceso (ricorsi) en un plano distinto y superior. Antonio Gramsci, por su parte, acuñó el concepto de "crisis orgánica", para referirse a esos momentos históricos en que a las fuerzas dominantes se le fracturan las relaciones entre la sociedad y el Estado, entre la economía y la política, y no pueden ejercer su dirección del modo habitual: "La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo". Circunstancias en que el bloque ideológico dominante tiende a disgregarse y a perder su capacidad de impulsar el capitalismo hacia adelante, contando aún con fuerzas que pueden moderar la situación e impedir un desenlace revolucionario.
Al respecto, Jorge Alberto Kreyness, al referirse a la crisis orgánica del capitalismo, basándose en Gramsci, sostiene que el elemento decisivo de toda situación es la fuerza, permanentemente organizada y predispuesta desde largo tiempo, que se puede hacer avanzar cuando se juzga que una situación es favorable ( y es favorable sólo en la medida que una fuerza tal existe y está impregnada de ardor combativo). En tales circunstancias, se precisa la construcción de una contrahegemonía, de un contrapoder, de un nuevo sistema de instituciones que consoliden la direccionalidad de las fuerzas antagónicas a las de la dominación, hasta darle cauce positivo a la espontaneidad y acumular y redimensionar las fuerzas definidamente revolucionarias.
Ante un capitalismo con patente de justicia y eternidad, no queda sino construir las nuevas formas para arremeter contra la injusticia, la desigualdad, el hambre, la opresión y todos los horrores que asolan a tres cuartas partes de la humanidad. Nunca como hoy se justifica un proyecto contrahegemónico que nos ayude firmemente a ponerle coto a tanto "capitalismo salvaje", desenfrenado, hegemónico, invasor.
La nueva realidad vendrá de un largo dolor y un largo trabajo. Pavese nos recordaba: "El secreto de la vida es obrar como si tuviésemos lo que más dolorosamente nos falta."37 No puede haber retorno sino medida e invención, constancia y creación, construcción del porvenir. Nuestra mayor arma, el estar vivos. Estar vivos ha de significar arrear nuestro destino. Entre flujos y reflujos, antes que el pueblo se mantenga a oscuras, redescubrir nuestra propia patria, sentirla, revivirla, hacerla; rehacerla, reorganizarla, reestructurarla, horadando las tinieblas hasta que reflorezcan la vida y la esperanza. Subvertir un orden viejo. Con el mundo entero por testigo, construir un orden nuevo en busca de una humanidad nueva.
