



(1 opiniones)
En los textos elegidos parece que el poeta se mira desde fuera de sí mismo a la vez que orienta su mirada hacia ese afuera, diferente de la mirada de la escritora que se genera desde su interior y termina dentro de los otros, para acompañarlos. Descubrimos esta actitud ante todo en sus opiniones sobre las personas y acontecimientos de su vida. Alberti da importancia a los hechos externos que se quedan identificados y destacados en el espacio público y la dimensión histórica: fechas y lugares, el principio y el fin de los acontecimientos, incluso el rango profesional y la importancia de ciertos personajes conocidos para la época. Nuestro autor es un observador, un cronista que desea fijar sólo verdades objetivas en sus memorias, aunque -en nuestra opinión- el punto de vista de la escritura autobiográfica no puede dejar de ser subjetivo. Por otra parte, León interioriza lo que ve y oye, de ahí que dedique más líneas a su imaginación e interpretación que a datos testificables. Sus ojos no observan sino que simpatizan; en su obra toda concienciación comienza dentro de su yo subjetivo. Por lo tanto, en su texto se consideran importantes los asuntos diarios e íntimos en su relación con los otros, sucedidos dentro del espacio no oficial de la cotidianidad interna de su vida.
Se hallan numerosas ocasiones que nos muestran esta diferencia entre los dos narradores. Por ejemplo, en La arboleda perdida leemos este comentario: “la Fornarina, la bella amante del pintor Rafael Sanzio de Urbino, mientras él pintaba La Galatea en el famoso Palazzo Corsini, vecino de mi casa, y los murales maravillosos del Vaticano” (vol. 3, p. 154). Mientras que su contrapunto en Memoria de la melancolía es éste: “la Fornarina que ayudaba al tahonero su padre en este lugar, mientras Rafael Sanzio de Urbino amasaba pintura con sus pinceles mágicos y nos dejaba a la panadera fija en los museos para siempre” (p. 82). En las primeras palabras se destaca la precisión de lugares con respecto a la vertiente profesional del pintor, mientras que las segundas son una evocación imaginativa de la narradora sobre los dos personajes de su vida cotidiana, en la que la Fornarina se abulta -con más vida- como una figura sencilla y corriente.
En la anécdota correspondiente a la visita de Unamuno a la casa del matrimonio en París también observamos rasgos parecidos. Alberti se centra en observar aspectos de un Unamuno que ha sido un admiradísimo personaje literario: “atendí a la hermosa figura de Unamuno, a la noble expresión de su rostro y al ardoroso ahínco puesto en la interminable lectura de su borrador [...], el espectáculo que daba aquel potente viejo, su magnífica lección de salud y energía, de fecundidad y entusiasmo” (vol. 1, p. 345). Pero las expresiones de León para elevarlo son concisas: “el espectáculo de su talento”, don Miguel “siguió hablando con su talento abierto, desplegado”, “¡Qué maravillosa juventud!” son todas la alabanza de la narradora. En su recuerdo, las pequeñas palabras y sentimientos que se compartieron en aquel encuentro ocupan mayor espacio y sentido: “¡Cuánto le gustaba hablar! Un día llegó temprano. ¿Quiere usted almorzar con nosotros, don Miguel? Claro, claro. Al terminar comenzó a leernos una de sus obras de teatro [...]. ¿Tomaría usted una taza de té, don Miguel? Sí, sí, té. Y seguimos oyéndole leer y hablar, sin hacer ruido, con las manos juntas para no molestarlo [...], con la boca abierta, le acompañábamos con los ojos, felices de que se encontrara feliz. ¿Don Miguel, cenamos?” (p. 170).
Se pueden ver actitudes narrativas semejantes cuando ambos narradores relatan cómo en El Salvador no los dejaron entrar y los tuvieron detenidos en un cuartel. Alberti hace un concentrado resumen de los hechos sucedidos según el orden cronológico:
Ante una multitud de estudiantes y profesores, descendimos del avión, siendo conducidos por unos pobres soldados descalzos al cuartel de Ilopango, de donde nos llevaron, después de dos días, al aeropuerto para ir a Guatemala. (vol. 2, p. 70)
Así termina la historia de la breve estancia en este país para pasar a los recuerdos en el transcurso del viaje. Diferente es la exposición de León, plagada de diálogos en su mayor parte:
Bajen, bajen. Pasen por aquí. Obedecimos. Y esos señores ¿no nos están esperando a nosotros? Recibimos un telegrama de... No, señora, esperan a Clark Gable, que ha viajado con ustedes. (p. 248)
Todos los diálogos son parte de la conversación entre la autora y los soldados, representada de una forma interiorizada en la mente de la escritora, al dictado de su memoria que no se caracteriza por tener un argumento sistemáticamente arreglado. Tampoco la autora olvida haber oído que “murieron miles, miles” de hombres, fusilados en el cuartel donde ella y su compañero tuvieron que pasar la noche sin dormir sufriendo por aquellas muertes ajenas. Y es que recordar y sufrir por el prójimo -acto totalmente interior- se desvela como uno de los actos más significativos en la vida y escritura de Maria Teresa León [2].
Tales tendencias de los dos autores las volvemos a encontrar en el episodio panameño del indio Karajasalis (llamado Carajasali en Memoria de la melancolía) que fue fusilado por matar a un norteamericano y por comer su cuerpo. Alberti dice:
En Ciudad Cristóbal -ya lo he contado varias veces- conocimos al indio Karajasalis, que pasaba custodiado en un coche, entre cuatro marineros, por haberse comido a un ingeniero de la zona norteamericana del Canal. Seguramente, Bernal Díaz del Castillo hubiera comprendido bien a aquel compatriota. (vol. 2, p. 256)
Junto al breve resumen de lo que vio y oyó añade un comentario jocoso desde el punto de vista político, poniendo por escrito el asunto con el matiz de la crónica de Indias, como lo habría podido hacer el mismísimo Bernal Díaz, con quien el poeta se identifica en algunos aspectos. Su perspectiva mantiene la distancia de todo aquello que no le permita obtener una verdad inamovible. Del otro lado, León empieza recreando con la naturalidad de siempre el sentimiento que en ella despierta aquel personaje, para terminar poniéndose en su lugar, simpatizando con él:
Un automóvil avanzaba lentamente [...]. Dentro de él iba un indio con una hermosa cara triste, asombrada, feliz tal vez de sentirse mirado por tanta curiosidad por los hombres blancos que, desde generaciones y generaciones, no le habían mirado nunca, que únicamente le habían gritado para que se apartase: indio sucio. (pp. 256-7)
Aunque a su compañero le pareciera omisible, para ella la vertiente íntima y humana del personaje que se intuía en la anécdota merecía ser comentada y contrastada con la crueldad e ignorancia de los blancos: “Nos contaron después que el buen indio, al verse frente al cadáver de una muchacha de su raza, había movido tristemente la cabeza, murmurando: Pobrecita, pobrecita, en su lengua esencial. Allí se acabó el experimento de los cultos, de los civilizados, de los lívidos blancos” (p. 257).
Asimismo, el tan apreciado viaje a Ibiza aparece de manera diferente a los ojos de cada autor. En la vida de ambos este viaje ocupa un lugar incomparable, pero para cada uno tiene un sentido diferente. Las escenas que nos ofrece Alberti forman una especie de reportaje vivaracho sobre aquellos días que abrían la guerra. Comienza su relato con una previa explicación de cómo los dos llegaron a destinarse a Ibiza, qué hacían y dónde estaban antes del levantamiento de julio (vol. 2, p. 77). Después de representar con vivacidad cinematográfica algunas experiencias de aquellos días, el narrador nos traslada al clímax de la historia: la recuperación republicana de la isla. Es el centro de la conmoción y la tensión acumulada a lo largo del relato, y tras el momento de subir al castillo la historia se resuelve:
Poco después, los pescadores me trajeron un fusil y a María Teresa una gran bandera republicana. Así, al frente de la columna, subimos al castillo [...]. ¡Cuánta emocionada memoria guardo de todo aquello! Al cabo de tres días, después de haber formado parte del Gobierno provisional de la isla, en el Almirante Miranda desembarcábamos en el puerto de Denia [...]. María Teresa y yo acabábamos de vivir nuestra primera batalla de la guerra civil: la de Ibiza. (vol. 2, p. 95)
Los días de Ibiza, por lo tanto, significan para el poeta ante todo su participación en un momento histórico del que se siente responsable y conoce mejor que nadie. Ibiza -un paraíso, pero “a la sombra de las espadas” (vol. 2, p. 95)- es el símbolo de su “primera batalla”, que se concentra en el movimiento vertical y en ascenso al castillo.
Mientras tanto, los recuerdos ibicencos de León se visualizan desde un horizonte distinto, a partir del cual se igualan en importancia un baño (pp. 275-6) con la liberación de la isla (pp. 276-8). A diferencia de Alberti, tras relatar la entrada en el castillo sigue evocando, tal vez con más intensidad, cómo se desarrollaban las obras de la reivindicación, en cuyo proceso la narradora descubre la triste ignorancia de su propio pueblo:
¿Es que teníamos derecho a pedirles a unos, que no disparasen contra las fuerzas republicanas que venían a liberar a la isla del fascismo, y a los liberadores, que respetasen las obras del arte, si ellos no habían oído esa palabra en su vida? [...] ¿Cómo hablar en nombre de la cultura si los habíamos dejado sin cultura? [...] Donde yo estaba, los detenidos nos decían: No sé leer ni escribir... Jamás me he sentido más desgraciada. Sí, todos eran mi gente pobre y mi pueblo. (p. 279)
De esta manera, el sentido que tiene Ibiza para la narradora está caracterizado por su capacidad de ponerse en el lugar del otro. Así, la isla se le ha quedado como uno de los lugares más especiales en la vida porque era un lugar paradisíaco de “amor de perfección” (p. 272): “Durante el día, Rafael y yo estábamos solos. Conocimos lo amable que es la pinocha verde para formar una cama de fortuna y cómo, al salir el sol, todo despierta: agua, piedras, pájaros, pinos y pastores” (p. 273). La existencia de su tan amado compañero le es inseparable de toda experiencia vivida en la isla, al contrario del poeta que nos enseña su versión desde un punto de vista cronístico y sin el filtro del amor en su relato: “Una historia de Ibiza” [3], donde figuran algunos personajes reales como los compañeros ibicencos Pau y Escandell, pero donde parece no haber espacio para su esposa.
A través de los variados ejemplos en las dos obras, hemos podido cotejar la orientación de las respectivas miradas de nuestros autores: la de Alberti, que se mueve en el espacio externo y público, es decir, donde se realizan actos sociopolíticos y documentables y, en general, calificables según el criterio oficial de la sociedad; y la de León, que entraría en el espacio interno y privado, de sí misma o de los otros, en busca de la verdad particular que guardamos cada uno de nosotros en el corazón para finalmente alegar nuestro derecho a que tal verdad sea comprendida.
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