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Encontramos algunos temas que frecuentemente aparecen en la obra de cada uno de nuestros autores, éstos parecen reflejar las diferencias de perspectiva que venimos observando. Proponemos caracterizarlos de la manera siguiente: los de Alberti se ven vinculados a los componentes de su origen, mientras que los de León se relacionan con las alternativas al origen que hemos visto páginas atrás.
Quizá el poeta deba una gran parte de sus aficiones, observadas en la obra, a su madre, el origen de los orígenes. Él mismo declara con orgullo que la naturaleza es uno de sus mayores objetos de atención, aprendido de su madre “andaluza contagiada del amor popular por los jardines y los balcones colgados de macetas” (vol. 2, p. 148). La afición por los árboles y las plantas se describe en muchas partes de sus memorias. Por ejemplo, al evocar el flamenco que vino a la quinta argentina del matrimonio, a Alberti le duele especialmente la destrucción de su jardín por el pájaro: “Pero, ¡oh, santo Dios de los ejércitos!, ¿qué había sucedido durante mi breve ausencia? Que en lugar del flamenco [...] solamente reinaba la destrucción y la muerte en aquel pobre jardín de mis desvelos: asesinadas todas mis plantas y mis flores, partidas y arrancadas de cuajo, un tremendo destrozo, un desastre para llorar, una irremediable elegía” (vol. 2, p. 150); y sin embargo cuando León describe este suceso, tan sólo dice que el flamenco era “capaz de destruir medio jardín con su pico” (p. 96).
Por supuesto, la naturaleza que ama nuestro autor gaditano incluye el mar de su pueblo natal y las estrellas que el niño Alberti veía sobre aquél. El mar es el centro de las imágenes de su infancia-paraíso y, por lo tanto, el perpetuo objeto de añoranza y admiración en su poesía. Y será por esta razón que el poeta dedique al nacimiento de su hija Aitana un poema, en el que suplica a “las mares” que encanten y den su belleza a la niña (vol. 2, pp. 139-41). Las estrellas también son llamadas y alabadas por Alberti, a menudo relacionadas con el mar: “tú subes, ¿de qué playas remotas? Dime, ¿qué espumas te dan forma, qué algas verdioro cuelgas como cabellos...? [...] ¿Cómo llamarte a ti sino Laguna de Esmeralda, rodeada de arenas negras, delfín de tierras interiores” (vol. 2, pp. 109-10). El mar es tradicionalmente considerado como el símbolo del origen de la vida, lo que queda de manifiesto en el caso de Alberti; la estrella es el símbolo de la eternidad tan deseada por nuestro autor en sus años maduros [4]. Tal vez el hecho de que el mar y la estrella sean materiales significativos para Alberti pueda demostrarnos una vez más su amor por el origen y la eternidad.
No cabe duda del afecto del autor por lo andaluz, lo cual constituye otra parte de su origen. Aun dejando aparte su pasión literaria por las coplas y romances del sur y por los versos más andaluces de algunos poetas, la más clara evidencia de este amor es su afición a los toros. Su infancia está salpicada del sueño de ser torero (vol. 1, pp. 47-50), y una vez estuvo a punto de estrenarse al lado de Sánchez Mejías (vol. 1, pp. 280-1), aunque esta aventura puso fin a su carrera taurina. Evoca vivamente el día que oyó la noticia de la muerte del torero Joselito, y recuerda esta muerte junto a la de su padre y Galdós (vol. 1, pp. 155-6). Al lado de la constante pasión por los toros, el descubrimiento de la gracia gitana en el baile andaluz se rememora con cariño y admiración. Relatando el viaje de la “caza de gitanos”, el narrador describe detenidamente las figuras de los “bailaores y cantaores puros”, dedicando varias líneas especialmente a la anécdota de un gracioso gitano inolvidable (vol. 1, pp. 339-40). Su compañera también dejó escrito este conmovido viaje en su texto, pero aunque describa emocionada a aquella maravillosa gente, no la adjetiva de andaluza y sólo dice: “¡Qué extraña gente!” (p. 194). Parece ser que el andalucismo no es uno de sus temas frecuentados.
Hay en La arboleda perdida, según dice Marina Mayoral, un sentido dominante: el oído. Este sentido ha dado al autor los recuerdos de sonidos y ritmos que rebosan de las páginas de la infancia [5]. Puede que el oído tan fino de nuestro autor lo haya aprendido de su madre, quien le enseñaba el nombre de las flores y el gusto de las coplas y romances del sur [6]. Y seguramente este sentido ha tenido un enorme papel, si no el más importante, para que su vocación poética se descubra y se desenvuelva de forma posterior. Lo vemos, por ejemplo, cuando indica Mayoral: “De la infancia y de su madre le viene su gusto por los trabalenguas [...]. En su obra adulta encontramos muchos ejemplos de ese gusto por las palabras inventadas, sugeridoras por el sonido más que el contenido semántico” [7]. Comparando este aspecto con León, podemos ver que no hay un sentido dominante, pero sí una predilección por las voces frente a las imágenes -“Se han disuelto las imágenes pero no las voces” (p. 74)-. Sin embargo hay una diferencia: las voces que viven en la mente de la narradora son diálogos, sucedidos y guardados para seguir hablando con el pasado; los sonidos de la niñez recogidos por Alberti estimulan la creatividad del poeta, centralizados y perpetuados alrededor de su yo creador.
Por otro lado, decíamos que en el caso de nuestra escritora sus temas preferidos se relacionan con sus alternativas para complementar la carencia del origen: el amor y la solidaridad con los otros. Tal vez por ello ella admira tanto a San Pedro Claver “que había decidido entregarse al prójimo” (p. 260) .
En primer lugar, se destaca su predilección por los niños: las memorias de León están llenas del recuerdo de niños que no aparecen en el texto albertiano. El “Manías” que “cruzó España para ver el primer barco soviético” (pp. 127-8), un niño colombiano “tan perfecto de hermosura que no lo ha olvidado” (pp. 259-60), otro niño que perdió a su madre en un bombardeo y se agarró a la mano de quien se convirtió en su nueva madre (p. 334), otro niño abandonado en el asiento de un tren (p. 334), el conmovedor Josecito argentino que vino a ser el niño de la autora (pp. 415-9)...
Al mismo tiempo su condolencia y comprensión llega a los seres mayores pero igualmente marginados o angustiados, tales como las viejas de Roma con su gato más bueno que un hijo (p. 206), las antiguas modelos anticolinas que a veces cuentan su vida a la autora y lloran (p. 410), la niñera Ramona que esperaba a que su marido aprendiera a ser bueno (pp. 413-5). Mientras Alberti se lastimaba del jardín destrozado por el flamenco, nuestra narradora recordaba a la mujer que vino a vender el pájaro: “Traía en brazos un enorme pájaro color de rosa, un flamenco con el pico de madera negra. Cómprelo, sea buena. Me han dicho que aquí les gustaban mucho los animalitos. Ahí se lo dejo” (p. 96). Un caso que nos parece interesante es el de Rapún, el supuesto amante de Federico García Lorca. Alberti no ha dejado referencia alguna sobre el personaje entre sus abundantes recuerdos sobre el poeta granadino [8], aunque León se sensibiliza al dedicarle varias líneas: “Su sonrisa [de García Lorca] de entonces iba siempre acompañada de un joven muchacho serio y tranquilo que se llamaba Rapún. Parecía un poco asombrado de la predilección que tenía por él Federico [...]. Volvimos a ver a Rapún. Nadie como este muchacho silencioso debió sufrir por aquella muerte. Terminadas las noches, los días, las horas. Mejor morirse. Y Rapún se marchó a morir al frente del Norte. Estoy segura que después de disparar su fusil rabiosamente se dejó matar. Fue su manera de recuperar a Federico” (pp. 347-9).
La narradora se inclina maternalmente por los animales débiles y “cosas inanimadas” a los que confiesa tener amor (p. 332). Por ejemplo, Alberti extrae una cita textual de la crónica del Bernal Díaz que trata de los primeros caballos -“todos los caballos y yeguas”- que pasaron a América, todos muy alabados por el cronista con buenas palabras (vol. 2, p. 58). Pero “de los dieciséis caballos” León hace referencia concreta únicamente a la yegua que “parió en el camino”, imaginando a los animales que aparecen macizos y fuertes en la crónica como “animales llevados como niños en las naves” (p. 255). La anécdota italiana de la gata blanca sacrificada para salvar un pueblo gana matices enternecedores cuando la narradora imagina que “las estrellas miraban subir al paraíso de los gatos a la gata blanca, asustada de la crueldad de los hombres. ¡Tanto como parecían quererme!” (p. 408). El búho de papel que les regaló Unamuno lo recuerda sólo León (pp. 170, 442). En el relato del viaje en el transatlántico Bremen la narradora describe: “todo tintineaba, campanilleaba, nos pedía auxilio. Era el baile de los vasos, de los platos, de todo lo que no iba sujeto por alguna cadenita” (p. 225).
Así, los temas favoritos de Alberti son, después de todo, sus propios orígenes: la madre, la naturaleza, el gusto andaluz, los sonidos y ritmos que aprendió en la infancia. Son elementos que ayudan a mantener su ser homogéneo y, según Grillo, casi autárquico. Por otra parte los temas de León son los seres olvidados y débiles, incluso cosas inanimadas que en ella despiertan su imaginación. La narradora se siente comprometida a buscarles el derecho a ser recordados.
Los tres aspectos que hemos analizado en esta comparación de la perspectiva se podrían resumir como: orientación distinta de cada mirada, la voz monológica o polifónica, y la importancia de su propio origen o de otros seres como alternativa. Estas tres características creemos que son fundamentales para analizar el yo general de cada uno de nuestros narradores, tanto en estas memorias como en toda su trayectoria artística. Es interesante que dos personas tan unidas en la vida diaria y literaria muestren dos escrituras tan contrastivas pero tan singularmente bellas en sus diferencias.
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