1 - Analizando Rayuela

Monografía creado por Nieves Soriano Nieto. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero28/rayuela.html
16 de Octubre de 2006

A Daniel Castellanos Avendaño.

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, el sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero “Hotel de Belgique” […]
Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando los codos y las pestañas y las uñas me rompan minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario de la esquina.

Julio Cortázar, “Manual de Instrucciones” en Historias de cronopios y de famas.

 

Rayuela se escapa de nuestras manos, se desliza por los intersticios de nuestros dedos, como arena de mar a la búsqueda de alguna salida, y nosotros, en una pretensión de cerrarlos, de atrapar la historia con algún discurso interpretativo, nos damos cuenta de que no existe discurso único, de que Rayuela resulta ser mucho más compleja, de que son necesarios dispares expertos para aproximarse a la altura de esta novela. Quizás sea eso, quizás Julio Cortázar, después de Nietzsche, una vez construidos los discursos sobre la fragmentariedad del sujeto en la Viena fin de siècle, una vez sentido el silencio desesperado de Hoffmanstal, una vez escuchada la décima inconclusa de Mahler, una vez percibido que no existe final, ni principio, una vez admitido que el sujeto se va disolviendo en la lectura del Diario de 1911 de Kafka, y porque no existe sujeto unitario, una vez sentidas filosóficamente las contradicciones del sujeto, después de leer a Shakespeare: cómo puedo saber quién soy si hoy amo y mañana odio, una vez aplicadas sus lecturas a realidades nacionales de la Argentina de la época, quizás Cortázar, como se decía, quiso reflejar esa complejidad, esa falta de discurso unitario, esa muerte de dios, ese silencio, la irresolución, ni siquiera dramática, de la música, en este texto, Rayuela.

Y ahora bien, ¿qué espacio queda para el discurso sobre Rayuela?, ¿queda espacio alguno?, ¿de qué hablar aquí, en unas líneas, cuando se trata de eludir el silencio? Los lugares en los que habitar esta novela son múltiples. Uno podría sujetarla desde el punto de vista de la construcción de un nuevo lenguaje, el glíglico1 (tan luminoso como el silencio de Hoffmanstal), o podría hacerse un comentario siguiendo lo lúdico, la música, la luz y la oscuridad… Y todos, todos los discursos serían insuficientes. Sin embargo, ya el propio Cortázar da la oportunidad, con su definición morelliana, alterego suyo de esta obra, de que exista un discurso por parte del lector, de que éste se implique entre las líneas del relato, hasta convertirse en portador, protagonista de la historia, hasta devenir, cual Ulises, en hombre ético cuyo fin es dar voz a algún juicio sobre Rayuela:

Nota pedantísima de Morelli: Intentar el ‘roman comique’ en el sentido en que un texto alcance a insinuar otros valores y colabore así en esa antropofanía que seguimos creyendo posible. Parecería que la novela usual malogra la búsqueda al limitar al lector a su ámbito, más definido cuanto mejor sea el novelista. […] Intentar en cambio un texto que no agarre al lector pero que lo vuelva obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del desarrollo convencional, otros rumbos más esotéricos.2

Por ello, aquí, en este trabajo, se tratará de hacer una reflexión de la obra desde el viaje, ya que viajeros fueron tanto Julio Cortázar como Horacio Oliveira, viajeros de ida y vuelta, de sed de viaje, cual Ulises de La Odisea, con el que se comparará al antihéroe de Rayuela. La reflexión de esta novela desde el viaje se completará con una reflexión sobre los quehaceres parisinos de Horacio Oliveira, en el lado de allá, teniendo en cuenta el surgimiento de la ciudad moderna de París en el siglo XIX. Para ello, las reflexiones de Walter Benjamin y Baudelaire al respecto.

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Monografía de Nieves Soriano Nieto. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero28/rayuela.html CopyLeft
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