Rayuela: desde París a Buenos Aires o la búsqueda del antihéroe - Ulises/Horacio Oliveira
2 - Ulises/Horacio Oliveira
Es conocida la historia de Ulises narrada en La Odisea, relato que marcará la interpretación histórica de Occidente3, que alimentará las posibilidades de sus narraciones, la de aquel viajero que a través del mar, y a la búsqueda constante de su tierra, Ítaca, llega a sentir tan profunda la sed a su regreso, que la llamada del viaje vuelve a él para concretarse, de nuevo, en su partida hacia el mar. Recordemos los versos de Dante interpretando el mito homérico:
[…] ni la filial dulzura, ni el cariño
del viejo padre, ni el amor debido,
que debiera alegrar a Penélope,
vencer pudieron en ardor interno
que tuve yo de conocer el mundo,
el vicio y la virtud de los humanos;
mas me arrojé al profundo mar abierto,
con un leño tan sólo, y la pequeña
tripulación que nunca me dejaba.4
¿Qué pasó con Ulises?5 ¿Qué resulta tan relevante en este mito a la hora de evaluar su trascendencia? Ulises pasó largos años en el mar, en su embarcación, con su tripulación, buscando el camino, el lugar, el tiempo para regresar a su tierra, Ítaca, donde le esperaban Penélope y Telémaco, mujer e hijo, respectivamente:
Venerable Diosa, no te enojes por eso conmigo. Sé muy bien que la prudente Penélope te es muy inferior en belleza y majestad. Ella es mortal y tú no conocerás la vejez; y, sin embargo, quiero y deseo todos los días que llegue el momento de retorno y de volver a ver mi casa. Si algún Dios me agobia todavía con infortunios en el mar, lo sufriré con ánimo paciente. He padecido demasiado sobre las olas y en la guerra; que me lleguen nuevos tormentos si es preciso.6
En su ausencia, la vida en Ítaca se creó en torno a su espera, recordemos el telar que destejía cada noche Penélope para evitar a sus pretendientes, o la inquietud de Telémaco porque su padre lo viera ya crecido. Pero el mar resulta más fuerte, por venganza de los dioses; Ulises regresa a casa, deshace las amenazas que agitaban su pueblo, se convierte en hombre-memoria7, memoria a un tiempo de la profecía de Tiresias y del anhelo del océano, que rugía en libres navegaciones, siente la sed utópica, por llegar a ver de nuevo el mar, que es su destino, su habitar. Ulises tendrá que regresar allá, como héroe, se convertirá en hombre-ético8, hará lo que le fue dicho para no enfurecer a los dioses y salvar a su pueblo, y sólo entonces, una vez cumplido el deber que se encomendó, volverá a ser viajero sin rumbo, buscando el recuerdo, siguiendo la sensatez de su ser en la vida:
Llegaréis, sin embargo, a vuestra patria, después de sufrir mucho, si quieres contener tu ánimo y el de tus compañeros. Antes, cuando tu nave sólida haya tocado en la isla Trinakia, después de escapar al mar sombrío, encontraréis, paciendo, los bueyes y los nutridos rebaños de Helios, que todo lo ve y lo escucha. Si los dejáis sanos e indemnes, si tú te ocupas sólo del regreso, llegaréis todos a Ítaca, después de sufrir muchos trabajos; mas si los tocas, si les causas daño, te anuncio la perdición de tu nave y de tus compañeros. Tú te salvarás únicamente. […] Encontrarás la desdicha en tu palacio y a unos hombres orgullosos que consumirán tus riquezas y pretenderán a tu esposa, ofreciéndole presentes. Pero tú te vengarás de sus ultrajes a tu llegada. Y después de matar a los pretendientes en tu palacio […] partirás de nuevo, llevando un ligero remo. […] Cuando encuentres a un viajero que crea ver en tu hombre un azote de desgranar trigo, clava el remo en la tierra y sacrifica en sagradas ofrendas al rey Poseidón un carnero, un toro y un verraco. […] La dulce muerte, en fin, te llegará del mar y te encontrarás consumiéndote en una placentera vejez, rodeado del pueblo dichoso.9
Horacio Oliveira, contrariamente a Ulises, no resulta ser un héroe. Viajeros ambos, sólo que este último, instaurado en una época histórica muy posterior a la de Ulises, no logra salvar a su pueblo en sus partidas y regresos, porque ya no existe el horizonte de salvación por parte de un sujeto, porque ese hombre ético quedó descartado en un lugar y un tiempo como el que le tocó vivir a Julio Cortázar: la Argentina paternalista de Perón. Horacio Oliveira partió de su tierra porteña, no se sabe muy bien por qué, a pesar de que logremos rastrearlo en el dolor de la experiencia cortaziana. Emigró, huyó, pero no como huían aquellos intelectuales de la época de Perón, que dedicaban sus esfuerzos a recordar pasados míticos y construir futuros mejores en su imaginario. Horacio partió con un adiós definitivo, creó su propia revolución más allá del océano Atlántico, llegando a París, tierra en la que, en principio, sus deseos, anhelos e inquietudes cogerían algún viso de realidad. O al menos eso se intuye que ocurrió a Horacio cuando Rayuela ya comienza con el hastío y la soledad que llegó a sentir en aquellas tierras. Efectivamente, Horacio se da cuenta de que el lado de allá tampoco le brindó solución a sus ansiedades. Y, en un alarde ulíseo de regreso, retorna al lado de acá, a Buenos Aires: Se dio cuenta de que la vuelta era realmente la ida en más de un sentido10.
Pero acá tampoco volvió a dejar de sentir la llamada del viajero11, el cual busca en otros lugares la realización de sus anhelos, sin encontrarlos más que en el hecho del viaje en sí, de la partida, del regreso. Horacio no llega a ser Ulises, nunca fue héroe, nunca encontró el camino, ciertamente, a su regreso, dijo el narrador de él: En París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor padecía y acataba la pérdida y el olvido12. Tango o jazz, Talita o La Maga, y el punto en el que el puente entre ambos lados no tiraba hacia ninguno, porque no había lugar de resolución, ni tan siquiera dramática, al igual que ocurría con la décima de Mahler, en ese sujeto fragmentado e indefinible:
“Pretender que uno es el centro”, pensó Oliveira, apoyándose más cómodamente en el tablón. “Pero es incalculablemente idiota. Un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad. No hay centro, hay una especie de confluencia continua, de ondulación de la materia. A lo largo de la noche yo soy un cuerpo inmóvil, y del otro lado de la ciudad un rollo de papel se está convirtiendo en el diario de la mañana, y a las ocho y cuarenta yo saldré de casa y a las ocho y veinte el diario habrá llegado al kiosko de la esquina, y a las ocho y cuarenta y cinco mi mano y el diario se unirán y empezarán a moverse juntos en el aire, a un metro del suelo, camino del tranvía…13
En palabras de Joaquín Roy, Horacio se ha convertido en un hombre entre dos mundos.14
¿Qué es lo que indica la imposibilidad de la construcción de un héroe como Ulises? Pedro Ramírez Molas nos da la respuesta en su escrito. El problema de Horacio Oliveira, como el de todo sujeto moderno, es el de la imposibilidad de la construcción de una mirada hacia el futuro:
Para escapar de la tiranía del pretérito sobre sus decisiones futuras, Oliveira renunció al proyecto, abolió su futuro.15
Pero su renuncia no es del todo voluntaria, y ya hemos nombrado la imposibilidad. Es la representación del sujeto moderno, gestado en el siglo XIX con la revolución económica e industrial, que tuvo su manifiesto en el grito nietzscheano “Dios ha muerto”, y que fue creando sujetos a lo largo del siglo XX, como Kafka, Kandinski, Mahler o Julio Cortázar. De esto se hablará en el capítulo siguiente
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