El ejemplo de (10a) está en sociedad: no aparece aislado, como aquí, acompañado de disquisiciones librescas, sino en un libro, el libro por excelencia para la tradición bíblica. El discurso es siempre texto, tipo de texto (o género), desde el más espontáneo, la conversación, la narración, hasta el que requiere más oficio, como la canción, la poesía, o la física. El discurso no aparece aislado, sino como forma de comunicación en sociedad, como texto. Esta puesta en sociedad nos dice cómo leerlo, y al mismo tiempo hizo posible, cuando se puso en sociedad por primera vez, la manera en que está escrito, en que se escribió.
Esta manera es el estilo: decisión de cómo tratar la información en la lengua, inseparable de las palabras mismas que lo constituyen. Esta decisión, tenga o no éxito, se toma en el marco de un cierto tipo de comunicación, es decir, abrigada en un género o tipo de texto (véase ahora al respecto Garrido 1997, 211-256). La primera gran diferencia se produce entre los textos orales y los escritos. Como entidad histórica, el tipo de texto va variando según se modifican los modos de comunicación lingüística. La decisión de cómo tratar la información obligatoriamente empieza por la elección (si es posible) o la adaptación del hablante al tipo de texto (si está decidido fuera de su voluntad). También en el discurso quedan las huellas de esta opción por un género: más bien, el discurso se conforma en texto como estilo y como género, simultáneamente. A nuestra tradición debemos la viveza de los géneros antiguos, y a nuestra modernidad la transformación que les imponemos, a costa en ocasiones de su identidad. Estilo, tradición, modernidad: palabras que van más allá de su retórica.