En general, a diferencia de la explicación de la relevancia mencionada, el oyente no busca el contexto que haga relevante a la idea representada en el enunciado, sino que la integra en su universo cognoscitivo de la única manera que encuentra, y que la propia expresión le ayuda y le obliga a encontrar. Todo esto ocurre si el hablante calcula bien los conocimientos de su oyente.
La consecuencia es que, cuando tiene éxito el uso de la lengua, hay la obligación de ver las cosas del modo que el hablante o autor obliga a verlas: el oyente o lector tiene que recuperar los datos contextuales y construir los textuales (las ideas representadas) de manera que llegue a la interpretación que ha construido el hablante o autor para su texto.
El proceso es inverso al propuesto en la teoría anterior: se trata de partir de algo que expresar, una cierta información, y calcular qué hace falta decir y qué hace falta dar a entender para cumplir los fines que se persiguen. Para ese cálculo de lo sobrentendido hay que tener una imagen mental del interlocutor: hay que saber de qué conocimientos e ideas dispone para abordar la comprensión, la interpretación, del texto que le ofrezcamos (o le impongamos). En segundo lugar, como reivindicación si necesaria fuere de la retórica clásica, hay que saber cómo imponer el proceso de interpretación mediante pistas lingüísticas que, más que pistas, sean señales de obligado cumplimiento. Más que la garantía de que cualquier comunicador racional pensaría que el enunciado es óptimamente relevante para el destinatario (que proponen Sperber y Wilson 1986, 3.8, 166), cada oración del discurso tiene un autor, un hablante, que es quien de hecho la ha diseñado para un cierto tipo de oyente o lector, para un público. Los términos se invierten: quien garantiza la relevancia (y se puede equivocar) es el hablante o autor, y para ello calcula los conocimientos de su público, oyente o lector.
Recordemos brevemente a Quintiliano (III, 5, 1):
(9) Todo discurso consta de aquello que es significado y de aquello que significa, esto es, de asuntos y palabras.
La cita lleva a Albaladejo (1989, 3.1, 47) a proponer para todo texto un mundo referencial, un asunto o materia vinculado a la invención retórica, frente a un mundo verbal, propio de la disposición retórica, que es la estructura de sentido del texto. Consideremos ahora los "asuntos", "aquello que es significado" también como mundo del que se habla, pero que está en nuestras cabezas, y que corresponde en mayor o menor medida al mundo de ahí afuera, de afuera de ellas. (Ese mundo de los hechos es tan tozudo que acaba entrando en nuestras cabezas, por duras que sean.)
Los mundos son ahora el de la representación cognoscitiva del hablante y del oyente, por una parte, y el de la representación de información en el texto, por la otra. Ambos, o los tres, como en una sala de espejos, se reflejan mutuamente, y reflejan la realidad de ahí fuera, el mundo del que se habla.
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(10)
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| a. universo cognoscitivo del hablante
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b. representación en el texto
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c. universo cognoscitivo del oyente |
Esta realidad de tres componentes se cierra en uno solo: el texto recoge, además de representar una cierta información, el contexto imprescindible -por tanto fuerte en el sentido anterior- para ser interpretado. El hablante o autor lo hace a imagen y semejanza del lector que se imagina tener, o de la idea que tiene del oyente que está ante él. El texto es así marca que deja el proceso constructivo del autor o hablante y pista que recorre el oyente o lector, pista del proceso que pone en marcha el oyente o lector. Las características de las expresiones lingüísticas en el texto no son directamente representaciones de información, sino instrucciones para representarla.