Retórica y filosofía - Retórica y Filosofía
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Las relaciones entre la retórica y la filosofía han sufrido diversos avatares a lo largo de la historia, desde la colaboración al enfrentamiento e incluso la incomprensión. No es extraño encontrar el desprecio, el rechazo y la falta de consideración y conexión entre estas construcciones del mundo antiguo, aun cuando su unión ha resultado una de las más duraderas y constantes en su uso y función. Gran parte de ese rechazo supone un desconocimiento de lo que sea la retórica, para qué sirve y qué procedimientos utiliza, supone también en no pocos casos una idea prejudicial de lo que es la filosofía. Incluso se puede afirmar, para escándalo de no pocos filósofos, que la filosofía se encuentra profundamente imbricada con la retórica, que difícilmente se puede hacer filosofía sin retórica. La consideración de Perelman: " Il y a des domaines, celui de l'argumentation religieuse, celui de l'éducation morale ou artistique, celui de la philosophie, celui du droit, où l'argumentation ne peut être que rhétorique "(1), pone de relieve que en esos campos aparentemente tan diferentes entre sí, debido a la misma naturaleza de los asuntos que tratan que los aleja tanto de la prueba de experiencia como de la prueba lógico-formal no cabe más que el recurso a los procedimientos argumentativos y expresivos que estudió y puso de relieve la retórica.
Pero comencemos por algunas delimitaciones con las que situar nuestro interés respecto a la retórica, dando por supuesto que no hace falta delimitar el terreno de la filosofía, supuesto bien arriesgado. Platón, además de atacarla y dedicarse a ella teóricamente en el Gorgias y en el Fedro y usarla sin pudor y con maestría en toda su obra, la definió en dos maneras, una primera muy negativa, en tanto que mera adquisición rutinaria, que es correlativa de la cocina y que no se puede considerar como arte, y otra más matizada y favorable en que la denomina como una especie de "psicagogía": de conducción de las almas (2). Aristóteles menos involucrado en la lucha con los sofistas dijo de ella:
"sea la retórica la facultad de considerar en cada caso el medio de persuasión que cabe emplear "
y también que: "la retórica es correlativa de la dialéctica (3), además de señalar que la retórica es un arte (4). Puede servirnos para aclarar esta terminología Albaladejo, que denomina a la retórica como arte y ciencia. En el primer sentido la retórica estaría constituida por "la sistematización y explicitación del conjunto de instrucciones o reglas que permiten la construcción de una clase de discursos que son codificados para influir persuasivamente en el receptor ", y como ciencia consistiría en el estudio de dichos discursos (5). Aunque esta definición pueda escorarse un tanto a su interés lingüístico y normativo.López Eire, por su parte, no duda en calificar a la retórica como " el Arte del acto de habla que un emisor, teniendo en cuenta el contexto o conjunto de creencias, presupuestos y opiniones que comparte con el receptor (el auditorio), realiza con vistas a conquistarlo por la persuasión " (6). Sin embargo, esta identificación de la retórica como "acto de habla", no deja de tener riesgos. ¿ Qué tipo de acto de habla hay que entender para no incurrir en los problemas que esa clasificación y definición conlleva, como señala Escandell, M.V. (7), o como macroacto de habla, según el antes citado Albaladejo (8). Quedan también por integrar en la noción de acto de habla los tópicos, algunas operaciones retóricas, como la intellectio, la inventio, que no son actos de habla y no dependen enteramente del orador y los problemas de la argumentación, entre otros. Aún así tiene como ventajas la de establecer puntos de contacto con la lingüística y la filosofía.
Podemos proporcionar otra aproximación más, que nos ayude en nuestro intento de delimitar lo que sea la retórica, alejándola de la consideración de mero artificio literario. Detengámonos en Perelman, que la señala como: " l' étude des moyens d'argumentation, autres que ceux relevant de la logique formelle, qui permettent d'obtenir ou d'accroître l'adhésion d'autrui aux thèses qu'on propose à son assentiment " (9). Donde Perelman dice " adhésion " nosotros preferimos la palabra clásica de Aristóteles, traducida como persuasión, desde la idea de aquél de que la persuasión tiene un doble frente, el del asentimiento que podemos llamar racional que apela también al de orden emocional.
Aventuremos una definición de retórica que tenga en cuenta las anteriores distinciones como un actuación que logra, de acuerdo con ciertas reglas, un discurso puesto en lenguaje, con dos actores que crean discurso, quien lo elabora y pronuncia y quien lo escucha, que será plenamente retórica si en ella se hace patente el conocimiento del arte, pero que ha de respetarlo, en algún grado al menos, por necesidad de la construcción de discursos, y que conduce a la persuasión, es decir, al convencimiento razonable acompañado de acción. Así considerada, la retórica resulta por tanto una acción argumentativa de tipo teleológico no violenta, lo que conecta con sus orígenes sociales, democráticos, a la par que con su fuerza íntima de lógica en situación que atiende a la persona íntegramente mediante el lenguaje y que pretende la persuasión. Como ciencia sería el estudio de los procedimientos involucrados en tal acción y como arte la puesta en práctica de los mismos.
Las anteriores definiciones nos sitúan en un terreno quizá inesperado para alguno de nuestros lectores que conviene ahora fundamentar para ir estimando los puntos de amor y desamor entre retórica y filosofía. Desde su consideración primigenia, la retórica indaga en las posibilidades humanas de construcción del discurso, o texto si se prefiere, en los recursos, la posibilidad, funcionalidad e intenciones del hablante que elabora y emite su pensamiento en palabras y en el modo en que ese afecta al que lo escucha. Es decir, nos encontramos en el centro de la expresión de las personas, no sólo de un mensaje literario, sino atendiendo a los rasgos básicos comunicativos que nos plantean interrogantes tan nucleares como éstos: ¿por qué hablamos? ¿para qué? ¿qué intenciones tenemos al hacerlo? ¿a quién va dirigido nuestro discurso? ¿cómo hacemos ese discurso? ¿dónde podemos encontrar las ideas y argumentos que vamos a emplear? De estas preguntas no se libran ni el monólogo, por ejemplo, tal como ocurre en la oración, ni la narrativa o lenguaje interior, ni por supuesto el lenguaje filosófico.
Hallamos, pues, que a la base de la auténtica retórica subyacen dos consideraciones principales: Una cierta concepción de la persona y otra del lenguaje. La retórica pende de la estimación de la persona como ser razonable más que racional, porque también es pasional, emocional, ético... y sociable, que encuentra su lugar en la vida de la ciudad, y del lenguaje en tanto que configurador de la propia experiencia, creador de mundo, que hace posible asumir como propio lo ajeno, que integra dentro de las posibilidades individuales lo que ofrece la naturaleza o la sociedad, puesto que el lenguaje sirve de manera principal para entrar en relación con otros, humanos o no.
La consideración sobre la persona supone un patente punto de encuentro y de enfrentamiento con la filosofía. El hombre político que surge como tal en Grecia o si se quiere en el Mediterráneo (10) resulta a la postre el germen de advenimiento de la retórica como corpus organizado objeto de un uso y consideración consciente y crítica. La unión entre la especificidad del ser humano, de la organización política y la reflexión y actuación retórica se puede comprobar indagando en la historia de estos procesos (11). De hecho, la retórica sólo tiene utilidad como tal en el momento en que se hace caso al discurso (es decir poderlo pronunciar y quererlo oír), a la palabra, requisito que no se da en los imperios históricos orientales, en las dictaduras, autarquías, en los estados militarizados o en aquellos regímenes que elevan como instancia decisoria alguna otra que no se apoye en el acuerdo, en sus variadas formulaciones y modos concretos de expresión histórica, para resolver los diversos problemas políticos y sociales, "toda sociedad valora el hablar elegante y convincente, pero sólo con el predominio del demos se desarrolla la retórica como una teoría de la comunicación. En toda sociedad democrática adquieren especial relevancia nociones como el hombre, la libertad, la sociedad, la moral, el lenguaje, el arte. Por el contrario, en las sociedades no democráticas (China, Persia...) predominan disciplinas prerretóricas como la gramática, la poética, la estilística..." (12) .
Así pues, se puede afirmar la unidad de origen entre la democracia y la retórica (13). La falta de democracia supone la falta de retórica, puesto que en cualquier régimen que no contemple la libertad que hoy llamamos de expresión y de intercambio de ideas, únicamente se supone como posible el panegírico y el discurso fúnebre. Por otra parte, si la retórica pierde de vista esto como corazón de su auténtico ser, cuando se transforma en un catálogo de figuras o tropos, en vacía técnica oratoria y olvida la amplitud de su propia constitución desaparece como tal.
Esta consideración del hombre como ser social que se realiza junto con otras personas en el intercambio de vidas, más que de ideas, sugiere una persona no compartimentalizada, no escindida en facultades que atienden cada una por separado a distintos aspecto de esa vida social o, incluso, del encuentro con la realidad. En la plaza pública los hombres no se definen solamente como racionales, sino en virtud de su complejidad y, hasta podríamos decir, paradojicidad. Un planteamiento del receptor de nuestro mensaje en toda su integridad supone tener que elaborar aquello que transmitimos de manera adecuada, lo que quiere decir que habrá que atender a la peculiaridad de ese receptor y tratarlo en todas sus posibilidades, es decir, como ser que piensa, que siente, que quiere, que actúa por conveniencia o por interés, que no hace lo que parece lógico que debía hacer.
Como segunda columna de apoyo de la retórica se encuentra el lenguaje. Éste se puede considerar una conducta que tiene diversas funciones, entre las que la comunicación es la más general. Definamos la comunicación como la interacción entre actores que recurren a expresiones, sea cual sea la forma de las expresiones que utilicen. En este sentido, los pictogramas son comunicación, la música y cuanto se preste a ser utilizado como expresión de algo, hasta poder llegar a afirmar: "... todos los tipos de acción humana, y no sólo el habla, sirven para transmitir información " (14). El lenguaje se caracteriza de manera más restringida en tanto que sus expresiones necesitan una configuración precisa fonética o gráfica, que las remite al simbolismo como su categoría de base epistémica y, en suma, una forma peculiar, con características propias e ineludibles dentro de la categoría más amplia que denominamos comunicación (dado que no todas las funciones del lenguaje son comunicativas). Y al hablar no sólo hablamos, sino que hacemos "cosas", que el lenguaje, bien que lo consideremos como contenido o como forma o instrumento, sirve para hacer múltiples "cosas" y no como podríamos suponer en un primer momento desde una mirada simplificadora, sólo para comunicar. De hecho para comunicar, latu sensu, no se requiere lenguaje. La comunicación especializada mediante lenguaje, no hay que olvidarlo, no es para nuestra especie un fin en sí mismo, sino que se dirige a funciones diversas, siempre desde la primigenia de la supervivencia. Hemos desarrollado esta capacidad para valernos en este mundo, de manera semejante a como otras especies desarrollaron sus características diferenciadoras y adaptativas. La potencia del instrumento, su adaptabilidad y capacidad para cumplir este cometido se relaciona de manera cibernética con el resto de líneas de fuerza de la evolución humana, a saber, el bipedismo, el desarrollo del cerebro, la utilización de las manos y la sociabilidad, en suma, con la actuación humana, con su tendencia a transformar la realidad y a hacer cosas, desde la elaboración de un objeto hasta la construcción de una teoría. Esta realidad del lenguaje como instrumento (el pensamiento también lo es) fue puesta de relieve, teorizada y practicada por la retórica.
Por otro lado, se advierte una relación estrecha entre el lenguaje y la conformación general del mundo, que puede llegar hasta a identificar la estructura lógica de ambos o incidir de varias maneras en la influencia que éste tiene sobre la configuración del mundo del hablante como individuo, como miembro de una comunidad idiomática y como clase dentro de esa comunidad (15), o desde otro punto de vista, la modelación de las opiniones personales y de masas a través del lenguaje (16). La polémica siempre presente de la relación entre el lenguaje y el pensamiento queda lejos de estar zanjada ni desde la filosofía ni desde otras ciencias, lo que nos provee de una idea de la importancia de esta relación en orden a ofrecer una explicación de nuestro acceso a la realidad y la ordenación de ésta en cualquier ámbito de la vida humana. Por cuanto el lenguaje actúa como filtro configurador y etiquetador de nuestra experiencia de alguna manera construye el mundo propiamente humano: " lo que todo esto nos quiere decir es que el mundo de los objetos percibidos no es independiente de la esfera lingüístico-cultural bajo la que las impresiones sensibles se nos hacen presente en la experiencia perceptiva " (17).
Si esto ocurre respecto a la experiencia general de la realidad, se acentúa e implementa a la hora de detenernos a observar el intercambio comunicativo entre personas, en el que el lenguaje, al menos hasta hoy mismo, y podíamos decir que en exclusiva para la especie humana, es el configurador principal de nuestra trama de relaciones, intereses y finalidades, tanto más cuanto de rango más elevado, abstracto y complejo sean las interacciones a las que puedan recurrir las personas en sus intercambios. La importancia de esta consideración es capital para la apreciación cabal de la retórica. La retórica tiene su lugar propio en el plano social, en el del uso del lenguaje en el seno de la sociedad como lugar natural del hombre y de su conformación como persona y en el de un uso específico del mismo que hunde sus raíces, de varias maneras en la conformación social.
Precisamente por eso la educación, que constituye un punto clave donde se encuentran las pretensiones y consideraciones sobre las personas y el lenguaje, se dio el enfrentamiento primero entre retórica y filosofía. Detrás de toda teoría de la educación se mantiene, cuando no agazapa o esconde una ideología, en tanto que la educación supone una estructuración de las personas y de la sociedad. De algún modo, las diversas culturas proponen una cierta manera de hacerse a sí mismas a través de la educación como proceso de integración y conformación de sus individuos a la actualización siempre necesaria de las señas de identidad de una determinada sociedad en sus diversos momentos.
Así pues, nos encontramos por una parte con que a la base de la retórica yacen no ya figuras literarias o normas sobre el estilo, sino los mismos condicionantes y posibilidades de la persona en su acceso mediado a la realidad social y natural. De aquí que todo lenguaje se puede afirmar como retórico desde la consideración misma y primigenia del lenguaje. Volvemos a los sofistas y a su reivindicación de lo humano, al mundo de la vida con el que Nietzsche se esforzó por sustituir al que funcionaba con el paradigma del ser. Y dentro de ese mundo de la vida, encontramos personas en situación, que no se reducen a la mera singularidad, en la cual no existiría más que la emoción inefable y que no admite la argumentación, porque su universo se resume en el solipsismo más exarcebado e imposible de conocer y ser conocido, lo contrario de lo que se consigue mediante la comunicación. Y la función del discurso humano, en estas coordenadas que vamos estableciendo, refiere a finalidades que tienen en cuenta una estructura compleja con los polos de un orador y un auditorio, de quien habla y escucha. Quizá convenga repetir ahora parte de la definición que antes proponíamos: resulta por tanto la retórica en una acción comunicativa de tipo teleológico no violenta, lo que conecta con sus orígenes sociales, democráticos, a la par que con su fuerza íntima de lógica en situación que atiende a la persona íntegramente mediante el lenguaje y que pretende la persuasión.
Desde las bases de una teoría retórica, que remite al acceso a la realidad, junto a las conformaciones sociales y políticas que terminan por integrar a la persona como ser en situación y que necesita, posee y usa un instrumento que le permite atender a dichas especificaciones, se conecta con el corazón mismo de la retórica tal como apareció en sus momentos iniciales, lo que constituye su más íntimo ser. La discusión, como se desprende de lo que llevamos visto, no remite a una confrontación entre filosofía y retórica sobre el estilo literario o a un mero ornate dicendi o a la voluptas aurum ciceroniana. No se entendería la preocupación de Platón, su enconado enfrentamiento con los sofistas, la amplitud del tratamiento que concede a este asunto, ni el esfuerzo de Aristóteles por definir su campo, por delimitar su alcance y al tiempo por aprovechar sus potencialidades si tal fuese el objetivo último de una retórica. De hecho, apenas podríamos explicar la influencia y el valor de la misma reduciéndola a teoría literaria y mucho menos a truculencia efectista. El enfrentamiento con la filosofía, la elaboración de Aristóteles, el recelo de los primeros cristianos ante ella constituyen indicios de lo que está en juego. Se sitúa el problema en una concepción del hombre, de la historia, de su organización política, de la educación, de la racionalidad, que se patentiza a la postre en unas ciertas formas expresivas, en una conformación del lenguaje.
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