EL CONOCIMIENTO
Para iniciar este estudio es necesario aclarar que San Agustín “nunca se dedicó a desarrollar una teoría del conocimiento para luego sobre la base de una teoría realista del conocimiento construir una metafísica sistemática”[1], el objeto fue el conocimiento de la verdad no fue con fines académicos sino que aporta a la verdadera felicidad, la verdadera beatitud. “El hombre siente su insuficiencia, se lanza hacia un objeto mas grande que él mismo, un objeto que pueda traerle paz y felicidad, y el conocimiento de ese objeto es una condición esencial para conseguirlo; pero ve el conocimiento en función de un fin, la beatitud”[2]. Es decir es la necesidad imperante en un sabio, es el buscar el conocimiento de una verdad profunda, que produce una gran felicidad en el hombre. La sabiduría consiste en la búsqueda de la verdad, es encontrarse en persecución de la misma, antes que su posesión, es absurdo llamar sabio a un hombre que no tiene conocimiento de la verdad. En De Beata Vita afirma que el hombre que busca la verdad pero aun no la ha encontrado no puede llamarse verdaderamente feliz, mucha mayor fue necesidad de Agustín en encontrar esa verdad. En sentido estricto Agustín no fue un “intelectualista” en el sentido académico del término: pero sabía que Verdad buscaba.
En sus inquietudes, le observamos dar respuesta al ¿Cómo podemos conseguir la certeza? “¿Cómo es que la mente humana, finita, mutable, alcanza cierto conocimiento de verdaderas eternas, verdades que rigen y gobiernan la mente y, en consecuencia trascienden a ésta?” Después de su incredulidad al maniqueísmo, pasa por un proceso de escepticismo académico, superada desde luego con el Contra Academicos, un contenido marcado por un tema conocer las verdades eternas y necesarias. El conocimiento de verdades eternas podía, así llevar al alma, por reflexión sobre tal conocimiento, al conocimiento de Dios y su actividad.
Agustín se esfuerza por demostrar la sabiduría perteneciente a la felicidad, y que el conocimiento de la verdad pertenece a la sabiduría, aclara algunas verdades de las cuales incluso lo escépticos podrían refutarlas: “Estoy cierto de que no hay un mundo o hay mas de uno, y que, si hay mas de uno, entonces hay un numero finito o un infinito de mundos”. El mundo no tiene principio ni fin o tiene principio pero no fin, o no tiene principio pero tendrá fin o tiene principio y fin”, entonces estaría cierto del principio de no contradicción. Y si me engañan los sentidos al menos estoy cierto de algo.
“No he de quejarme de los sentidos porque es injusto pedir de estos mas de lo que pueden dar: sea lo sea que ven os ojos, lo ven realmente. Entonces, ¿es verdad lo que ven en el caso del remo metido en el agua? Enteramente verdad. Por que dad la causa por la que aparece de esa manera (digamos, torcido), mas bien debería acusar a mis sentidos de engañarme si me lo presentan recto cuando se introduce en el agua. Porque no lo verían como, dadas las circunstancias deberían verlo (…) Pero, se podrá decir, me engaño si doy mi asentimiento. Entonces no demos nuestro asentimiento más que al hecho de la apariencia, y no nos engañaremos. Por que no veo como el escéptico podría refutar al hombre que dice: se que ese objeto me parece me parece blanco, se que ese sonido me agrada, se que ese olor me gusta, se que eso es suave a mi tacto, se que ese olor me gusta, se que eso es suave a mi tacto, sé que siento frío al tocar eso.”[3]
En el ejemplo mencionado del remo comprendemos que la mera apariencia del remo torcido no es un engaño, porque el bastón está realmente torcido ante la percepción sensorial, es verdad lo que veo, estoy seguro de la verdad. Aunque no necesariamente esa verdad se acopla a un hecho total en si mismo, estoy cierto de algo de esa verdad al menos de modo que su misma capacidad de dudar deben convencerle de que hay una cosa como la verdad. Estamos ciertos de las verdades matemáticas, cuando alguien dice siete y tres hacen diez, no dice que pueden hacer diez, sin que sabe que hacen diez. El decir que hay verdades conocidas solo en un aspecto particular, nos llevaría a decir que no hay cosas reales, a respecto San Agustín responde que un hombre al menos esta cierto de su existencia, aunque dude de la existencia de los otros objetos creados por Dios, la misma duda le indica que existe, porque no podría dudar sino existiera, “si no existes, no puedes engañarte en nada”[4].
En el De Libero Arbitrio, Agustín pone en claro que el hombre existe porque está vivo, ese hombre entiende el hecho de su existencia como el hecho que vive; en consecuencia es cierto de tres cosas: 1) Que existe, 2) que vive, 3) que entiende. Conjuntamente en el De Trinitate observa que es inútil que el escéptico que el hombre sueña y ve esas cosas en sueños, porque el hombre no afirma que este despierto, sino que vive: “tanto si duerme como si esta despierto, vive”, e incluso si estuviera loco seguiría vivo. Una verdad irrefutable lo constituye el saber que “existimos, y sabemos que existimos y amamos ese hecho y nuestro conocimiento de él; en esas tres cosas que he enumerado no nos perturba miedo alguno a equivocarnos; por que no las aprendemos mediante ningún sentido corporal, como aprendimos los objetos externos”[5]
Agustín era consciente de que los sentidos pueden engañarnos, y nos permitiría realizar juicios erróneos, es decir relativiza las impresiones sensoriales, pero esto tiene una explicación desde su lógica, inclinada totalmente a Dios, “los objetos corpóreos le aparecían como un punto de partida en la ascensión de la mente hacia Dios, aun cuando en ese mismo aspecto el alma misma constituye un punto de partida mas adecuado: debemos volvernos hacia nuestro propio interior, donde la verdad mora, y utilizar el alma, imagen de Dios, como un peldaño hacia Él[6]. Pero hago constar que no es que lo sentidos no sirvan para nada, pues a través de ellos dependemos para gran parte de nuestro conocimiento, Agustín no tiene la intención de mantener una actitud referente a los sentidos. “Una cosa es admitir la posibilidad de error en el conocimiento sensible, y otra completamente distinta rehusar todo crédito a los sentidos”[7].
“Debemos reconocer que no solamente nuestros propios sentidos, sino los de las otras persona también, han añadido mucho a nuestro conocimiento”. Para la vida práctica es necesario dar crédito a nuestros sentidos, pero no se debe poner toda su confianza solo en ese hecho, porque así como las personas pueden informar una realidad correcta, también pueden darnos a conocer una verdad errónea, podemos hacernos una “creencia” no acorde a la razón. Distinguimos en el pensamiento agustiniano su pasión por adentrarse en el conocimiento de las verdades eternas y de la relación de se conocimiento a Dios.
“Difícilmente se le podría habérsele ocurrido consagrar mucho tiempo a una consideración de nuestro conocimiento de las cosas mudables ofrecidas por los sentidos. El hecho es que su platonismo, combinado son sus perspectivas e intereses espirituales, le llevo a considerar los objetos espirituales corpóreos como no constituyendo el objeto propio del conocimiento, por la mutabilidad de los mismos y por el hecho de que nuestro conocimiento de ellos depende de los órganos corporales de los sentidos, que no se encuentran siempre en el mismo estado, ni mas ni menos que los propios objetos sensibles. Si no obtenemos “verdadero conocimiento” de los objetos sensibles eso se debe no meramente a una deficiencia del objeto. En otras palabras, la actitud agustiniana hacia el conocimiento sensible, es mucho mas platónica que cartesiana”.[8]
GRADO MAS BAJO DEL CONOCIMIENTO
El agustinianismo daba una notable importancia al alma racional del hombre, pues por medio de ella el hombre tendría acceso al verdadero conocimiento y alcanzar la verdadera certeza cuando contempla las verdades eternas, ello implica abandonar con donaire el mundo material, el cual no nos permitirá tener el verdadero conocimiento. En esa línea afirmo que el conocimiento sensible es inferior a lo inmutable, a lo profundo e imperecedero. El uso de los sentidos facilita tener un conocimiento racional de los objetos corpóreos.
El conocimiento racional del hombre es superior al conocimiento de los animales los brutos (animales) pueden tener sensación de las cosas corpóreas y recordarlas a voluntad, ni ejecutar una operación de la razón, el hombre es capaz de formar juicios racionales a partir de las cosas corpóreas, y percibirlas como aproximaciones a sus modelos eternos. Es entonces la sensación el nivel mas bajo del conocimiento, común al hombre y a los animales, resalta en el hombre la mente que juzga los objeto corpóreos, se sus modelos eternos e incorpóreos, eso lo distingue de los animales. El uso inferior de la razón esta dirigido a hacia la acción, mientras que la sabiduría no es practica, sino contemplativa.
“La acción por la cual hacemos buen uso de las cosas temporales difiere de la contemplación de las cosas eternas, y la primera corresponde al conocimiento, la segunda sabiduría (…) En esa distinción debe entenderse que la sabiduría pertenece a la contemplación, y el conocimiento de la acción”[9]
Agustín no es un simple adopcionista del platonismo, es verdad que utiliza muchos de esos temas, pero lo que le interesa es siempre el logro sobrenatural del hombre, que sea aproxima a Dios, un Dios personal,
Objetos de los sentidos
Las cosas corpóreas son inferiores al entendimiento humano que juzga de estas en relación con un modelo, existen otros objetos de conocimiento por encima de la mente, pero son descubiertas por ella, por ejemplo si juzgo una obra de arte como “bella”, es un juicio que implica un modelo de belleza, en este ejemplo Agustín logra crear un modelo de círculos, considera los círculos y líneas perfectas. Las cosas circulares son temporales y pasan pero la naturaleza de circularidad, su esencia no cambia, es decir si contamos dos naranjas mas otras siete tendremos nueve, las naranjas por su materialidad, temporalidad y mutabilidad pasaran; pero los números dos y siete son una verdad necesaria y no dependen del mundo sensible ni de la mente humana, tal verdad es común a todos, es una verdad eterna, la mente individual tiene que aceptarlas y reconocer que ellas existe una verdad y validez absolutas. Las ideas ejemplares y las verdades eternas están en Dios: “Las ideas son ciertas formas arquetípicas, o esencias estables e inmutables de las cosas, que no han sido a su vez formadas, sino que existiendo eternamente y sin cambios, están contenidas en la inteligencia divina”[10].
Problema: ¿Si contemplo una verdad eterna, entonces contemplo a Dios?
Esta es una dificultad que se presenta por cuanto si la mente humana contempla ideas ejemplares y verdades eternas, y, si esas verdades están en la mente de Dios; consecuentemente contemplaría la esencia de Dios, con todo lo que contiene ontológicamente la mente divina. A decir de muchos escritores se cree que San Agustín no se refiere a ese tipo de conocimiento, es más bien la presencia moral y espiritual en el hombre, que se aproxima a una afirmación nocional de adherencia a las verdades eternas en las que su motor es Dios. En un pasaje de la Confessiones exclama: “Demasiado tarde llegue amarte, Oh, Tú belleza tan antigua y a la vez tan nueva; demasiado tarde llegue amarte (…) de una manera desordenada perseguí las cosas de Tu creación, que eras Tu quien las había hecho bellas”[11], como observamos la autentica contemplación de la belleza tiene su culmen en Dios, en el ascenso del alma; por ello es inconcebible frente a esta reflexión la posibilidad de ver a Dios y comprenderlo todo, se trata mas bien de la “luz” procedente de Dios la cual capacita la mente human para que vea las características de inmutabilidad y necesidad de las ideas eternas.
Necesario es entonces conocer la existencia de Dios motor de todas las verdades eternas: “Tu dudas o niegas la existencia de Dios, pero debes admitir que reconoces verdades absolutas yo te probare entonces que el reconocimiento de tales verdades implica la existencia de Dios”.
Las verdades iluminadas como por un sol: Dios
Esa luz divina procede de la mente de Dios, hace que las verdades sean inteligibles, la iluminación espiritual hace visibles al ojo las cosas corpóreas, así la iluminación divina hace visible las verdad eternas. Para ello es necesario que la mente humana conozca y ame lo inmutable para que el alma pueda trascender y entender. La verdad no es ni interior ni igual a nuestras mentes, “sino mas superior y excelente”[12]
En breve podemos decir, el conocimiento solo puede ser alcanzado por la experiencia, pero no simplemente sensible, ya que los objetos corpóreos son mutables, contingentes, cambiantes y temporales. Las verdades eternas no proceden de nosotros en cuanto materialidad, sino de la mente divina, es Él quien ilumina nuestras mentes para que comprendamos aquellas verdades, y ello nos permite expresar un juicio.
[1] COPLESTON, Frederick: Historia de la Filosofía ( de San Agustín a Escoto), Vol II, Edición Ariel, Barcelona, p. 60
[2] 73 Ibíd.
[3] Contra Academicos 3, 10, 23
[4] De Libero Arbirtrio 2, 3, 7
[5] De civitate Dei 11, 26
[6] De Libero Arbirtrio 15, 12, 21
[7] COPLESTON, Frederick: Historia de la Filosofía ( de San Agustín a Escoto), Vol II, Edición Ariel, Barcelona, p. 64
[8] 80 Ibíd. p. 66
[9] De Trinitate 12, 14, 22
[10] 82 De Ideis 2
[11] Confesiones 10, 27, 38
[12] De Libero Arbitrio 2, 13, 35