Hablar de San Agustín, es hablar de la identidad cristiana, quien partiendo de la inquietud, presenta su propia evolución espiritual como hondo esfuerzo hacia la Verdad divina inmutable, está ansioso de “tocar lo puro”, de ir al origen de las causas. “La principal causa de la desviación está que el hombre se desconoce así mismo”[1]. Comprender esta doctrina lleva al infinito interior del hombre, lugar donde se inspiran las verdades eternas, inmutables y trascendentes, buscar en nuestro ser ontológico la razón del ser, procedente del Ser Absoluto, ha sido una experiencia absolutamente edificante, encontrar en toda su teoría de fondo, al hombre perseverante, pues ha encontrado una Verdad irrefutable ante cualquier conocimiento. Esa notable evolución interpela y conmueve el corazón de la humanidad, le hace saberse parte del Todo y encontrar en el Todo motivos suficientes para existir, para luego una vez introspectado en sí mismo defiende tal Verdad a capa y espada, con una convicción tan profunda, no susceptible de contradicción.
No es un pensamiento que impulsa simplemente a un nuevo sistema filosófico, o “una transformación radical del alma”, es sobre todo la conversión a una fe que requiere la más completa renovación interior[2], esto solo se puede realizar con una acción sobrenatural que supera cualquier intelectualismo, la acción de la gracia. Esa interiorización personal a parte de agradar a Dios, agrada al mismo hombre y lo hace buscar con ardua dificultad ese algo trascendente, querer ser feliz. Una felicidad como que parte del Bien Supremo, verdaderamente en Él existe la felicidad.
Confessiones, es una de sus obras que ahondan en su vida interior, “de la voluntad del corazón, de la memoria de la fantasía y de las pasiones, en busca del fundamento y de los peldaños de su ascensión a Dios”[3], cuando el hombre ha visto la necesidad de conocerse a sí mismo, crea un conflicto: “ Y discutía con mis amigos, Alipio y Nebridio, sobre el sumo bien y el mal; y decíales que fácilmente hubiera dado en mi corazón la palma a Epicuro”[4], en ese punto critico el alma recibe la iluminación para saber la “magna quaestio” y la Verdad que la vuelve feliz. En el itinerario de ese sendero se hace necesaria la presencia no del esfuerzo de la voluntad humana, sino más de la gracia, solo esa ruta llevaría a una verdad, sino todo fuera más caótico. Y cuando ya la encontró: “¡Oh Verdad, Verdad! Cuan íntimimamente aun entonces suspiraba por Tí desde los mas hondo de mi alma, cuando aquellos te pronunciaban en torno mío frecuentemente y de muchos modos, bien que solo de palabra y muchos y voluminosos libros”[5].
Este presente estudio todavía insatisfactorio a tal pensador, pretende dar una aproximación a su vida, sus obras, su doctrina, el conocimiento, y un acápite dedicado a la Verdad, Dios. Esperando el presente documento cumpla su fin, agradezco al lector, algún error disculpad.
[1] De Ordine I, 1, 3: Cuis errores maxima causa est, quod homo sibi ipsi est incognitus.
[2] MUÑOS, Pablo Cardenal: Introducción a la síntesis de San Agustín, p. 5
[3] Ibíd. p. 8
[4] Confessiones VI, 16, 26
[5] Ibid. III, 6. 10: Veritas, Veritas, quam intime etiam tunc medulae animi mei suspirabant tibi, cum te illi sonarent mihi frecuenter et multipliciter voce sola, et libris multis et inteligentibus.